El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 45
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Capítulo 45

Y ahí estaba. En mitad del salón.

—Madre mía —murmuré.

Era él. Mi padre. No lo había visto en doce años, desde aquel día. Y ahora lo tenía delante.

Todos tenemos un olor que asociamos con nuestros padres.

Es algo en lo que ni siquiera piensas hasta que regresa después de pasar un tiempo alejado de él, hasta que te trae recuerdos inoportunos que te asolan al mismo tiempo.

Pues aquel olor parecía estar impregnado en las paredes estrechas del lugar.

Ni siquiera era capaz de identificar dicho olor, pero era uno leve y almizclero que parecía aferrarse siempre a él.

Estaba mezclado con un aroma a antisépticos propio de una persona moribunda.

Se encontraba en la camilla de un hospital, colocada ahí en mitad de la estancia.

Estaba solo. No había monitores ni diodos ni nada de lo que normalmente relacionaría con alguien en un estado así.

Solo tenía una bolsa de suero que colgaba de un poste unido a la camilla.

El suero casi se había acabado, y el tubo transparente se le clavaba en el brazo.

Era como si su cuerpo estuviese hundido en esa camilla enorme.

Estaba despierto, con el respaldar levantado, y tenía los ojos entornados mientras miraba la pantalla de la televisión, en la que había un partido de béisbol.

Como era de esperar, la estancia se había adaptado para colocarla así.

El sillón estaba en un extremo, pegado contra un mueble viejo y barato sobre el que descansaba la televisión, que apuntaba hacia la camilla.

También había una pequeña barra de desayuno, con las patas plegadas y cuatro sillas apiladas cerca del frigorífico cercano para dejar más espacio.

Todas las ventanas tenían unas cortinas púrpura con el dibujo de la misma flor. Aliums.

Mi padre siempre había sido un tipo grande, aunque yo había terminado por superarlo en ese sentido. Aun así, cuando lo recordaba siempre era enorme y exagerado. Era como la silueta del exterior, la de esa estúpida máquina expendedora. No así. No era este despojo humano.

«¿Ya está? ¿Esto es lo que me daba tanto miedo?».

Estaba enfermo. Se moría. El tipo pesaba quizá unos setenta kilos, unos cuarenta menos de los que pesaba en su mejor momento.

El cabello, que siempre se teñía de castaño, había desaparecido en su mayor parte y ahora solo asomaban por su cabeza mechones grises y ralos.

La piel le había adquirido un tono cetrino intenso y también estaba llena de manchas.

Habían pasado doce años, pero parecía que habían sido cuarenta.

Aun así, estaba despierto. Lúcido y viendo la televisión.

Era un partido de los Seattle Mariners, que jugaban contra Baltimore.

Iba por la sexta entrada y estaban destrozando a los de Seattle.

Los ojos de mi padre se movían de un lado a otro, a ritmo del partido.

Era una mirada que había visto en muchas ocasiones.

Tenía la mano aferrada al mando a distancia, de la misma forma que solía agarrar un botellín de cerveza.

Una hilera de tiritas le destacaba en el dorso de la mano amarillenta.

La piel parecía prácticamente translúcida, plástica de alguna manera, como si fuese a arrugarse al tacto.

No se había afeitado desde hacía tiempo, por lo que le había crecido una barba blanca e irregular en su rostro demacrado.

—Maricas —dijo a la pantalla de televisión—. Sois todos unos puñeteros maricas inútiles.

Levantó el mando a distancia e intentó apagar la pantalla, pero el aparato se le cayó de la mano en ese momento. Volvió a intentarlo y, en esta ocasión, lo consiguió. Le temblaban mucho las manos.

Se quedó allí sentado durante unos instantes, en silencio.

D ÓNUT : CARL, ¿TODO BIEN?

C ARL : Sí. Dame unos minutos.

No podía apartar la mirada. ¿Qué le había pasado? ¿Cómo había llegado a Iowa? Tenía tantas preguntas.

—¿Te vas a quedar ahí mirándome o vas a preguntar lo que quieres preguntar?

Casi me dio un infarto.

Pero luego vi con quién estaba hablando en realidad.

Apareció un niño pequeño, que asomó la cabeza por el pasillo que llevaba a las habitaciones del fondo. Tendría unos seis años.

«Cagondiós —pensé—. Me cago en Dios, joder».

Había albergado esperanza hasta ese momento, pero lo supe en cuanto lo vi. Había juguetes en el jardín. Esperaba que mi padre hubiese conocido a una mujer que ya tenía hijos.

Pero no. Esa nariz. Esos ojos. Ese pelo.

Mi madre siempre se había quejado de que los genes de mi padre eran muy dominantes, que cualquiera que estuviese emparentado con él estaría condenado a parecérsele.

El chico dio un paso titubeante hacia la estancia, pero se quedó detrás de la camilla de hospital, escondido para que mi padre no pudiese girarse y mirarlo directamente.

No podía quitarle los ojos de encima. Aquel pobre chico parecía estar a punto de salir corriendo en cualquier momento.

—Has apagado la tele —dijo el niño—. ¿Puedo verla yo?

—No. Necesito descansar. Pero tráeme unos cigarros.

El chico se quedó paralizado.

«Muévete o haré que te muevas, chaval».

—Muévete o haré que te muevas, chaval.

—No… No sé dónde están. Mamá se los llevó. Se supone que no puedes fumar.

—Dile a tu madre que quiero hablar con ella.

—Está en casa de los vecinos.

—Ve a mi habitación y abre el cajón de debajo del todo de la cómoda de la izquierda. Hay una cajetilla. Tráemela.

