Capítulo 33 #2
—Ayuda. Ayuda, por favor —dijo Charles el tejón—. Quema.
—Samantha, lo has secuestrado. Suéltalo. Está asustado.
—El miedo es muy buen afrodisiaco, Carl.
Tenía un robot abrepuertas, simple pero muy configurable, que había sacado del kit de autómatas del doctor Trinquete.
Le quité el brazo de apertura rápido y añadí el brazo doble, luego me coloqué la garra y el imán más potente, lo que ayudaría a ir más rápido.
Apoyé la mano en la máquina, abrí el menú, hice clic en la ubicación y añadí las instrucciones, con un retraso de sesenta segundos una vez llegase a la pared.
Envié la máquina. La acababa de configurar para que fuese al pasillo oculto, con la esperanza de que no activase las trampas contra PNJ restantes que yo había dejado por allí.
Llegaría a la pared, desmontaría todas las protecciones que había colocado y liberaría a los vorpalinos.
Iba a tardar unos minutos en cruzar sobre las bolsas de arena.
Con suerte, ya me habría dado tiempo de regresar al piso superior cuando terminase. O eso esperaba.
Coloqué otra cortina de humo especializada en el tercer y en el cuarto robot y luego los envié para que siguiesen al robot trampa por la puerta. Se perdieron entre el humo, chasqueando felices como si nada les importase.
K ATIA : Carl, lo hemos conseguido. Tengo la orquídea.
Tarea completada.
Tengo más trabajo para ti. Sí, sí. Siempre hay más trabajo. Ven a verme y ampliaremos el poder de nuestra familia.
Me sentí muy aliviado de repente.
—¡No lo he secuestrado! —gritó Samantha, que parecía ofendida.
Atravesó el hueco que habían dejado las puertas de la cocina, que ya no estaban ahí. Charles seguía colgando de ella y llorando. La voz de la cabeza de muñeca hinchable se alzó mientras gritaba al humo:
—¡Hueles a puerca de lodazal con una infección vaginal incontrolable! ¡Hueles peor que el cadáver lleno de gusanos y manchado de semen de tu hermana!
—¡TE TENGO! —bramó Vulva mientras un brazo aparecía a toda velocidad y agarraba a Charles por el pecho.
—¡No, no, no! —gritó el tejón mientras Samantha empezaba a gritar de rabia. Volvió a moverse a toda velocidad y se acercó a mí.
Y así fue como terminó el breve cortejo de Samantha con Charles Ellis el porsuk. El tejón quedó partido a la mitad y llenó la cocina de chorros de sangre. Lo único que quedó de él fue el hombro, cuello y cabeza colgantes de aquel camarero desafortunado y muy muerto.
—¡HAS MATADO A MI NOVIO! —gritó Samantha.
Otro brazo entró en la estancia e intentó agarrar a la cabeza voladora.
Samantha se apartó muy rápido, y el brazo pasó sobre mí, golpeó una puerta que había al fondo y la destrozó.
Un aullido se extendió por el lugar cuando el brazo arrastró a un enano, uno de los gerentes de la cocina, hasta el restaurante.
Samantha gruñó, momento en el que los restos del pobre Charles cayeron al suelo con un chapoteo húmedo.
La parte que había estado dentro de Samantha estaba negra y quemada, como si le hubiesen tirado encima una cuba de ácido.
La mano era poco más que huesos blancos, huesos que se desperdigaron y repiquetearon como dados al chocar contra la encimera de la cocina.
También cayeron unas monedas de oro reluciente, que tintinearon al rodar.
Desde el restaurante llegó un crujido y luego se oyó:
—¡ERES LA SIGUIENTE, PUTA! ¡AAAAAARG!
Los tres autómatas llegaron hasta el cuerpo de Vulva y se activaron. La demonio aulló de dolor.
En el caso de una demonio tan grande, el hecho de que una trampa se activase a su lado era el equivalente a que un elefante pisase una trampa para ratones.
Supuestamente servía para paralizarla y evitar que se moviese, pero estaba claro que eso no iba a pasar.
Como la trampa estaba en la parte superior del autómata araña, lo que consiguió fue que el robot quedase unido al cuerpo de la criatura.
Luego, este detonó y cubrió a la demonio con agua mezclada con sangre de la capilla de Emberus.
