Capítulo 22 #3
Junto a Britney se encontraba Tran, el vietnamita enjuto, silencioso y siempre amable que había hecho muy buenas migas con la fallecida Gwendolyn Duet.
Tran había perdido ambas piernas durante la Mascarada del Carnicero, pero ahora iba en una silla de ruedas mágica como la de Odette, que le permitía flotar.
Aunque no la vi por ninguna parte en ese momento.
Estaba inclinado sobre una copa que había sobre la mesa, con la cabeza gacha.
Examiné a los tres mazmorerros que había conocido en las burbujas, sentados los unos junto a los otros.
Britney. Tran. Louis. Todos estaban muy afectados por lo que había ocurrido en el sexto piso.
Después de estrecharle la mano a Li Jun y a Zhang, me giré hacia Chris, quien se encontraba en Pekín con el equipo de Li Na. No había hablado con la criatura de roca volcánica desde hacía tiempo.
—¿Cómo te va? —le pregunté.
—Han pasado bastantes cosas, pero soy duro como una roca —dijo.
Me lo quedé mirando para intentar averiguar si había pretendido hacer un chiste o no.
Florin soltó un intento de carcajada. El cocodriliano repasaba varias cartas de utilidad.
—Florin —llamé—. ¿Tú qué tal? ¿Cómo lo llevas?
El tipo, que era muy intenso, alzó la vista y me miró a los ojos.
—Sobreviviendo. Mi pelotón ya está lleno. Estoy solo con seis tótems.
—¿Y Lucia? —pregunté.
—Solo me habla a veces —dijo—. Aún no entiendo del todo qué es lo que pasa con ella, pero al menos ya no me ataca nada más verme. Ella y su perra se limitan a mantener las distancias. La zona en la que nos encontramos es selvática en su mayor parte, como el sexto piso.
—¿Encontraste al tipo ese que te pedía la misión?
—Sí. Y le clavé la bandera. Es muy poderoso, pero no creo que me lo quede. Ya tengo seis mejores en el mazo, como un tigre dientes de sable y un cocodrilo gigante.
—¿Tienes una carta de cocodrilo? —preguntó Dónut—. Eso es un poco redundante, ¿no?
Florin se rio.
—En realidad, es un caimán gigante. Se llama Roy.
—¿De verdad te vas a deshacer de la otra? —le pregunté—. ¿Por qué?
—Porque es un capullo. Por eso. Mi carisma no es lo bastante alto como para controlarlo cuando lo invoco. Intenté sacarlo en combate hace unas horas, pero el cabrón me pegó un tiro en el vientre. Mi carta me pegó un puto tiro. Tuve suerte de que solo fuese una bala.
—Esperad. ¿De qué habláis? —preguntó Dónut.
—Florín tiene un tótem único del que quiere deshacerse —dije.
—¿Y tiene un arma de fuego? Nos lo quedamos —aseguró Dónut—. ¡Tenemos tres huecos libres!
Yo dudé. Ya teníamos a Asojano, que sabía que iba a ser un grano en el culo.
Era importante tener cartas poderosas, pero quizá algunas demasiado fuertes no mereciesen la pena si no nos obedecían.
Y, aunque pudiésemos controlarlo, había leído por los chats que tener dos tótems cabezotas invocados al mismo tiempo podía terminar con una pelea entre ambos.
Florin se encogió de hombros.
—Puede que no sea mala idea, dado el Carisma de Dónut. Quizá vosotros podáis mantenerlo a raya. Si no sale bien, siempre podéis romper la carta. Quizá os vendría bien practicar con él en la sala de simulación. —Sacó la carta del inventario y la deslizó por la mesa—. Buena suerte, chavales.
Dónut bajó la vista hacia la carta.
—Guau. Nivel 140. ¿De verdad que no quieres quedártelo? ¿Cómo lo atrapaste?
—Es demasiado poderoso para mí. Clavarle la bandera fue fácil, eso sí.
Tenía una misión que consistía en detenerlo.
Al parecer, estaba aterrorizando un pueblo levantando muertos vivientes del cementerio local.
Arruinaron por completo la simulación de recuerdos.
Los estaba levantando por pura diversión.
Parece que lo hace siempre. No es hostil de por sí, pero sí que es un cabrón arrogante.
Convirtió todo un río en vino porque tenía sed.
Me topé con él cuando estaba borrachísimo y le di una poción de sanación mayor.
Lo convencí diciéndole que su padre quería que se la bebiese rápidamente.
Él creyó que yo era un ángel y me hizo caso.
Es un muerto viviente, por lo que le bajó muchísimo la salud y conseguí clavarle la bandera en ese momento.
Dice tantos tacos que hasta mi abuela estaría orgullosa de él.
Me reí.
—Aquí dice que es una carta única, pero al parecer ya hay como diez versiones de este tipo por ahí.
