El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 22
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Capítulo 22

Dónut soltó un grito ahogado.

—¡Hola, Higo! ¡Tengo que contarle a Louis que te hemos visto!

—Hola, Dónut. Hola, Carl —respondió ella—.

Seré rápida. La experiencia me dice que tengo muy poco tiempo antes de que vengan a por mí.

—Se giró hacia el príncipe Fornido. En ese momento, cambió de forma y se convirtió en una copia del orco iracundo, aunque con una flecha saliéndole del ojo—.

¿Te acuerdas? Supongo que te habrá dolido. La próxima vez iré a por el otro ojo.

Fornido gruñó.

—Bueno, ¿cómo está Louis? —preguntó ella.

—Está triste por la muerte de Firas —dijo Dónut—. Pero ¡estará mucho mejor cuando se entere de que sigues por aquí!

Higo volvió a su forma humana. Vi que parecía muy triste.

—¿Firas? Pobre… Pero me alegro de que Louis esté bien.

—Miró con brusquedad por encima del hombro, hacia algo que no podíamos oír—.

Bueno, ya he visto que la mayoría de los miembros de mi familia llegaron a la ciudad.

Gracias, Carl. Sabía que podía confiar en ti.

No he podido hablar con ellos desde entonces porque, al parecer, forman parte de tu equipo.

Y no puedo unirme porque eso me impediría matar a estos comemierdas.

Que sepas que estas normas son terribles, pero las voy comprendiendo poco a poco.

—Se giró hacia Luke, el pequeño goblin de la Insaculación Lemig—.

Tu castillo aterrizó en su territorio y convirtió en zombis a varios de sus amigos, pero ese problema ya casi está solucionado.

Lo tendréis complicado, entre las masas amorfas y las serpientes.

Los orcos y las masas amorfas se han unido y han empezado a reunirse en la frontera.

Tu equipo ha empezado a construir un castillo en tu nombre.

—¿Ves esto? —gritó Paradigma Tagg a Cascadia, quién parecía más cansada que enfadada. Tagg se había puesto en pie—. Están hablando. Confabulando. ¡Justo delante de ti! Está claro que forma parte de su equipo.

—Yo soy mi propio equipo, gracias. Pero me alegra que hayas sacado el tema, calvito.

Os he oído hablar. Ahora sé cómo funciona todo.

Sé lo que soy. Antes solo entendía una parte, pero ahora lo tengo claro.

Muy claro. Sé lo que soy yo y lo que sois vosotros.

—Higo pasó a transformarse en esa forma sin cara por defecto de los cambiados—. Yo soy mi propio equipo —repitió.

—No hay más equipos —comentó Paradigma Tagg—. Son nueve. Ocho, en realidad. Ocho y la basura, que es tu lugar. Ni siquiera eres real.

—¿Real? Deja que te explique mi punto de vista —dijo Higo—.

Si queréis que dejemos de derrumbar vuestras bonitas estructuras y de matar a todos los de vuestro ejército, o que os dejemos terminar de achicar el agua de Larracos, solo podéis hacer una cosa.

Quiero que haya una nueva regla. He oído vuestras conversaciones.

Sé que podéis hacerlo. Quiero que los míos tengan su propio equipo y se les dispense la misma seguridad que al resto.

Quiero que todos seamos capaces de regenerarnos.

Se hizo el silencio durante unos instantes.

Luke de la Insaculación Lemig rio entre dientes.

—Creo que ya son más que conscientes de sí mismos —dijo.

—¿Tu equipo? Eso no va a pasar jamás —dijo Tagg a Higo—. No es posible siquiera. Podemos cambiar algunas de las normas, pero no la naturaleza del juego.

Yo no dije nada. La verdad es que no tenía muy clara mi opinión sobre el hecho de que los PNJ se descontrolasen por completo.

Había enviado a Higo al noveno piso para ayudar a que los PNJ se uniesen a nuestra causa, no para que fuesen por su cuenta.

Pero tenía sentido. No sabía si Higo se había puesto a alardear o si en realidad había conseguido despertar a todos los PNJ del piso.

Me puse en su lugar y supe que yo hubiese hecho lo mismo.

Sea como fuere, teníamos un enemigo común.

Que aquello estuviese molestando tanto a los patrocinadores ya me valía.

—Propongo una nueva tarea pendiente —comenté—. Un décimo equipo para los PNJ que tengan las mismas protecciones que el resto.

—Y con derecho a voto —dijo Higo.

—Y con derecho a voto —repetí.

