El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 35
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Capítulo 35

—Debo decir —rio Odette— que, a pesar de ser un día lleno de sorpresas, eso último ha sido… ¿Cómo lo decís vosotros? ¿Un postre digno de un rey? Creo que la frase en vuestro idioma es «la guinda del pastel».

La voz resonaba de forma antinatural en la enorme estancia. En la pantalla, acabábamos de ver cómo un tiburón devoraba a un virrey de la Demencia.

La caravana de producción en la que nos encontrábamos era la misma que la última vez que habíamos ido al programa de Odette, pero el plató era diferente.

Había mucho más público, y el escritorio y las sillas estaban colocados para que pareciese que nos encontrábamos sobre el escenario en un auditorio enorme, lo que hacía que reverberasen las voces.

Dimos por hecho que estábamos en Larracos, dentro de algún teatro de estilo barroco.

Por las paredes virtuales había carteles ajados y manchados de humedad de obras y musicales.

Me fijé en uno llamado Sesión de amor . Me recordó al cartel de Lo que el viento se llevó , pero en este había un camello agarrando a un sacaciano desmayado que llevaba una peluca rubia.

Sabía que Odette acababa de llegar a la órbita de la Tierra, por lo que se había cambiado el escenario para hacerlo más llamativo para el público.

—No es nada divertido verlos morir y sabemos que van a volver a la vida antes del día siguiente —se quejó Dónut.

Alzó la vista hacia el público—. ¿Acaso ese pobre tiburón conserva la comida en su barriguita o esta se teletransporta fuera?

—El público rio—. Es como cuando Carl se quejaba a sus amigos de que la señorita Beatrice se ponía de calientapollas con él y lo dejaba con las ganas.

¿Hay algún equivalente a calientapollas con la comida?

Gruñí.

—Yo nunca dije eso.

—No, pero en serio. ¿Los están alimentando?

Que ya estamos en el octavo piso, por el amor de Dios, que la ciudad lleva inundada desde el final del quinto.

¿Aún no se han librado de los tiburones?

Tiene que ser algún tipo de maltrato animal.

Lo menos que podrían hacer es dejar que se comiesen de verdad a alguien.

—Sí, sí que los alimentan —respondió Odette—.

Los semeru no permiten que nadie se acerque a esa parte de la ciudad y quieren mantener el castillo sumergido, pero hay mercenarios y jugadores que caen por ahí a diario.

Por ejemplo, lo que ocurrió en el club Desperado expulsó a varios oficiales y participantes de algunas facciones que estaban atrapados en el interior, y todos acabaron ahí y fueron devorados al momento si no les dio tiempo de activar sus protecciones. Uno de ellos era un señor de la guerra.

Una imagen de un alienígena peludo apareció en la pantalla, agitando los brazos en el agua.

Nunca había visto antes a aquel tipo, pero lo reconocí.

Tenía una foto de su madre. Él no había ido a la reunión.

Su representante había sido aquel extraterrestre parecido a un goblin llamado Luke.

Este era de una especie del todo diferente.

Tenía la cabeza parecida a la de una oruga, pero me quedó muy claro que caminaba a dos patas.

Contaba con varios brazos que no dejaba de agitar en el agua.

El público rio cuando un par de tiburones conserje lo partió por la mitad.

—El comandante Empalizada de la Insaculación Lemig fue el último de los treinta y cinco en ser devorado —explicó Odette.

—¿Solo se han comido a treinta y cinco de los malos? Es un buen comienzo, pero no es suficiente —dijo Dónut.

Odette rio entre dientes.

—Cinco de los equipos han puesto varias quejas. Dicen que el hecho de que Carl haya destruido el club y hayan expulsado a los que había dentro tendría que considerarse una falta y un ataque directo. Piden que se os sancione.

Solté un gruñidito burlón.

—Eso es interpretar las normas demasiado a su favor, diría yo —comentó Dónut—.

Samantha dejó que una demonio saliese de la Nada, pero fue por accidente.

Y la señora demonio terminó destruyendo el club, lo que obligó a echar a todo el mundo del interior.

Creo que está claro que es muy difícil que Carl supiese que iba a pasar algo así.

No fue más que un pequeño accidente feliz, como dice el tipo ese del afro.

No obstante, Carl cree que les hemos hecho un favor. ¿No es así, Carl?

—Así es.

—¿Por qué lo dices? —preguntó Odette.

Miré a Quasar, quien estaba a un lado y fuera del escenario.

Levantó un pulgar para darme permiso. Yo hice todo lo posible por ignorar a Heraldo, quien se encontraba detrás de él, en el rincón de aquella pequeña bodega de la caravana de producción.

El gigantesco intermediario cabra se ocultaba en las sombras.

Su avatar virtual era más alto que el techo de la estancia, por lo que su cabeza estaba partida a la mitad, como si fuese un videojuego.

Zev también estaba por allí y también había acudido como holograma, de pie en la pared opuesta.

