El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 23
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Capítulo 23

Eché un vistazo rápido por encima del hombro para asegurarme de que no había ningún mazmorrero a la vista.

Luego, di un paso a un lado para entrar en la estancia.

Mi contador de visualizaciones se disparó en ese momento, así que sabía que era imposible que Dónut no se enterase de lo que estaba a punto de hacer.

Suspiré y cerré la puerta sucia y pegajosa al pasar.

Me llegó un hedor masculino a sudor, grasa y colonia barata.

Entrando en Desfile fálico.

Di otro paso y apareció una segunda notificación en la interfaz:

¡Logro desbloqueado! «¿Quién quiere una buena salchicha?».

Thunder from Down Under. Magic Mike. Chippendales.

El cabaret y el espectáculo erótico femenino tienen una historia larga e interesante que se remonta siglos atrás, pero los espectáculos de variedades masculinos son un fenómeno relativamente reciente en vuestra cultura.

No fue hasta la época disco que algunos emprendedores empezaron a darse cuenta de que las mujeres eran un grupo demográfico muy válido en el lucrativo arte de hacerse con el dinero de las personas cachondas.

Solo hace falta un tipo dotado físicamente y puesto de esteroides, lecciones de baile, unas tiras blanqueadoras de dientes, una ducha, un plátano, un CD de Guns N’ Roses y una botella entera de aceite hidratante infantil.

Luego, se deja al susodicho en el equivalente a un baño femenino de una discoteca y te harás de oro.

También es posible que no te hayas dado cuenta de esto, pero hay una jerarquía de este tipo de cosas en el club Desperado. Cuanto más bajo sea el piso, más alta será la calidad de los intérpretes. Al menos, se supone que es así. Tendrás que juzgarlo por ti mismo.

Has entrado en un club de estriptis masculino.

Recompensa: Has recibido 10 monedas de oro que puedes usar como propina. He oído que algunos te dejan meterle el dinero directamente en el tanga. Venga, te dejo también una botella de desinfectante de manos.

El bajo grave de una canción que podía ser de Billie Eilish resonó por encima de la música tecno de la discoteca que había dejado atrás.

Aguardé unos instantes mientras la vista se me acostumbraba a la oscuridad.

Un trol ridículamente mazado se encontraba sobre el escenario principal dando vueltas al ritmo de la canción mientras un grupo de elfas y enanas borrachas que eran PNJ no dejaban de gritar, con voces que atronaban por encima de la música.

El trol colmilludo de piel verde estaba del todo desnudo y llevaba una porra enorme en la mano.

No había barra americana como la habría en un club de estriptis femenino.

La criatura, que tenía una cresta alta y negra que agitaba hacia delante y hacia atrás mientras daba vueltas, zarandeaba la porra con el entusiasmo de una majorette puesta de éxtasis.

Las PNJ gritonas le tiraban monedas de oro que le golpeaban como si fuesen granizo, rebotando y rodando en todas direcciones.

Un cocodriliano joven con una camiseta de Desfile fálico recorría el lugar con un cubo mientras recogía las monedas. El recipiente estaba a rebosar de oro.

El nombre que flotaba sobre el bailarín era steve R OWLAND EL E SCRITOR . TROL DE BOSQUE . NIVEL 50. El chico flaco que iba recogiendo las monedas era CHICO DEL C UBO . COCODRILIANO . NIVEL 10.

Extendí el brazo para crear una burbuja de privacidad sobre mi cabeza, que solo consiguió atenuar un poco la música, pero no los gritos de las mujeres.

Empecé a buscar por todas partes hasta encontrar una hilera de PNJ masculinos sentados en el rincón más sucio y oscuro del bar, todos mirándome.

Yo era el único mazmorrero del lugar. Los miré de arriba abajo, intentando ver en la oscuridad, para descubrir cuál de ellos era el que tenía un tatuaje de una telaraña en el codo.

—¿Cómo os va, compañero hidalgo? —dijo un tipo con una voz grave de tono caballeresco mientras se me acercaba.

Pegué un brinco a causa de la sorpresa. Examiné al hombre reluciente y aceitoso.

Era humano y parecía tener unos setenta años, de barba larga y blanca con un casco de conquistador, unos pantalones cortos de licra y un chaleco abierto sin nada debajo.

Estaba mazado, pero se me hizo raro que fuese tan mayor. Yo era unos pocos centímetros más alto.

—¿Venís acaso en busca de esparcimiento o de faena? —preguntó. Me miró de arriba abajo y me pasó la mano por la chaqueta—. Tiempo ha que no le doy un buen meneo a un gigante.

El nombre sobre su cabeza rezaba d ON QUIJOTE DE LA VERGA . HUMANO . NIVEL 45.

—Busco a Acero de Damasco —dije.

—Ah —comentó al tiempo que daba un paso atrás.

Resopló y se le relajaron la mitad de los músculos.

Me sorprendí al verlo—. Es el rezongón ese de ahí.

—Señaló a un hombre grande sentado en las sombras en uno de los extremos de la barra, el único que no estaba mirando hacia la multitud.

Se encontraba en una esquina, separado de todos los demás.

