El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 32 #3
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Capítulo 32 #3

A mi izquierda, tras doblarla, se encontraba el lugar. Si quería llegar hasta Katia, iba a tener que cruzarlo. Me iba a quedar expuesto al monstruo durante unos tres metros. A mi derecha había unas puertas dobles que llevaban de vuelta a las cocinas.

Me pegué a la pared e intenté oír algo. El único ruido era un chapoteo seguido de unos gruñidos graves.

Sonaba como si alguien sin dientes intentase masticar.

Venía del restaurante, no del casino. Alguien sollozaba y suplicaba por su vida, con voz débil y apenas audible.

Era un cocodriliano. Se oyó un chasquido y luego un ruido húmedo.

—¡PSÁMATE, VUELVE AQUÍ! —aulló la voz de repente, estridente.

—¡Ja! —replicó Samantha. Estaba más lejos que antes—. ¡Maté a tu estúpida hermana, y Charles y yo te mataremos aún más! No es mi culpa que al feo de tu rey no se le levante cuando te ve. Todos creen que eres fea y asquerosa. ¿Verdad, Chuckie?

—Dios, que alguien me ayude, por favor —dijo Charles el camarero en un grito débil.

—TÚ NO MATASTE A HENDIDURA. LA MATÓ TU MADRE. NI SIQUIERA PUEDES LUCHAR TUS PROPIAS BATALLAS. ¡PATATA, ESTÚPIDA!

—¿Qué? ¿Cómo has dicho? ¡Te voy a reventar! —aulló Samantha

—¡PUES DEJA DE ESCONDERTE DETRÁS DEL PORTAL Y VEN AQUÍ, ZORRA!

Examiné el mapa en busca de un camino más seguro para Katia.

Este era un caos de puntos y de equis. Vi los puntos blancos de unos veinte PNJ, todos reunidos en la zona de la cocina a mi derecha, preparándose para atacar seguramente.

No sabía si Astrid estaba allí. El punto azul de Katia se encontraba en el pasillo de mercaderes, justo detrás del bar del tejón.

Vi a Samantha pasar a toda velocidad por el fondo del casino mientras el punto blanco de otro PNJ se movía con ella. El resto del lugar estaba a rebosar de las equis de PNJ muertos.

El punto rojo y deforme de la demonio cubría casi un cuarto del restaurante. Estaba rodeado de equis y varios puntos blancos, lo que indicaba que algunos de los PNJ de la estancia seguían con vida.

Se oyó un estruendo y luego un grito. Me atreví a mirar por la esquina.

«Madre mía».

La demonio era diferente a Hendidura. Parecía sacada directamente de una pesadilla. La criatura infernal tenía la carne rosa y ocupaba el centro de la habitación. Hendidura medía unos treinta metros. Esta era más pequeña, para caber bien en el club. Más o menos.

La criatura desnuda y corpulenta estaba apretujada en la estancia, y su cabeza calva estaba de lado contra el techo alto. El cuerpo cubierto de pústulas daba la impresión de haber estado rezumando por todo el lugar, como si de una máquina de helados que empezasen a derretirse se tratara.

No vi piernas, pero el monstruo grotesco estaba cubierto de varios brazos estrechos y de muchas articulaciones con unas garras enormes tamaño cometa en un extremo.

Eran finos como ramitas y daban la impresión de poderse romper por la mitad fácilmente, pero eran largos, demasiado, y algunos serpenteaban por toda la estancia.

Tenía al menos veinte de esos apéndices, lo que la convertía en una especie de muñeco de nieve sobrecogedor.

Algunas de las garras presionaban el techo; otras, el suelo y las paredes.

El resto estaban ocupadas aferrando el cuello de los PNJ que hacían todo lo posible por zafarse.

Había algunos cretinos entre ellos, lo que indicaba que las extremidades eran más fuertes de lo que parecían.

El rostro alargado y gigantesco de la demonio estaba cubierto de un maquillaje denso parecido al de un payaso, igual que su hermana.

La boca era lo bastante grande como para meter ahí dentro el Carruaje Real.

El lápiz de labios rojo le manchaba toda la cara.

También tenía por la parte superior de la cabeza algún que otro pelo negro grueso y largo como mi brazo.

Olía a piel enferma, incluso desde el lugar donde me encontraba. El hedor me recordó a un tipo que había conocido en una ocasión, alguien al que habían tenido que amputar los dedos de los pies porque tenía pie de atleta y se le había complicado tanto que se le había gangrenado.

Vulva. Nivel 225. Demonio feral menor.

Tenía más nivel que Hendidura, a pesar de que no tenía tamaño de kaiju. Y solo veinticinco niveles menos que la mayoría de los dioses.

Volví a mirar, durante el tiempo suficiente como para ver que la demonio se llevaba un cocodriliano a la boca y le mordía el pecho.

Lo masticó con finura, como si fuese poco más que un pedazo de galleta que probase porque desconocía el sabor.

El guardia gritó de dolor. La sangre y las vísceras se le derramaron por la herida mortal como si fuese relleno para rosquillas.

La demonio soltó una especie de risita y luego se lo comió entero, antes de soltar un eructo ensordecedor.

—¡PSÁMATE! —repitió mientras la sangre se le derramaba por las comisuras de los labios.