Le susurraba algo a Lexis, la ayudante de Odette y la única persona que estaba allí físicamente con nosotros.

Me incliné hacia delante en el sillón.

—Mira, esos cabrones llevan rascándose la barriga en el piso inferior del Desperado desde que los dejamos atrapados allí hace semanas.

Lo estaban porque la entrada al bar de Larracos quedó destruida.

La única forma que tenían de salir era morir y regenerarse.

Podrían haberse suicidado en cualquier momento, pero ninguno lo hizo.

El resto de sus equipos se han estado dejando el lomo trabajando mientras esos imbéciles se emborrachaban y apostaban con el dinero de sus ciudadanos.

Cualquiera que siguiese allí, no es más que un gallina, incluido ese Cabo Oruga o comoquiera que se llame.

Ahora los han echado a todos del club y al fin pueden participar en el juego.

Dónut tiene razón. No tenía ni idea de que iba a pasar algo así.

Pero tendrían que darme las gracias en lugar de lloriquear como unas nenazas.

El público empezó a vitorear.

—Hablando de la Guerra de Facciones —dijo Odette.

Las patas de cangrejo de la parte inferior de su cuerpo se recolocaron, y las articulaciones se movieron arriba y abajo como pistones.

Ya me había acostumbrado a ellas, pero siempre que se movían se me ponían los pelos de punta—.

Supongo que tus reuniones de preproducción cara a cara se han cancelado y que ahora votas por la interfaz. ¿Es correcto?

Me puse tenso. Entrábamos en terreno pantanoso.

En el rincón, Heraldo se inclinó hacia delante.

Antes de la entrevista, nos había advertido que detendría la emisión si Dónut o yo dábamos información privilegiada de los entresijos de las reuniones, incluyendo cualquier comentario sobre Higo y su rebelión.

Era absurdo, porque toda la galaxia tenía que saberlo a estas alturas.

Dónut y Louis hablaban continuamente sobre Higo.

Aun así, si el intermediario cancelaba aquella entrevista, no tendríamos la oportunidad de pedirle a Odette que fuese nuestra asistente, por lo que nuestro trato con Huanxin para salvar a Katia quedaría anulado.

Yo era el único que sabía esto último. Le había dicho a Dónut que era muy importante que la entrevista fuese bien, pero no me había atrevido a contárselo todo.

Ella solo sabía que no tenía permitido hablar una vez Odette pronunciase la palabra «asistente».

Zev nos había suplicado que no provocásemos a Odette, pero tendría que aguantarse.

—Así es —dijo Dónut con tono animado—. Me gusta ir a las reuniones, pero la cosa iba de mal en peor.

—¿En qué sentido? —preguntó Odette, quien pareció emocionarse con la posibilidad de preguntar aquello.

Dónut agitó una pata con gesto desdeñoso.

—Ya sabes. Política y esas cosas. —Se giró hacia la multitud y fingió susurrar—.

No creo que le caigamos muy bien a ese orco, el príncipe Fornido.

Y ese extraño virrey no sabe controlarse.

Ojalá retransmitiesen las reuniones. Esa última fue muy divertida, la verdad, pero…

—Hizo un gesto como si se estuviese cerrando una cremallera en la boca.

Odette rio con el público. Agitó una mano y apareció un párrafo de texto flotando junto a ella.

—Todos sabemos que los participantes votan los cambios de normas antes de que empiece oficialmente el juego.

Algunas de estas pueden votarse hasta el momento en el que se abre el piso.

Se llaman tareas pendientes. Si la votación de una de ellas no sale adelante, por desgracia nunca llegamos a ver qué era.

Pero hay algo que es probable que no sepáis, chicos.

Si el sistema la rechaza antes de que se vote, sí que las vemos.

Nuestros investigadores han descubierto algunas muy interesantes.

La pantalla se amplió en una línea de texto concreta.

Tarea pendiente propuesta por la co señora de la guerra Princesa Dónut, de la Pandilla de la Princesa: Cambiar el nombre del príncipe heredero Fornido a «Capitán Enorme».

***Tarea rechazada por el sistema.

El público estalló en carcajadas.

—Me encantaría oír la historia de esta en particular —preguntó Odette, también entre risas.

Miré a Quasar. Él se lo pensó por un momento y luego negó con la cabeza.

—Lo siento —dije antes de darle tiempo a responder a Dónut—. Los abogados me comentan que no podemos hablar del tema.

—Qué caca —dijo la gata—. La verdad es que era una historia muy buena.

Pero, hipotéticamente, si alguien hablase por alguna razón sobre el tamaño de sus partes pudendas sin que nadie sacase el tema, Capitán Enorme sería un apodo muy adecuado para esa persona, la verdad.

Pero bueno, esto solo son suposiciones, Odette.

Contuve el aliento, pero Heraldo no reaccionó. Parecía estar distraído de repente, algo bastante inusual en el intermediario cabra. Odette dejó de reír y abrió la siguiente pantalla. En este caso, se trataba de un grupo de tres tareas pendientes que no había visto antes.

