Capítulo 31
Nota añadida por la mazmorrera Rosetta. Novena edición.
Por muy frágiles que parezcan, puede costar mucho matar a las hadas y a los duendecillos.
Son rápidos. Son mágicos. Siempre están alerta.
Dicen que en este lugar la Suerte no es una característica, pero yo creo que sí.
Creo que esos monstruitos tienen una Suerte…
sobrenatural. Siempre ocurren cosas muy raras cuando intentas enfrentarte a uno. Tened cuidado, camaradas.
Pero si no os queda otra, arrancadles las alas. No cuesta mucho. Y es el lugar donde se almacena su magia.
—Nunca te había visto por aquí —dijo Clarabelle, que miraba hacia abajo para ver bien a Samantha—. Sí que has salido varias veces en el episodio resumen, pero no me había fijado en que tenías el pase en el cuello.
Samantha gruñó y siseó a la cocodriliana. Ella cerró las fauces varias veces.
—En la Nada, hay una diosa que se parece mucho a ti.
Maki. ¿Maraka? ¿Makara? Algo así. No recuerdo su nombre.
Tiene cabeza de cocodrilo y cuerpo de pez, y prepara sushi con sus entrañas.
Siempre le vuelven a crecer, por lo que lo sigue preparando y lo vende.
Tiene un puestecito y todo. Es toda una empresaria.
—Samantha hizo un ruido parecido a un escupitajo—. Sabe fatal.
—¿Qué quieres decirme con eso? —preguntó Clarabelle.
—Lo que quiero decir es que mataré a tu madre.
Clarabelle se cruzó de brazos.
—¿Ah, sí?
—Y tanto, señora. ¡Ahora déjame entrar!
—¿Sabes qué? —empezó a decir Clarabelle—. No creo que…
Agarré a Samantha y levanté una mano para interrumpir la conversación. Cerré la boca de la muñeca hinchable con el brazo antes de que lo estropease todo.
—Mira, perdónala. Acabamos de completar una misión en la que ha matado a alguien y le pusieron el tatuaje en el cuello.
—Es horrible —dijo Samantha, con la voz ahogada entre los músculos de mi brazo. Consiguió librarse al fin y continuó—: Odio los tatuajes más que el sushi. Pero una vez probé los nuggets de caimán. ¡Sabían a pollo! Cuando recupere mi cuerpo, ¡jamás volveré a hacerme un tatuaje!
—… Y ahora quiere tomarse algo —continué, ignorando a Samantha—. Te prometo que me la llevaré antes de que empiece la fase dos. De verdad. —Le di una moneda de oro a Clarabelle—. Perdón. Sé que es insoportable.
—Da igual —dijo la cocodriliana, que nos hizo un gesto con la mano para pasar—. Intenta que no se acerque a los guardias u os echarán a los dos. Y ahora sí que será para siempre.
—¡Vamos! —dijo Samantha mientras se zafaba de mi agarre. Cayó al suelo, rebotó una vez y franqueó la puerta rodando en dirección al restaurante principal.
—Perdón —repetí a Clarabelle antes de seguirla.
—¡Yuuuju! ¿Qué tiene que hacer una chica aquí dentro para que le sirvan un Shirty Dirly?
—Se llama Dirty Shirley —grité—. ¡Y no te emborraches!
—¡Tú! ¡Elfita! ¿Dónde está la barra? Por ahora me vale la de las bebidas. ¡Ya luego te preguntaré dónde están las buenas barras!
Suspiré.
C ARL : Casi lo estropea todo, pero ya ha entrado. ¿Estás en posición?
K ATIA : Sí, pero tenemos un problema. Hay algunos mazmorreros en el club. Tenemos que asegurarnos de que no se entrometen.
C ARL : ¿Alguno de los nuestros?
K ATIA : No, pero están todos en el piso de arriba bailando. Probablemente no pase nada, pero deberíamos echarlos por si acaso.
C ARL : Bien. Me encargaré cuando suba. ¿Cómo te sientes?