El estríper anciano respiró hondo, se dio la vuelta y se acercó a otro grupo de mujeres chillonas.

En el escenario, el trol se había puesto a brincar en círculo, haciendo como que la porra era un caballito de juguete y, mientras, se daba nalgadas en el culo.

Luego, soltó el arma de repente y cayó de lado, al parecer aquejado por un dolor intenso.

—Rosemarie, ya conoces las normas —dijo otra voz grave que no había oído hasta ese momento. Salía de un altavoz y no se vio afectada por mi burbuja—. Deja de apuntarle a la cara. Si vuelve a perder un ojo, pagarás tú el sanador.

Alcé la vista y vi el puesto del pinchadiscos, oculto en las sombras entre la barra y el escenario. Me pareció distinguir lo que parecía un esqueleto con una corona dorada y brillante en el interior. Estaba inclinado sobre la consola y fulminaba con la mirada a un grupo de mujeres.

—Que te den —gritó una enana entrada en años hacia esa dirección. Después se oyeron carcajadas. Al parecer, esa era Rosemarie. Tenía una especie de mascota extraña de color blanco y negro sobre el hombro. Se me pareció a un topo.

Volví a centrar mi atención en los bailarines y me acerqué al extremo de la barra.

Vi que un hombre grande y sin camisa de piel púrpura y rasgos serpentinos me estaba mirando.

Me recordó de inmediato a Eva, aunque este tipo solo tenía dos brazos.

ANACONDA . NAGA CON UN CUARTO DE SANGRE PURA .

NIVEL 75. Era uno de los favoritos de Dónut y uno de los bailarines principales del club.

Me miró de arriba abajo como si me estuviese evaluando.

Pasé junto a él, rodeé la barra y toqué el hombro del tipo que estaba al final.

Este no alzó la vista. Su cuerpo parecía estar hecho de metal.

—No —dijo con voz cavernosa—. No empiezo hasta más tarde.

Estaba inclinado sobre una taza humeante de algo que desconocía, té lo más seguro, y tenía un libro abierto sobre la barra, aunque no tenía ni idea de cómo era capaz de leer en la oscuridad.

No era tan anciano como Don Quijote de la Verga, pero también me pareció mayor.

Me fijé en que tenía una tela de araña en el codo.

—No quiero que bailes. Tenemos unos amigos en común. Dónut es una de ellos.

Le dio un sorbo al té, cerró el libro y se giró para encararme.

Acero de Damasco parecía de metal al tacto, pero su piel era normal.

Más o menos. No estaba tan mazado como algunos de los otros bailarines, pero tenía un buen físico y me pareció demasiado grande como para ser un elfo, a pesar de las orejas puntiagudas.

No tenía tantos tatuajes como Signet, pero sí que llevaba varios.

Tenía los brazos cubiertos de tinta antigua.

En el pecho, uno de una especie de murciélago demoniaco con las alas extendidas y un corazón anatómico en el centro.

Además de los tatuajes, el tipo tenía muchas cicatrices.

Unas marcas rojas en diagonal le cruzaban la tinta de los pectorales, como si le hubiesen atacado con unas garras enormes.

Llevaba un chaleco bordado abierto y unos pantalones anchos en plan Aladdin.

En general, parecía un humano de rasgos arábigos, pero su cuerpo era…

borroso en los bordes, como si la vista me jugase una mala pasada y no dejase de desenfocarse.

También le brotaba humo de la piel y del pelo rapado, como si algo hirviese en su interior.

Tenía los ojos del todo blanco, sin pupilas. Y más humo brotaba de ellos.

Cuando se giró, también le vi el par de cuernos rechonchos que le sobresalían de la cabeza. No eran los restos de unos cuernos más grandes que le hubiesen cortado, como los de Hellboy, sino que eran pequeños y anchos, como los que tendría un cordero.

Acero de Damasco. Ifrit. Nivel 75.

Bailarín jefe adjunto de Desfile fálico.

Cuanto más te acerques al decimoquinto piso, más demonios encontrarás en el mundo normal, sobre todo en lugares que lleven tiempo sin limpiarse. Y sí, me refiero a «limpiarse» en el sentido más religioso de la palabra.

Un ifrit es como una cucaracha o una rata, aunque normalmente mucho más sexy y más entretenido que estas.

Y más listo. Y astuto. Y también suelen oler bien, lo que resulta extraño si tenemos en cuenta su aspecto.

Los demonios siempre se ven atraídos por el libertinaje.

Y, a su vez, los ifrit se ven atraídos por el pecado.

A diferencia de las súcubos o de los íncubos, quienes están desmesuradamente obsesionados con el sexo, un ifrit se ve más atraído por el aura de lujuria, pecado, envidia y avaricia del resto de las criaturas inmorales que pululan por el mundo.

Eso no lo convierte el alguien bueno o malo de por sí…

, si consideramos que alguien que se pajea viendo porno de abuelas tampoco es malo.

En realidad, ya he perdido el hilo de esta descripción.

Tú intenta no pelearte con él, porque es probable que te reviente.

Una curiosidad: tiene el mismo tatuaje en el codo que tú.