El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 33
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Capítulo 33

Trabajo actualizado.

La presa ha muerto, pequeñines. Un trabajo excelente. Maravilloso. Somos más fuertes porque habéis cumplido con vuestra tarea. Traed su asqueroso cuerpo al gremio para completar la misión. Y recordad que el que lo traiga será quien se lleve la recompensa.

La voz había sido la siseante de la Sierpe Nocturna.

Aún no me había recuperado. El rostro de Katia. La sensación de las alas al arrancarlas del cuerpo del hada. Había sido demasiado fácil.

Yo no le caía bien a Astrid, pero seguro que no estaba esperando que la atacase. Al final, se había interpuesto para cubrirme, para protegerme del monstruo. Y yo se lo había agradecido arrancándole las alas.

«Cagondiós. Tienes que centrarte. Esto aún no ha terminado».

Aun así, no podía dejar de pensar en ello. ¿El líder del gremio de Sufrimiento era el marido de Astrid? Tampoco es que me sorprendiese teniendo en cuenta las cosas que habíamos visto, pero me irritaba. Astrid quería protegerlo, y él nos había ordenado matarla. ¿Y quién cojones eran sus hijos?

«Estoy harto de este sitio, joder. Que les den por culo a todos».

Katia volvió a adquirir forma humana cuando el terrorífico cuervo de su hombro desapareció.

El mazo no le iba a desaparecer, ya que aún estaba por el lugar aquella demonio gigante, pero sí que le redujo el tamaño para el combate que estaba por venir.

Descartó una carta, lo que le dio la capacidad de actuar con normalidad.

Aún aferraba el cadáver de Astrid en la mano, como si fuese uno de los muñecos de Bautista. Se lo guardó en el inventario.

El suelo volvió a temblar, seguido de más gritos.

Los guardias estaban muertos, pero Vulva se abría paso entre los PNJ gritando por Samantha, quien seguía chillando a la criatura.

En el mapa, vi que Samantha estaba en el casino, lugar que tenía una entrada amplia adyacente al restaurante, pero por alguna razón el monstruo no se acercaba.

Katia me miró con gesto asustado.

—Fannar. Tenemos que volver antes de que destruyan el club.

—Sube y termina la misión —dije—. Usa la escalera secreta del baño. Iré poco después.

—Un momento… ¿Qué vas a hacer? —preguntó Katia, con voz alarmada. Parpadeó unas pocas veces—. Carl, no creo que sea buena idea.

—Quiero intentar descubrir algo. Tú ve. Subiré pronto. Tómate otra poción de invisibilidad y deja la puerta abierta por si tengo que correr. No pasará nada.

Ella titubeó, pero volvió a desaparecer y salió a toda velocidad de la cocina. Solo estaría expuesta durante medio segundo si iba hacia la escalera secreta. Me quedé en el bar y abrí el chat.

C ARL : Mordecai, ¿sabes lo que es un vorpalino?

M ORDECAI : ¿En qué contexto?

C ARL : En el que hay un puñado de monstruos llamados vorpalinos detrás de una puerta secreta en el club Desperado y quieren liberarlos como último recurso contra una demonio feral menor que Samantha invocó accidentalmente desde la Nada.

M ORDECAI : Madre mía. ¿Hay un demonio feral en el Desperado? ¿En serio?

C ARL : ¿Lo sabes o no?

M ORDECAI : Joder, hacía tiempo que no oía hablar de ellos.

«Vorpalino» es un estado, no una especie.

Si «feral» significa que han tenido contacto con la Nada, «vorpalino» significa que…

han sido autorizados por las deidades. O, mejor aún, que se han convertido en terroristas suicidas.

Pueden ser criaturas de cualquier especie y, en ocasiones, el estado no está a la vista hasta que hay un demonio cerca.

Generalmente, son guardias celestiales, la infantería de las deidades.

Cuanto más cerca están de los demonios, más fuertes y enfadados.

Sienten a los demonios y se ven atraídos por ellos.

Y también activan su amenaza. No se irán muy lejos una vez el demonio esté muerto, pero acabarán con todos los que se les acerquen igualmente.

Terminarán por disiparse y teletransportarse al reino celestial cuando se alimenten de sangre demoniaca.

Ni se te ocurra luchar contra una de esas cosas.

Si creen que van a perder un combate, explotan.

Lo matarás, pero también a todos los que se encuentren en la misma estancia.

Recordé todas las trampas contra demonios que había fuera de la habitación. No eran para evitar que las criaturas saliesen de allí, sino para evitar que se acercasen demonios que activasen a lo que quiera que hubiese dentro.

C ARL : Entonces ¿no abandonarán este piso cuando se liberen? ¿No irán al piso superior del club?

M ORDECAI : Pues… es probable que no, a menos que algo los atraiga. Pero no lo sé con seguridad. Li Na no está allí contigo, ¿verdad? Es de una especie demoniaca. Si la huelen, la seguirán al piso de arriba.

C ARL : No.

M ORDECAI : Bien. Sal por patas de ahí y deja que los de seguridad se encarguen.

—¡ASÍ ES, ZORRA! —gritó Vulva. Luego se oyó un estruendo.

Samantha aulló. Y se oyó otro grito. Inexplicablemente, Charles el tejón seguía vivo y estaba con ella. El grito se había oído más cerca que antes. Samantha había salido del casino y se dirigía hacia mí.

