Capítulo 26 #3
—Pero necesita suministros para lo de mi cuerpo. Dice que para el conjuro le hace falta algo que vende otra araña como ella. Y que no estarán disponibles hasta el noveno piso o después.
—Entonces ¿sabe lo de los pisos? —pregunté.
—Lo sabe todo —dijo Samantha—. Hemos hablado mucho.
No me di cuenta hasta entonces, pero en ese mismo momento me percaté de que, en realidad, yo no tenía ni idea de las cosas que sabía Samantha.
Era normal, teniendo en cuenta que lo único que hacía era intentar a la desesperada que la ayudásemos a encontrar a su querido rey.
Estaba muy seguro de que aquel tipo no existía.
Al menos hasta que el sistema decidiera lo contrario.
Pero ya tendríamos esa conversación en otro momento.
Aun así…, la hipótesis de Herot sobre el hecho de que los PNJ conscientes de sí mismos contagiaban al resto parecía acertada.
—Mira, Samantha —dije. Detrás de ella, la araña no había dejado de sisear—. Es demasiado peligrosa. Mi idea era clavarle la bandera para añadirla a nuestro mazo, pero si no tenemos que enfrentarnos a ella, deberíamos evitarla. Encontraremos a otro mago para que te ayude, ¿vale?
—Un momento. ¿Solo habéis venido para añadirla a vuestro estúpido mazo de cartas? ¿No lo habéis hecho para salvarme?
Pensé al respecto. Lo cierto era que Mordecai nos había dicho que abandonásemos a Samantha, mientras que yo tenía claro que lo mejor sería venir y clavarle la bandera a la araña.
Rescatar a Samantha siempre había formado parte del plan, claro, aunque podría considerarse algo secundario.
¿Habríamos venido en caso de no sacar provecho con lo de la bandera?
Cuanto más pensaba al respecto, más me di cuenta de que sí que lo habríamos hecho.
Eso me sorprendió. Y me alegré de que así fuese, en realidad.
Extendí el brazo hacia delante y coloqué la mano en la mejilla fría de la cabeza de la muñeca hinchable.
Ella miró hacia abajo por instinto y me mordió, pero con suavidad.
Mantuvo la boca cerrada alrededor de mi mano.
—Samantha, estás loca. Nadie sabe cómo ni por qué has conseguido estos nuevos poderes, y la verdad es que me asusta porque no sé hasta dónde podrás llegar. Pero en el piso anterior, no habríamos sobrevivido sin ti. Formas parte de nuestro equipo. Así que sí, habríamos venido a salvarte.
—¿En serio? —preguntó ella, aún con mi mano en la boca.
—En serio —respondí.
Después relajó la mandíbula, se apartó y me miró con ojos relucientes. Tardó unos instantes en recuperar la compostura.
—No voy a follar contigo, Carl. Tienes que dejar de intentarlo.
Sonreí y le di unas palmaditas.
—Salgamos de aquí mientras aún podamos.
—No. No la voy a abandonar. Es mi mejor amiga.
—Pero te comió —dijo Dónut. Bajó un poco más la voz—: Además, mira su cara.
—Sí que se la he visto, sí. Ya le comenté lo de la crema hidratante, pero no sabe lo que es.
—No podemos llevárnosla —insistí—. A menos que nos deje convertirla en una carta.
—Sí, sí, Carl. Sabíamos que esto acabaría así.
—¿También sabe lo de las cartas? —pregunté.
—Claro que sí. Elle me lo contó a mí, y yo se lo comenté a MaeMae.
Dijo que era muy probable que quisieses transformarla en una.
Es muy lista. Me hizo preguntarle a Elle varias cosas sobre su funcionamiento.
MaeMae dice que cuando Dónut tenga las seis cartas, podrá salir en cualquier momento. ¡Y será inmortal como yo!
—Creo… que no es así exactamente cómo funciona —aseguré.
—¿Elle? —dijo Dónut—. ¿Desde cuándo hablas con Elle?
—Oh, Elle es maravillosa —dijo Samantha—.
Al principio creí que quería algo con Louis, ya sabéis, porque me envió un mensaje para decirme que lo dejase en paz.
Estuve a punto de arrancarle esas alitas de hada que tiene.
Pero descubrí que solo me lo dijo porque lo estaba incomodando y quería protegerlo.
No es porque lo quiera para ella sola. Dice que, aunque se haya hecho unos arreglitos desde que entró en la mazmorra, aquello sigue lleno de polvo y no pretende usarlo.
Por eso la he perdonado. Me ha hecho muchas preguntas sobre la historia de la Cuarta Estación y, a cambio de las respuestas, ella me ha hablado de las cartas.
Por eso la he invitado a mi despedida de soltera. Me cae bien.
No tenía ni idea de lo que era la Cuarta Estación. Me guardé la información para preguntarle más tarde a Elle.
Sería genial que la araña nos permitiese clavarle la bandera por voluntad propia, pero tenía la sensación de que era una trampa.
El libro y la descripción no dejaban de resaltar lo lista y astuta que era.
Tenía que saber que, si se convertía en carta, no podría ir por ahí a voluntad.
Estaría a nuestra merced. De ser así, ¿cuál era su plan?
Recordé algo que Cascadia había dicho al principio del piso, que podíamos quedarnos una única carta antes de bajar por las escaleras.
No tenía muy claro cómo funcionaría algo así, pero seguro que ese era el plan. Miré a la araña «sollozante». Todo era una farsa. Tenía que serlo.
Bajé a Dónut de mi hombro con cuidado y la dejé en el suelo.
—Vosotros dos quedaos aquí.
—Carl —dijo la gata, pero yo extendí el brazo.
Si Shi Maria tenía intención de que la bajásemos al noveno piso, no podía hacernos nada por el momento. No le serviría de nada asesinarnos.
Era una oportunidad, aunque una peligrosa.
Me lancé Armadura de volutas y me acerqué a la araña llorona. Cerré el puño y apareció el guantelete. Me preparé para usar Caparazón protector.