Capítulo 39
No tuvimos que usar el mazo de cartas de Dónut hasta el enfrentamiento para conseguir la sexta ficha. E incluso entonces, el combate terminó muy rápido.
Todas las criaturas estaban ahí esperándonos junto a la carretera, de camino a la montaña de tierra. Después de quedarme un rato observando al tipo de la sexta ficha, me quedó claro que mi teoría previa estaba en lo cierto. Sí que estaban paralizados hasta que nos acercábamos.
La gata no dejaba de quejarse de que aquello era muy «aburrido» y nada interesante para los fans, pero yo me alegré de quitárnoslo de encima tan rápido. Me daba muy mala espina lo que podíamos llegar a encontrar en lo alto de la montaña de tierra.
El sexto oponente estaba a un lado de la carretera, en la base del montículo, que se encontraba en un extremo de la isla, cerca de un cartel luminoso que indicaba la distancia que había hasta Cayo Hueso.
La tierra bloqueaba por completo la carretera y había cubierto un puente que, supuestamente, llevaba hasta la siguiente isla.
No alcanzaba a ver la parte de arriba ni ahora que nos encontrábamos en la base.
La criatura era un EXPLORADOR DE ARRECIFES de nivel 65 y llevaba un traje de buzo etéreo y reluciente, parecido al que se ponía Zev en la mazmorra.
Esta contaba con cuatro guardaespaldas, todos PEZ ESPADA ENTROMETIDO de nivel 50.
Eran unas criaturas bípedas y de tamaño humano con cabeza de pez espada, el problema es que las cabezas apuntaban hacia el cielo y casi no podían mover el cuello.
Las espadas verticales brillaban amenazadoras.
No tenían brazos, sino aletas a cada lado.
Y contaban con patas cortas parecidas a las de los pingüinos.
Las criaturas se tambalearon amenazantes hacia nosotros cuando el líder del pelotón gritó algo, algo que no oímos debido a la escafandra.
Era una criatura de tipo fantasma, por lo que saqué una de las hobombas con agua bendita y se la lancé, por encima de las cabezas de los peces espada.
Pero, cuando lo hice, uno de esos tipos escupió un chorro de agua con una precisión y una velocidad impresionantes y desvío la bomba e hizo que explotase antes de tiempo.
Después emitió un trinar entrecortado parecido al de un delfín y se alzó por los aires.
Cuando llegó a lo más alto, se quedó flotando en mitad del cielo nocturno, giró y se impulsó a toda velocidad hacia mí como un puñetero misil.
—Me cago en la puta —grité al tiempo que me hacía a un lado.
El tipo cayó al suelo con un chapoteo y quedó enterrado bocabajo en la tierra al borde de la carretera.
La espada larga se clavó del todo en el suelo, hasta los ojos.
De haberme dado, me habría convertido en un kebab.
Empezó a mover desesperado las patitas. Yo usé Garrazo y empecé a darle patadas.
En ese mismo instante, una ola de agua digital nos cubrió por completo y aparecieron entre el agua falsa dos más de esos peces espada. Hicieron una voltereta y aterrizaron justo delante del amo del mazo. Eran dos cartas que había usado el explorador de arrecifes.
La IA gritó de emoción:
¡Chapotea y salpica, vienen los peces espada entrometidos para clavar tu cabeza en una pica!
Los recién llegados tenían el mismo aspecto que los guardaespaldas, pero estos contaban con notificaciones de tótem sobre la cabeza con el tiempo que les quedaba para desaparecer: 90 segundos.
El que estaba enterrado en el suelo murió al fin, justo cuando el otro guardaespaldas saltó para atacarme. El amo del mazo le puso una mejora a uno de los tótems, algo llamado Precisión. Después añadió una segunda carta de Precisión al mismo tótem.
Mongo saltó por los aires y mordió al pez espada volador como si fuese un perro que atrapara un frisbee , mientras agitaba la cola.
Al caer al suelo, se activó su habilidad Terremoto, lo que hizo que el resto de los peces espada cayese al suelo y empezase a agitar las aletas como…
, pues como peces. El tipo del traje de buzo ni se inmutó, y el dinosaurio aprovechó para destrozar a su presa.
Todos nos quedamos paralizados mientras resonaba una melodía que parecía salir del órgano de una iglesia, marcada y estruendosa. Unos bebés digitales gordos y desnudos con alitas revolotearon a nuestro alrededor cuando Dónut invocó uno de los tótems nuevos de nuestro equipo.
Aún no había visto al tipo y no sabía muy bien qué esperar. Era la carta creada por Dónut al usar la de Combinación.
Había combinado a Juzicristo y Asojano.
Unas chispas brotaron de las alas de los querubines mientras el tótem se alzaba del suelo, gritando y envuelto en humo.
Los bebés angelicales se marcharon, momento en el que una jauría de perros callejeros salió de aquel borrón giratorio entre ladridos para luego correr en todas direcciones mientras la música se intensificaba.
Cuando se despejó el humo, lo vi al fin.
Era la secuencia de aparición más loca y excesiva de todas nuestras cartas. A Dónut le encantaba, a pesar de la aparición de los perros callejeros.
La criatura era una con túnica, sucia y con sandalias, encorvada y enfermiza.
