Capítulo 28 #3
Miré la mano de Dónut y vi que le quedaban tres cartas y estaba a punto de aparecerle otra en cualquier momento. Ninguna de ellas eran tótems.
—Usa Rayo grasiento en Shi Maria —comenté, momento en el que ella empujó la carta hacia delante en dirección a la araña herida, que se acercaba a los enemigos.
La carta dio una voltereta en el aire para luego girar como un bumerán y tocar a la araña gigante en el lomo.
El dibujo de un rayo enorme apareció de repente, momento en el que Shi Maria empezó a brillar y se dividió en cuatro versiones diferentes de la misma araña aterradora.
—Acaba de lanzar una ilusión —dije, sorprendido por lo que acababa de ver.
Sabía que podía, y seguramente debía, unirme al enfrentamiento, pero lo importante ahora era comprobar las habilidades de combate de las criaturas.
Una de las ilusiones empezó a moverse mucho más rápido que antes y escupió una masa de telarañas por el culo a otro de los renos, que cayó al suelo.
En ese mismo instante, otro rugió y atacó con la boca abierta para…
Pues no sé. ¿Para intentar comerse a la araña?
Antes de que alcanzase a nuestra enorme criatura, el reno recibió el impacto lateral de Skylar, la cabeza de burro con alas de murciélago.
Y otro reno lanzó un conjuro y todas las ilusiones se disiparon.
Rudolf el Rudo flotaba por encima de todo y parecía estar cargando otro de sus ataques.
Shi Maria se empezó a mover tan rápido que se convirtió en un borrón.
Uno de los renos, que creo que era Cometa, le disparó una pelota mágica blanca y falló por mucho.
De repente, la mitad de las marionetas restantes se encararon y, sin previo aviso, una de ellas aulló y destrozó al reno que tenía al lado.
Le había empezado a salir espuma por la boca, como si se hubiese visto afectado por la desventaja Enfurecido y el conjuro Pero ¿por qué te pegas? de Dónut al mismo tiempo.
Sentí una presión repentina en el pecho y en la cabeza al mismo tiempo. Por la cara. Era como si me hubiese quedado sin aliento de repente. Empecé a marearme.
«No —pensé—. Algo va mal. Se suponía que aquí íbamos a estar seguros».
Shi Maria abrió el quinto ojo. Brilló como una joya incandescente en el centro de su cabeza. No atiné a distinguir el color. Era negro y blanco y amarillo y rojo al mismo tiempo. A pesar de la distancia, lo sentí llamándome, como si el ojo y el centro de mi cerebro estuviesen unidos por un cable.
«Es el río —pensé—. Es el río de mi mente».
No sabía cómo había llegado a esa conclusión. No tenía el más mínimo sentido.
—Carl, ¿estás bien? —gritó Dónut.
Me había quedado en el suelo, apoyado en una rodilla, y ni siquiera me había dado cuenta. Cogí aire a la desesperada.
—Estoy bien —mentí—. No le quites ojo de encima a los tótems.
Los renos afectados, que parecían haberse quedado ciegos y haberse vuelto locos, gruñeron y se encararon con los demás.
«Madre mía», pensé mientras lo contemplaba todo con la boca abierta.
Volví a ponerme en pie. Miré con nerviosismo a Mongo, quien se encontraba a mi lado, brincando arriba y abajo con desesperación, como si no supiese si entrar en la refriega.
Estaba protegido por el conjuro de la simulación, pero sabía que en un combate real la situación hubiese sido muy peligrosa.
Teníamos que asegurarnos de que Mordecai terminase esa poción para él lo más pronto posible.
Unos segundos después, todas las marionetas estaban muertas, y la marca que Rudolf el Rudo tenía encima de la cabeza desapareció al fin.
El resplandor amarillo hizo lo propio. Al mismo tiempo, el reno lanzó otro ataque con la nariz, pero Shi Maria se apartó con destreza a pesar de la pata que le faltaba y subió al primer piso del centro comercial para luego saltar desde la entrada de una tienda llamada Carrusel y otra llamada Retratos Glamurosos antes de que estas explotasen.
Dónut sacó otra carta, era Geraldo la foca monje.
Apareció con la misma ostentación que antes.
En ese mismo instante, Shi Maria saltó y usó una de sus patas para partir por la mitad a Rudolf el Rudo.
El monstruo soltó un grito patético, y las dos mitades de su cuerpo permanecieron flotando por los aires. La nariz chisporroteó hasta apagarse.
Geraldo la foca dio una voltereta e hizo dos movimientos de kárate antes de quedarse paralizado al ver a la araña gigante, que se había colocado debajo de las dos mitades del ciervo.
La cabeza de mujer de Shi Maria se alzó como un pajarillo y empezó a devorar las entrañas goteantes del cuerpo del venado, como si estuviese comiendo espaguetis que cayesen poco a poco del suelo.
—Eh, pero ¿qué carajo? —fue todo lo que Geraldo fue capaz de decir antes de que apareciese la notificación de Combate completado y todos los tótems desapareciesen en una nube de humo.
A mi lado, Mongo graznó con inseguridad.
—Carl —dijo Dónut un momento después. Ella también se había quedado mirando el lugar donde la araña se encontraba hacía unos instantes—. Me alegro de no haber tenido que luchar contra ella.
—¿A que es buena? —preguntó Samantha.