Capítulo 41 #2
Combate completado. Se ha reiniciado el mazo.
Yule se me quedó mirando. Los ojos amarillos gigantes me contemplaban impasibles. Sentí el calor de la vela que tenía sobre la cabeza y vi cómo una gota de cera caía hasta desaparecerle entre el pelaje.
— Hvar eru buxurnar þínar? Hvar eru skórnir þínir? Næst mun ég borða sæta hold þitt.
Luego desapareció en una nube de polvo. El demonio masticado volvió a aparecer en mitad del aire. Cayó al suelo con un golpe húmedo. Tenía la cabeza torcida en un ángulo imposible y grotesco, a un lado y en la dirección equivocada.
Tragué saliva.
Dónut examinó el cadáver y pareció asqueada.
—Creo que no le caías nada bien, Carl. ¿Será que la de tu capa era su madre o algo así?
Me quedé mirando el lugar donde había estado el gato gigante. Vi las huellas de sus patas aún en el barro.
—¿Estás segura de que esa cosa es del folclore islandés? ¿Qué cojones?
—Sí. Es muy intenso, ¿verdad? Se pierde por la comida.
Una vez conocí a un gato británico de pelo corto llamado Bolita Tragona Gris que actuaba como él.
Le mordía los dedos a su dueña nada más oler la comida.
Una vez lo hizo con un miembro del jurado y ahí acabó su carrera.
Pero bueno, que Katia dice que lo entendieron todo mal en este caso.
El verdadero Yule es muy gruñón, pero este es todo un asesino en serie.
La vela le permite ver cosas invisibles, y si el oponente está desnudo o es un niño, se vuelve aún más fuerte.
Ojalá tuviésemos un mazo entero de gatos.
Me estremecí.
El oponente soltó un total de treinta cartas, y dieciocho de ellas eran tótems. Una era uno legendario de nivel 110 llamado REINA DEMONIO que parecía una especie de hormiga enorme con una corona, pero el resto eran más de esas polillas insaciables.
También tenía diez cartas consumibles de trampa.
Todas se llamaban LÁMPARA . La carta paralizaba a un tótem durante diez segundos y hacía que brillase con intensidad. Terminó por ser un buen botín.
—Dieciocho tótems —resopló Dónut mientras le daba un repaso a las cartas—. No es justo. ¿Por qué nosotros tenemos que seguir las normas si los enemigos no lo hacen? Tuvimos suerte de que te odiase tanto que hasta se olvidó de jugar.
El nictofúnebre habría sido un oponente complicado de haber jugado de verdad.
Tenía una estrategia muy clara, una parecida a la que habíamos usado nosotros para acabar con la reina Imogen al final de la Mascarada del Carnicero.
Hubiese lanzado las cartas de trampa sobre nuestros tótems para hacer que las polillas se abalanzasen hacia ellos.
Las polillas insaciables ganaban una bonificación a la Destreza y la Constitución al tocar una fuente de luz, por lo que hubiesen sido mucho más poderosas.
Pero aquello no les había servido de mucho cuando se habían lanzado hacia la vela de la cabeza de Yule.
Nos hicimos con la ficha y todas las cartas que pudimos, pero dejamos los tótems.
Lo que acababa de pasar, el hecho de que el oponente no usase en realidad su mazo, era algo que se estaba volviendo demasiado recurrente. Vi varios comentarios en el chat que decían lo mismo. Li Jun me había dicho que uno de sus contrincantes se había puesto a comerse las cartas.
El suelo siguió resquebrajándose poco a poco y sin pausa. Teníamos que seguir avanzando.
—¡Veo al siguiente! —dijo Dónut mientras soltaba a Mongo. El dinosaurio apareció y empezó a olisquear. Graznó al ver el cadáver del monstruo murciélago, antes de ponerse a mordisquear una de sus alas de piel curtida.
Dónut señaló un edificio grande de metal corrugado que había en mitad de la granja que teníamos a la izquierda. Parecía un hangar, pero mucho más alargado.
—Está ahí dentro. Carl, por ahí huele fatal. Esto es mucho peor que la última vez que estuve por aquí.
El suelo volvió a temblar.
—Dónut, te repito que nunca has estado aquí. Iowa e Idaho ni siquiera están cerca. Y las granjas huelen así. La zona estaba cubierta de nieve y empezó a derretirse cuando la teletransportaron aquí, así que todo está húmedo. Y todo huele peor cuando está húmedo.
—Pues es asqueroso. Mongo está consternado.
Mongo escupió el ala y gruñó para confirmar que así era.
Empecé a acercarme a la granja.
—Pues peor que va a oler.
Cuando nos acercamos, me tuve que agarrar la mano izquierda con la derecha. Me temblaban los brazos, pero intenté fingir que no era así. Tenía que centrarme. No íbamos a llegar hasta el jefe final si no nos concentrábamos en los dos combates que teníamos por delante.
—Carl, hay PNJ en el edificio de la granja. Muchísimos. Creo que podrían ser animales.
