El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 32 #4
48%

Capítulo 32 #4

No, no estoy chocheando. ¡Se ha activado tu trampa de teletransportación!

Lo siguieron diez mensajes más exactamente iguales.

Sí, los guardias habían entrado en el pasillo secreto.

Pero ¿por qué? Lo único que había allí detrás era la entrada secreta tamaño hada que subía hasta el piso superior.

Eso y la habitación llena de monstruos. Los guardias habían activado las trampas, lo que probablemente les había salvado la vida.

De haber llegado hasta donde estaban las claymores, habrían quedado hechos papilla.

Quedaban dos guardias que se dirigían hacia allí.

Y seguro que también iban a toparse con dos trampas de teletransportación más. O eso esperaba.

Tenía que salir de la cocina antes de que Astrid me viese. Me puse en pie a duras penas y me alejé del cuerpo pesado e inerte del sai. «Dios», pensé al ver el cuerpo enorme. La demonio le había arrancado la cabeza.

—¡Arg! —grité cuando otro rinoceronte sai entró volando en la cocina y me bañó en sangre.

Tuve que pegar un brinco para evitar que chocase contra mí y, al caer al suelo, me resbalé con la sangre.

Me agarré a una olla en un intento fallido por evitar caerme de culo.

Lo único que conseguí fue que todo lo que había sobre la encimera se me cayese encima, incluido algo que olía y sabía a sopa de guisantes podrida.

Al fondo de la estancia, los elfos gritaron horrorizados.

—Mazmorrero —aulló Astrid, que se me había quedado mirando.

Yo casi ni la oí. Me estremecí y esperé a que me atacara.

Aún me quedaban unos pocos segundos de invisibilidad, pero se me veía el contorno debido a las entrañas y a la sopa.

Astrid parecía muy asustada, lo que me sorprendió a pesar de las circunstancias—.

Carl, ¿eres tú? Tienes que salir de aquí. No es seguro.

—¿No jodas? —dije mientras me ponía en pie. La invisibilidad se disipó en ese momento. La boca aún me sabía a sopa.

Intenté activar una burbuja alrededor de mi cabeza para ver si conseguía ahogar el ruido de la trampa.

Y, para mi sorpresa, así fue. Justo cuando la activé, oí gritos.

En el exterior, Samantha se había puesto a listar una letanía de enfermedades venéreas con las que amenazaba con contagiar a Vulva si esta seguía atacando a los guardias.

K ATIA : Acaban de pasar dos más.

C ARL : Estoy en la cocina con Astrid. Solo están ella y algunos trabajadores en la pared del fondo. Creo que la mayoría de los guardias del club están muertos.

—Tuve que apretar el gatillo —dijo Astrid. Ella también tenía una burbuja alrededor de la cabeza—. Se abrió una brecha a la Nada en el casino. No podemos matarla. Tuve que sacar a los vorpalinos.

—Esto… ¿A los qué? —pregunté.

—Da igual, mazmorrero. ¡Tienes que escapar! Matarán a todo lo que se encuentren. Márchate del club o escóndete en una de las tiendas.

¡Se ha activado tu trampa de teletransportación!

Se hizo el silencio unos instantes. «Oh, oh», pensé.

Sentí una explosión distante, que agitó el suelo en el mismo momento en el que me llegó la notificación.

¡Pum! Se ha activado tu DEI.

Iiiiu. Qué asco. Ha funcionado muy bien, la verdad. Pero superbién.

—Mierda, ¿por qué tardan tanto? —preguntó Astrid, que miró hacia la salida. Entraron volando más rinocerontes en la cocina. Astrid se quedó muy quieta y luego me miró.

—Carl, tenemos que detener a esa cosa antes de que suba.

Si preguntan qué me pasó, diles que fue un vorpalino.

—Empezó a zumbar de un lado a otro, insegura mientras se frotaba las manitas—.

Quizá… Si me dejases una de esas pociones de invisibilidad, quizá saldría con vida de esta.

—Negó con la cabeza. No dejaba de farfullar—.

No, eso no serviría de nada. Maldición, estaba tan cerca.

Tan cerca… Si ves a mi esposo, dile que lo hice para mantenerlos a salvo. A él y a mis hijos.

—¿Tu esposo? —pregunté—. ¿Tus hijos?

Ella señaló el tatuaje que yo tenía en el hombro.

—Formas parte del gremio de Sufrimiento. Mi esposo se llama Hamed, pero lo conocen como la Sierpe Nocturna. No le digas que te dije su verdadero nombre. Su guarida está ahí arriba, en el piso superior. Los vorpalinos no subirán. Se quedarán en este piso.

No parecía muy segura sobre esa última frase.

—Espera —dije, pero no me salieron las palabras.

¿La Sierpe Nocturna era su esposo? No tenía puto sentido.

Él había contratado a Katia y a mí para matarla.

Cuando había estado ahí dentro, solo había llegado a oír su voz.

Había dado por hecho que era un naga y no una criatura feérica. Era una combinación un tanto extraña.

En el exterior, Samantha volvió a gritar, en esta ocasión algo incompresible. Todo el club temblaba mientras Vulva seguía destrozando cosas. La canción terminó y volvió a empezar.

—APAGAD ESE RUIDO HORRIBLE —gritó la demonio.

—¡No pienso hacerlo! ¡Tienes un gusto musical penoso! —le respondió Samantha.

—Esta vez lo has conseguido —me dijo Astrid. Negó con su cabecita—. Tendría que haberle hecho caso a Orren y expulsarte para siempre. Ellos me dijeron que no lo hiciese. Dioses, espero que merezca la pena.

—¿Q-qué…?

La puerta que daba al bar del tejón se abrió de repente y entró a toda prisa una trol encapuchada y anciana. Nos miró y rugió.

«Pero ¿qué co…?». Pero luego me di cuenta de lo que estaba pasando. Katia había activado su mazo y aquella criatura era uno de sus tótems. Le habían aumentado la Fuerza.

Era la primera vez que veía la bandera del pelotón de Katia, que flotaba sobre la cabeza de la criatura.

Parpadeé. Había dado por hecho todo este tiempo que se trataba de la Corona mágica de la furcia de la septicemia.

Costaba verla porque era muy pequeña, pero estaba muy seguro de que la imagen era la de los rostros de Hekla y Eva, el uno junto al otro, y con unas equis en los ojos.

En mitad de la bandera color rojo sangre destacaba la calavera de asesino de jugadores.

Astrid pareció sorprenderse con la aparición repentina e inesperada de la trol.

La cosa sin duda era hembra, de casi dos metros cincuenta y una nariz larga y ganchuda.

Sostenía lo que parecía ser una cuchara gigante.

Llevaba una túnica cubierta de un moho verde que caía de esta cuando se movía.

Astrid zumbó hasta colocarse frente al monstruo, como si me estuviese protegiendo.

— Bein þín mun ég sjóða —graznó la trol entre risas. El sistema no tradujo sus palabras.

El hada no titubeó. Lanzó un conjuro, y la trol cayó de rodillas mientras toda la sangre de su cuerpo empezaba a hervir.

Sus ojos redondos y protuberantes explotaron, justo cuando una segunda criatura entró volando en la estancia.

También era un tótem. Era un cuervo que tenía por cabeza la calavera de un niño pequeño.

Aulló cuando Astrid le lanzó otro conjuro. Este no pareció afectarlo.