K ATIA : Empiezo a hartarme de que la gente me pregunte eso. Fue un desliz. No te preocupes por mí. Vamos allá.
Había sido más que un desliz, pero no tenía ganas de discutir. Katia estaba drogada hasta las trancas con ventajas de Imani hasta que consiguiésemos curarla de verdad de todas sus adicciones. Mordecai parecía creer que así estaría bien al menos durante unos pocos días.
C ARL : Perfecto. Vamos allá.
Consulté mi mapa mejorado recientemente y me interné en el club. Samantha ya estaba en la barra y exigía al camarero castor cerezas extras para su bebida.
—Y no olvides la pajita. Y también tendrás que meterme las cerezas en la boca —comentaba. Estaba muy seguro de que se había puesto voz ronca y seductora—. Ponte una en cada garra y yo las muerdo. —Las agarró con los dientes y soltó un gruñidito—. Una a una.
—¿Tienes oro? —preguntó el camarero, quien no parecía nada impresionado. Lo inspeccioné rápidamente. Tenía nivel 25 y era un PORSUK , que era el nombre que se le daba a los tejones en el juego. El tipo se llamaba Charles.
—Oh, sí —ronroneó Samantha—. Tengo un monedero en mi naricita. Tú prepárame esa bebida y dejaré que uses esas garritas tuyas para… sacármelo.
—¿En tu qué?
Me estremecí y seguí andando hacia el pasillo.
Estaba frente a la barra del tejón y llevaba a varias tiendas, incluida la del joyero gnomo y algunas de cachivaches a ambos lados.
Al otro lado del pasillo estaba «Escudo humano», que era donde se compraban mercenarios.
Dónut y yo teníamos cupones para ese lugar, pero los estábamos guardando.
C ARL : Buen trabajo. No lo enfades mucho por el momento. Espera a mi señal.
S AMANTHA : NO ME DIJISTE LO MARAVILLOSO QUE ES ESTE LUGAR. NO QUIERO QUE ME ECHEN NUNCA. QUIERO VOLVER. A MAEMAE LE ENCANTARÍA.
C ARL : Cíñete al plan. Si funciona, solo te echarán un día o así.
Era una mentira de las gordas, pero necesitaba que se centrase.
Avancé por el pasillo largo hasta que encontré el armario que había al fondo. Ya había estado por allí unos días antes, para asegurarme de que los supuestos monstruos que vivían por el lugar no deambulaban libremente. No era el caso.
Entré en el armario y abrí la puerta secreta para luego cerrarla con mucho cuidado. Saqué una antorcha del inventario y la encendí. El pasadizo se perdía en la oscuridad. Ese pasillo secreto avanzaba en paralelo con aquel en el que me encontraba hacía un momento, pero iba por detrás de las tiendas.
Cuando Astrid bajaba del piso superior hasta el intermedio para encargarse de algún problema por la zona, pasaba por allí. Era el lugar perfecto para una emboscada.
Pero también era cierto que había algún que otro problema.
Unos días antes, Katia había puesto en el baño de hombres un petardo diseñado para estallar mientras ella estaba en el otro extremo del club. Lo había hecho para comprobar cómo reaccionaban los guardias y para ver la respuesta de Astrid.
Ella no hizo nada en aquel momento, sino una hora después.
Bajó, le gritó a unos pocos guardias y volvió a su despacho.
Descartamos usar una segunda bomba para hacerla salir y, en lugar de eso, decidimos que usaríamos a Samantha, quien seguro nos garantizaría una respuesta más rápida.
Aun así, aquel primer experimento nos sirvió para algo.
Katia aprovechó la oportunidad para beberse una poción de Inspeccionar y examinar los conjuros y las habilidades de Astrid.
La criatura feérica era terriblemente poderosa.
Tenía 150 de Inteligencia y todo un arsenal de conjuros con los que podía llegar a destrozarte por dentro.
Podía hacer hervir la sangre. Dejarla sin oxígeno.
