El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 40
57%

Capítulo 40

Tuvimos que caminar bastante para llegar a la estancia segura, que se encontraba en una pequeña marisquería que había junto a la carretera.

Mientras nos dirigíamos hacia allí, Dónut siguió hablando a toda velocidad sobre teorías con las cartas, pero en algún momento del camino se quedó en silencio e hicimos así la última parte del viaje.

Yo seguí hablando con los demás. Todos estaban enfrentándose a los primeros nueve oponentes. La gente había intentado todo tipo de cosas para hacer trampas y matar a los líderes de pelotón enemigos antes de que empezase el enfrentamiento. Nada les había funcionado por el momento.

Como el amo del mazo enemigo solo se activaba y se volvía corpóreo cuando el líder de pelotón se acercaba, se habían puesto a intentar cosas muy creativas, como rodear al PNJ paralizado con trampas o prepararse con las armas en ristre.

Nada había funcionado. Cuando empezaba el enfrentamiento, cualquier trampa o estructura que rodease al enemigo desaparecía sin más, teletransportada vete a saber dónde.

Los mazmorreros que estaban dentro del anillo de trampas quedaban inconscientes, algo que había tenido resultados muy desastrosos para algunos de ellos.

Tserendolgor tenía a un francotirador en su grupo, alguien que usaba una honda clásica y que contaba con un conjuro que mejoraba su puntería.

Pues lo había apostado en lo alto de una colina, con el oponente a tiro.

El tipo había comentado que el conjuro de puntería había fallado al empezar el combate y el oponente se había movido un metro a la izquierda, lo que lo había dejado vendido.

Pero había conseguido matarlo igualmente un minuto después.

Era como si estuviesen desesperados por solucionar lo mal equilibrado que estaba el juego de cartas, pero siguiesen sin ser capaces de arreglarlo. La mayoría de los enfrentamientos terminaban antes de usar de verdad los tótems.

El bopca nos miró con cautela cuando llegamos a la estancia segura y no nos detuvimos a hablar.

Cuando entramos en el gremio, descubrí que la estancia principal estaba llena de estríperes y niños cambiados que dormían, todos desperdigados por la base y muchos roncando a pierna suelta.

Su suponía que podían dormir en sus barracones, pero allí no tenían videojuegos ni televisión.

La estancia estaba muy desordenada. Al parecer, habían jugado a lanzarse globos de agua.

No tenía ni idea de dónde habían sacado los globos, la verdad, pero había pedazos de látex por todas partes y la habitación estaba húmeda.

En la pantalla principal destacaba la película El hombre de California , pero sin sonido.

Eché un vistazo por el lugar y vi al robot limpiador en su sitio, en el rincón superior derecho de la habitación.

Este emitió un pitido leve y taciturno, como si fuese un perro gimoteando en una celda.

Mordecai le había dicho que esperase hasta la mañana siguiente para limpiar, para no despertarlos a todos.

Samantha también estaba por allí y era la única despierta.

Se había limpiado desde lo del club Desperado, y rodó hacia nosotros para luego saltar a la encimera de la cocina.

Abrió la boca para decir algo, pero yo me llevé un dedo a los labios para indicarle que se mantuviese en silencio.

Le di unas palmaditas en la cabeza y ella gruñó e intentó morderme.

No vi a Mordecai y di por hecho que estaba dormido. O trabajando en el estudio de creación, que era más probable.

Mongo se acercó a la montaña de hombres medio desnudos y se hizo un ovillo entre ellos. Seguía cubierto de sangre.

Tenía varias notificaciones de logros que repasar, pero decidimos hacerlo en la habitación de Dónut y nos dirigimos hacia allí.

—Carl —llamó la gata cuando cerré la puerta. Estaba exhausto, pero vi que quería hablar. Antes estaba llena de energía, pero era como si se le hubiese acabado de repente.

—¿Sí?

Miró con nerviosismo la interfaz de redes sociales y la vi desmoralizada.

—¿Sabes qué? Da igual. Vamos a abrir las cosas.

Me senté en la única silla de la habitación y coloqué a Dónut en mi regazo para luego acariciarle la cabeza. Estaba sucia y llena de tierra. Necesitaba un buen cepillado.

—No te preocupes por los demás. Dime qué te pasa.

Resolló.

—No dejo de pensar en el combate contra el tipo del traje de buzo.

Fue fácil, pero tenía una estrategia que podría haber funcionado muy bien si no lo hubiésemos matado tan rápido.

Te habría destrozado. No lo vi venir. Hay muchas cartas, miles de cartas diferentes, y no sabemos cuáles tendrán los malos. No es justo.

Seguí acariciándole la cabeza por un lado.

—No, no es justo. Pero por eso nosotros tenemos una estrategia. Tenemos que actuar rápido, acabar los combates lo más pronto posible para que dé igual lo que tengan los enemigos.

La gata tragó saliva y se preparó para lo que realmente quería decir.

—¿Qué pasará si mueres? ¿Qué voy a hacer? Y si me pasa algo a mí, ¿qué hará Mongo?

