Capítulo 38 #2
Agitó la pata, momento en el que la luz salió disparada por los aires y se alejó de nosotros como un dron a toda velocidad. Ascendió a bastante altura y luego emitió un haz de luz que iluminó la zona como si se tratase del foco de un estadio.
—Madre mía —dije al tiempo que me cubría los ojos.
—¿Verdad que sí? —comentó Dónut—. Mantenerla así gasta mucho maná, así que solo puedo hacerlo durante un minuto.
Miré hacia el oeste y, cuando iba a apartar la mirada, volví a dirigirla hacia allí.
Al principio creí que se trataba de un efecto raro del conjuro de Dónut, o del final del mapa.
Vi una pared escarpada de tierra desmoronada en la distancia, como si un camión de basura cósmica hubiese volcado su carga sobre la isla.
Era un montón de tierra que se alzaba hasta las nubes.
No veía la parte superior. Me recordó a la Necrópolis de Anser del piso de las burbujas, pero más caótica.
Estaba muy seguro de que aquel montón de tierra era mucho más ancho que la isla.
La tierra no dejaba de caer por un lado.
Parpadeé varias veces para intentar dilucidar qué era lo que estaba mirando. Consulté el mapa. La llave de salida se encontraba en algún lugar de la parte superior de aquella muralla de tierra. Al menos esperaba que fuese justo encima y no estuviese enterrada por allí.
C ARL : Zev, ¿habéis arrancado un pedazo de tierra de Iowa con la llave y lo habéis tirado en mitad de Florida?
Z EV : Mi departamento no se encarga de eso, pero sí. Era la única manera de hacerlo sin romper nada más.
Negué con la cabeza.
C ARL : Pues quizá deberías explicarles a los tuyos que hay diferencias en el nivel del mar. ¿Esa cosa es estable? Estamos en un cayo. Es una isla sobre un arrecife, y la mitad o la mayoría de esa montaña de tierra está en el océano. El agua la va a derrumbar en un día como mucho.
Z EV : Sí, Carl. Pero estamos muy ocupados. Somos conscientes de la situación e intervendremos si la ubicación de la llave se vuelve inaccesible.
Di otro paso hacia la carretera. Dónut saltó en mi hombro mientras Mongo nos seguía. Tenía la cara del todo cubierta de sangre.
—Me gusta tu sombrero de marinerito, por cierto —dije mientras miraba el gorro que Dónut seguía teniendo sobre la cabeza—. Pareces salida de la Armada.
—Es divino, ¿verdad?
Tenía un aspecto absurdo, pero no iba a decírselo.
—Me gusta, pero si lo llevas no vas a poder usar tu nueva habilidad Flotar. Y pierdes 10 puntos de Inteligencia.
—Ya he hablado del tema con Mordecai y voy a llevarlo hasta que me quede sin cartas. Luego me pondré la nueva tiara de la libélula. ¡El gorro me baja el tiempo de recarga para robar cartas en dos segundos! Además, es muy desenfadado. Me encantan las cosas desenfadadas.
—¿En serio? No sabía que existía equipamiento mágico específico para las cartas.
Dónut extendió la pata y se colocó el gorro aún más de lado. Parecía estar a punto de caérsele en cualquier momento.
—Gorro de marinerito lo has llamado, ¿no? ¿No me parezco mucho al pato Donald? ¿Tú llevabas uno igual en el trabajo?
Gruñí.
—No. Yo llevaba una gorra de béisbol. Nos reíamos mucho de los pobres diablos que tenían que ponerse uno de esos.
—¿Una gorra de béisbol, Carl? ¿Estabas en el ejército y llevabas una gorra de béisbol? Creo que me estás mintiendo.
—¿El Robert ese tenía algo más encima?
—El resto del uniforme, pero estaba destrozado. Y la ficha.
—¿La ficha? —pregunté.
—Sí, Carl. ¿No oíste el anuncio?
—No, Dónut. Recuerda que no estaba aquí.
—Ah —dijo ella—. Vale. Pues es muy fácil. Hay que reunir nueve fichas para luchar contra el jefe final de la llave. En este lugar hay menos monstruos, pero todos tienen fichas y mazos. Un momento, veo un punto rojo. —Señaló con la pata—. Por ahí, cerca del montículo.
—Muy bien —comenté al tiempo que me crujía el cuello—. Veamos cómo va esto.
—¿Vamos a luchar en la oscuridad? ¡No me deja mantener el conjuro cuando se activa el mazo!
Me encogí de hombros.
—Hay farolas y tengo muchísimas antorchas. Tenemos que aprovechar el tiempo lo máximo posible.
—Vale —comentó ella con escepticismo—. ¿Y vamos a buscar a algunos de los chicos para que nos ayude?
—¿Los chicos?
—Ya sabes, los chicos de Desfile fálico.
Stevie es un trol, por el amor de Dios. Se le da genial machacar cosas y puede mantener la porra sobre la punta de uno de sus dedos durante diez segundos seguidos.
Ah, ¡y Glúteos rompe cosas con las nalgas!
Si metes ahí la cabeza de un enemigo, adiós muy buenas.
