Capítulo 26 #4
—Escucha —dije al tiempo que me acercaba—. Shi Maria o comoquiera que te llames. Te llevaré al siguiente piso, o hasta donde necesites, si nos ayudas. Pero tenemos que hacer lo de la carta. Ya sabes cómo va.
La araña movió una de las patas que le cubría los ojos. Dejó de llorar y se me quedó mirando. El cambio fue instantáneo. Continué:
—Como dejes ciego o loco a alguno de mis amigos, como le hagas daño a alguien que no es nuestro enemigo, se acabó el trato. Romperé la carta. Pero, si nos ayudas, tienes mi palabra de que te ayudaré. ¿Entiendes? Chasquea una vez si lo has entendido.
Se agitó y empezó a desplegar esas patas largas y horribles.
Se giró y se envaró, pero mantuvo el abdomen bajo.
Lo hizo de una manera en la que su cabeza no giró ni se movió de ninguna forma.
En ese momento, me la quedé mirando y lo vi: el quinto ojo que tenía en el centro de ella.
Era pequeño, del tamaño de una canica. Así era como lanzaba el conjuro.
Abría el ojo y todos los que lo miraban quedaban ciegos o locos.
Lo sentí a pesar de tenerlo cerrado.
«Está justo ahí —recordé que había dicho mi madre, de pie al borde del Gran Cañón—. ¿Recuerdas el circo, Carl?».
Y luego la araña habló.
—Entiendo el trato, adorador de Emberus —dijo Shi Maria, con un susurro seductor y perfectamente nítido.
Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.
—Así que puedes hablar —dije.
—Esa imbécil de Samantha asegura que mantienes tus promesas.
Podría devorarte ahora mismo, pero si quiero salir de este lugar horrible debo confiar en ti.
Tengo que encontrar a mi marido y demostrar que no fui yo quien lo mató.
Y, para hacerlo, necesito llegar a Larracos.
No tengo problema alguno contigo. Una vez llegue a la ciudad, te diré cómo disipar la magia de la carta y podrás liberarme.
Mientras, te ayudaré. Es un trato fácil para ti.
Mientras esté atrapada en la carta, estaré a tu merced, ¿no?
—¿De verdad puedes ayudar a Samantha a recuperar su cuerpo?
—No tengo la magia necesaria, pero conozco a un maestro papillamante en Larracos —aseguró la araña—. Es el mismo mago que podrá liberarme de la prisión de la carta en la que estás a punto de meterme. Es caro, pero se puede hacer.
Mordecai había comentado algo parecido cuando hablé con él sobre la posibilidad de salvar a Paz.
Sabía exactamente dónde se encontraba el establecimiento de ese papillamante, pero estaba en los niveles bajos de Larracos.
Era muy probable que el mago hubiese muerto ahogado.
Shi Maria no lo sabía. O eso esperaba yo.
—Le has mentido a Samantha —dije—. ¿Cómo voy a confiar en ti? Nunca creeré nada que puedas llegar a decirme.
Una sonrisilla se extendió por su rostro inquietante. Era una expresión aterradora, reforzada por los colmillos que le sobresalían por debajo de los labios.
—No es necesario que confíes en mí, Carl. Estaré a tu merced. Sabes lo que quiero y eso te da poder sobre mí.
Tragué saliva. Aquello me había recordado al primer consejo de Odette.
La araña me estaba imitando. Estaba intentando actuar como lo haría yo si estuviese en su lugar. Y había hecho lo mismo con Samantha. Era un movimiento muy inteligente. No iba a confiar en ella de ninguna manera, pero sí que sabía que quería largarse de este piso. La criatura ladeó la cabeza.
—He visto que te has tomado una poción que crees que te protege de mis conjuros.
Puede que sirva para tu compañera, pero ¿para ti?
Tú ya estás roto. Y una ventana rota sigue dejando entrar la brisa, Carl.
¿Qué es lo que quieres? Me pregunto. Quizá debería mirarte con mi ojo.
Ambos lo sabríamos de ser así. Samantha me comentó tus problemas con algunas deidades.
Y también tus otros problemas. Eso que crece en tu interior.
Iba a replicar, pero me interrumpió una notificación.
Nueva misión. La Novia Frenopática.
¿Una misión de escolta? ¿En serio? Pfff. Pan comido.
El problema es que tú eres el pan.
La Gritona. Shi Maria. La Viuda Eterna. La Novia Frenopática. Da igual cuál sea hoy su nombre. Lleva a esa loca de remate a Larracos. Y ya está. Esa es la misión.
Recompensa: Un premio simple para una misión simple.
El monstruo miró el guantelete de mi mano derecha.
En ese momento, rodó a un lado y dejó al descubierto la parte inferior de su cuerpo, que se bamboleó un poco como si estuviese llena de líquido.
Las patas de un lado se arquearon en el aire y relucieron afiladas, colgando sobre mí como una hilera de dientes que parecían cuchillas.
El vientre de la criatura era casi translúcido, como cristal esmerilado.
Vi atisbos de órganos latiendo en el interior.
—Hazme el daño suficiente como para usar la magia de la carta. No intentes asesinarme, Carl. Muchos lo han intentado. Todos han fracasado. Tengo más trucos de los que eres capaz de imaginar. Sé mi amigo y yo también lo seré.
—La gente no deja de decirme eso —dije mientras le daba un puñetazo en el centro del abdomen.