K ATIA : Carl, ¡sal de ahí!

C ARL : Si tú te quedas, yo también. ¿Dónde está Astrid?

K ATIA : En la cocina.

C ARL : Muy bien. Quédate ahí. Voy a preparar una distracción y luego me dirigiré hacia ti.

Preparé una poción de invisibilidad y saqué una pelota de alarma.

Pero antes de que me diese tiempo a moverse, las puertas dobles que llevaban a la cocina se abrieron de repente y toda una estampida de rinocerontes samurái bípedos se abalanzaron fuera de la estancia, gritando mientras se dirigían a la carrera hacia la demonio del restaurante.

Iban ataviados como samuráis steampunk, con espadas y varas con hojas afiladas en los extremos.

Cada uno medía poco más de dos metros y era enorme.

El suelo tembló mientras avanzaban. Me fijé en el que cerraba la estampida.

Walter. Sai. Nivel 101.

Guardia del piso de Larracos en el club Desperado.

Los sai se toman muy en serio sus tareas de guardias, principalmente porque es el único trabajo que podrían desempeñar.

Antes eran bomberos, pero dedicarse a eso en una zona de guerra es una buena forma de que se extinga tu especie.

Por eso, migraron al club Desperado y ahora son los guardias omnipresentes del piso inferior* del Desperado.

Centrarse en el trabajo hace que se olviden de todas esas leyendas urbanas que afirman que su armadura pica mucho.

Estas criaturas no son famosas por su inteligencia, pero en general son buenas personas y leales hasta la muerte.

Eso es lo que los convierte en buenos guardias.

Les dan igual las normas, las leyes o la ética.

Se limitan a hacer lo que se les ordena.

Si los ves cargar contra algo, será mejor que te largues pitando.

Me acordé de repente de Ferdinand el gato.

Tenía una montura rinoceronte, aunque esa era más parecida a uno de verdad y no como estos tipos, que iban sobre dos patas.

No recordaba cuál era el nombre de esa montura, pero estaba muy seguro de que estaba dentro del castillo de los elfos cuando lo teletransportamos al noveno piso.

Detrás de los guardias rinoceronte también iba un grupo de cretinos, que pasaron a mi lado en dirección hacia la demonio.

Me pegué lo máximo posible contra la pared y oí cómo alcanzaban a la criatura, que empezó a gritar y a reír al mismo tiempo.

Un chorro rojo salpicó todo el pasillo, proveniente del restaurante. Mierda.

K ATIA : Carl, varios guardias cocodrilianos acaban de entrar en el pasillo. No me han mirado siquiera. Iban hacia ese pasillo trasero donde íbamos a emboscar a Astrid. No sé por qué.

C ARL : Seguro que se dirigen hacia el mercado de mercenarios. Ahí es donde está ese establecimiento llamado Escudo Humano. Van a por refuerzos.

K ATIA : No, ¡creo que van hacia al pasadizo secreto!

C ARL : Aguanta. Ya voy.

Respiré hondo y me bebí la poción de invisibilidad.

Saqué la pelota de alarma y la tiré con todas mis fuerzas hacia la parte delantera del club.

Voló a toda velocidad por la estancia, más allá de los brazos de la demonio, y chocó contra la puerta delantera.

Esperé unos segundos. No tenía ni idea de cuál iba a ser la canción.

Dónut me había suplicado que le dejase elegir algunas para las pelotas de distracción, y yo se lo había permitido para que practicase un poco con mi mesa de zapador.

¡Y en el número 2 a fecha de 23 de marzo de 1985, tenemos Material Girl !

Justo cuando empezó a resonar a todo volumen la canción de Madonna, corrí a toda velocidad para colocarme frente a la demonio.

Pero cuando doblé la esquina, choqué contra el cuerpo de un sai que la criatura acababa de lanzar antes de girarse hacia la música.

Tanto el sai, que estaba muerto, como yo nos golpeamos contra las puertas dobles, las atravesamos y nos deslizamos por la cocina.

Terminé chocando contra un mueble de especias muy alto que tiré al suelo.

Gruñí y me quité el monstruo de encima. Seguía invisible.

La habitación se parecía a cualquier otra cocina de un restaurante grande.

Había una sucesión de puestos para preparar comida a un lado, luego los hornos y muebles llenos de suministros.

En la pared opuesta vi lo que parecía una hilera de microondas normales y corrientes.

Pero luego me fijé en que no eran microondas, sino un tipo de caja de comida que no había visto antes.

Varios PNJ elfos y gnomos se apiñaban en la pared del fondo, llena de puertas que conducían a oficinas.

Astrid flotaba cerca de la hilera de cajas de comida, flanqueada por dos guardias cocodrilianos. Les gritó algo, y las criaturas se dirigieron a toda prisa hacia otra puerta que llevaba hasta el bar del tejón y supuse que hasta el pasadizo secreto trasero.

Mierda. Mierda. No quería que Astrid me viese. Seguro que no tenía ni idea de lo que pretendíamos Katia y yo, pero ¿qué haría al enterarse de que Samantha era responsable de lo de la demonio?

¡Se ha activado tu trampa de teletransportación!

¡Se ha activado tu trampa de teletransportación!