El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 45 #2
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Capítulo 45 #2

—Soy tu marido —intentó gritar él, aunque tampoco es que pudiese gritar. Estaba muy débil—. Se supone que a quien tienes que ayudar es a mí.

Tosió unas veces más y empezó a murmurar. Oí que la mujer hablar entre murmullos con Asher en el pasillo, diciéndole que se quedase en su habitación.

Abrí el inventario y empecé a examinar las macetas que había cogido del jardín.

En ese momento, entendí por qué estaba ahí, qué era lo que querían que viese.

C ARL : Zev, ¿esto es real? ¿Cuánto tiempo tardasteis en encontrar algo así, cabrones? ¿Cómo es que lo tenéis siquiera? ¿Lo grababais todo?

Z EV : Lo siento, Carl. Sabes que no puedo darte detalles, pero te aseguro que todo lo que has visto hasta el momento es una grabación real de lo que ocurrió aquel día. Y también todo lo que verás hasta que la cuenta atrás llegue a cero. No te puedo decir más.

Miré el temporizador. Di un paso al frente y me incliné muy cerca de la cara del tipo.

A esa distancia se olía mucho más. Una parte de mí se dio cuenta de que, en realidad, nunca había estado tan cerca de él, de sus ojos, de su boca. ¿Cómo era posible? Era mi padre. ¿No debería tener muchos recuerdos de su cara?

Pero no. Era así. Aquello era lo más cerca que había estado de él. Me pareció importante.

Me acerqué a su oído y susurré:

—Eres un abusón. No le caes bien nadie. Mamá intentó matarte y, dentro de unos veinte minutos, estoy seguro de que tu nueva esposa, mi madrastra, va a terminar lo que ella empezó.

Eres insufrible, tanto que ni siquiera puede esperar a que esta enfermedad que tienes, sea cual sea, acabe contigo.

Es la segunda mujer que te intenta matar. ¿En qué lugar te deja algo así?

Siguió allí sentado, contemplando la nada. Estaba a punto de morir y no tenía ni idea.

—¿Y sabes qué? Tu muerte es tan insignificante que no le va a importar a nadie.

La única razón por la que estoy aquí para ver cómo ocurre es porque los imbéciles que llevan este programa creen que me va a afectar verte, enfrentarme al fin al gran monstruo de mi infancia.

Pero ¿sabes qué, viejo? Que te he dejado atrás.

Ya no tengo miedo de las sombras. No tengo miedo porque ahora sé lo que hay ahí fuera.

Y verte aquí hoy, verte así, creo que me ha sentado bien en realidad.

Estás a punto de morir. Estás destrozado.

Solo. Y no eres nada. De lo único que me arrepiento es de que hayas vivido el tiempo suficiente como para maltratar a mi pobre hermano.

Si tengo suerte, esos comemierdas resucitarán tu cadáver y te convertirán en un jefe. Así podré matarte de nuevo.

Me enderecé y me di la vuelta hacia el pasillo del fondo.

—No voy a quedarme siquiera para ver el final, para ver tu muerte real. No mereces que nadie te vea morir.

La mujer volvió a aparecer con una jeringuilla y otra bolsa de suero.

—Aquí está la medicina.

—Ya era hora.

—Sí… —dijo ella—. Ya era hora.

Me dirigí hacia la habitación de Ash mientras mi madrastra le inyectaba a mi padre una dosis letal de morfina.

No estaba seguro de cuál era el plan ni de por qué había ocultado los botecitos de cristal de morfina en la maceta grande del exterior. Eso daba igual.

Me acerqué a la pequeña habitación del chico. Estaba aovillado en la cama. Tenía un cochecito de juguete Matchbox y no dejaba de hacerlo rodar por la pared arriba y abajo.

—Siento mucho no haber sabido nada de ti —dije—.

De haber sido así, habría estado a tu lado y me habría asegurado de que estás bien.

Dentro de unos meses, ocurrirá algo, algo terrible.

Espero que estés durmiendo en la cama cuando pase.

Ya no puedo hacer nada al respecto, pero quiero que sepas algo. No te olvidaré. Jamás.

Extendí el brazo e intenté apoyar la mano en su cabeza, pero la atravesé.

Me enjugué las lágrimas y empecé a saquear la habitación.

No había muchas cosas, solo unos pocos juguetes y algunos pantalones y camisas.

