Capítulo 44
A veces, las cosas son justo lo que parecen ser.
En ocasiones no hay sorpresas y, a pesar de ello, a pesar de hacer todo lo posible por prepararte para lo que está por venir, sigue afectándote como si te hubiesen pegado un patadón en la boca del estómago.
Tuve que acabar con un pavo zombi, varios pollos zombi y un cerdo muerto viviente mientras nos acercábamos.
La parte septentrional de aquel pedazo flotante de Iowa estaba llena de monstruos.
Dónut dijo que se caían por el borde y se precipitaban hacia el océano de debajo.
Yo sabía que algunos también caerían en el pedazo de tierra estrecho de Florida, lo que significaba que tendríamos que enfrentarnos a más de esos zombis al terminar, sin importar lo que ocurriese con el combate.
Dónut no dejaba de quejarse de las criaturas.
—Tienen que dejar de reciclar tramas, ¿eh?
—decía mientras nos acercábamos a la caravana—.
¿Por qué siempre hay hordas de muertos vivientes?
Acuérdate de los necrófagos en la Maraña de Hierro, esas partes corporales que se juntaban y también eran zombis en el sexto piso, y eso sin mencionar lo de las criaturas vampíricas.
¡Ah, ah, y el pueblo de ghommid! ¡Y eso solo fue hace unos días!
¿Y ahora meten animales de granja que son zombis?
O sea, ya basta. No sé a quién se le ocurre esta basura, pero tiene que cambiar.
Es como si un tipo en un bar usase siempre la misma frase para ligar una y otra vez.
No funcionó la primera vez, ¿por qué seguir intentándolo? Es penoso.
—No deberías quejarte de criaturas que podemos matar con facilidad, Dónut. Y menos en voz alta.
—Lo sé, Carl. Lo sé. Pero estoy muy segura de que ellos ya lo saben.
A la Pandilla le encanta especular sobre monstruos guapos contra los que deberíamos luchar, y empiezan a cansarse de los muertos vivientes.
Quiero matar más perros. ¿Sabes hace cuánto tiempo que no mato un perro?
Demasiado. Siempre me sube la audiencia cuando mato uno.
Estaba intentando distraerme. Yo estuve a punto de responder, pero lo vi justo en ese momento. Fue entonces cuando supe de verdad a lo que estaba a punto de enfrentarme.
—No me jodas —dije al ver la moto.
Estaba justo ahí, frente a esa caravana ruinosa.
Y no era lo único. El lugar parecía un vertedero.
Había una camioneta Ford destrozada con solo tres neumáticos, un sillón podrido y un viejo lavavajillas, así como lo que parecía una máquina expendedora de refrescos antigua.
Dicha máquina estaba cubierta de hierbas y tierra, como el resto de las cosas que había por el lugar.
En vez de tener un logo de Pepsi o de Coca-Cola, tenía la silueta de un hombre que reconocí de inmediato.
Debajo de la imagen había unas palabras: UN COMBATE A CAMBIO DE NUEVE FICHAS .
Y debajo de ellas había un asterisco con letra pequeña que rezaba: AVISO : UNA VEZ ACTIVADO , PODRÁS ABANDONAR LA ZONA , PERO SI LO HACES TENDRÁS QUE VOLVER A PAGAR CON NUEVE FICHAS PARA REACTIVARLA .
Y debajo de eso, en letra aún más pequeña: por cierto, SOLO HAY NUEVE FICHAS DISPONIBLES.
POR ESO , SI TE LARGAS , DIGAMOS QUE ESTARÁS BIEN JODIDO .
—Pensé que era una versión de ti pero más gorda, hasta que vi la moto —explicó Dónut—. Solo es una silueta, pero se te parece, Carl. La nariz es casi idéntica. Es muy inquietante.
Sentí que me quedaba sin aliento e hice todo lo que pude para ocultarlo.
—No digas eso nunca más.
—¿De verdad tiene bigote? ¿Se dedicaba al porno? Normal que no tengas fotos de él.
—A veces —comenté—. Lo del bigote, quiero decir.
No lo del porno. Siempre que se estaba preparando para salir en una de sus rutas de fin de semana en moto se lo dejaba crecer.
