Capítulo 32 #5
Algo metálico me rozó la pierna y me empujó a un lado.
Cuando me tocó, apareció un punto azul en el mapa.
Era Katia invisible. Había entrado en la cocina durante la distracción para colocarse detrás de nosotros.
No podía lanzar conjuros ni usar el inventario mientras tenía las cartas activas, pero sí que podía beberse pociones si las tenía a mano. Eso era lo que había hecho.
Al parecer, también podía cambiar de forma.
Katia apareció en ese momento, transformada en una monstruosidad canina de rostro humano y cubierta de pinchos metálicos. Parecía algo salido de La cosa . Una de las manos de sus hombros agarró al hada y la aplastó. Se formó un pincho en otra, que empezó a acercarse hacia la cabeza del hada.
Pero luego Katia pegó un grito ahogado y se quedó paralizada, con el pincho a escasos milímetros de la parte trasera de la cabeza de Astrid.
Y, por un momento, solo un instante, yo también me quedé muy quieto en el sitio. No porque me hubiese afectado conjuro alguno, sino por el gesto que vi en la cara de Katia.
Hay instantes e imágenes que he visto a lo largo de esta pesadilla que se me han quedado grabados a fuego en la mente.
Como cuando vi a Jack mear en la pared. O los últimos segundos antes de que no explotase el Juicio Final de Carl.
La muerte de Hekla. Los sollozos de la pequeña Bonnie la gnoma cuando destrozamos la fortaleza Páramo.
Los gritos de Prepotente después de que Miriam Dom se sacrificase para salvarlo.
El llanto de Dónut al final de la Mascarada del Carnicero.
Ese momento, ese instante casi imperceptible en el que Katia permaneció allí, paralizada, inerte y con la boca humana abierta y gritando de rabia, me afectó de alguna manera.
El gesto de su cara me pareció tan ajeno, tan inhumano pero tan familiar al mismo tiempo que algo cambió en mi interior.
Expresaba terror y rabia a partes iguales.
Agotamiento. Y soledad, en cierto sentido.
Eran los ojos de alguien que acababa de lanzarse por un acantilado a sabiendas de que abajo le esperaba la muerte, una mirada de resignación y de rechazo absoluto por aquel destino.
Era como si estuviese diciendo: «Después de todo esto, después de todo lo que hicimos, ¿nos quedamos a las puertas? No, no me lo puedo creer».
Fue un instante muy breve. Parpadeé y me di cuenta en ese momento de que no me había quedado paralizado.
Me moví. Astrid seguía allí, flotando frente a mí y en la mano de Katia.
Extendí el brazo hacia delante, le agarré las alas y tiré.
Las arranqué con facilidad. Unos pequeños zarcillos de carne siguieron unidos a su cuerpo, como si fuesen hilillos de queso derretido.
Di unos pasos atrás, y estos se separaron al fin.
El conjuro se disipó, y Katia tomó aliento. El hada cayó al suelo a plomo con un grito de sorpresa y un leve chapoteo.
Miré con asombro las alas que tenía en la mano. Había cientos de esos zarcillos de carne en los extremos. Las guardé en el inventario, asqueado.
Astrid rodó por el suelo y alzó la vista hacia el lobo con cara de humano, con gesto dolorido en su pequeño rostro de hada.
Estaba muy seguro de que no sabía que yo era quien le había arrancado las alas.
El cuerpo con cabeza de calavera se abalanzó desde las alturas y, con una precisión sorprendente, agarró los dos ojos de Astrid con un movimiento rápido de las garras.
Una sangre reluciente empezó a derramarse por el rostro del hada.
Había pasado demasiado rápido, pero aun así… Aun así me había dejado sin aliento. Estaba exhausto. «Dios», pensé.
A Katia solo le quedaba una carta flotando frente a ella. Era pequeña, del tamaño de un sello.
La música se detuvo de repente en el exterior. Vulva gritó triunfante.
—¡No, por favor! —dijo Astrid—. Salvad a mis hijos. Ya casi había terminado. Pronto seré libre. Decidles que…
Un pincho salió disparado del cuello del lobo y atravesó la cabeza del hada ciega y lisiada.
Murió finalmente. Katia mantuvo el cuerpo de la criatura empalado en la púa de metal mientras el ave con cabeza de calavera se apoyaba en el hombro del lobo.
El cuervo agitó una garra para lanzar uno de los ojos al aire, momento en el que el cráneo de niño castañeteó los dientes, lo agarró con ellos y se lo tragó como si fuese un tentempié.
Detrás de nosotros, los PNJ elfos seguían llorando y gritando aterrorizados.
Era muy probable que no hubiesen visto lo que había pasado desde donde se encontraban.
Solo sabían que una criatura había matado a Astrid.
El ruido de los enfrentamientos no había cesado en el pasillo. Samantha y Vulva se gritaban entre sí.
K ATIA : Sígueme al bar. No queremos que sepan que esto lo ha hecho un mazmorrero. Tenemos que convencerlos de que soy un monstruo.
El rostro humano de Katia cambió y adquirió una apariencia similar a la de un ogro. Gruñó a los PNJ elfos y atravesó la puerta. Corrí para seguirla, gritando y fingiendo que intentaba atacar a la criatura.
No había podido olvidar las últimas palabras de Astrid:
«Ya casi había terminado».