«Madre mía», pensé al leerlas.

Tarea pendiente de emergencia propuesta por la señora de la guerra emperatriz D’Nadia del Prisma: Borrar a todos los PNJ existentes en Larracos para conservar la integridad del juego de cara a la Guerra de Facciones.

***Tarea rechazada por el sistema.

Tarea pendiente de emergencia propuesta por la señora de la guerra emperatriz D’Nadia del Prisma: Rechazar toda participación de los mazmorreros en la Guerra de Facciones.

***Tarea rechazada por el sistema.

Tarea pendiente de emergencia propuesta por la señora de la guerra emperatriz D’Nadia del Prisma: Eliminar a la Pandilla de la Princesa o borrar a los mazmorreros Carl y Princesa Dónut.

***Tarea rechazada por el sistema.

—Anda —dije.

—Santo cielo —dijo Dónut al mismo tiempo, que se envaró en el asiento.

Agitó la cola con rabia—. Esa… ¡Esa hija de mala madre!

¡Creí que era mi amiga! ¡Cómo va a hacer algo así!

¡Ni siquiera habíamos visto esas tareas pendientes!

Carl, ¿lo estás viendo? ¡Está haciendo trampa!

Primero vende mi patrocinio a… a… —Soltó un gruñido de rabia contenida—. ¡Ha intentado borrarnos!

Antes de que nadie pudiese responder, Dónut soltó un grito ahogado cargado de indignación.

—Carl, me acabo de dar cuenta de algo. ¡Empiezo a pensar que quizá ella fuese la que votó contra Mongo en el concurso de mascotas! ¡Esto es un ultraje!

La cabeza de insecto de Odette asintió para mostrarle su solidaridad, aunque esta parecía fingida.

—Según entiendo, si se trata de una tarea pendiente de emergencia, no hay votación.

El sistema es quien decide en ese caso. Es algo que los señores de la guerra solo pueden hacer tres veces.

El resto de los equipos usó las suyas cuando inundasteis Larracos o cuando comprasteis el equipo.

O puede que cuando lanzasteis ese castillo de los elfos en el territorio de la Insaculación Lemig.

—¿Qué? —preguntó Dónut—. Entonces ¿hay tareas pendientes de emergencia? ¡No lo sabíamos!

«Allá vamos», pensé.

—Pues sí —dijo Odette—. Esa es la razón por la que tenéis que elegir a un asistente cuanto antes.

Dónut abrió la boca para responder, pero luego me miró. En el otro extremo del plató, Zev y Lexis habían dejado de hablar y nos miraban sin perder detalle.

—¿Asistente? —pregunté, fingiendo que no sabía lo que significaba.

—Cada equipo tiene uno. Es un árbitro externo y también hace las veces de asesor.

Hace más o menos lo mismo que un representante antes de que cambiasen las normas, pero en lugar de ser un avatar incorpóreo, está allí de verdad.

El asistente tendrá acceso a las normas ampliadas y acompañará al señor de la guerra a la batalla.

No pueden luchar ni directa ni indirectamente, pero sí que pueden clarificar las normas y pedir faltas.

También se les pide que den información diaria en directo a los fans.

—¿Y estará físicamente en el campo de batalla con nosotros?

—pregunté, al tiempo que dejaba que una sonrisa se extendiese por mi cara—.

Entonces, si conseguimos desactivar las protecciones, serán tan vulnerables como los cazadores del sexto piso, ¿verdad?

En mi planeta teníamos una cosa llamada periodistas adscritos que seguían a las unidades militares. Era un trabajo muy peligroso.

Odette negó con la cabeza.

—Da igual lo que ocurra con esa votación. Los asistentes estarán protegidos. Pero sí que estarán presentes en el campo de batalla.

Acababa de confirmar lo que Mordecai me había dicho antes.

Eso me hizo sentir un poco mejor. Estaba claro que Huanxin quería que Odette estuviese allí para hacerle algo.

Desconocía los detalles de por qué se caían tan mal, pero tenía claro que los tres, Mordecai, Odette y Huanxin, estaban involucrados en alguna rencilla del pasado que había terminado con la muerte del hermano de Mordecai y con el arresto de Odette.

Pero, si la presentadora estaba protegida mientras se encontraba en el campo de batalla, eso significaba que yo no podía hacer nada.

Lo que se hiciesen entre ellas fuera de la mazmorra no era asunto mío.

Me encogí de hombros.

—Pues todavía no tenemos asistente. Acepto sugerencias.

Odette asintió.

—Podríamos librarte de ese problema. —Agitó una mano, momento en el que aparecieron tres alienígenas en sendas ventanas emergentes.

Reconocí a dos de ellos—. Iba a pediros si queríais que fuese yo, pero por desgracia no podré participar como asistente esta temporada.

Así que voy a ayudaros a elegir uno ahora mismo.