—Extendí el brazo por instinto y me toqué la cara, que seguía afeitándome religiosamente todos los días—. Le crecía muy rápido.
—Pues diría que hace mucho tiempo que no se va de ruta —comentó Dónut, que miró la moto sucia.
—¿Sabes qué? —dije mientras miraba la puerta de la caravana. Contemplé las malas hierbas que crecían alrededor de las ruedas de la moto. Las flores—. Tienes razón. Esto está mal. Todo está mal.
—¿A qué te refieres?
Señalé hacia atrás.
—Todo esto estaba cubierto de nieve hace unas horas. Se derritió porque lo teletransportaron aquí, a Florida. La caravana y ese jardín son diferentes. Mira toda la tierra que tienen la furgoneta y la moto.
—¡Eh! —dijo Dónut—. ¡Tienes razón! ¡Están haciendo trampa! Esto es diferente a ese granero de pavos zombi. Allí había nieve. ¡Y mira hacia allí, donde termina el jardín!
Me giré hacia donde la gata acababa de señalar.
Vi que había una montaña de bicicletas de niños en el jardín descuidado de la caravana adyacente.
Una de las bicicletas estaba partida por la mitad, la que tendría que haber estado en el jardín del vecino había desaparecido, y la parte delantera estaba allí partida como si la hubiesen cortado con un láser de precisión.
Las miré y lo recordé. Cuando era niño, todo el mundo iba por el barrio en grupo, pero yo nunca había tenido bici y los seguía a pie.
Me dejaban atrás todo el tiempo. Nunca tuve amigos que durasen mucho y siempre le había echado la culpa a no tener bicicleta.
Miré la caravana adyacente y vi que una de esas bicicletas de la montaña estaba apoyada en ella. Era exactamente la misma, con las mismas pegatinas blancas y rosadas de Spider Gwen.
—Este jardín y caravana no son de Navidad. Están haciendo trampa. Esta parte en concreto es de otro momento en el tiempo. Anterior, pero no demasiado. Quizá del verano. Lo han colado encima.
Sentí un escalofrío. ¿Por qué harían algo así?
«Es porque quieren que veas algo, algo concreto que grabaron con sus cámaras mágicas».
Me acerqué y froté el asiento de cuero sucio y resquebrajado de la moto.
Tenía una matrícula de Georgia que había caducado hacía años.
No tenía ni idea de motos, pero sabía que aquella tenía algo especial.
Era un objeto de coleccionista y, de haber estado en buenas condiciones, hubiese tenido mucho valor.
Era una Harley Davidson FLH Electra Glide Panhead de 1965.
No sabía qué significaba nada de eso, pero sí que era el último año que se había fabricado una configuración concreta y el primero de otra diferente.
Él nunca dejaba de comentarlo. Esa puñetera moto era su posesión más preciada.
Extendí el brazo y agarré el vehículo. Lo levanté con facilidad. En ese momento, recordé el día en el que lo había tirado al suelo sin querer. Recordé lo pesado que me había parecido. Lo guardé en el inventario.
Para mi sorpresa, no apareció en la categoría temporal, como el resto de las cosas del piso. Se colocó en el mismo espacio que las dos partes del Carruaje Real, las bicicletas, el kayak y ese tipo de cachivaches. OBJETOS DE MIERDA PARA EL TRANSPORTE .
—Creo que, si saqueamos cosas de este lugar, podemos quedárnoslas —comenté.
Volví a echar un vistazo por el jardín, en esta ocasión con más detenimiento.
Había una línea muy marcada en la que el suelo cambiaba por completo, como si el lugar donde nos encontrábamos se hubiese añadido después.
Era un rectángulo de unos seis metros alrededor de la caravana, que se detenía a unos pocos metros del patio de cada uno de los vecinos.
También había otros objetos partidos por la mitad.
Un rastrillo. Lo que parecía parte de una valla caída, aunque en este caso estaban las dos partes.
Me fijé en que la parte invernal estaba desplazaba unos pocos centímetros.
Vi una hilera de macetas bien colocadas en una parte muy recogida del jardín, por el sur, en la parte de atrás de la caravana.
La primera de las macetas, que era la mayor, tenía varias flores púrpura que estaban muy bien plantadas y cuidadas.
