El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 41
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Capítulo 41

Entrando en el condado de Dallas, Iowa

Me impulsé con los brazos hasta el borde desmigajado del asfalto húmedo. Tuve que saltar hacia delante cuando el suelo bajo mis pies se rompió y empezó a deslizarse hacia el abismo. «Joder», pensé al mirar hacia abajo. Un metro y medio de suelo se había partido y caía hacia la nada.

Había sido muy complicado llegar hasta arriba a pesar de Escalada.

Me había quedado muy sucio.

¡Logro desbloqueado! ¡Máximo riesgo!

¡Has escalado un acantilado con las manos desnudas!

Sabes que tenemos pergaminos y conjuros para que no tengas que hacer ese tipo de cosas, ¿verdad? Supongo que has querido hacerlo sin «trampas», pero la verdad es que ha sido aburrido de cojones.

Recompensas: No quiero ni comentar lo asquerosas que tienes las uñas de los pies en este momento. Y eso que normalmente hablaría encantado sobre tus pies, pero no. Me niego.

—Podrías haberme dado una habilidad para volar en lugar de una para escalar —gruñí mientras seguía quitándome toda la tierra de encima.

El día estaba despejado y vi el océano extendiéndose a mi alrededor.

Me aparté del borde y me giré para contemplar la zona.

Frente a nosotros se abría una calle llena de casas tipo granja con un parque de caravanas en las que había muy pocas.

Justo a nuestra izquierda había una granja comercial en la que destacaban unos pocos edificios grandes y un silo de chapa que se encontraba peligrosamente cerca del acantilado.

—Carl, aquí arriba huele fatal. No huele a patatas, sino mucho peor. Mongo va a enfadarse mucho.

El lugar era mucho mayor de lo que había pensado. El suelo tembló funesto. Busqué a nuestro siguiente oponente, pero no vi nada.

—Vale. Prepárate —dije—. Recuerda el plan. Saca el…

—¡Carl! —gritó Dónut de repente mientras señalaba una granja en ruinas que estaba a nuestra derecha—. ¡En el tejado! Hay una especie de…

Empieza el combate.

—… polillas invisibles.

Aviso: La capa que llevas puesta ha enfadado a los nictofúnebres.

—Mierda —dije mientras empezaba a formarse el mazo de cartas de Dónut. Saqué una hobomba de las de un cuarto de potencia y la lancé hacia el tejado de la estructura.

Me arrepentí desde que el proyectil abandonó mi xistera . Teníamos dos reglas importantes con mis explosivos, y acababa de romper las dos: no tirarlos contra monstruos invisibles y no hacer volar por los aires cosas inestables.

¡Pum! El tejado de la antigua casa explotó y los escombros volaron por todas partes. La estructura de la chimenea cayó frente a la entrada y aplastó una furgoneta Ford antigua. La entrada y la camioneta al completo empezaron a deslizarse montaña abajo.

Señalé hacia allí.

—¡Joder! ¡Corre! ¡Hacia delante!

Avanzamos por la calle a medida que el suelo caía detrás. Se había abierto una grieta larga y ominosa por el asfalto, justo en el centro de la calle. Un crujido espantoso resonó a nuestro alrededor, ensordecedor y agudo, como uñas rechinando contra un cristal.

—Carl, Carl, ¡aún no había sacado a Mongo! ¡Y ahora no me deja! Tampoco me había puesto el pinganillo.

—No pasa nada. Tú tranquila. —Eché un vistazo alrededor—. ¿Dónde cojones está? Solo veo algunas equis de criaturas muertas.

—Creo que mataste a unos pocos, pero el malo de verdad está flotando por ahí —comentó al tiempo que señalaba hacia arriba—. Es una especie de murciélago malo y enorme acompañado de polillas. Dios, están desnudos. Invisibles y desnudos. Mira esto.

Agitó una pata hacia delante para invocar una carta nueva. La que nos había dado Katia.

Yule.

El cielo se ennegreció y aparecieron ráfagas de nieve, antes de que unas luces de Navidad falsas se encendiesen en las casas y en las caravanas que nos rodeaban, superpuestas a las de verdad que había en las imágenes del recuerdo.

La tormenta arreció y se convirtió en una nevisca. En ese momento, vi la silueta del oponente. Fue suficiente para que apareciese la descripción.

El visitante. Nivel 70.

Es el amo del mazo número siete de diez.

Aaah, el Visitante.

Lo creáis o no, es uno de esos críptidos que son una leyenda urbana y que existió en realidad.

Lo primero que necesitas saber es lo que es un nulo. Los nulos. ¿Sabéis esos cabrones irritantes con cabezas grandes, los que nunca se callan? Los llamáis extraterrestres «grises», lo cual ya es darles demasiado crédito.

Hay una razón para la que los terrícolas conozcáis el aspecto que tienen esos imbéciles. Siempre se colaban en este planeta ilegalmente.

La criatura a la que os enfrentáis no es uno de esos, claro. En realidad, es una criatura llamada nictofúnebre.

Los nictofúnebres existen fuera de la mazmorra.

Los usamos como demonios en el juego porque…

Bueno, ya veréis el aspecto que tienen. Pero, en realidad, forman parte de una especie semiinteligente que normalmente vive en un planeta de los nulos.

Los verdaderos nictofúnebres son criaturas pacíficas, vegetarianas y nocturnas.