—Sí, lo sé —comentó Florin—. Al parecer es el mismo, pero son muy diferentes. Que yo sepa, este es el más poderoso, a excepción de la versión hippy que un tipo encontró en California. El mío es el único que lleva armas de fuego.
Cogí la carta y la examiné. Era de color naranja, lo que significaba que era única.
En ella aparecía la imagen de un Jesús versión anime con una túnica, un fajín rojo y una aureola flotante sobre el cabello castaño de su cabeza.
Tenía la boca abierta, como si gritase mientras disparaba una puñetera uzi.
Negué con la cabeza ante lo absurdo de la imagen.
Pensé en sor Inés. Se hubiese quedado estupefacta al ver algo así.
Carta T’Ghee. Única.
Carta tótem.
Suso. Juzicristo.
«Yo soy el camino, hijo de puta».
Nivel: 140.
Origen: Ecuador.
Duración de la invocación: 75 segundos.
Constitución: 200.
Es un muerto viviente.
Es una criatura con ataques a distancia.
Es un sanador.
Ataques destacados:
Transformar sangre en plomo.
Resucitar tótem.
Tiroteo del infierno.
+20 habilidades y conjuros adicionales.
En la pestaña de detalles del pelotón de tu interfaz tienes una lista completa de características, habilidades y conjuros.
Aviso: Tienes espacios vacíos en tu pelotón. La carta se activará y se colocará este tótem automáticamente en tu pelotón al recogerla. No podrás quitar ni cambiar miembros del pelotón hasta que este se llene. Si quieres quitar una carta antes de que el pelotón esté lleno, tendrás que romperla.
—La hostia —dije entre carcajadas—. Esto es ofensivo de cojones.
—Pues espera a que lo conozcas —dijo Florin—. El tipo se pasa. Se cree de verdad que es el auténtico. Es fuerte y puede lanzar muchos conjuros. Lo complicado es convencerlo para que lo haga.
Tras añadir a Juzicristo al pelotón, teníamos cuatro de seis tótems. Los otros tres eran una foca monje, el monstruo separador ghommid que era un burro serpiente y Asojano.
Si conseguíamos controlarlos a todos, sería una gran mezcla.
La foca era un buen tanque y luchador cuerpo a cuerpo.
Tanto el separador como Asojano usaban desventajas en los enemigos.
Suso atacaba a distancia y sanaba, además de contar con otros ataques.
Si conseguíamos otro tótem con capacidades mágicas y quizá uno con defensas mágicas, tendríamos el pelotón perfecto.
—Dónut —llamé al tiempo que me ponía en pie—, voy a echar un vistazo. Creo que voy a pasarme por la versión de la Ruta de la Seda de este piso y hacerme con algunos suministros. Quédate aquí, repasa las cartas e intercambia algunas. Cuando vuelva, iremos al joyero y nos encargaremos de tu tiara.
Después de perder la Corona mágica de la furcia de la septicemia, Dónut había conseguido un repuesto: una tiara mágica de Mana Genita blanca que le aumentaba la inteligencia.
Era la que llevaba normalmente. De hecho, la tenía puesta en aquel momento.
Había tenido y perdido otra tiara al final del sexto piso, una que le doblaba el Carisma.
También tenía una boina roja que había conseguido de un monstruo en el piso donde nos encontrábamos, pero esa solo les daba una pequeña mejora a todas las características.
Aun así, se la ponía a veces porque decía que le parecía «apropiada» para la ubicación.
La gata contaba con una colección de cientos de gorros en el inventario.
Yo había entrado alguna que otra vez en su habitación de nuestro espacio personal y me había fijado en que tenía muchos de ellos alineados frente al espejo, o que le ponía uno a Mongo, allí quieto y paciente a su lado mientras Dónut lo examinaba.
Por ejemplo, tenía un sombrero de vaquero que no era mágico que había conseguido en el primer o en el segundo piso y que al dinosaurio le quedaba genial, aunque se le caía de la cabeza si saltaba lo más mínimo.
Dónut hasta había empezado a decorar su espacio personal con sombreros por aquí y por allá. Me ponía muy contento ver que tenía una especie de afición, aunque la mayoría de los gorros pudiesen considerarse trofeos de caza.
La gema de la tiara era muy buena, pero era un cuarzo amarillo, un color que a Dónut no le gustaba demasiado, por lo que la tiara no era del todo de su agrado. Tenía partes en su pelaje que casaban muy bien con el color, en realidad, pero ella no dejaba de decir que no la favorecía.
—Vale, Carl —dijo Dónut, que levantó la vista de la carta. Le estaba preguntando a la camarera qué guarnición venía con el fletán—. No tardes mucho. Después tenemos que ir a rescatar a Samantha.
—No me lo recuerdes.