Capítulo 37 #2
—Tenía un primo. Se llamaba Pieter. Y también tenía una amiga llamada Armita.
Éramos amigas desde que nacimos, y Pieter tenía unos pocos años menos que yo.
Siempre nos seguía adondequiera que fuésemos, aunque nosotras no quisiéramos.
El día que ocurrió estábamos de pícnic. Armita y yo estábamos en edad de precortejo, lo que en tu planeta equivale a unos diecisiete años.
Y Pieter tenía trece. Nos había seguido.
Yo había preparado pastelitos dulces, que le gustaban mucho.
—Odette se frotó las manos arrugadas. Tenía las uñas muy largas y se le curvaban como garras.
—Le tiré una roca y le dije que se fuese a casa. Le di en la cabeza y se había puesto a llorar. No tenía amigos. —Odette hizo una pausa para recuperar la compostura—. Y entonces ocurrió. Los tres, junto a unos pocos más, entramos juntos en la mazmorra.
La voz de Odette empezó a quebrarse a medida que seguía hablando.
—Terminaron por obligarme a elegir. Pieter o Armita.
Yo elegí a mi amiga. Sin más. Fue lo correcto.
Aun así, a veces… me pregunto… Era un niño tan inocente, y este lugar…
este lugar lo destrozó. Lo hizo añicos y acabó fatal.
Mis amigos. Mi familia. Yo los había animado a todos.
«Un piso más», les había dicho. «Seguro que aguantamos un poco más».
Y todos terminaron por morir por mi culpa. Uno a uno. Todos excepto Armita y yo.
Las lágrimas habían empezado a derramársele por la cara. Continuó.
—Cuando conseguí firmar el trato para salir, pensé que podía ayudar a los demás y por eso elegí ser guía del juego.
Armita se había marchado un poco antes que yo y había decidido ser sirvienta celestial, que dicen que es la mejor opción.
La más segura. Yo podría haber hecho lo mismo, pero no quería tener nada que ver con ellos.
Esos gilipollas ricos siempre lo arruinan todo.
Quería ser de utilidad a otros mazmorreros.
En aquel momento, podíamos ofrecernos para ser representantes, y eso fue lo que hice con Mordecai.
Le ofrecí ayudarlo a escapar de este lugar.
Le prometí que haría todo lo que estuviese en mi mano.
Me recordaba mucho a Pieter, por la manera en la que cuidaba a su hermano.
En una ocasión se llegó a transformar en humano y hasta se parecía un poco a él, a mi primito.
Se quedó otro instante en silencio. Había captado mi atención por completo. En la pantalla seguían explicando lo de las cartas.
—Mi contrato estaba a punto de terminar.
Ya veía la luz al final del túnel. ¿Sabes esa araña que tienes en el mazo de cartas?
¿Shi Maria? Pues existe en mi mitología.
La Novia Frenopática. ¿Ese ojo que tiene, el que abre para cegarte y volverte loco?
Pues es una metáfora. Mi pueblo tenía un dicho: «No mires jamás el ojo cegador de la Novia Frenopática».
Significa que no te obsesiones con algo porque ignorarás todo lo demás.
Cuando aparece el ojo, es lo único que ves.
Y eso es exactamente lo que he hecho yo.
A pesar de la promesa que le hice a Mordecai, no podía dejar de mirar ese ojo.
Lo único que quería era cumplir con mi contrato y escapar al fin de la mazmorra, de una vez por todas.
Terminé por presionar a Mordecai, a su hermano y a sus amigos igual que había presionado a mi familia. Hice que se arriesgasen demasiado.
Se enjugó las lágrimas.
—Hice un trato ilegal con Huanxin para amañar el juego a cambio de créditos, organizado por Armita.
Huanxin iba a ayudarme y yo le daría créditos, parte de mi bonificación por conseguir que Mordecai llegase al undécimo piso.
Pero salió mal. Controlaba a una deidad llamada Dodola y pidió más dinero, pero me cansé.
Me sentía igual que tú ahora, Carl. Rompí el trato en el último momento.
La engañé. Conseguimos contener a la diosa y Chaco la mató, lo que hizo que perdiese la Ascendencia antes siquiera de que empezase.
Mordecai llegó al siguiente piso, pero Uzzi, su hermano, murió.
—Odette —dijo Lexis, que habló por primera vez. Lo hizo en voz baja—. Quedan unos pocos minutos.
Odette la ignoró.
—Huanxin se puso como una loca. A mí me iban a liberar pronto, por lo que hubiese quedado fuera de su alcance.
Pero Armita tenía que quedarse unas temporadas más.
Unas pocas semanas después, cuando Mordecai al fin consiguió su trato al final del undécimo piso, me liberaron.
Y era libre de verdad. Tenía dinero. Esto fue antes de que cambiaran las normas.
Ahora, vosotros os convertís todos en ciudadanos al salir, pero en mi caso…
tuve que comprar la ciudadanía de la zona primaria del sistema central.
Aunque me sentía muy culpable por lo que había ocurrido…
Admití lo que había hecho. Hay un formulario que puedes rellenar para admitir tus crímenes.
Y yo lo hice. Estaba segura de que Armita iba a entregarme, pero no lo hizo.
Ella se había quedado en la mazmorra enfrentándose a peligros mortales mientras que yo había quedado en libertad, pero había respetado nuestra amistad mientras que yo la había traicionado.
—Se quedó en silencio—. Nunca me curé las piernas. No me pareció bien.
Negó con la cabeza, triste.
—Cuando leyeron mi confesión, ya era demasiado tarde.
Lo primero que hizo Huanxin al volver a la mazmorra la siguiente temporada fue matar a Armita.
Y no ocurrió nada de nada. Al fin y al cabo, había sido en la mazmorra.
Era perfectamente legal. Pero luego un burócrata leyó al fin mi declaración y me arrestaron.
A Huanxin solo le dieron una reprimenda simbólica: le impidieron participar durante un tiempo y no podría usar nunca a Dodola.
A mí me llevaron a juicio. Pero tuve suerte y mi fianza la pagó el hombre que terminaría por convertirse en mi marido.
—Vale —dije al fin un momento después. En la pantalla, el presentador seguía hablando—. Eso… Eso es muy chungo, Odette. Pero sigo sin…