El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 47
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Capítulo 47

—¿Cómo sabías que era la madre de la señorita Beatrice y no la señora del pitbull? Lo del fuego, quiero decir. Intenté seguirles la pista a los ataques, pero no pude.

Estábamos esperando a que el fuego del jardín se extinguiese antes de saquearlo todo.

El resto de la zona de Iowa estaba a punto de derrumbarse; nos quedaba quizá una hora antes de tener que escapar obligados de la montaña de tierra.

Y lo cierto es que no tenía ni idea de cómo íbamos a bajar sin lanzarnos al vacío.

Ya nos habíamos hecho con la llave del piso del cadáver, así como con el mapa de las estrellas que dejaban siempre los jefes de ciudad.

Mostraba todos los jefes que quedaban en la zona. En este caso, ninguno.

En el centro de la caravana se habían quedado flotando las cartas y lo que parecía una bolsa de cuero, pero el lugar seguía demasiado caliente como para acercarse.

Dónut tenía mejor protección contra el fuego que yo debido a su aro de pezón, pero ambos estábamos agotados y no queríamos arriesgarnos. Decidimos esperar.

Abrí el chat y empecé a advertir a todo el mundo sobre el último jefe. No sabía si iba a ser igual para todos. Esperaba que no.

Extendí el brazo para echarme hacia atrás el pelo, que por suerte solo se había chamuscado un poco.

De todas maneras, era probable que se arreglase solo.

Era muy raro. Tenía que cortármelo para que no me creciese, pero era una de las pocas cosas que se recuperaba sola tras la batalla.

Les encantaba provocarnos unas heridas horribles, pero no les gustaba que las tuviésemos siempre.

Aunque había excepciones. Recordé las quemaduras de la cara de Britney. No había razón alguna para que se las hubiesen dejado, excepto que les sirviese para el espectáculo.

—Cuando vi que Sam tenía el rayo de muerte y que el de mi antiguo jefe era de agua, sabía que no los habían elegido al azar.

A Sam le daba igual que lo llamásemos «Unicejo», pero tuvo una novia durante un tiempo que lo odiaba, por lo que se nos ocurrió otro mote para cuando ella estaba presente.

Él había sugerido «rayo de muerte», algo que nos hacía mucha gracia en aquella época.

El mote duró más o menos lo mismo que la relación.

Y Dick, mi jefe, siempre tenía pesadillas en las que se ahogaba. Tenía miedo de salir a mar abierto.

—Un momento. ¿Trabajaba en un astillero arreglando barcos y le tenía miedo al agua?

—Miedo se queda corto. Lo aterraba. Peor que tú. Era ingeniero. Se ganaba la vida buceando, pero ocurrió algo. No es tan poco habitual como podrías creer. Era un tipo raro, eso sí, pero inofensivo. No me ha gustado nada verlo así.

Pensé en Asher y el ataque de rayo que le habían dado. En los dibujos de su dormitorio.

«Que os den a todos».

Una punzada de tristeza se apoderó de mí.

Me di cuenta al fin de lo que significaba para las cabezas formar parte de la hidra.

Todos estaban muertos. Eran personas que habían recolectado en el derrumbe inicial.

Mi padre no había estado en la hidra porque ya había fallecido para entonces.

Pensé en mi amigo Sam. No lo había visto desde hacía semanas, antes de Navidad.

Mi casero, el señor Roth, vivía solo. Y habría muerto solo.

Me pregunté si Ash­er y su madre seguirían en el parque de caravanas.

Todos habían muerto. Llevaban muertos desde el principio.

Sabía que era muy probable que aquel hubiese sido el destino de todos, pero en cierto sentido, el hecho de confirmarlo era…

No sé. No peor. Siempre era mejor saber las cosas. Pero… demasiado definitivo, supongo.

Un instante después llegué a la conclusión de que era algo bueno. No que estuviesen muertos en sí, sino que ya hubiese pasado. La mazmorra podía usar su aspecto, pero ellos ya no estaban. Al fin podían descansar.

De hecho, la mazmorra se estaba esforzando por usar parientes que tenía almacenados, como si hubiese decidido quitárselos de encima al mismo tiempo.

«Anda», pensé ahora que reflexionaba al respecto. No sabía qué conclusión sacar de todo aquello.

C ARL : Zev, ¿sigues bloqueada?

Z EV : No puedo hablar ahora. Os informaré pronto.

Eso había sonado mal.

—Pero ¿cuál es la relación entre la madre de la señorita Beatrice y las bolas de fuego? Había dado por hecho que iba a lanzar un rayo de zorra psicópata o uno de cirugía plástica chapucera. ¿Por qué de fuego?

—Porque era la única que quedaba. Una vez me di cuenta de que las elecciones eran deliberadas, supe que mi madrastra tendría veneno.

—¿La señora del pitbull? ¿Por qué?

—Porque acababa de verla envenenar a mi padre. Fue lo que vi dentro de la caravana.

—Un momento… Dijiste que era tu madrastra. Creía que la que había envenenado a tu padre era tu auténtica madre.

—Y era mi madrastra —aseguré—. Se había casado con él hacía poco. Nunca llegué a conocerla.

—Estoy muy confusa. ¿Otra persona envenenó a tu padre? Entonces ¿fueron dos personas las que intentaron envenenarlo y matarlo?

