Capítulo 46 #4
—Tenemos que averiguar qué cabeza es la que dispara fuego —grité mientras lanzaba una hobomba trituradora, otra vez a Asher. Intentaba acabar con esa cabeza cuanto antes, a pesar de que sabía que era la de los ataques y la resistencia al rayo.
«Céntrate, céntrate».
La cabeza de mi casero se interpuso en el último momento y recibió la mayor parte del daño.
Era como si el resto protegiesen a Asher, quien seguía gritando con rabia.
Al explotar, la hobomba desperdigó pedazos de metralla por todas partes.
La cabeza del señor Roth cayó inerte, inconsciente y medio destrozada. Empezó a curarse muy rápido.
El fuego que había detrás de la hidra seguía sin hacerle daño.
Ni la cabeza de Asher ni la del señor Roth eran las de fuego.
La de mi jefe Dick acababa de terminar de sanarse por completo, por lo que esperaba que eso significase que tampoco era la de fuego.
Lucian el del Jurado, el amo del mazo, tenía un ataque antimagia.
Las cabezas restantes eran Terroncito de Azúcar la gata, Tami-Lynn mi madrastra, Sam el Unicejo y la madre de Bea.
—Cristo bendito —murmuré al tiempo que alzaba la vista a la cara rabiosa y gritona de Asher.
«No es él de verdad. No es su consciencia».
La estupidez exagerada de la situación estaba poniéndose en contra de los productores, la IA o quienquiera que hubiese diseñado aquello.
No tenía ni idea de si lo habían hecho aposta o no.
Recordé mi primer enfrentamiento contra un jefe, el de la Acaparadora, que estaba muy asustada.
Esto era diferente. Las cabezas estaban diciendo cosas que las versiones reales de esas personas no dirían jamás.
Por muy terrible que fuese, el efecto era mucho menos estremecedor de lo que pretendía.
Era como si la mazmorra intentase con todas sus fuerzas ir de provocadora, pero lo único que consiguiese fuera convertir todo aquello en una parodia.
Lo del recuerdo había sido un intento perfecto de dejarme muy afectado, pero con lo de ahora solo habían conseguido enfadarme.
—¡No estoy gorda! —repitió Dónut, con voz amplificada y rabiosa—. Y, aunque lo estuviese, ¡no sería asunto tuyo!
Sally, mi antigua compañera de trabajo, vomitó un reguero de espuma verde como si fuera una manguera. Geraldo dio una voltereta para evitarla y yo corrí en dirección contraria. ¡Arg! Me quemé la piel cuando me rozo un poco de la espuma. Ácido.
Yule llegó hasta Carl Macho Alfa, pero cuando el gato gigantesco se preparaba para darle un garrazo, Rey Cruasán empezó a cantar a todo volumen y afinado, con una voz masculina de barítono.
—¡Soy un superhéroe sin capa! ¡Y te aseguro que con esta canción a mí no me atrapas!
Carl Macho Alfa y Rey Cruasán desaparecieron en una nube de humo justo cuando la garra de Yule chocó contra el suelo donde se encontraba.
—¡Es imposible que esa sea su voz! —gritó Dónut—. ¡Está haciendo trampa, Carl!
No vi hacia dónde se habían teletransportado, algo que no me importó en ese momento. Lancé más cortinas de humo.
Saqué otra hobomba y la lancé de nuevo, en esta ocasión hacia la cabeza de gato de la hidra, Terroncito de Azúcar.
¡Pum! La cabeza de la gata explotó en un reguero de sangre.
En ese mismo momento, Geraldo había conseguido subirse sobre Yule, aferrado a la vela sobre la cabeza del gato con una de sus aletas.
La foca monje soltó una retahíla de ruidos propios de Bruce Lee para luego abalanzarse por los aires en dirección hacia la maraña de cuellos de la hidra.
Iba a hacerle daño a todas menos a la de Lucian el del Jurado.
Pero antes de que llegase hasta su objetivo, Sam el Unicejo disparó un rayo oscuro por la boca hacia la criatura voladora.
La foca se convirtió en un esqueleto en un abrir y cerrar de ojos. Los huesos siguieron volando a causa del impulso y se separaron, hasta que terminaron por repiquetear por el suelo y convertirse en polvo.
Un rayo de muerte. Joder. No sabía mucho sobre ellos, solo que tenían muy poco alcance.
Tótem eliminado.
Lancé otra jarra de aguardiente para que no se apagase el fuego de la hidra.
Terroncito de Azúcar había empezado a volver a formarse.
Tendría que haber aparecido la barra de salud sobre la hidra en el momento en el que eliminásemos a la cabeza de fuego, lo que significaba que no era la gata.
Tampoco Sam, porque había usado el rayo de muerte.
Ni Sally, que había hecho lo propio con la espuma venenosa.
Solo quedaban Tami-Lynn y la madre de Bea.
Los dos cuellos se entrelazaron y las cabezas empezaron a sisear, rebuscando aún entre el humo en busca de nuestra ubicación exacta.
La hidra dio un paso titubeante hacia el frente.