Una nube reluciente le rodeaba la cabeza y lanzaba algunos rayos por aquí y por allá, que iluminaban aún más la zona con un tono verdoso inquietante.
La capucha que llevaba puesta le oscurecía la cara, y usaba el arma enorme que llevaba como bastón. Dio un paso indeciso hacia delante.
Tenía nivel 140, como Juzicristo. Habíamos tenido suerte, ya que Asojano tenía 130.
El tipo tenía una puñetera bazuca. Una bazuca mágica que disparaba algo diferente cada vez.
—Ahora viene mi parte favorita —dijo Dónut.
La IA gritó la introducción como si estuviese presentando un combate de boxeo.
Aquí tenemos al hijo caído, al pecador resucitado, al portador de enfermedades, al salvador, al que acabará con toda blasfemia. Es el maestro catastrófico, entusiasta y sin duda peligroso del ciclo de la vida y la muerte.
¡Es Lázaro Explota-Expló!
Apareció otra explosión digital mientras el tipo encorvado avanzaba a duras penas. Nuestro oponente y los guardaespaldas y tótems restantes estaban aún recuperando la compostura. Se quedaron paralizados contemplando al recién llegado y aquel espectáculo ridículo.
—¿En serio va a hacer eso cada vez que lo saquemos? —pregunté. Mongo alzó la vista del cadáver del pez espada y gruñó.
—Es maravilloso, ¿verdad? —dijo Dónut—. ¡Ojalá yo tuviese una canción de presentación como esa!
La capucha de la criatura cayó hacia atrás y dejó al descubierto a un hombre de piel oscura llena de forúnculos y que llevaba una corona de espinas, pero estas le cubrían los ojos como si llevase una venda.
Se enderezó por completo y me di cuenta de que aquello de dárselas de decrépito había sido mentira.
Sin duda era mayor, pero estaba mazado. Los brazos le latían con fuerza.
«Madre mía —pensé—. Este tipo es muy intenso».
Se llevó la bazuca al hombro.
—Ha llegado vuestro salvador, hijos de puta.
Tenía una voz grave y potente. Su acento era parecido al de Asojano, pero al mismo tiempo también me recordaba a Juzicristo. Era como si alguien hubiese juntado a todos los héroes de acción de la década de los ochenta y hubiese creado con ellos un único personaje.
Apretó el mecanismo de disparo justo cuando los tótems y guardaespaldas restantes saltaron hacia los cielos; dos tótems de pez espada y dos criaturas normales.
¡Zum!
Una nube de… algo brotó del arma, se dividió y empezó a retorcerse por los aires antes de impactar contra los cuatro peces espada al mismo tiempo. Todos, incluido el que estaba mejorado con cartas de utilidad, cayeron como un saco de ladrillos y empezaron a contorsionarse en el suelo.
Escarabajos. Estaban cubiertos de unos escarabajos iridiscentes que los arañaban mientras relucían a la luz como si estuviesen hechos de metal.
Había miles de ellos y devoraron a los peces en escasos segundos.
Mongo graznó de miedo y se apartó. Los dos tótems desaparecieron en una nube de humo mientras las otras dos criaturas chillaban de dolor al quedar convertidas en esqueletos.
Cuando murieron, los insectos se convirtieron en polvo.
—Es una pasada, ¿verdad? —gritó Dónut—. ¡Tiene varias armas y nunca sabes con cuál va a aparecer! A veces es una bazuca que dispara bichos, pero ¡otras es un lanzacohetes que hace que todo explote!
Dónut invocó a Raúl el cangrejo, quien apareció con una explosión nada llamativa en comparación. Empezó a caminar de lado en dirección al explorador de arrecifes.
—Es un fantasma —gritó Dónut—. Tienes que usar magia para matarlo. ¡Rápido! ¡Antes de que invoque otro tótem!
Raúl se dio la vuelta e hizo una reverencia.
Se detuvo unos instantes, momento en el que se sentó en el suelo y empezó a canturrear un conjuro corto.
La garra derecha empezó a brillarle. Se puso en pie y siguió caminando hacia la criatura, quien se había retirado hasta un árbol mientras intentaba sacar otra carta a la desesperada.
—¿Quieres que lo reviente? —preguntó Lázaro a Dónut. Tenía una cuenta atrás titilante sobre la bazuca. Un hilillo de humo brotaba del cañón del arma enorme que parecía sacada de unos dibujos animados. Era el tiempo de recarga y quedaban diez segundos.
Lázaro pegó un brinco de sorpresa al verme por allí. Se llevó la bazuca al hombro de nuevo y me apuntó.
—¿Tú quién eres? —exigió saber.
—¡Lázaro Explota-Expló, baja eso ahora mismo! ¡Es nuestro amigo Carl!
—Ya, vale —dijo a regañadientes. Bajó el arma gigantesca, pero hizo ese gesto típico de los machitos: inclinó los hombros hacia delante como si estuviese a punto de abalanzarse sobre mí.
Me miró de arriba abajo a pesar de que tenía los ojos cubiertos de espinas—.
Sí, tal y como pensaba. Te has acobardado.
Mongo soltó otro graznido iracundo.
El tipo con túnica se giró hacia Raúl, quien seguía dirigiéndose hacia el fantasma reluciente. Este se había puesto a gritar y a correr entre los árboles.