—Técnicamente, lo mató con una sobredosis. Pero sí.

—Madre mía. Tienes que ser buena pieza para conseguir que alguien te odie tanto.

Es como el equivalente humano de un cocker spaniel.

Y hablando de cocker spaniels, me sorprende que Angel no fuese parte de esa cosa.

Espero que eso signifique que se lo están guardando para algo más adelante.

O que hubiese muerto antes de todo esto.

—Soltó un grito ahogado—. ¿Crees que habrá entrado en la mazmorra?

No, ¿verdad? De ser así, es probable que haya muerto en el primer piso.

Lo más seguro es que se pasase todo el tiempo lamiéndose el ojete y acabase en el estómago de una llama maligna.

—No —aseguré—. Estaba en el pasillo antes del derrumbe, así que sé que estaba en casa. Lo más probable es que fuera víctima del derrumbe como todo el mundo. Tú y yo fuimos los únicos que escapamos del edificio.

—Y Ferdinand.

—Cierto. Él también —convine.

Nos quedamos sentados y en silencio durante un rato, pensando en el enfrentamiento y las personas a las que habíamos visto.

—Carl, ¿eso fue lo que viste ahí dentro entonces? ¿Viste morir a tu padre?

—Sí, pero no me quedé hasta el final.

—Ah. —Dónut esperó para ver si añadía algo, pero no fue el caso—. ¿Cómo se llamaba tu padre? Creo que nunca me lo has dicho.

—Eso da igual. No merece ni que pronuncie su nombre. Ya no. Se acabó.

Mongo se había alimentado bien y ahora se encontraba junto a nosotros soltando gruñiditos, como siempre hacía cuando se pasaba comiendo.

La máquina expendedora que había al otro lado del jardín crepitaba pasto de las llamas.

Me pregunté si podríamos romperla y sacar del interior las fichas que habíamos usado para dárselas a los demás, pero mientras lo hacía, la máquina explotó y desapareció entre una nube de polvo llameante.

Dónut siguió bañándose mientras esperábamos.

—Hablando de matar miembros familiares, me alegra que a Rey Cruasán se le acabase el tiempo antes de tener que matarlo.

Era un gatito muy mono. El michicidio siempre queda mal de cara al público, por mucho que esté justificado.

No sé siquiera si es real, pero si existe, tiene que ser de mi familia.

Y hay que tener muy buenas razones para matar a un miembro de tu familia.

Por otra parte, me alegra que Shi Maria haya acabado con mi prima Terroncito de Azúcar.

Era una de las gatas más estúpidas que he conocido jamás, y ahí estoy incluyendo a todos los birmanos y a los himalayos con los que me he cruzado, que ya es mucho decir.

¿Viste lo que hizo Shi Maria, por cierto, cómo acabo con las cabezas?

Me pregunto si habrá sido así como se tragó a Samantha.

Fue muy inquietante. Seguro que también mató así a su marido.

Seguro que lo chupó así y que lo disfrutó.

Extendí la mano y me toqué la frente. Me dolía justo en el centro. Intentaba no pensar en ello, pero cuando había mirado directo hacia ese ojo, se suponía que tenía que volverme loco.

«No voy a cegarte. No de la manera que crees».

Dónut estaba muy alterada y no dejaba de hablar, como hacía siempre que tenía que quemar la adrenalina sobrante después de un combate.

Su voz me resultaba reconfortante. Me miré el dorso de las manos.

Los tatuajes gemelos brillaban algo más que antes.

Tenía varios logros que abrir, pero en una carpeta separada vi un mensaje de la iglesia. Hice clic en él.

Bautismo de fuego.

Te has vinculado más con tu deidad, Emberus.

Le agrada tu sufrimiento.

Nueva clasificación: Devoto.

Aviso: No tienes la clase clérigo o paladín, así que esta es la categoría más alta a la que puedes aspirar.

Tu inmunidad a las quemaduras ha mejorado. Ya no recibes daño de entorno en lugares donde haya mucho calor o lava, como Sheol.

(Nota: Eso no significa que tengas protección al daño directo del fuego o al de la lava).

Ahora puedes lanzar Autoinmolación de nivel 10 una vez al día. Ten cuidado con eso. Recuerda la advertencia sobre el daño al entrar en contacto directo con el fuego.

Tu diezmo ha pasado del 5 al 10 % con efecto inmediato.

Me reí. Dónut se iba a enfadar mucho con lo del diezmo. Yo era inmune a Quemadura, lo que también me daba algo de resistencia al fuego y evitaba que ese tipo de daño se acumulase, que era justo lo que le había pasado a la hidra. Esta protección era un poco mejor.

Titubeé y abrí Autoinmolación. Me alegré al descubrir que no era un conjuro para suicidarse, como el Autodestrucción de Paz. No necesitaba maná para lanzarlo, pero sí que tenía un tiempo de recarga muy alto.

Autoinmolación.

Coste: Ninguno. Para lanzarlo solo es necesario tener la bendición de Emberus.

Objetivo: Solo a ti mismo.

Duración: Instantáneo. El fuego dura hasta tres segundos, que es mucho teniendo en cuenta su potencia.

Recarga: Una vez al día. Se reinicia junto a la cuenta atrás de la reverencia.