En ese mismo momento, las otras dos arañas expulsaron el agua bendita mezclada con cortinas de humo, lo que llenó la estancia de una niebla ardiente y cegadora. Esos robots también iban a detonar en diez segundos, lo que llenaría el lugar de más de esa agua bendita.
Vulva, que tenía nivel 225, no iba a resultar herida por nada de todo aquello, pero seguramente le iba a doler muchísimo. Hizo que se encogiese un poco y aprovechamos la oportunidad. Teníamos que subir por las escaleras.
Me dirigí a toda velocidad hacia la salida.
—¡Corred! ¡Samantha, ven conmigo!
Brinqué sobre los cadáveres mientras me resbalaba con la sangre.
—¡La pelea no ha acabado! ¡Ha matado a mi Chuckie!
—¡Samantha, por Dios! ¡Joder! Vamos al piso superior. ¡Al club de estriptis!
No quise oír su respuesta, pero supuse que eso la animaría y si no… Pues probablemente tampoco iba a pasarle nada, teniendo en cuenta que esa cosa no se la comiese de verdad.
Salí por la puerta e hice una pausa lo bastante larga como para mirar a Vulva una última vez.
Seguía plantada en el centro de la habitación, con los brazos retorcidos a su alrededor como si fuesen espinas.
Había conseguido llegar hasta la versión de este piso del Camino de la Seda y también a varios mercaderes en las manos, que no dejaba de agitar.
Además, le vi la barra de salud, pero no parecía que hubiese recibido daño alguno.
El club estaba absolutamente destrozado. Había un agujero en el techo alto y el casino estaba en llamas. Madre mía. Casi todas las puertas que conseguí ver estaban rotas y había decenas de cadáveres desperdigados por el suelo.
Corrí por el pasillo hacia los baños y me sorprendí al encontrar una pequeña fila de PNJ intentando entrar en el cubículo.
Un par de guardias cocodrilianos estaba ayudando a la gente a escapar.
Uno de ellos era uno de los tipos que se habían visto afectados por el último conjuro de teletransportación, que lo había mandado al piso superior.
Había estado a punto de sacrificarse. Le habían ordenado ir al pasillo oculto para abrir la puerta de los volparinos, a sabiendas de que esas cosas acabarían con él. Pero, en lugar de eso, algo lo había teletransportado a un lugar seguro. Ahora se había puesto a ayudar a los demás.
Me agarró por el hombro cuando intenté entrar en el cubículo. Tenía el esmoquin hecho jirones.
—Ey —llamó—. ¿Has visto a la señora Astrid?
—Está muerta —dije, y me abrí paso hasta las escaleras entre PNJ asustados y alarmados.
Todos iban hacia arriba en lugar de hacia el piso de Larracos.
No sabía si era porque no podían bajar, eso sí.
La mayoría de aquellos tipos habían salido de las zonas secretas del club, lugares como el narcopiso donde Katia se había jodido bien a sí misma.
Me pregunté cuántos eran PNJ de verdad y cuántos antiguos mazmorreros. Intenté no pensar al respecto.
Tu autómata ha quedado destruido antes de completar la tarea asignada.
«Mierda», pensé. Había ocurrido algo. Pero luego lo oí, un coro de aullidos. Sonó como gritos mezclados con sierras circulares. Habían escapado. Era probable que hubiesen tirado abajo la puerta cuando el robot araña consiguió despejar la mayoría de los obstáculos.
—¡Corred! ¡Corred, joder! —gritó el cocodriliano desde el fondo de las estrechas escaleras—. ¡Ya vienen! Son peores que los demonios.
—¡Vamos! ¡Apartaos! —oí decir a Samantha mientras entraba por el hueco estrecho de la escalera oculta. Se colocó flotando a mi lado. Estaba chorreando de vísceras.
—Odio los clubes tan llenos de gente, la verdad —dijo. Meneó la cabeza como un perro y salpicó sangre a un gnomo que vi que era el propietario de la joyería. El anciano escupió y siguió subiendo.
—Samantha, ¿cómo cojones ha salido esa cosa de la Nada? —pregunté sin aliento mientras llegábamos a la parte alta de las escaleras. Me abrí paso por el baño de mujeres del nivel superior. Un grupo de elfos de la cocina estaba por allí dirigiendo a la multitud. Empujé a la marabunta para salir.