—Creo que será mejor que los dejemos en paz a no ser que tengamos una emergencia. Lo mejor es que estén bien preparados para el siguiente piso.
—Muy bien —respondió Dónut—. De todas maneras, seguro que iban a robarnos experiencia como unos ninjas.
Empezamos a avanzar en dirección al punto rojo, atentos por si veíamos otras criaturas o trampas.
En ese momento, Imani envió un mensaje a todo el mundo para comprobar cómo estaban.
Solo unos pocos habíamos sido afectados por el error.
Florin estaba en la zona oriental de Nigeria.
No estaba en grupo con Lucia Mar, por lo que había perdido el contacto con ella.
Li Jun y los suyos, entre los que se encontraba Chris, seguían en China, pero en la parte central.
Imani y Elle se habían separado. El pelotón de Elle había terminado en Bélgica e Imani solo había podido elegir una ubicación: Detroit. Todos los demás estaban igual de desperdigados.
Después de insistirle un poco, Prepotente nos comentó que estaba en algún lugar de la zona septentrional de Italia.
Al igual que ocurría con nuestra zona, la de Katia era una mezcla de Ucrania con Vietnam, aunque nos advirtió de algo que me puso sobre aviso. La parte de Vietnam de la zona donde había terminado pertenecía a una ciudad llamada Đà Năng. Era la ciudad natal de Tran.
La ubicación de la llave era el edificio de apartamentos donde habían vivido su exmujer y su madre.
Imani nos comentó a regañadientes que ella había crecido en Detroit y que nunca la hubiese elegido de haber tenido otra opción. Su llave también se encontraba en la casa de alguien que conocía, pero no nos dio más detalles.
E LLE : Yo no conozco a nadie en Bélgica, por suerte. No perdáis los papeles. No son más que fantasmas de los recuerdos. Y si van a hacernos luchar con nuestros seres queridos, recordad que en realidad no son ellos. No dejéis que os manipulen.
—Carl —llamó Dónut mientras caminábamos—. ¿Tú conoces a alguien que viva en Florida o en Iowa? Porque yo tengo claro que no.
—No —respondí, y deseé con todas mis fuerzas que fuese cierto.
Nuestro primer oponente, y el segundo de Dónut, fue un tipo de criatura con el que habíamos luchado antes.
Estaba allí sentada a un lado de la carretera, en el haz de luz de un aparcamiento mientras esperaba a que nos acercásemos.
Era una ambientación que no habíamos visto en la mazmorra hasta ese momento, una que más bien parecía sacada de un videojuego.
La criatura estaba ahí parada, esperando a que nos acercásemos.
A su alrededor tenía una montaña de ropa de los fantasmas de los recuerdos, lo que indicaba que llevaba ahí parada desde hacía rato.
El aparcamiento contaba con una estancia segura y un club Desperado, pero el mapa nos indicó que el club estaba «Cerrado por renovaciones de emergencia».
La última vez que había visto a uno de esos tipos había sido en el cuarto piso y sufrían una enfermedad llamada delirium tremens . Era una criatura híbrida entre humano y babuino que se llamaba bababuino. No recordaba el nivel que tenían entonces, seguro que sobre 17, pero este tenía 45.
El tipo de rostro ancho llevaba un sombrero de Papa Noel y una camiseta en la que había un regalo envuelto y un mensaje que rezaba: «Tengo un paquete enorme para ti».
Empezó a gruñir y a saltar de un lado a otro mientras nos acercábamos, como si hubiese estado paralizado hasta el momento en el que nos había visto.
Empieza el combate.
Saqué una hobomba adhesiva, la metí en la xistera y la lancé hacia la criatura. Se le quedó pegada al pecho y explotó, lo que acabó con él antes siquiera de que robase la primera carta.
Combate completado. Se ha reiniciado el mazo.
—Carl, ¡la explosión ha roto el sombrero! —se quejó Dónut cuando nos acercamos a investigar el cadáver. El tipo había quedado hecho papilla. Mongo gruñó y empezó a lamerlo todo.
Un grupo de veinte cartas aparecieron flotando en mitad del aire.
Ninguna era demasiado buena, pero tenía una de Darse a la fuga consumible.
También tres tótems: dos bababuinos más como él y un simio mofeta raro nivel 80.
Solo podíamos examinar la información impresa en la carta, que era solo una pequeña parte.
Me daba bastante curiosidad, pero hubiésemos tenido que dejar a uno de nuestros tótems para usarla, algo que no estábamos dispuestos a hacer.
También tenía una de esas fichas, que era una ficha de póquer tamaño moneda con el número dos grabado en ella.
—¿La primera ficha tenía el número uno? —pregunté
—Pues sí —respondió Dónut.
—¿Y qué nivel tenía el primer enemigo?
—Nivel 40. Veo otro punto rojo al fondo de la calle. Y otro detrás de ese. Parece que hay un camino de enemigos que se va acercando a esa montaña de tierra, todos a un lado de la carretera.
—Muy bien —dije mientras miraba hacia el oeste. No vi nada. Ahora que habíamos dejado atrás las casas, solo había palmeras y arbustos, así como algún que otro establecimiento a los lados de la carretera. Se oía el romper de las olas en la distancia.
—Vamos allá. Probemos otra vez.