La cabeza de mi madrastra, con el tatuaje de pitbull, parecía muy ridícula al lado de los pómulos perfectos, suaves y tersos de la madre de Bea.
Los ojos iracundos de la mujer siguieron buscando entre el humo.
A pesar de toda la cirugía plástica, se parecía a ella, a Beatrice.
—¿Dónde estás, Princesa? —gritó la madre de Bea—. Tengo una jaula muy calentita preparada para ti.
Miré el collar de oro que le rodeaba el cuello, con la cruz católica. No era lo bastante resistente. Tenía que usar mi collar de sellado y, para ello, tenía que estar cerca.
—Vas a ser una madre perfecta para nuestras camadas. ¡Tu tío está listo para plantarte la semillita!
—¡Jamás! —aulló Dónut.
Lancé dos hobombas más, pero a las cabezas cada vez se les daba mejor esquivar.
Se replegaban o se alejaban para evitar las bombas, que siempre pasaban de largo.
El suelo temblaba cada vez más con cada explosión.
En la distancia, vi otra caravana del parque a pesar del humo, con una vaca zombi en el techo que parecía estarnos mirando.
Todo empezó a deslizarse hacia el vacío.
—¡Te escribí, pero no me respondiste nunca! —gritó Tami-Lynn—. Necesitaba ayuda. ¡Mira en qué me he convertido por tu culpa! ¡Mira lo que me has obligado a hacer!
—¿Eso es todo lo que tienes? —preguntó Dónut a voz en grito—. ¡Así no me vas a enfadar!
—Lo que tú digas, cerdita. —Eso lo dijo Sally, mi compañera de trabajo.
—Por última vez, ¡estoy muy a gusto con mi cuerpo! —aulló Dónut—. ¡Me alegra que la señorita Beatrice consiguiera que te despidieran!
Dónut lanzó una carta antes de que me diese tiempo a sopesar lo que acababa de decir.
Era su nuevo tótem, el bastón mágico. Se plantó en el suelo a su lado con un golpe seco.
Era diferente a la última vez que lo había visto, cuando lo había blandido la ogra, quien lo usaba con un conjuro de nigromancia.
Ahora, Dónut lo usaba con Triplicado mecánico.
El bastón estaba hecho de latón y tenía un engranaje pequeño que giraba solo en la parte superior.
La carta permanecía en el aire, flotando en su mano.
Iba a seguir así, ocupando un espacio, mientras el bastón siguiese invocado.
Cuando este terminó de formarse, Lucian el del Jurado le lanzó una carta de trampa.
El bastón desapareció por completo y volvió a hacer acto de presencia al lado de la hidra. La carta seguía en la mano de Dónut.
¡Mangado!
—¡Que! —gritó la gata, rabiosa. Era una trampa que servía para robar tótems. Lanzó otra carta al momento, otro tótem. Todo se iluminó. Shi Maria.
Dónut usó otra carta con la araña mientras esta se formaba.
Era la de utilidad que había robado al principio del combate.
Shi Maria empezó a brillar. Se trataba de algún tipo de protección.
Me dio la impresión de que Lucian tenía otro tótem para lanzar, pero Dónut aprovechó en ese momento para usar Descarte obligatorio, tras lo que la carta de la mano del jurado desapareció en una nube de humo.
Lanzó otra a Shi Maria, pero esta también desapareció sin efecto alguno.
El conjuro de protección que rodeaba a la araña titiló antes de desaparecer.
—¡Ja! —gritó Dónut—. ¡Solo tenía un espacio para trampas y lo has desperdiciado! ¡He usado tu carta contra ti! ¡Eso te enseñará a no olisquear a los gatos!
—¡Olisquear es parte del examen! —respondió también a voz en grito Lucian el del Jurado.
Ambos se habían quedado sin cartas en la mano, a excepción del bastón que ocupaba un espacio en la de Dónut a pesar de que ahora lo controlaba Lucian. Los dos tenían varias cartas en el mazo, que irían robando poco a poco a medida que pasase el tiempo.
Yule, que no había dejado de buscar a Carl Macho Alfa y a su gato, desapareció con un bufido de rabia cuando se le acabó el tiempo de invocación.
La música de presentación de Shi Maria reverberó mientras yo seguía corriendo hacia un lado.
C ARL : Te aviso: voy a volverme invisible dentro de diez segundos. Échate hacia atrás y tómate tu poción cuando yo lo haga. Y asegúrate de que Mongo también. No permanezcas visible mientras yo no lo esté o irán a por Mongo.
La cabeza de Dick, mi jefe, se giró y empezó a disparar un chorro de agua sobre la espalda de la hidra para apagar el fuego de la jarra de aguardiente. Este era muy persistente, por lo que iba a tardar mucho en conseguirlo. Se rindió poco después.
Otra carta apareció en la mano de Lucian y la usó al momento. Salió despedida por los aires y desapareció entre el humo. Era una de utilidad, que afectó tanto a Carl Macho Alfa como a Rey Cruasán, dondequiera que estuviesen. Teníamos que acabar con todo aquello rápido, antes de que volviesen.