El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 34
51%

Capítulo 34

Nota añadida por el mazmorrero Ossie. Decimoctava edición.

Sé que no escribo demasiado en estos pergaminos, pero los he leído todos.

De hecho, acabo de terminar mi tercera relectura del ensayo recargado e inconexo de Herot sobre el Método de la Ruta Transitada para despertar PNJ.

Diría que son teorías sensatas, pero creo que ha obviado algo.

Algo muy importante. En mi opinión, nos mienten sobre el origen de algunos PNJ.

Los años pasan, los tiempos cambian y las leyes y las normas evolucionan, pero este mastodonte donde estamos atrapados aún persiste, como un lienzo que usan para pintar encima una y otra vez.

El hecho de que este pergamino que escribo exista siquiera indica que las pinceladas con las que han pintado este mundo están tan superpuestas las unas sobre las otras que es imposible ver las imágenes que había antes.

Si les preguntáis a los bopca cuál es su origen estos os responderán siempre lo mismo, que los alienígenas llegaron a su mundo y les «ofrecieron» una oportunidad de vivir en la mazmorra.

No creo que fuesen los únicos con ese destino y empiezo a creer que la vida de los bopca es mucho mejor que la de otros a los que les ofrecieron un trato similar.

—Salgamos pitando de aquí, joder —dije mientras me retiraba hacia la puerta.

Vulva había muerto, pero aún oía ahí abajo a los vorpalinos, que no tenía ni idea de qué eran en realidad.

Habían destrozado el piso intermedio del club.

Ahora que se habían bañado en sangre de demonio tenían que desaparecer, supuestamente, pero ¿cuánto iban a tardar?

Miré a Acero de Damasco con nerviosismo.

Tenía una clase demoniaca y su presencia era peligrosa.

—Un momento —dijo Damasco mientras se ponía en pie. Las lágrimas seguían cayéndole por las mejillas—. Tienes que llevártelos contigo. A los bailarines de Desfile fálico. A todos.

—Esto… —dije al tiempo que intercambiaba una mirada con Katia—. ¿Por qué?

El ifrit se envaró.

—Después de lo ocurrido, el club cerrará por reformas. Ha ocurrido antes. Tras la muerte de mi madre, nombrarán a un nuevo subgerente. Habrá una reestructuración. Nos echarán.

—¿Tu madre?

Miró hacia el techo con nerviosismo.

—Es una larga historia. No tenemos tiempo.

Normalmente, los bailarines… No deberíamos estar aquí.

Mi madre usó su influencia. Tenemos que marcharnos.

—Me agarró del brazo y se inclinó hacia mí.

La mano parecía un cepo de metal—. Me lo debes —susurró—.

No sobrevivirán. Tienes que sacarlos de aquí.

Yo los convencí para venir y trabajar aquí.

Es posible que la nueva dirección los asigne al piso de Larracos.

O algo peor. Si no te los llevas ahora, terminarás luchando contra ellos en el noveno piso.

Parpadeé al oír lo que acababa de decir.

—¿Y tú? ¿No quieres venir?

En ese momento brotó más líquido amarillo del agujero en el suelo, como si los monstruos de debajo estuviesen chapoteando sobre el cadáver de Vulva. Olía a ponche de huevo podrido.

—No sabía a quién te habían encargado matar —continuó—.

No te culpo por lo que ha pasado. Pero sí que lo culpo a él.

Nos prometieron libertad. Él quería asegurarse de que ella estaba muerta.

Seguían casados. Mi madre ha aguantado… Había aguantado demasiado.

Y los mazmorreros no suelen encontrar el gremio.

Él se lo lleva todo. Se lo llevará todo cuando nosotros salgamos.

No había entendido nada. Si había alguna manera de sacarlos de allí y llevármelos, lo haría sin pensar. Seguro que a Mordecai iba a darle un infarto, pero pensaba hacerlo de igual manera.

Pero ¿de qué cojones me estaba hablando Acero de Damasco?

—Lo siento —dijo Katia, que nos interrumpió—. ¿Estás diciendo que erais antiguos mazmorreros? ¿Astrid era una antigua mazmorrera? ¿Y era tu madre? Y… —Hizo un ademán hacia los cubículos que había al fondo de la estancia, hacia la guarida de la Sierpe Nocturna—. ¿Y qué es él? ¿Tu padre?

—Sí, son mis padres. Mi hermano y yo nunca fuimos mazmorreros —explicó Damasco—.

Mira, Carl. Aún somos miembros de Escudo Humano.

Dónut dijo que tenías un cupón. Puedes contratarnos.

Hazlo con un contrato de dos pisos y ellos se podrán marchar contigo.

—Se dio la vuelta y empezó a mirar por toda la estancia.

Centró la mirada en una enana muy mayor.

Le estaba frotando la espalda a Anaconda.

—Acércate, Rosemarie —dijo Damasco.

La enana cojeó hacia nosotros. La reconocí de la última vez que había visitado el club de estriptis.

Tenía una criatura peluda negra y blanca parecida a un topo en el hombro.

Esta se llamaba Bernie. La anciana se había metido en problemas con el pinchadiscos por tirarle una moneda de oro en el ojo a uno de los bailarines.

—Rosemarie es la gerente de Escudo Humano en el piso superior —explicó Damasco.

—No sabía que había uno en este piso —dije, al tiempo que abría el mapa por instinto. No la vi listada.