Convertirla en ácido. También tenía un conjuro que insuflaba vida en tu corazón y lo convertía en una criatura que usaba tus venas y arterias como extremidades.
Asimismo, contaba con un buen puñado de habilidades psiónicas, la mayoría centrada en mantener a raya a criaturas de roca, a los lagartos y a los «sai con armadura».
Los sai eran los guardias habituales del piso de Larracos, aunque nunca había visto uno.
Al parecer, tenían el aspecto de rinocerontes samurái.
Astrid también tenía una habilidad pasiva llamado Sentido cósmico, que se parecía a esa habilidad mía que servía para advertirme de cuándo había presente un dios.
La diferencia era que la suya funcionaba con dioses y con demonios.
Comprensible, teniendo en cuenta que estaba a cargo de la seguridad de una discoteca gigante.
Otra de sus habilidades era muy preocupante.
Podía usar cinco veces al día Llamar guardia, que teletransportaba refuerzos a su ubicación al momento.
Cada vez que lo usaba invocaba entre «uno y tres guardias» del club hasta el lugar donde se encontraba.
No tenía tiempo de recarga y era instantáneo, lo que significaba que podía abarrotar el pasillo con quince guardias chasqueando los dedos.
No queríamos enfrentarnos a los guardias. No queríamos ni que supiesen que estábamos involucrados.
Eso significaba que teníamos que acabar con ella de inmediato y por sorpresa.
Aun así, necesitábamos planes alternativos. Se me ocurrió uno para encargarme de los guardias invocados si se daba el caso.
Si mi DEI funcionaba, Astrid jamás tendría la posibilidad siquiera de llamar a ninguno.
Pero no podíamos depender del todo de algo así.
Había copiado la estrategia de Lucia Mar.
Si Astrid invocaba a algún guardia, este caería en una trampa de teletransportación.
Iba a llenar el pasillo con ellas y ajustarlas para que se activasen con cualquier PNJ y lo llevasen a un armario cerrado del piso superior.
Como Astrid iba flotando por ahí, no pisaría ninguna, pero ajusté las trampas para que no afectasen a las criaturas feéricas, por si decidía activar alguna a voluntad.
Todos los guardias invocados aparecerían con un resplandor y desaparecían al instante con otro, antes siquiera de que supiesen qué estaba pasando. Con suerte.
El segundo problema del lugar eran los monstruos.
Al fondo del pasillo había otra estancia con una puerta cerrada. Detrás, había un grupo de unas quince criaturas. No sabíamos qué eran esos puntos rojos del minimapa, pero según este la habitación era una sala de entrenamiento abandonada del «gremio de Domadores de demonios».
Me interné más en el pasillo. Entre la puerta de los monstruos y yo había unas cincuenta trampas, entre las que se encontraban algunas de alarma silenciosas, tanto para mazmorreros como para monstruos, varios «cepos para demonios» y otras de invocación diseñadas para traer a guardias específicos al lugar si se activaban otras trampas.
Era probable que la habilidad llamada Sentido cósmico de Astrid la avisase cuando se activasen. Nos planteamos usarlas para atraerla, pero desechamos la idea por ser demasiado peligrosa, incluso para nosotros.
Avancé rápidamente por el pasadizo y empecé a desactivarlas todas excepto las trampas para demonios, aunque me guardé cinco de estas.
Mientras caminaba, planté mis trampas de teletransportación.
Y luego tendría que ir al piso superior para colocar la otra parte de ellas, las balizas, en aquel armario cerrado.
La puerta que había al fondo del pasillo estaba asegurada únicamente con un candado, que no tenía nada de mágico y que colgaba de ella, y se parecía al resto de las puertas del club.
La cerradura estaba oxidada. La única indicación de lo que había en el interior era un cartel lleno de polvo que también colgaba de ella.
Aviso. No entrar. Peligro extremo de Morirás presa de un dolor inconmensurable. En serio. No abras la puñetera puerta. Mensaje de la dirección.
Según la Sierpe Nocturna, nadie sabía qué eran esos monstruos.
