El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 46
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Capítulo 46

Nota añadida por la mazmorrera Milk. Sexta edición.

Por las sagradas tierras abisales de las alturas. Ese último enfrentamiento… No puedo ni describirlo. ¿Qué cojones? ¿Qué cojones? ¿Qué cojones?

La vieja caravana no tardó mucho en arder.

Mi contador de visualizaciones se había disparado del todo hacia la derecha, a pesar de que lo había ajustado recientemente.

Tenía el chat lleno de personas que se estaban enfrentando a situaciones parecidas, viendo momentos de sus vidas, momentos que se remontaban como mucho a hacía un año.

Todos habían visto la misma cuenta atrás, pero al parecer la nuestra era la única que había llegado a cero por el momento.

Dónut y yo íbamos a ser los primeros en saber qué ocurriría después.

Cuando se derrumbó el techo de la caravana y empezaron a avivarse aún más las llamas y las chispas, apareció un punto rojo en mitad de toda esa conflagración. Solo había uno.

Dimos un paso atrás y nos acercamos lo máximo posible al borde. Dónut lanzó Triplicado mecánico sobre Mongo mientras yo preparaba trampas por los alrededores en el jardín.

La gata no dejaba de preguntarme si estaba bien, y yo hice todo lo que pude para asegurarle que sí. Estaba preocupada por mí, por el enfrentamiento. Le aterrorizaba lo que estaba a punto de ocurrir, más de lo que parecía.

No le dije nada sobre Asher. No tenía muy clara la razón, sobre todo después de prometerle a él que no lo iba a olvidar. Ya habría tiempo para contárselo.

No podía dejar de pensar en él. Una parte de mí sabía que era raro que me importase tan poco lo que acababa de pasarle a mi padre.

Pero ese niño… Dios. ¿Cómo habían acabado?

Aquello había tenido lugar en junio o en julio del año pasado.

¿Qué le había pasado después? Recé para que su madre y él estuviesen dormidos en alguna parte cuando todo se había derrumbado.

Me aterrorizaba que llegasen a usar a mi hermano como jefe, algo que sería chungo de cojones.

Ya no tenían permitido hacer ese tipo de cosas con niños, pero estaba claro que tampoco es que les importasen demasiado las normas llegados a este punto.

Una parte de mí esperaba de verdad que fuese mi padre, pero me había quedado claro que había muerto antes del derrumbe.

¿Importaba eso? Aquellas… réplicas, o lo que quiera que fuesen, no eran las versiones auténticas, ya que habían quedado aplastadas.

Recordé lo que nos había dicho Odette sobre la lista de extras, lo de que elegían a personas que habían sobrevivido al derrumbe.

Habían estado a punto de usar a Bea como la reina Imogen.

Y esa sí que habría sido ella de verdad.

Daba igual a lo que estuviésemos a punto de enfrentarnos, no iba a ser algo real. No dejaba de repetirme eso una y otra vez.

Saqué la Glock de mi padre y empecé a darle vueltas entre las manos para examinarla.

La había cuidado muy bien. Mi padre siempre había tenido armas de fuego, pero nunca me dejaba tocarlas.

A pesar de todo, yo tenía un buen conocimiento de ellas.

Nunca llegué a guardar una en el apartamento cuando me mudé con Bea.

Ella sí que quería hacerse con una, pero imaginármela con un arma me había resultado aterrador.

Dónut la olisqueó con sospecha.

—No puedes usar un arma de fuego, Carl. No eres el típico tío que usa armas de fuego. ¿Sabes siquiera cómo se dispara?

—Sí, Dónut. Me enseñaron en el ejército.

—Creía que me habías dicho que no estabas en la Armada.

—Y no lo estaba. Ya te lo he dicho un millón de veces. Estaba en la Guardia Costera.

—¿Y te dejaban tener armas? ¿Por qué? ¿Acaso la costa os disparaba?

—Dónut, los guardas costeros usan armas de fuego mucho más…

Mira, ¿sabes qué? Da igual. —Suspiré—. No puedo usarla igualmente.

Es algo creado fuera de la mazmorra, lo que significa que no será tan potente como el resto de las cosas.

Si intento apretar el gatillo, es posible que me explote en las manos.

O, como poco, destrozará el cañón. Mis habilidades aumentan la potencia de las balas, y el arma tiene límite de potencia.

Tendré que llevarla a mi estudio de dinamitero y ajustar la potencia individual de cada proyectil y, aun así, será diferente si soy yo el que la dispara.

Dónut siguió examinando el arma de cerca.

—Ojalá pudiese usarla yo. —Soltó un grito ahogado—. ¡Podría conseguir una pistolera rosa y ponerme el sombrero de vaquero! ¿Te imaginas? Es una pena que no sea una de esas pistolas con el cilindro ese que gira. Bueno. Deberías dársela a Florin. Él sí que es el típico que usa armas de fuego.

—Lo último que supe de él es que estaba en Nigeria con un vehículo blindado. No necesita un arma de fuego que no sea mágica. Terminaré encontrándole algún uso. —La guardé.

Z EV : Esperad, chicos. Está pasando algo muy raro. Nos acaban de anular los controles a todos. Os devolveremos los menús en un momento.

Intercambié una mirada con Dónut. Todo parecía perfectamente normal para nosotros.