Había letras en las macetas, pero no alcanzaba a leerlas desde el lugar donde me encontraba.
Mi padre nunca habría hecho algo así. Tragué saliva al pensar en lo que suponía.
Di un paso al frente para examinarlas mejor, pero me choqué contra una pared invisible y me aplasté la cara contra la nada.
Detrás de mí, la máquina expendedora emitió un pitido.
—Mete las fichas, Dónut. Y saca a Mongo.
Aviso: El enfrentamiento no empezará hasta dentro de cuarenta y dos minutos y treinta segundos.
Apareció una cuenta atrás en mi interfaz.
Aviso: Esta zona se encuentra en un espacio temporal diferente que el resto del piso.
Aviso: Las interacciones físicas en esta zona tendrán efectos distintos que los que tendrían en otras ubicaciones del piso.
«¿Qué cojones significa eso?».
Los avisos llegaron en cuanto toqué la puerta endeble que había en un lado de la caravana.
Había dejado limpio el jardín y guardado en el inventario todo lo que podía coger, incluyendo la vieja lavadora, algunas bicicletas infantiles de varios tamaños y todo tipo de basura oxidada.
No pude levantar bien la furgoneta, aunque me dio la impresión de que en circunstancias normales hubiese podido hacerlo.
Ojalá hubiese tenido más tiempo. Conseguí levantar un extremo.
En ese momento había pensado que, si usaba un gato para levantar el vehículo, hubiese podido colocarme debajo y sostenerlo en peso el tiempo suficiente como para guardarlo.
La furgoneta tenía matrícula de Iowa y, para mi sorpresa, el registro estaba al día a pesar de que le faltaba un neumático.
Con tiempo, la habría desmontado por completo, incluyendo el motor para dárselo a Katia.
Todas las macetas tenían algo escrito. La caligrafía era elegante y femenina.
Las flores púrpura de la mayor, las que me habían llamado la atención, se llamaban aliums. Después había narcisos, margaritas, jacintos y algunas más.
Al lado había un cobertizo muy bien organizado lleno de suministros de jardín y bolsas de tierra. Me lo llevé todo.
A un lado de la caravana también encontré otra sorpresa.
Era la mitad de una camioneta bien aparcada.
Estaba partida por la mitad, de delante atrás, y la mitad había caído al suelo entre un charco de líquido.
La parte de la zona de invierno no estaba allí.
El motor también estaba partido por la mitad.
Intenté cogerla y empezaron a caer restos por todas partes.
Me hice con todo, aunque la mayoría era basura.
Dónut se quedó en silencio en mi hombro mientras yo hacía todo aquello, aunque se bajó para colocarse en el lomo de Mongo mientras me hacía con las piezas de camioneta.
El dinosaurio no dejaba de mirar una vaca zombi que deambulaba lejos.
No parecía ser hostil y le dijimos a Mongo que no la atacase.
Si salía del jardín, no lo dejarían volver a entrar.
Había más cosas por allí, en uno de los extremos del jardín, cosas en las que prefería no pensar. Dónut también lo vio y no dijo nada.
No lo soportaba más. Extendí la mano y toqué la puerta, y justo en ese momento fue cuando recibí los avisos.
—¿Qué? —preguntó Dónut—. ¿Por qué una cuenta atrás? Carl, ¿qué significa eso?
Me había quedado extrañamente aturdido. Era como si lo estuviese viendo todo a través de una pantalla y no estuviese ocurriendo en realidad.
—Hay una buena razón para que hayan superpuesto esta parte concreta en otro momento temporal, Dónut. Quieren que veamos algo. No podemos salir, así que será mejor que lo hagamos de una vez.
—Pero ¿a qué ha venido ese último aviso?
—Estoy a punto de descubrirlo. Tú quédate aquí hasta que te diga que puedes entrar.
—¿Carl?
—Sí.
—Puedes esperar aquí fuera conmigo. No tienes por qué entrar.
—Lo sé. Gracias. Pero necesito hacerlo. Espérame, ¿vale?
Dónut titubeó.
—Muy bien, Carl.
El suelo tembló cuando un acantilado distante se desmoronó hacia el océano de debajo.
Entré y cerré la puerta detrás de mí.