Podrían describirse como una especie de mezcla entre murciélagos, neandertales y burros.

Pero eso sería aburrido, por lo que esta versión es mucho más intensa. Y mortífera.

A los nulos les gusta capturar a estas pacíficas criaturas murciélago para montar en ellas o usarlas como mulas de carga, lo cual es bastante más chungo de lo que os podríais imaginar.

Son semiinteligentes, como he dicho. Sería como si vosotros secuestraseis delfines y os pusierais a enjaularlos y obligarlos a hacer acrobacias para que las viesen turistas gordos que… Anda…

Como iba diciendo, por alguna razón inexplicable, en 1903 un nulo bajó a la Tierra con un nictofúnebre durante un viaje turístico no autorizado a la Tierra.

Y la criatura se escapó. ¿Por qué trajo al monstruo con él?

¿Por qué esa señora a la que se le ve la ropa interior lleva su puercoespín mascota con ella en el metro? ¡A saber!

La pobre criatura terminó con tiros de escopeta y las entrañas desperdigadas en la campiña de Iowa. Lo llamaron el «Visitante». Y así nació la leyenda urbana.

Me miraba directamente. Agitó el brazo como si intentara lanzar un conjuro. Por suerte, como era el amo del mazo no iba a poder lanzar nada.

Un tintineo grave y navideño se extendió a nuestro alrededor, pero lento y distorsionado.

El día empezó a iluminarse y a oscurecerse de repente.

Se oyó un aullido, como si una cantante de ópera interpretase un canto fúnebre evocador en la distancia.

La música se intensificó y, de repente, cesó en el momento en el que unos fuegos artificiales blancos explotaron en el cielo.

Las explosiones se convirtieron en nieve y cayeron de las alturas.

Una vela alargada, ancha, medio derretida y amarilla, del tamaño de un contenedor de basura grande, apareció flotando en el cielo. Se movió arriba y abajo mientras se iluminaba la mecha, lo que reveló que se encontraba sobre la cabeza de una criatura invocada.

Cuando se encendió la luz de la vela, esta iluminó por completo al nictofúnebre oculto y a todos sus acompañantes.

El amo del mazo enemigo contaba con media docena de secuaces, unas cosas llamadas POLILLAS INSACIABLES .

Todas tenían nivel 30. Las criaturas tamaño perro se agitaban confusas alrededor de aquel demonio con aspecto de murciélago.

Casi ni me fijé en las polillas, ya que en ese momento vi a Yule.

Katia nos había dado la carta porque aquella cosa era un grano en el culo.

Según Dónut, el tótem la obedecía más o menos, sin hablar ni molestar a los demás.

Pero a veces se quedaba sentado por ahí y se negaba a luchar, algo que tampoco es que fuese un drama. Tenía mucha salud.

Sea como fuere, su tamaño hacía que luchar en ciertas situaciones fuese problemático.

Me quedé con la boca abierta y eché el cuello hacia atrás.

Yule no flotaba en el aire, sino que era enorme. Más grande que Shi Maria.

También era un gato. Un gato persa gordo, peludo y marrón del tamaño de una casa, uno con una vela gigante derritiéndose en la parte alta de su cabeza. Soltó un gruñido grave que hizo temblar el suelo.

Tenía un contador de 75 segundos encima.

¡Cuidado, cuidado, niños, cuidado!

Cuando llega el frío y cuando llega la tormenta,

llega también el día de la venida de Yule.

Se alimenta de los vagos y los que no llevan vestimenta,

de los indolentes y de los que no llevan prendas,

de todo aquel del que no ha recibido ofrendas.

Y del dulce sabor de las lenguas cercenadas de los niños que atormenta.

¡Es Yule el gato de Navidad!

Me lo quedé mirando.

—Pero ¿qué cojones?

Las polillas de repente se abalanzaron hacia la vela, mientras el nictofúnebre seguía ignorando su mazo, y al puñetero gato gigante, mientras intentaba lanzar otro conjuro. Aulló y se lanzó por los aires hacia mí.

— Hvar eru fötin þín? —preguntó Yule. Hablaba con el nictofúnebre.

Me aparté a duras penas mientras el gato saltaba hacia delante.

Las patas enormes golpearon a la criatura demoniaca.

Yule podía atacar al amo del mazo directamente porque este no había invocado ningún tótem.

El gato golpeó con fuerza a la criatura y la tiró contra el suelo.

La tierra volvió a retumbar y se agrietó.

— Hvar eru fötin þín? —repitió el gato, que inclinó su cara redonda hacia el nictofúnebre. No tenía ni idea de lo que estaba diciendo.

El demonio gravemente herido seguía mirándome solo a mí.

Mordecai me había advertido que mi capa de nictofúnebre enfurecería a ese tipo de criaturas, pero no sabía lo obsesionados que iban a estar conmigo.

La cosa estaba tan rabiosa que ni siquiera había usado las cartas.

Me fulminó con la mirada, sin quitarle ojo de encima a mi capa, y aulló una última vez, antes de que el gato bajase la cabeza, lo agarrase entre sus fauces y lo agitase con violencia de un lado a otro hasta matarlo.

Luego, Yule tiró a la criatura muerta por los aires y se lo comió.

Sentí cada uno de los crujidos de los huesos entre sus dientes.