De repente, uno de los brazos estrechos de la demonio se metió en el bar, y tuve que regresar a la cocina. El personal PNJ seguía allí, acurrucado aún contra unas puertas que había en la pared del fondo.

Me oculté detrás de una encimera en la que había unos fogones humeantes.

Abrí el inventario y luego el menú de autómatas.

Empecé a sacar algunos robots araña. Los estaba guardando para una emergencia.

Uno de utilidad y tres anti muertos vivientes, en los que había empezado a trabajar cuando nos habíamos quedado encerrados en el pueblo de los ghommid.

Los demonios no eran muertos vivientes, pero varios de los ataques que funcionaban contra los zombis también eran efectivos contra ellos.

Los PNJ elfos se me habían quedado mirando con los ojos abiertos como platos. No vi prueba alguna de que se hubiesen dado cuenta de que yo había ayudado a matar a Astrid.

—No podéis quedaros aquí. ¡Id a las oficinas! —grité.

—¡No podemos! —se quejó uno de ellos a voz en grito. Era un ayudante de cocina. Llevaba un delantal salpicado de sangre—. ¡Los gerentes entraron y cerraron las puertas!

Otro brazo entró desde el bar del tejón y empezó a moverse y a cerrar la mano a ciegas.

Agarró el extremo de una de las puertas, tiró de ella y la arrancó.

Un pedazo de pared cedió con ella. Aquella cosa estaba destruyendo el club entero, joder.

Saqué una cortina de humo hobgoblin y la lancé rodando hacia el restaurante. Vulva empezó a aullar otra vez.

—Hay una escalera en el último cubículo del baño de mujeres —dije al momento mientras les señalaba la dirección—. La puerta está abierta. Subid por ahí. Os llevará al piso superior. O también al inferior, si os deja. Corred antes de que esa cosa vuelva a meter el brazo.

Todos se me quedaron mirando.

—¡Vamos!

Y salieron corriendo.

Mientras escapaban y evitaban por poco la mano que estuvo a punto de agarrarlos, Samantha entró en la cocina a toda velocidad por una puerta lateral.

Flotaba contra el techo y no dejaba de gruñir como un perro.

Dio dos vueltas por la estancia antes de verme agachado, mirándola con la boca abierta.

Se quedó quieta y se colocó bien el pelo con un movimiento brusco, como si de repente intentase actuar con normalidad.

—Ah, hola, Carl —dijo—. Pues debo decirte que este lugar es muy divertido incluso cuando el casino no está abierto. ¿Ya hemos terminado el asesinato? Y se ha acabado la música. ¿Podrías volver a ponerla?

—Pero ¿qué cojones, Samantha? ¡Suéltalo!

—¿A quién?

Charles el camarero colgaba indefenso debajo de ella, agitando las piernas como si intentara liberarse.

Tenía el brazo derecho metido hasta el hombro en el agujero andrajoso que había en la parte inferior del cuello de Samantha.

No tenía sentido. O la cabeza de muñeca hinchable le había cortado el brazo y le estaba aferrando de alguna manera el muñón, o aquello se había vuelto muy profundo de repente.

La «carne» de la parte inferior de su cuello tenía la consistencia del látex, como si fuese un juguete infantil que alguien hubiese partido por la mitad.

No había agujero alguno, en realidad, pero en una ocasión yo había escondido una poción sin abrir entre aquel material flexible.

Se había quedado aferrada allí con facilidad, como si la estuviese metiendo entre plastilina.

Ella había empezado a almacenar objetos en el lugar hacía poco, cosas como gafas de sol y rocas brillantes que encontraba.

Antes de que hubiésemos entrado al club, le había dado cien monedas de oro para beber en el bar, y ella las había absorbido por allí con emoción.

No me había dado cuenta de que aquel agujero era… más amplio por dentro que por fuera.

—¿Cómo que a quién? —pregunté mientras volví a centrarme en los autómatas—. Al puto camarero. ¡Suéltalo ya!

Se oyeron más gritos fuera. Los brazos del monstruo habían encontrado alguna tienda o puerta y habían sacado más PNJ del interior. Se oyó otro golpe, como si se hubiese derrumbado una parte del techo y los cimientos al completo del club empezasen a ceder. Empezar a caer polvo en la cocina.

—PSÁMATE, ¿DÓNDE COJONES TE HAS METIDO? TAPÉ EL AGUJERO DEL CASINO Y CORRISTE COMO UNA MALPARIDA. PIENSO DESTROZAR ESTE SITIO.

La cortina de humo de la estancia principal estaba a punto de disiparse, así que tenía que darme prisa. Vulva podía acercar los brazos en cualquier momento. Coloqué la trampa para demonios en el hueco para trampas del primer robot. Comprobé la potencia y la subí desde el menú.

—Ah, ¿a él? Es que tenemos una cita. Se le quedó el brazo atascado. Me he puesto a hacer ejercicios del suelo pélvico, pero nada.

—¿Qué? Pero ¿qué hablas? ¡Que lo sueltes!

—Me los enseñó Dónut. Dice que los aprendió de tu exnovia, la que siempre te ponía los cuernos. No deberías dejar que tus mujeres te pongan los cuernos, Carl. Te da mala imagen.