D ÓNUT : MIS MENÚS FUNCIONAN BIEN.

Z EV : Qué raro. Me ha llegado un aviso que decía que los teníais bloqueados.

Di un paso atrás.

—Ponte el pinganillo y recuerda el plan. Cuidado con dónde pisas. Y tómate la poción de invisibilidad.

Dónut tenía una hilera de pociones en el suelo detrás de ella, enterradas en lugares aleatorios y sin corcho. No podía bebérselas directamente del inventario durante los combates de cartas, pero sí que podía hacerlo manualmente.

El micrófono mágico apareció en su cabeza justo antes de que la rodease un contorno translúcido.

Empieza el combate.

Las paredes de la caravana que teníamos cerca se derrumbaron hacia dentro con una lluvia de chispas y llamas, dejando al descubierto los restos chamuscados de la camilla, la nevera y el horno, cosas que no había podido saquear, así como algún que otro objeto más.

Frente a la camilla llameante se encontraba nuestro oponente. El guardián de la llave. Era más grande que ella y casi no cabía encima. Tenía varias cabezas que se alzaron por los aires ahora que ya no había techo que las contuviese.

Empezaron a gritar. Las ocho o nueve que tenía. Todas al mismo tiempo.

—Carl, por todos los dioses. ¿Qué es eso? —gritó Dónut con voz amplificada al tiempo que se echaba atrás. Vi que tenía el pelaje encrespado a pesar de la invisibilidad—. ¿Es…? ¿Es la madre de la señorita Beatrice? ¿De dónde ha salido? —Soltó un grito ahogado—. ¿Terroncito de Azúcar?

—¿En serio? —pregunté hacia los cielos cuando la camilla se derrumbó bajo el peso de esa cosa. Se apartó de los restos llameantes y empezó a acercarse a nosotros. Estaba claro que el fuego no la afectaba—. ¿Qué mierdas es esto?

C ARL : Mordecai, rápido. ¿Cuál es la mejor manera de matar a una hidra, una con cabezas humanas? Bueno…, y también una de gato.

La criatura enorme, que estaba sentada sobre un pedazo de pared en llamas, siguió aullando. Apareció una mano de cartas frente a ella. Estas eran pequeñas y flotaban frente a una de las cabezas.

Mongo y las dos copias mecánicas se quedaron muy quietos y alzaron la vista hacia Dónut con nerviosismo, a la espera de órdenes.

Esa cosa era…, una masa amorfa de carne con varias cabezas que no dejaban de gritar, todas sobre unos tallos largos y carnosos que se parecían al cuello alargado de Shi Maria.

El monstruo era el mismo tipo de criatura que un berserker rastrero, aunque esas cosas estaban formadas por partes corporales aleatorias que se habían juntado.

Lo que teníamos ahora delante era una masa de carne cubierta de puntos de sutura en plan monstruo de Frankenstein, cosida deliberadamente para formar una pelota con unas piernecitas de aspecto cómico en la parte baja, como si fuese el cuerpo de una cría de elefante hinchada y achaparrada.

El cuerpo medía casi dos metros de alto y el doble de ancho.

Los cuellos se alzaban hacia las alturas, agitándose y enroscándose entre sí sin dejar de gritar. Cada una de las cabezas individuales tenía un nombre, pero se movían y se entremezclaban tan rápido que me resultaba imposible leerlos. Aun así, reconocí la mayoría de los rostros.

Me centré en el más joven. Asher. Mi hermano.

—No podéis hacer esto —grité mientras preparaba un par de hobombas adhesivas. Luego me tomé una poción de invisibilidad.

Mi padre no formaba parte de la hidra, pero conocía a la mayoría de las cabezas.

Una era la de la madre de Asher, mi madrastra.

Vi que se llamaban Tami-Lynn. Otra era la de mi amigo Sam el Unicejo.

Junto a él estaba la puñetera madre de Bea.

También había una gata persa que no reconocí, cuya cabeza parecía un diente de león en el extremo de un tallo.

Sin duda era una de las parientes de Dó­nut.

Al parecer, se llamaba «Terroncito de Azúcar».

Al lado estaba Dick, mi extraño encargado en el trabajo.

Luego mi casero, el señor Roth. Otra de las cabezas pertenecía a esa mujer del trabajo que se dedicaba a la contabilidad y cuyo nombre no recordaba.

La habían despedido hacía unos meses por alguna razón que desconocía.

La última era la de un anciano que no sabía quién era.

Tendría setenta y tantos años, el pelo azul y unas gafas de montura rosa.

Ese tipo del pelo azul era quien tenía las cartas flotando frente a él. Dejó de gritar y se puso a examinar su mano.

Dónut bufó.

—Carl, Carl, es Lucian el del Jurado. —Subió el volumen del pinganillo—. ¡Volvemos a encontrarnos, Lucian!

Lucian abrió la boca como si fuese a bostezar, pero en ese momento un anilló de humo brotó de entre sus labios.

¡Te han descubierto!

A mi lado, Dónut perdió la invisibilidad. Vi varias explosiones en miniatura por el campo de batalla. Todas las pociones que habíamos plantado explotaron en ese momento. Por suerte, las trampas no se habían activado.

—Cagondiós —dije a nadie en particular—. ¡Es el puñetero amo del mazo y acaba de lanzar un conjuro! ¡Ha hecho trampa!