El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 26
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Capítulo 26

Nota añadida por el mazmorrero Azin. Decimoséptima edición.

Arañas. Dioses, ¿por qué? En nuestro mundo, solo existen en la mitología, pero al parecer son reales y muy comunes en todo el universo. ¿Qué clase de pesadilla tuvieron los creadores como para diseñar algo así?

Nota añadida por el mazmorrero Tin. Vigesimoprimera edición.

Pues no sé. A mí me parecen monas.

Nota añadida por el mazmorrero Tin. Vigesimoprimera edición.

No he dicho nada. Madre mía. No he dicho nada. Putas arañas, joder.

Tardamos media hora más en encontrar el reino de Shi Maria. No tuvimos que buscar demasiado.

Dónut vio a Samantha en el mapa justo cuando empezamos a ver restos de telas de araña a un lado de la carretera, brillando bajo la lluvia.

Había caparazones de cangrejo resquebrajados por el suelo entre los hilos, así como huesos de otras criaturas.

Después de recorrer medio kilómetro más, toda la parte septentrional de la carretera quedó cubierta por una telaraña blanca.

Algo más allá, esta cubría todo el camino.

Una motocicleta era lo único que colgaba bocabajo, inexplicablemente, a unos tres metros del suelo.

Había hilos por todas partes sin patrón aparente, como si una máquina de algodón de azúcar hubiese explotado para ensuciarlo todo.

Los hilos eran muy pegajosos nada más tocarlos.

Mordecai había comentado que el tipo de araña en el que se basaba en realidad no usaba telas que fuesen adhesivas, pero los productores lo habían hecho así porque les había salido de ahí.

Teníamos varias formas de lidiar con el problema.

La más fácil era que Dónut usase Proyectil mágico para romperlas.

El fuego las destrozaba sin problema. También teníamos opciones antiadhesivas que «probablemente», según Mordecai, iban a funcionar. No me apetecía probarlo.

En lugar de aceptar la sugerencia de Samantha y abrirnos paso hasta el nido de la araña luchando, le dijimos que la convenciese para acercarse a la carretera. Después de un tira y afloja, dijo que Shi Maria había accedido a ello y estábamos de camino.

Dónut se quedó rígida en mi hombro, demasiado nerviosa como para quejarse de la lluvia. Mongo no estaba protegido contra la desventaja de ceguera o locura, y la gata lo había guardado en el transportín.

—¿De verdad crees que no hará falta luchar contra ella? —preguntó—. Samantha dice que quiere unirse al grupo. No lo veo, la verdad. No podemos tener a alguien con una piel así entre nosotros. Además del pequeño detalle de que vuelve loca a la gente. Arruinaría la boda de Louis e Higo.

—Veremos qué dice ella, pero estoy contigo. No podemos meterla en el mazo hasta que su salud baje al 5 %. Es probable que finja ser amistosa pero nos ataque luego. Es lo que saco de su descripción, al menos.

Empecé a caminar de un lado a otro con preocupación mientras se acercaba. Era uno de los monstruos más peligrosos a los que nos habíamos enfrentado solos. Estábamos listos para un combate, pero no podía dejar de sentirme inquieto.

—Si lanza algún conjuro, atacamos sin pensar. Si se retira entre las telarañas, déjala marchar.

—¿Y si se va pero aún tiene a Samantha? —preguntó Dónut.

—Pues tocará improvisar, supongo.

—¿Y si en realidad es muy amable y solo quiere estar con nosotros?

—Pues le diremos que tenemos que clavarle la bandera o tendrá que marcharse. No tenemos tiempo para chorradas.

—Pero si le dices eso, a lo mejor Samantha se enfada.

—Tengo una idea para lidiar con ese otro problema.

Dónut soltó un grito ahogado.

—¡Las veo! Guau, qué punto más grande. ¡Y es rojo!

—Muy bien —dije. Es lo que esperábamos—. Prepárate.

A la araña solo le quedaban unos pocos conjuros a los que no éramos inmunes, pero ella no tenía forma de saber lo que funcionaba contra nosotros y lo que no.

Tenía la esperanza de que empezase usando sus ataques más potentes.

Aunque tuviésemos el libro de las Bahamas, Dónut iba a usar una poción de Inspeccionar nada más verla.

—¡Yuuuju! ¡Carl y Dónut! ¿Dónde estáis? —gritó Samantha.

Di un paso atrás por instinto cuando vi que se agitaban los árboles. No había parado de llover. A mi alrededor, el embrollo de telarañas empezó a vibrar como si se hubiesen tensado de repente.

Shi Maria apareció en ese momento entre dos árboles, caminando de lado entre las ramas. Me recorrió un estremecimiento involuntario.

—¡Carl, mira sus patas! Son muy largas —siseó Dónut. Tenía una voz más asustada de lo habitual—. ¿Crees que sabe lo de todas las arañas que hemos estado matando para esa señora diosa? Cielos. ¿Y si lo sabe? ¿Será una trampa?