—Trabajo desde casa —comentó ella, que señaló con gesto vago el lugar donde solía sentarse. Ahora solo había un agujero. Samantha estaba por allí en el suelo, mirando hacia abajo entre el humo. Reía histéricamente ante la imagen del cuerpo de Vulva siendo destripado.

Damasco agarró a la enana y la empujó hacia mí.

—Ella aprobará la transacción ahora mismo, ¿Verdad, Rosemarie? Quiere contratar a los chicos durante dos pisos.

La anciana se giró para mirar a Damasco, con sorpresa en el gesto.

—Tu madre dijo que…

—Mi madre está muerta —espetó él.

Ella se quedó en silencio un instante y tragó saliva.

—¿De verdad crees que van a cerrar Desfile después de esto?

Mientras la enana me daba la espalda, la cosa de su hombro no había dejado de mirarme mientras gruñía y resoplaba.

—No lo cerrarán —respondió Damasco—, pero harán una reestructuración, igual que la última vez.

Reemplazarán a mi madre. Traerán a los bailarines originales y los nuestros acabarán en el Escudo Humano de Larracos.

—Señaló con el pulgar por encima del hombro a un grupo de bailarines que no reconocí.

Eran los del club de estriptis del piso inferior.

Recordé que a Dónut no le gustaban tanto esos tipos—.

Los imbéciles del Palacio no nos aceptarán.

—Si os marcháis, volverán a meter aquí a las sobras —comentó Rosemarie—. No conseguiré trabajo. ¿Acaso no visteis a los que estaban antes de vosotros? Nadie va a contratar a un estríper anciano con una pierna y halitosis.

—No tenemos elección.

La enana gruñó.

—Tengo que calcular los gastos. Solo tú ya vales un buen pico.

—Yo no voy. Calcúlalos con todos los demás. Y con Chico del Cubo y Doctor Huesos. Y su cupón es de cien mil de oro. Costará más o menos eso.

—Un momento. ¿Qué? ¿Vas a separarte de tu hermano? ¿Por qué?

—Ya sabes lo que tengo que hacer —respondió él.

Rosemarie le dio unas palmaditas a Damasco en la cintura. Tampoco podía llegar mucho más alto. Bernie dejó de mirarme y saltó al hombro del ifrit para luego darle unos cabezacitos antes de volver con la enana.

—Echaré de menos el armario de las corridas —dijo ella con tristeza. Bernie graznó con tristeza.

K ATIA : ¿De qué carajo hablan?

C ARL : Pues… no estoy seguro. Tengo una teoría. Te la contaré pronto. Pero si podemos contratar a estos tipos como mercenarios para el ejército de la Guerra de Facciones, pienso hacerlo. Creo que será necesario comprar una mejora para el gremio. Tendremos que darles cobijo hasta el siguiente piso.

K ATIA : Dónut obligó a Imani a comprar una mejora de los barracones hace un rato. Ahora tenemos espacio para unos veinte o así. Y podemos comprar una mejora mayor, pero ya son bastante caras. También les hemos comprado la arena de entrenamiento. Se llama Galería de Mercenarios.

C ARL : ¿En serio? No lo sabía.

Luego dije a Damasco en voz alta:

—Si Astrid era tu madre, ¿cómo es que no sois mazmorreros?

Se oyó un grito en la lejanía, pero no identifiqué el origen. Los vorpalinos seguían en el club.

—No tenemos tiempo —aseguró él—. Y ya me han advertido para que cierre el pico. Somos más de los que crees. Anaconda y yo solo somos dos de miles.

El estríper con un cuarto de sangre de naga llamado Anaconda alzó la vista al oír su nombre.

—Hermano, ¿qué haces?

Damasco se giró y le apoyó la mano en el hombro. No se parecían en nada. No eran ni remotamente de la misma especie.

—Vengaré a nuestra madre. No pienso dejarle ganar.

El bailarín serpiente miró a su hermano. Tenía unos ojos propios de reptil, con la pupila en forma de hendidura.

—Si vas a enfrentarte a él, te acompaño.

—¡Y yo! —gritó Don Quijote de la Verga.

—No —exclamó Anaconda sin girar la cabeza—. Son asuntos familiares.

Y luego, sin dirigirnos más la palabra, Damasco extendió el brazo y ayudó a su hermano a ponerse en pie.

Los dos se dieron la vuelta y se dirigieron hacia el fondo del club tras pasar junto a Samantha, quien seguía asomada a la grieta del suelo.

La cabeza les hizo un comentario obsceno, pero ellos la ignoraron. Entraron en el cubículo juntos.

—¿Qué está pasando? —preguntó una mujer. Era una prostituta goblin llena de piercings y con los dientes descolocados llamada MARTES LOCOS . Masticaba chicle como con rabia. Me recordó a unas goblins que Dónut y yo habíamos conocido hacía mucho tiempo.

—¿Adónde van? ¿Van a masturbarse entre ellos o algo así?

Rosemarie me miró, agitó la mano y, en ese momento, se abrió una ventana emergente con la interfaz de la tienda.

Suspiró con pesadumbre.

—Ha llegado el fin de una era, ¿sabes? Espero que sepas lo que estáis haciendo. Ahora, enséñame ese cupón.

Aviso: El club Desperado se ha cerrado temporalmente. Tienes quince minutos para salir o se te teletransportará al vestíbulo de entrada.

Apareció un temporizador en mi visión.

—Anda —susurré. No lo esperaba.