Me quedé allí sentado, con su cuerpecito cálido contra el mío, esperando a que continuase.

—Cuanto más analizo este juego de cartas, más me doy cuenta de lo fácil que sería que perdiésemos en cualquier momento. El último tipo solo era el número seis. Los siguientes van a ser más difíciles.

Seguí acariciándola.

—Siempre es peligroso, Dónut. Tenemos que hacerlo lo mejor que podamos.

—No me gusta estar a cargo de las cartas.

Tú eres quien tiene las cosas importantes normalmente.

Cuando fui desde el programa de Odette a esa habitación y me quedé sola, sentí durante unos segundos que jamás volvería a verte.

Fue horrible. —Cogió aire—. Ya vamos a perder a Katia pase lo que pase y nadie lo comenta.

¿Acaso no se dan cuenta de cómo está afectando a Bautista?

¿A mí? ¿A ella? No puedo ni imaginarme lo asustada que estará.

A veces, cuando pienso en cosas así, no puedo ni respirar.

Es como si algo me estuviese aplastando.

Me recliné del todo en la silla acolchada. Estábamos en un rincón de la habitación, frente a su tablón de redes sociales, que pitaba y hacía ruidos cada vez que alguien dejaba un comentario sobre nuestra conversación. Vi uno de reojo.

Creo que voy a salir de este canal de mierda si esa gata no deja de quejarse.

«Que te den por culo», pensé. No me atreví a decirlo en voz alta. No quería que Dónut viese el comentario, por lo que extendí el brazo y apagué la pantalla. La gata siguió acurrucada contra mi brazo.

Tenía la vela allí mismo, junto a la pantalla y la fotografía de Bea y Brad, que nunca había guardado. No pasaba nada. Aparté la foto, saqué un encendedor y prendí la vela. Un olor hogareño inundó la estancia.

—¿Sabes qué, Dónut? Vamos a olvidarnos de la cama mágica por una vez. Echémonos juntos una siesta a la antigua. Aquí, en esta silla. Una de verdad, pero que no sea larga. Ya abriremos las cajas luego. ¿Te parece?

—Vale.

Aún quedaba tiempo para que saliese el sol. Envié un mensaje rápido a Mordecai y le dije que nos despertase dentro de dos horas.

M ORDECAI : Estoy en el estudio de creación trabajando en unas pociones. Yo os despierto.

Dónut ya se había dormido. Intenté hacer lo propio, pero fui incapaz. Era como si me hubiese olvidado de hacerlo. En lugar de eso, me quedé sentado allí, solo con mis pensamientos. Mis pensamientos y el río, que no había desaparecido. Siempre.

Pensé en Mordecai y me lo imaginé en su mesa, trabajando en varias cosas. Pensé en el peso que cargaba sobre los hombros, más y más a cada año que pasaba. Pensé en Odette y en lo culpable que decía sentirse por todo.

Pensé en Frank Q y en el Anillo de sufrimiento divino, en lo que me había contado hacía unas semanas, en cómo sentía que todo aquello era demasiado para él. Igual que Dónut. Igual que yo.

Pensé en esa montaña de tierra y en cómo tendríamos que escalarla dentro de unas pocas horas, en el hombre que sabía que iba a encontrar en la cima.

«No podréis conmigo. Que os den a todos».

Terminé por dormirme, pero desperté por mi cuenta unos cuarenta minutos después, unos cinco antes de que Mordecai nos avisase para despertar.

Mongo estaba ahora con nosotros, aovillado en el suelo y con la cabeza grande y pesada sobre mi pie.

Samantha también estaba por ahí, a mi derecha sobre la mesa, mirando los mensajes del tablón de redes sociales que había vuelto a encender de alguna manera. Murmuraba para sí con rabia.

—Déjame leerlo. Déjame leerlo o encontraré a tu madre y sabes qué pasará. —Se giró y, al verme despierto, se le iluminó la cara con una gran sonrisa—. Que sepas que hablas en sueños.

—Samantha, no toques eso. Vas a romperlo.

Dónut bostezó y se estiró mientras yo intentaba espabilarme. Me sentí tan destrozado y fatigado que me acerqué de inmediato a la cama mágica para eliminar por completo mi agotamiento.

Odiaba y amaba al mismo tiempo lo bien que funcionaba aquella cosa, lo fácil que era ponerse encima y notar cómo la energía empezaba a fluir de nuevo por mi cuerpo.

Dónut volvía a ser ella misma, quejándose sobre las manchas de sangre que había dejado Mongo por toda la estancia. Como siempre, no mencionó la conversación que habíamos tenido antes.

Me centré en las notificaciones. Los chats se habían llenado de gente hablando sobre lo que habían recibido los mazmorreros en las cajas de botín.

Tenía mensajes privados de Katia, Li Jun y Elle, todos preguntando cómo nos iba.

Al parecer, Katia nos había visitado, pero al ver a todo el mundo durmiendo había vuelto a su espacio personal. Les respondería a todos en un minuto.