—Intentemos no decirlo en voz alta —susurré.

El dibujo que había en el libro no le hacía justicia.

Solo tenía ocho patas, pero se movían de tal manera que hacía pensar que tuviese extremidades de más, y eran demasiado largas y demasiado angulosas para su voluminoso cuerpo, lo que hacía que diese la impresión de que se estaban peleando entre sí mientras aquel abdomen protuberante rebotaba arriba y abajo como una boya.

Era errática y grácil al mismo tiempo. Mientras avanzaba hacia nosotros, las patas a veces se arrejuntaban sobre el cuerpo, como si fuesen las varillas de un paraguas roto.

Luego, volvían a extenderse para ayudarla a deslizarse sin problema entre los árboles. Era aterrador.

Recordé a Dónut buscando y comiéndose varias de esas arañas de patas largas cuando era muy pequeña.

Las mordía y hacía un ruidito muy gracioso cuando estas le hacían cosquillas en la garganta.

Después iba a por otra. A veces las encontraba y les arrancaba una o dos patas antes de que me diese tiempo a detenerla, y se quedaba allí dándole con la pata a la extremidad cercenada mientras esta se retorcía en el suelo.

A mí me había parecido divertido y sádico al mismo tiempo.

De repente, me sentí culpable por todas las arañas que había matado en mi vida.

Shi Maria giró, prácticamente como lo hubiese hecho un tonel.

Desapareció entre las hojas de un árbol que se encontraba justo al borde de la carretera y luego apareció en la copa y se nos quedó mirando desde arriba.

Se había quedado bocabajo, pero la cabeza casi humana estaba del revés.

La retorció ciento ochenta grados para mirarnos.

Dicha cabeza estaba unida a un cuello largo que parecía hecho de masilla.

Tampoco aparecía en la ilustración. Emitió un chasquido.

La descripción era similar, pero no exactamente igual a la del libro de las Bahamas. Aquí había decidido usar el último nombre para describirla.

La Novia Frenopática. Secuaz araña segadora.

Jefe de ciudad. Nivel 140.

Se trata de un semidiós.

Aviso: Esta criatura inflige locura permanente.

Aviso: Esta criatura inflige ceguera permanente.

Buena suerte, valiente.

Los secuaces arañas segadoras son criaturas normales que pueden encontrarse en el decimoquinto piso, secuaces de algo muy chungo de lo que no vamos a hablar por el momento.

Tienen sangre celestial. Dan un miedo de cojones y, si no estás preparado para sus ataques especiales, lo mejor sería que te fueses suicidando.

Cuando se encuentra una fuera del piso al que pertenecen, suelen trabajar de mercaderes ambulantes que venden mercancía rara y valiosa.

Cualquier cosa que les compres será bastante peligrosa.

Pero no todas son mercaderes. Algunas han escapado a los pisos superiores y encontrado su propio camino.

Las hay que han conseguido llegar a ser más poderosas que un secuaz araña segadora normal.

Esta en particular es muy especial. Tiene muchos nombres.

Ahora mismo, se hace llamar Shi Maria y su historia es una larga y trágica que no puede contarse aquí por completo.

Hace mucho tiempo, estaba casada con una deidad.

No les fue demasiado bien. Se dice que fue ella la que lo mató.

Pero podría decirse que fue culpa de él.

No la llames loca y ya está. El problema es que Shi Maria no recuerda el acto de asesinarlo.

Francamente, eso no es muy importante. Lo importante es que la echaron del reino celestial y la desterraron a este pantano, donde pasa los días tramando cómo vengarse de todos y todo lo que la ha importunado en algún momento de su existencia.

Y esa es una lista muy muy larga.

Shi Maria siguió mirándonos con esos ojos protuberantes.

El rostro no estaba quemado y cuarteado como el de la ilustración, ni era tan anciana, pero sí que parecía estar cubierta de piel escamosa.

Tenía el cabello negro, largo y liso, uno que parecía grasiento y poco cuidado.

Un par de colmillos largos y cubiertos de pelo le sobresalían de la boca.

La criatura emitió un chasquido iracundo y descontrolado. El punto seguía rojo en el mapa.

—Eh, Samantha —grité—. ¿Dónde estás?

—Aquí abajo, machote —respondió ella—. ¿Por qué habéis tardado tanto?

—Me sorprendió verla a mis pies. Me había quedado tan obnubilado con la araña que no la había visto rodar.

La cabeza de muñeca hinchable estaba sucia, con barro y tierra cubriéndole la cara y el pelo.

Empezó a olisquearme los pies mientras rodaba a mi alrededor—.

Has estado con estríperes, ¿no? ¡Los huelo!

—¿Por qué no nos presentas a tu nueva amiga? —le pidió Dónut desde mi hombro. Ella también tenía la vista fija en aquella araña enorme.