Capítulo 33 #3
—No lo sé —respondió ella, sin dejar de seguirme.
Flotaba en lugar de rodar por el suelo—.
Vi la mesa con el juego del cuchillo y luego los guardias se pusieron a perseguirme porque mi novio me acompañaba.
Luego alguien perdió en el juego y, en ese mismo momento, el tipo cayó a la Nada.
Pero cuando se abrió el portal, vi salir a Vulva.
Es la hermana pequeña de Hendidura. Antes éramos muy amigas. Es triste, en realidad.
La pista de baile vacía no tenía agujeros, pero sí que había un cráter.
Era como si hubiese explotado una bomba.
La mayoría de los PNJ se dirigieron hacia la Ruta de la Seda.
Sabía que allí había una estancia secreta en la parte de atrás que llevaba a los dormitorios de los PNJ. Al parecer, iban a refugiarse en ellos.
—Aunque me alegra que no fuese Cuchillada —siguió Samantha—.
Es la peor. Pues el portal a la Nada se quedó abierto y empezó a succionar a todo el mundo, y Vulva salió al restaurante porque es una zorra imbécil.
A mí no me succionó, eso sí. ¡Hala! ¿Esto es ese Desfile fálico del que siempre habla Dónut? ¿Anaconda trabaja esta noche?
Me abrí paso hacia el lugar y encontré algo inesperado. Estaba lleno de gente, pero no había música. Empecé a avanzar mientras buscaba a Katia.
Encontré a Acero de Damasco sentado en el suelo sollozando.
El ifrit mayor y estoico tenía la cara entre las manos mientras unas lágrimas siseaban en el suelo a su alrededor.
El otro que le gustaba a Dónut, esa criatura con un cuarto de sangre de naga y piel morada, también lloraba desconsolado.
Todos los bailarines y los clientes, así como ese extraño pinchadiscos esqueleto, se alzaban a su alrededor.
Chorreras, el pequeño estríper nutria, frotaba la espalda de Anaconda mientras Don Quijote de la Verga intentaba que Damasco se bebiese un vaso de agua.
Pero había más personas por allí. Las estríperes de Zorras estaban hacinadas con los hombres.
Eran de todas las formas y tamaños, con nombres igual de ridículos que los de los hombres.
La mayoría tenían aliteraciones. Había una enana llamada Patty Empotradora y una osga peluda con una peluca rubia que se llamaba Darla sin Dientes.
Otro grupo de estríperes masculinos y femeninos destacaba a un lado, con gesto traumatizado.
Aquel estaba cubierto de vísceras, y me di cuenta de que habían escapado del piso intermedio.
Eran los bailarines del Palacio Fálico. El club de estriptis de mujeres y burdel del piso intermedio se llamaba Mujeres de Dudosa Refutación.
No «reputación» con P, sino «refutación».
Estaban mucho mejor vestidas que las de Zorras.
O lo habían estado antes de haber pasado por aquella pesadilla.
Katia gritó y se acercó a mí para luego darme un fuerte abrazo. Me sostuvo un rato mientras hablábamos por el chat.
K ATIA : Dios, Carl. Lo hemos conseguido. Hemos completado la misión y se ha abierto la caja. Tengo la orquídea en el inventario. Huanxin me ha escrito. Dice que solo tengo que hacer una cosa más y estaremos a salvo. ¿Sabes lo que es?
Tenía que asegurarme de que Odette se convertía en nuestra asistente. Estaba a punto de ir a su programa.
C ARL : Lo sé. Y lo haré en unas pocas horas. ¿Cuándo te la vas a comer?
Cuando Katia se comiese la orquídea la teletransportarían temporalmente al duodécimo piso como una PNJ.
Al menos ese era el plan. La diosa Ilitía, que estaba siendo controlada por Huanxin, tenía tres opciones en realidad.
Podía triplicar la Constitución de Katia.
Podía dejarla embarazada, lo que la expulsaría de inmediato de la mazmorra.
O podía llevarla al duodécimo piso y hacerla trabajar como una especie de becaria.
Mientras no eligiese lo de la Constitución, el problema de la Corona de la septicemia estaría resuelto.
K ATIA : No me lo puedo creer. No me puedo creer que haya funcionado. No puedo abandonar a mi pelotón. No voy a comerme la flor hasta que bajemos al noveno piso.
C ARL : ¿Sabes qué coño les pasa a los estríperes? ¿Por qué lloran?
K ATIA : No lo tengo claro. Se han enterado de alguna manera que Astrid ha muerto y han empezado a llorar. Será mejor que no les digamos que fuimos nosotros. El problema es que Damasco está en ese gremio, así que terminará por saberlo. Creo que le gustaba.
Samantha se había colocado al lado de uno de los tipos, ese trol de nombre extraño llamado Steve Rowland el Escritor. Hablaba con él tranquilamente y le comentaba que aún le quedaba algo de dinero.
El club al completo se estremeció en ese momento.
El escenario principal se hundió, y el brazo de Vulva se abrió paso a la estancia mientras todo el mundo gritaba e intentaba escapar.
Pero luego el brazo se retiró. El ruido de una sierra estruendosa se sobrepuso a todo lo demás.
Un chorro de fluido amarillo brotó del agujero que acababa de abrirse mientras la demonio gritaba de dolor.
Los vorpalinos estaban acabando con ella. Gritó y gritó mientras más de ese líquido amarillo salpicaba el lugar desde abajo.
—PSÁMATE —dijo la demonio mientras moría—. ¡PEDAZO DE ZORRA!
Samantha apareció a mi lado de repente.
—¡Tenemos que irnos de discotecas más a menudo! ¡Este sitio es una pasada!