Lo único que estaba claro es que eran peligrosísimos.
Se habían llevado a cabo muchos intentos de despejar aquel lugar, pero los grupos que entraban siempre morían.
El hecho de que hubiesen dejado la estancia allí sin tocar, solo con unas trampas en la puerta para evitar que saliese lo que quiera que había en su interior, era ridículo.
Tuve que recordarme que aquello no era la vida real, sino un juego.
Estaba claro que todo formaba parte de alguna misión con la que no quería tener nada que ver.
El problema era que, si nos peleábamos en aquel pasillo, sabía que la puerta se abriría de repente. Sobre todo si estallaba algún que otro explosivo. Tenía que reforzarla lo mejor posible.
Lo hice rápido. Era algo que tendría que haber hecho antes, pero el tiempo apremiaba. Había pensado en obviar todo aquello, pero no me atreví. Me daba la sensación de que los monstruos, fueran lo que fuesen, eran terribles.
Pegué la oreja a la puerta, pero no oí nada.
Los veía en el minimapa, quietos. Saqué una plancha gruesa de metal y resistente a las explosiones y la coloqué allí, para bloquear la puerta a la perfección.
La primera vez que había estado en el lugar me había dedicado a medir el pasillo con minuciosidad, por lo que conseguí que encajase a la perfección.
Usé cuñas para asegurarme de que quedaba bien sellada.
Después empecé a apoyar sacos de arena contra la pared. Al terminar, añadí una segunda plancha de metal y también la ajusté bien. Miré el reloj con nerviosismo. Quedaba una hora y media para que Dónut y yo nos teletransportásemos al programa de Odette.
Katia me envió un mensaje mientras trabajaba.
K ATIA : Carl, ¿cómo vas por ahí?
C ARL : Ya casi he terminado. ¿Todo bien?
K ATIA : ¿Te sientes culpable por lo que vamos a hacer?
C ARL : ¿Por matar a Astrid?
K ATIA : Sí.
Y lo cierto era que sí. Me sentía un poco culpable.
Ella no había hecho nada malo. Casi ni había interactuado con la criaturita feérica, pero las veces que lo había hecho habían sido negativas.
Tampoco es que mereciese morir por algo así, pero era un PNJ.
No era uno de los nuestros. Tanto Katia como yo habíamos matado a miles de ellos llegados a este punto.
No quería hacerlo y, de poder, lo hubiese evitado a toda costa.
Pero mi opinión al respecto no había cambiado.
En realidad, les estábamos haciendo un favor al sacarlos de aquel infierno.
Pensé en los niños que estaba cuidando Mordecai. ¿Era una contradicción protegerlos? ¿Hipocresía? No tenía ni idea. Y me daba igual. Estaba haciéndolo lo mejor que podía con lo que teníamos a mano.
C ARL : Haremos lo que tengamos que hacer, Katia. La misión no se nos ha ocurrido a nosotros. No tenemos la culpa.
K ATIA : Sí, tienes razón… Pero…
C ARL : ¿Qué?
K ATIA : A veces creo que es inútil. Nunca he querido hacerle daño a nadie. Solo una vez, cuando lo de Eva. Y mira cómo acabó.
C ARL : Lo que pasó es que conseguiste que dejase de hacerle daño a más personas. No pueden contigo, Katia, métetelo en la cabeza. Quieren, pero no pueden.
K ATIA : Carl…
C ARL : Y no te atrevas a decirme que ya han podido. Estás aquí y estás haciendo esto conmigo. Es la prueba de que aún quieres luchar y eso es lo único que importa. No voy a abandonar y no permitiré que lo hagas tú. Ahora, pongámonos manos a la obra.
K ATIA : Dios, qué bien se te dan los discursitos motivacionales cutres. Gracias. Lo necesitaba.
Reí en voz baja. Al otro lado del pasillo, oí un gruñido grave parecido al ronquido que haría un perro durmiendo. Se me erizó toda la piel y volví al tajo.