El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 42 #4
61%

Capítulo 42 #4

Mongo graznó confuso y asustado para luego ponerse en pie y tirar con fuerza para apartarse de mí, algo que supongo que debió de dolerle.

Pegó un brinco y desapareció de mi vista, supuse que en dirección a las vigas del techo.

El borde del precipicio se abrió frente a mí.

Era como una catarata. Dónut seguía aferrada en mitad de la estancia y no dejaba de gritar. Rodeé el poste con el brazo izquierdo.

—¡Cuidado, Carl!

—¿Dónde cojones…? ¡Au!

La ogra gigante, que seguía aferrando su bastón mágico, chocó contra mí con la fuerza de un camión.

Grité mientras las púas me empalaban por todas partes.

Algunas de ellas aún tenían pavos clavados, que quedaron aplastados entre nuestros cuerpos, explotaron como globos llenos de entrañas y nos bañaron en sangre.

La oscuridad se cernió sobre mí.

Sentí un dolor que no había experimentado antes, como si me hubiesen partido en dos.

De alguna manera, permanecí agarrado al poste con el brazo izquierdo y conseguí beberme una poción de salud buena. Tenía a la ogra pegada como si estuviésemos cosidos el uno al otro, húmeda y pesada contra mi pecho.

«Oh, no —pensé en ese momento—. Oh, no».

Me había atravesado los brazos, el estómago, las piernas, el cuello…

Y los ojos. Ambos ojos. Estaba ciego.

La salud subió y bajó mientras la poción se afanaba por mantenerme con vida. Me bebí otra tan pronto como pude.

Tenía el rostro húmedo y desfigurado de la ogra presionado contra el mío, dientes contra dientes.

La sentí sonreír. Olí el hedor a podredumbre de sus dientes amarillentos apretados, contra los míos, rechinando los unos contra los otros como si nos estuviesen obligando a darnos un beso.

Sabía a carne descompuesta. Tenía cosas en la boca y las sentí culebreando contra mis dientes mientras yo me dedicaba a gritar con la boca cerrada con fuerza.

—Nos dejan morir de hambre, ¿sabes? —gruñó la criatura.

Susurraba las palabras y, más que oírlas, las sentí en los huesos.

Empezó a apartarse, y las púas se desclavaron una a una, como tiras de velcro separadas poco a poco.

Noté cómo los ojos se me movían en las cuencas y cerré los puños con fuerza, deseando que no me los arrancase.

—Cuando no estamos aquí, estamos allí —continuó la ogra bruja entre susurros—. Y cuando estamos allí, se aseguran de que sintamos el hambre. Puedes detenerlo. Puedes saciarnos a todos, Carl.

Apartó por completo la cara y me liberó los ojos. Sentí que nos unían restos pegajosos de vísceras, como si nuestros cuerpos no quisiesen separarse.

¡Chas! El ruido de la madera al quebrarse restalló en mi oído.

La música se detuvo de repente.

—¡Amo Carl, este siervo insignificante suyo ha venido a rescatarlo!

—gritó Raúl el cangrejo. Partió el necrobastón con las pinzas y mató así al último tótem de la ogra.

Me bebí una poción de sanar normal y me alivié al comprobar que recuperaba la visión sin problema, como si alguien hubiese encendido las luces—. ¡Te liberaré de esta demonio!

El rostro de la ogra estaba justo allí, mirándome a los ojos con gesto suplicante, triste y temeroso.

«He visto antes esa mirada».

Raúl volvió a chasquear las pinzas y decapitó al ama del mazo mientras la criatura seguía separándose de mí. La cabeza de la ogra cayó mientras el cangrejo también se precipitaba entre una lluvia de pavos.

Combate completado. El mazo se ha reiniciado.

Mi salud no dejaba de bajar y subir. Tenía toda una ristra de desventajas, como ATONTADO , DOLORIDO DE COJONES y algo llamado JODIDO .

Notaba un calor abrasador que venía del anillo que el padre Carbón me había ayudado a «comprar» en el club Vencedor, ese que había camuflado como si fuese mi anillo de Fuerza.

Se suponía que me protegía de algunas desventajas, pero me había advertido de que podía sobrecargarse.

El problema es que no me lo podía quitar.

Empecé a jadear al intentar recuperar el aliento.

Me habían atravesado el cuerpo por muchos sitios, y el cadáver decapitado aún colgaba de mí, abrazado con fuerza.

Estaba a punto de desmayarme.

De repente, me percaté de que estaba colgando en mitad del aire, con el brazo izquierdo aún aferrado al poste y el pie pegado a la base de hormigón, que se había separado del suelo.

El poste en sí estaba unido a la estructura del granero, que colgaba sobre el acantilado como un alero.

Respiré hondo y me guardé el cadáver de Codos Afilados en el inventario.

Cuando lo hice, las heridas volvieron a abrírseme y empecé a desangrarme por decenas de agujeros, como si fuese la puñetera alcachofa de una ducha.

—¡Dónut! —grité, pero la tenía justo ahí, subida a Mongo en el borde de aquella catarata de tierra y pavos. Se bajó del dinosaurio y aterrizó con agilidad sobre mi hombro. El poste se agitó hacia arriba y abajo, precario y peligroso.

—¡Aléjate, Mongo! —gritó Dónut cuando se agarró a mi hombro—. Aguanta, Carl. ¡Tres segundos!

Me desmayé justo cuando sentí que había usado Saltacharcos. Lo último que oí fue el retumbar del resto del granero al caer por el borde y precipitarse al océano en la distancia.