Capítulo 23 #3
Pero no había sido el primero. Cientos de mineros morían en ese lugar cada año. Y los que no morían vivían en la miseria. Incluso había niños de ocho años trabajando. Se quedaban con los cuerpos destrozados y entregaban sus vidas por unas pocas migajas.
El día del incendio, mientras miles de trabajadores y miembros de sus familias se reunieron por fuera de la mina para ver cómo sacaban a la superficie los cuerpos de sus amigos y seres queridos, un hombre llamado John Siney se subió a unas carretas y gritó a la multitud:
«Si hay que morir con las botas puestas, que sea por vuestras familias, vuestros hogares o vuestro país, pero no permitáis que sea como ratas que caen en una trampa y por personas a las que les importáis lo mismo que el pico con el que trabajáis».
Ese día, miles de mineros de carbón formaron un sindicato.
Dicha organización, la Workingmen’s Benevolent Association (la Asociación Benevolente de Trabajadores), consiguió luchar, durante unos cuantos años al menos, por mejorar los estándares de seguridad de las minas haciendo huelgas e intentando conseguir una legislación para dicha seguridad.
… Hasta 1875, cuando los dueños de la mina acabaron con el sindicato.
¿Cómo es que el sindicato desapareció con tanta facilidad? Porque todo lo que hacían era de conocimiento público. Porque respetaban las normas. ¿Cómo vas a ganar un juego deliberadamente injusto cuando es tu oponente quien escribe las normas?
La respuesta es que no puedes. No vas a ganar nunca. No mientras sigas sus directrices autoritarias.
Esa fue una lección nueva para mí, una que me ha enseñado muchas cosas sobre quién soy, qué soy en realidad y lo que es necesario hacer.
Sea como fuere, se dice que en aquella época un grupo más activista de individuos se separó para formar en secreto los Molly Maguires.
Los mineros de carbón de Pensilvania, que pusieron nombre a la organización por una viuda irlandesa que luchó contra arrendadores desalmados, se volvieron algo más proactivos, ya que supuestamente asesinaron a más de dos docenas de supervisores y gerentes de minas de carbón.
… Hasta que agentes de Pinkerton, contratados por los propietarios de las minas, se infiltraron en el grupo y descubrieron sus identidades.
Acabaron ahorcando públicamente a varios de los supuestos Molly. Otros desaparecieron. Ya pillas la idea.
Pues eso es otro tipo de sociedad secreta. Esa del palo «Sí, somos terroristas, pero creemos de verdad que lo que hacemos está justificado y que te den si no estás de acuerdo con nosotros».
¿Y cuál es la moraleja de esta pequeña lección de historia?
Esto es algo que pasa siempre, todos los días, a lo largo y ancho del universo.
Pasa en general y también en particular.
Los fuertes pisotean a los débiles. Y luego los débiles intentan luchar, normalmente ciñéndose a los límites impuestos por esa trampa para ratas en la que están confinados.
Y lo normal es que los sigan pisoteando a pesar de todo.
Pero, a veces, los débiles se reúnen en secreto. Preparan planes. Actúan fuera de los límites del sistema para conseguir cambios de verdad.
Al igual que los Molly, suelen terminar pisoteados como todos los demás.
Y así es la vida. Al menos lo intentaron, joder.
Murieron con las botas puestas…, y mira que es una de las expresiones que más odio.
Murieron con las botas puestas por los suyos, por sus familias y no por una organización cualquiera de ricos a la que le importa un carajo lo que les pase.
O que se extingan. O que queden atrapados durante milenios después de que terminen de aprovecharse de ellos.
En mi opinión, ese es el único tipo de sociedad a la que merece la pena unirse, por la que merece la pena luchar.
Obviamente, es probable que mueras, pero si terminas por encontrarte en una posición en la que se necesita de la existencia de una organización así, ¿qué tienes que perder?
¿Cómo vas a mirarte luego en el espejo si no haces todo lo que esté en tu mano?
Y eso nos lleva a la puerta que tienes delante ahora mismo. ¿Qué tiene que ver todo esto con lo que vas a encontrarte detrás de ella?
¡Nada!
Ignora todo lo que acabo de decir. Esto es solo un semidiós que intenta abrirse paso hacia la cima.
Y esa es otro tipo de sociedad, una religiosa, que no está relacionada de ninguna manera con la que te acabo de describir.
Tú haz lo que te digan y es posible que no te pase nada.
Vaya, qué consejo más horrible. Mira…, mejor sé tú mismo.
Bueno…
Recompensa: ¡Has recibido el don de la clarividencia! De nada.
—¿A qué cojones ha venido todo eso? —murmuré. Había recibido muchos logros raros, pero aquel se llevaba la palma.
Copié y pegué la notificación, que pasó a ser una corta y más normal de logro en mi historial.
—¿Qué haces ahí parado? —preguntó Damasco—. No seas cobarde. Entra, haz lo que tengas que hacer y sal. Tengo una reputación que mantener, así que será mejor que te des prisa.
Suspiré y terminé de entrar en la estancia.