Encontré una caja de caramelos antigua con forma de corazón en la que había una roca brillante, dos dólares y un pequeño vaquero de plástico.

Una parte de mí esperaba que hubiese una foto mía en algún lugar en la habitación, alguna señal de que sabía que tenía un hermano en alguna parte.

Pero no fue el caso. Dejé la caja con sus preciadas posesiones.

Me llevé el resto, incluyendo algunos dibujos a lápices de colores, la mayoría de los aviones y nubes de tormenta con rayos que destruían ciudades enteras con rabia.

Miré las volutas negras coloreadas de las tormentas.

«Les tiene miedo a los rayos. A las tormentas».

Cuando terminé, la mujer entró en la habitación.

—Ven, Ash —le dijo al chico antes de darle un abrazo y luego sentarse en la cama.

—No me deja ver la tele —dijo mi hermano.

—Tranquilo. Ahora está descansando. Tienes que quedarte aquí unos minutos más y luego irás a la casa de la señora Tomlinson. Allí podrás jugar con Elizabeth, y mañana daremos tu fiesta de cumpleaños.

—¿Me regalarán una bici? ¿Habrá tarta?

La mujer sonrió mientras unas lágrimas enormes le resbalaban por la mejilla.

—Ya veremos, cielo.

Cuando quedaban cinco minutos entré en el dormitorio principal, ya que no quería seguir espiándolos.

Una vez allí, empecé a saquear todo lo que podía.

Oí que mi padre decía algo en el salón, con desesperación y esa voz rasposa e ininteligible.

Nadie estaba allí para responderle ni para oír sus últimas palabras.

Lo primero que hice fue acercarme al viejo armario y abrir el cajón izquierdo de abajo.

Me hice con tres cajetillas de Marlboro y luego con una carpeta llena de documentos jurídicos que guardé sin leer.

También tenía una Glock de 9 mm, que guardé junto a dos cajas de munición.

Asimismo, encontré las llaves de la moto y de la Ford.

Después, cogí en peso el armario con espejo incluido y lo guardé en el inventario.

Hice lo propio con la cama de matrimonio, las mesillas de noche baratas y toda la ropa.

Había más fotografías en las paredes, la mayoría de Asher, pero las dejé.

Sí que me hice con todo lo demás. Solo tenía un arma de fuego.

También había una máquina recreativa en medio de aquella habitación tan pequeña, ocupando demasiado espacio. Estaba desenchufada y tenía un montón de ropa tirada encima. No era de Frogger , sino de Centipede . La guardé en el inventario.

Y ya. Tenía su pistola, su moto y su puñetera recreativa. Solo le quedaba su vida, algo que también terminaría por perder dentro de poco.

Cuando solo quedaba un minuto, saqué un cigarrillo y lo encendí. Volví al salón y pasé junto al cuerpo inerte de mi padre. Me quedé quieto, sin mirarlo. Saqué el encendedor y prendí fuego a las cortinas con flores púrpura.

Me detuve y alcé la vista al techo.

—Si vuestra intención era hacerme daño, la habéis cagado pero bien. Esto era justo lo que necesitaba ver.

Volví al exterior con Dónut, que estaba sentada sobre Mongo y esperaba pacientemente.

—¿Estás bien? —preguntó la gata.

La cuenta atrás ha concluido. Puedes entrar para enfrentarte al portador de la llave.

Me crují el cuello.

—Estoy bien.

—¿Seguro?

—He dicho que sí, Dónut.

—Bien. Eso significa que ya puedo decirte que te quites ese cigarro asqueroso de la boca.

Me reí mientras Mongo graznaba.

—Dame un segundo, ¿vale?

Ella miró hacia la puerta con gesto de sospecha.

—¿Sabes a qué nos vamos a enfrentar ahí dentro?

—No —respondí—. Pero sí que sé a qué no nos vamos a enfrentar.

Suspiré y tiré el cigarro. Sabía a viejo. Sabía mal.

La ventana se resquebrajó y brotaron unas llamas del interior que se alzaron hacia los cielos, mientras un humo negro se alejaba hacia un cielo que no estaba allí en realidad.

—Y no vamos a hacerlo ahí dentro. Hay muy poco espacio para los tótems, por lo que primero vamos a quedarnos aquí viendo cómo arde esa puñetera caravana.