El chico no respondió. Se dio la vuelta y corrió por la oscuridad del pasillo.

—¡Asher! ¡Vuelve aquí, mierdecilla!

«Asher —pensé—. Se llama Asher».

D ÓNUT : ACABA DE APARECER UNA SEÑORA DE LA NADA.

ESTÁ EN EL JARDÍN. ME HA ATRAVESADO Y NO SE LE HA CAÍDO LA ROPA.

¿CREES QUE EL AVISO ERA POR ESO? DIRÍA QUE SE HA PUESTO CON LAS MACETAS, PERO NO LO PUEDO CONFIRMAR PORQUE TE LAS LLEVASTE.

QUITANDO LO DE LA ROPA, PARECE UN FANTASMA DE LOS RECUERDOS NORMAL.

HA ENTRADO EN EL COBERTIZO Y SE HA HECHO CON ALGO, Y AHORA PARECE ESTAR USANDO UNA PALA CON UN ESPACIO VACÍO.

C ARL : Muy bien. Avisa si se acerca a la puerta.

D ÓNUT : TIENE EL TATUAJE DE UN PERRO EN EL CUELLO. EL TATUAJE DE UN PERRO. EN EL CUELLO. CREO QUE ES UN PIT BULL. ES ABSOLUTAMENTE REPUGNANTE, CARL.

C ARL : Sé amable. Creo que es mi madrastra.

D ÓNUT : NO PUEDE SER TU MADRASTRA, CARL. TENDRÁ MÁS O MENOS LA EDAD DE KATIA.

Me temblaban las manos cuando di otro paso hacia la habitación.

Había una vitrina llena de figuras de porcelana y unas pocas fotos enmarcadas.

Empecé a guardarme todo poco a poco, excepto las fotos, ya que no me parecía bien hacerlo.

También había una urna, que vi que contenía las cenizas de un perro llamado Azar.

Era muy probable que se tratase del mismo, pero tatuado en el cuello de la mujer. La guardé.

Mi padre solo aparecía en dos fotos. Una era la de una boda.

Me la quedé mirando. Obviamente, la mujer era más joven, mucho más.

Podía tener unos pocos años más que yo, y le daba las manos a mi padre mientras ambos sonreían.

Él iba vestido de motero, con bandana en la cabeza y chupa de cuero.

Se encontraban en un bar de mala muerte rodeados por más moteros.

Vi el tatuaje del cuello en la foto. La mujer estaba embarazada y parecía a punto de salir de cuentas. Llevaba una corona de pétalos de flor grandes y púrpuras. Aliums.

La segunda foto era de mi padre mirando a un Asher de doce meses que tenía sobre el regazo. Aquel se parecía mucho más al hombre que recordaba, serio y con la mirada perdida. Frío. Indiferente.

Había varias fotos en las que solo salía el chico.

Cogí una, la más reciente. Detrás de mí, oí toser a mi padre, lo que me recordó que seguía allí, allí mismo.

Lo ignoré y me quedé mirando la imagen. El chaval tenía un pelo castaño tupido, suficiente como para dos personas, descuidado e indómito. Ojos azules. Esa nariz.

Asher.

Asher.

Mi hermano.

Tenía un hermano.

«Que os den a todos», pensé.

¿Por qué me habían traído aquí, para hacerme ver que me habían arrebatado algo que ni siquiera sabía que tenía? ¿Para enseñarme lo que había perdido en realidad?

D ÓNUT : LA SEÑORA ESTÁ HACIENDO COSAS RARAS. HA SACADO ALGO DE UNA DE LAS MACETAS, PERO NO LO VEO PORQUE YA LO HAS COGIDO TÚ. SE LO HA APRETADO CONTRA EL PECHO Y SE HA PUESTO A LLORAR.

Guardé la foto en mi inventario. Me di la vuelta y encaré al hombre que seguía en la cama, incorporado y contemplando la nada.

«Los niños no siempre salen a sus padres, pero a veces eso no es suficiente. A veces los padres proyectan una sombra tan alargada que sus hijos se ven arrastrados por ella».

Me lo había dicho Frank justo antes de darme al Anillo del sufrimiento divino. Había muerto poco después.

—¿Sabes? —dije a aquel hombre que no podía oírme—. Antes me daba miedo decepcionarte. Y ni siquiera sabía por qué.

D ÓNUT : LA SEÑORA SE HA PUESTO A FUMAR UN CIGARRO Y NO DEJA DE CAMINAR DE UN LADO A OTRO. ESPERA. ¡LO ACABA DE TIRAR AL SUELO Y VA HACIA LA PUERTA!

Detrás de mí, la puerta se abrió y la mujer entró en la estancia.

Parpadeé y me la quedé mirando. Era alta y esbelta.

Con los ojos hundidos. De la cabeza le colgaba una melena negra y despeinada.

La pintura de uñas antaño roja ahora estaba desteñida y descascarillada.

Llevaba ropa de enfermera y era muy diferente a la mujer alegre y sonriente de la fotografía de boda.

También era muy diferente a mi madre. Pero… Pero al mismo tiempo podía decirse que era su gemela.

—¿Dónde has estado? Necesito los medicamentos.

—Estaba al lado ayudando a la señora Tomlinson. Te traeré las medicinas.

La mujer ni siquiera lo miró cuando pasó junto a él, hacia el fondo y oliendo a cigarrillo.

Llevaba algo a la espalda para que él no lo viese.

Yo tampoco lo vi; era invisible para mí, lo que significaba que ya lo tenía guardado en el inventario.

A la mujer le temblaban las manos. Unas lágrimas le caían por las mejillas.