Capítulo 46 #5
Saqué la varita de encoger del inventario y la agarré con fuerza.
La había estado guardando para usarla contra vehículos blindados en el noveno piso, pero también había creado algunos collares de sellado por si los necesitábamos.
Detrás de mí, apareció la forma gigantesca de Shi Maria.
La araña dio un paso al frente, rebuscando por el campo de batalla con gesto de rabia.
Yo dejé caer otra cortina de humo a mis pies y empecé a dirigirme hacia la hidra.
Me pasé la varita a la mano izquierda y dejé un collar de sellado en la derecha. Dios, esperaba que funcionasen bien.
C ARL : Dónut, estoy bastante seguro de que la cabeza de fuego es la madre de Bea. Voy a por ella. Haz que Shi Maria distraiga al resto mientras yo la cauterizo.
D ÓNUT : ¿POR QUÉ NO PODEMOS REVENTAR LA CABEZA Y YA?
C ARL : ¿No has visto cómo se curan? Reaparecen aunque las destrocemos. Tengo que asegurarme de que el corte es limpio y luego cicatrizar la herida para evitar que le vuelva a salir. Voy a ello.
Dónut gritó algo a la araña, que estaba distraída mirando algo que había detrás de la gata.
Me aventuré a mirar por encima del hombro y vi que era Carl Macho Alfa corriendo a toda velocidad hacia nosotros.
Aún tenía a Rey Cruasán en el hombro, pero al gato se le acabó el tiempo de invocación en ese momento.
Seguro que a Carl Macho Alfa le había reiniciado el tiempo gracias a esa carta de utilidad.
Me estaba señalando y no dejaba de gritar. También tenía algo en el brazo…
—¡Mierda! —aullé, al tiempo que me paraba en seco y daba un brinco hacia atrás. Era una xistera como la mía y acababa de lanzarme una hobomba. Una de metralla.
Aún no me había bebido la poción de invisibilidad y tenía la mayor parte del humo cubriéndome por delante, en lugar de por detrás. Había visto dónde estaba.
Me lancé al suelo y me cubrí la cabeza cuando la pequeña bomba explotó a casi cinco metros de mí.
Sentí punzadas de dolor cuando me desgarró la metralla.
Unas pequeñas piezas de metal me rasgaron la carne y se me clavaron en la piel.
Mi barra de salud bajó muchísimo. A mi izquierda, Mongo gritó de dolor mientras Shi Maria siseaba de rabia.
También les habían dado. La araña escupió algo hacia Carl Macho Alfa, pero en ese momento se formó un caparazón protector a su alrededor.
La criatura volvió a sisear y luego se giró hacia la hidra.
Me había dejado el brazo izquierdo destrozado, pero por suerte la varita seguía intacta.
Me bebí una poción de sanación. Esperé un segundo y luego hice lo propio con la de invisibilidad.
A mi izquierda, Dónut se inclinó, cogió una poción de invisibilidad de las del suelo con la boca y luego se echó hacia atrás para bebérsela manualmente.
Luego lanzó la pelota de pociones a Mongo, y esta se le rompió contra la pierna. El dinosaurio desapareció.
Volví a centrarme en la hidra. La criatura no era tan grande, y mucho menos si la comparábamos con otras cosas contra las que habíamos luchado anteriormente, pero se alzaba frente a mí y había algo en su presencia que la hacía parecer más imponente.
El problema de la varita de encoger era que no podía usarse contra carne viva. Miré la cabeza del Lucian el del Jurado, que seguía esperando a poder robar la carta siguiente, pero preferí no atacar. Podía arrancársela, pero iba a volver a crecer. Tenía que hacer lo que había comentado Mordecai.
La idea de los collares de sellado había sido cosa de Louis, de la época en la que había intentado crear algo para lanzar corazas gigantes sobre Katia. Los collares eran como frisbees de acero orco y, cuando tocaban el cuello de alguien, se ceñían a él y se cerraban sobre sí mismos.
Corrí a toda velocidad y lancé el collar, que chocó directamente contra el cuello de la madre de Bea.
¡Clic!
Con la mano izquierda, apunté hacia el collar con la varita de encoger y disparé justo cuando empezaba a aparecer una bola de fuego en la boca de la mujer.
Me llegó una notificación de logro desbloqueado, que desapareció cuando la cabeza de la mujer se separó del cuello entre gritos. Acababa de encoger el collar, lo que la había decapitado.
Las cabezas de hidra aullaron todas a una mientras el fuego, que seguía ardiendo en el resto de su cuerpo, empezó a hacerles daño. Apareció al fin su barra de salud, pero la herida del cuello no tenía llamas cerca. Tenía que actuar rápido.
«Cagondiós. Esto va a doler».
Saqué una última jarra de aguardiente y la lancé contra la herida. La arcilla se hizo añicos, momento en el que se alzaron las llamas y el resto de las cabezas gritó con fuerzas renovadas.
Quedan ocho cabezas.
Las llamas se extendieron hacia mi pecho mientras el chisporroteo de la carne quemada empezó a volverse ensordecedor. La explosión consiguió hacerme daño a pesar de mi resistencia al fuego. Caí hacia atrás y yo también empecé a gritar de dolor.
«Me estoy quemando. Se me está quemando el pecho».
Shi Maria apareció de repente a mi izquierda, alzándose sobre la hidra.
Pegó un mordisco con su cabeza de tamaño humano, con una boca que se abrió más de lo que debía gracias a la magia, y empezó a morder de arriba abajo, como si se estuviese comiendo un plátano o haciendo algo muy lascivo.
Arrancó la cabeza de Terroncito de Azúcar y también la mayor parte del cuello.
De no haber estado en llamas en aquel momento, habría dicho algo del tipo «Madre mía».
La araña escupió la cabeza y parte del cuello y luego fue a por la del señor Roth.
Ella también se prendió fuego, llamas que empezaron a extenderse por esa cara deforme de aspecto humano. Dicho fuego no parecía hacerle daño.
Cada vez que arrancaba una cabeza de un mordisco, el contador seguía bajando.
Quedan siete cabezas.
Quedan seis cabezas.
Quedan cinco cabezas.
Rodé para ponerme bocabajo. El fuego me ardía como napalm por toda la piel.
El equipo mágico no se me quemó, pero el pellejo empezó a crepitar y a abrasarse mientras yo gritaba y sentía un dolor cada vez peor a medida que pasaban los segundos.
Me llegó otra notificación, que también desapareció, una de Emberus, mi deidad.
Me curé con una poción de sanación buena, que equilibraría dicha curación.
Apreté los dientes mientras las llamas se extendían por mi cuello.
Sobre mí, Shi Maria ignoró mi aprieto mientras seguía arrancando cabezas.
También lanzaba conjuro tras conjuro, pero estaba claro que, como ella era un tótem, no podía hacerle daño a lo que era el cuerpo de la hidra hasta que los últimos dos tótems del enemigo (el bastón y Carl Macho Alfa) desapareciesen.
Con cada decapitación, el monstruo perdía una resistencia, pero eso no iba a servir de nada si yo quedaba incapacitado.
El resto de las cabezas no dejaban de gritar mientras se prendían fuego.
Hasta Lucian el del Jurado gritó, incapaz de concentrarse en sus cartas de repente.
Quedan cuatro cabezas.
«Asher —pensé—. Sácalo de ahí. Mátalo rápido. Ya ha sufrido suficiente».
Shi Maria giró la cabeza para mirarme.
—¿Asher? —preguntó mientras la giraba de lado—. ¿Cuál de estos bocaditos confusos es Asher?