—Los veo.
El oponente estaba justo en medio de una muchedumbre de puntos blancos.
Llegamos a la puerta del costado de aquella estructura enorme, justo cuando el silo que había en un extremo de la granja se derrumbaba por el borde del acantilado con un estruendo espantoso.
Los cables eléctricos empezaron a chisporrotear.
Cerca del granero, una cañería empezó a soltar una especie de semillas o de alimentos por el borde como si fuese una catarata. Teníamos que darnos prisa.
Apoyé la mano en la puerta y la noté caliente. Lo oí. Sabíamos lo que íbamos a encontrar en el interior.
La empujé para abrirla y eché un vistazo por la estancia gigantesca y diáfana.
—Guau —dijo Dónut.
—Pues sí —convine—. Hay muchísimos pavos.
Uno se me acercó y se me quedó mirando. Lo examiné.
Pavo. Nivel 5.
Es un pavo. Ya sabes, glugluglú. Se asan a unos ciento ochenta grados durante trece o quince minutos. Y se pueden condimentar con romero, tomillo y salvia.
Despachúrralo con el pie.
Había miles de ellos. Decenas de miles. Era una estancia abierta enorme con suelo acolchado y blanco, aunque casi ni lo veía debido a que esas cosas estaban por todas partes.
También había cañerías por aquí y por allá, unas que formaban parte de un sistema de alimentación y agua.
Algunas zonas se habían aislado con vallas metálicas, pero estas habían caído al suelo y los pavos se habían entremezclado.
Eran pavos normales adultos. No eran marrones con ese semicírculo de plumas multicolor que la gente solía asociar a los pavos. No eran más que unas aves grandes, gordas y blancas con una carúncula roja brillante.
Y hacían muchísimo ruido. El glugluteo, piar o trinar o lo que quiera que hiciesen los pavos adultos se oyó diez veces más estruendoso cuando abrí la puerta.
—Carl, ¿recuerdas el pavo que mataron Prepotente y Miriam Dom al final del piso de las burbujas?
—Lo recuerdo. —Nunca habíamos visto a ese dios feral, pero había sido del tamaño de una burbuja entera—. Dónut, prepárate para lanzar Triplicado mecánico. Y saca el micrófono.
El pinganillo apareció de repente en su cabeza.
Dónut no podía lanzar conjuros mientras tuviese el mazo de cartas, pero los que usaba antes de que empezasen los combates permanecían activos mientras no requiriesen un gasto constante de maná, como era el caso de Antorcha.
Las canciones de bardo tampoco funcionaban, porque tenía que activar el conjuro usando la interfaz.
Pero habíamos descubierto que, si llevaba puesto el pinganillo, este seguía amplificando su voz y le servía para dar órdenes a los tótems a pesar de la distancia.
También queríamos asegurarnos de que teníamos tres Mongo para estos últimos enfrentamientos.
—Muy bien. Mongo. ¡Deja eso! No te comas todo lo que encuentres en el suelo. No, deja eso. Ven. Ven con mami. Vamos a llamar a tus amiguitos.
Había radiadores en el techo, por lo que la temperatura de la estancia era algo agobiante.
De hecho, me percaté de que hacía demasiado calor.
Algunos de los pavos no parecían estarlo pasando nada bien.
La mayoría seguían como si nada, pero unos pocos estaban quietos en el suelo o tirados de lado. Unos pocos también estaban muertos.
Volví a mirar los radiadores. Se suponía que aquel granero estaba en Iowa, donde era muy probable que hiciese muchísimo frío en el exterior.
Lo habían teletransportado a Florida, donde la temperatura del exterior era mucho más calurosa.
Y los radiadores seguían encendidos a máxima potencia.
Tendrían que haber tenido un termostato que los desconectase a partir de ciertos grados, pero por alguna razón había dejado de funcionar.
Dentro de unas pocas horas todos aquellos animales habrían muerto. Si es que la estructura al completo no se precipitaba hacia el océano, claro.
Por el momento, todos los animales y las personas que habíamos visto formaban parte de los fantasmas del recuerdo.
Esta era la primera vez que habían cogido a una criatura viva del pasado y creado versiones reales.
Estaban rompiendo sus propias normas. Me pregunté si lo del calor sería o no a propósito.
Basándome en el último enfrentamiento, suponía que no.
Miré a nuestro siguiente contrincante. Lo vi paralizado al fondo de aquella estancia enorme, con pavos que no dejaban de corretear a su alrededor como si nada.
No sabía qué clase de criatura era. Una especie de ogro grande cubierto de pinchos, o algo así.
Estaba lo bastante lejos como para no activar su amenaza.
Para ello tendríamos que adentrarnos bastante en aquella marabunta.
Me quedé quieto, pensando mientras echaba un vistazo entre esa bandada de aves glugluteantes, yendo de un lado a otro y picoteando comida. Era una trampa. Tenía que serlo. No había otra razón para preparar así el escenario.