Pasó un instante de silencio. Urkel, el robot mexx, emitió un pitido.

—Tarea pendiente añadida a la lista. La votación está disponible.

—Cagonlosorcos —dijo Tagg—. No puede ser.

—Sí —dijo Luke de la Insaculación Lemig—. Creo que, si el pueblo nos lo permite, nos vamos a largar. Esta temporada me da muy mala espina y llevan un tiempo intentando que lo dejemos. Haré una propuesta ante el consejo para su votación.

—Buena suerte —dijo la emperatriz D’Nadia.

—Nadie va a votar a favor de lo de los PNJ —aseguró el príncipe Fornido—. Esto es una pérdida de tiempo.

En un abrir y cerrar de ojos, Higo tenía un dispositivo en la mano que reconocí de inmediato. Era un detonador de pus hob­goblin.

«Oh, oh», pensé.

Lo pulsó. Diez segundos.

—Podéis votar que no, claro. Pero esto seguirá adelante. ¡Decidle a Louis que lo quiero!

Se transformó de repente en una especie de murciélago translúcido y desapareció.

En ese mismo instante, varios de los participantes se pusieron en pie de un brinco.

Tagg, D’Nadia y Luke desaparecieron. Fornido, Rishi el naga y la masa amorfa y verde que estaba a mi lado permanecieron en sus puestos.

¡Pum! La masa amorfa explotó y lo inundó todo de moco verde.

Era un explosivo pequeño, posiblemente solo el detonador, pero fue suficiente.

E hizo muchísimo ruido. Todos nos asustamos con la explosión.

Dónut maulló y se bajó de la silla. Cascadia se hizo un ovillo.

Hasta Fornido alzó los brazos para protegerse.

La masa amorfa fue la única que explotó.

El cubo que era su ilusión holográfica quedó en la más absoluta oscuridad mientras sonaba una alarma en la distancia, antes de titilar y desaparecer.

Después, volvió a aparecer en su lugar una mesa limpia y vacía.

Rishi el naga era el único que no había reaccionado a la explosión.

Fornido recuperó la compostura.

—Sois lo peor, peces del barro —dijo a Cascadia—. Penosos. Esto es inaceptable. Todo se está viniendo abajo. ¿Por qué siguen pasando cosas así? Al menos mi seguridad… ¡Arg!

El orco no terminó la frase. Se derrumbó hacia delante sobre la mesa, con una flecha mágica sobresaliéndole del ojo. El proyectil azul no dejaba de sisear. No tenía ni idea de dónde había salido ni de quién lo había disparado. No había sido Higo, a menos que hubiese aprendido a teletransportarse.

La retransmisión holográfica de Fornido empezó a fallar hasta desconectarse.

Los únicos que quedaron en la mesa fuimos Dónut, Rishi el naga, Cascadia y yo.

—Supongo que la reunión ha terminado —dijo Cascadia, que soltó un gran suspiro—. Les daré a todo el mundo tiempo hasta mañana para regenerarse. Luego podremos intentar programar otra reunión.

—¿No se suponía que teníamos que votar? —preguntó Dónut—. Esto no ha sido reunión ni ha sido nada. Al menos no ha sido aburrida, la verdad. Temía que fuese aburrida.

—Pues esta vez ha durado más que la anterior —aseguró Cascadia.

Rishi negó con su cabeza de serpiente.

—A la cambiada cada vez se le da mejor infiltrarse en los castillos.

Normalmente solo mata a uno de nosotros.

Ahora tiene ayudantes. Siempre sabe cuándo nos vamos a reunir.

Si votamos para que tenga su equipo, sin duda se hará con el control del juego.

No creo que sea buena idea, a menos que pongamos algunos límites.

Pero deberíamos concederle algo. Me comprometo a ello.

Carl, si tienes alguna manera de ponerte en contacto con ella, creo que deberías intentar convencerla.

Propongo que los PNJ sin afiliación tengan invulnerabilidad esta temporada.

Y también un lugar seguro donde el resto de nosotros no tengamos permitido entrar.

A cambio, se acabaron los ataques terroristas.

—Algo me dice que eso no será suficiente para ella —comenté.

—El Sultanato está muy acostumbrado a tratar con terroristas —dijo Rishi—. Diría que a esa cambiada no le gustará nada lo temerario de nuestra respuesta. La sultana dudaba si actuar de manera tan pública, pero la convenceré de que no nos han dejado elección.

Lo dijo de una manera que me dieron escalofríos.

—Lo hablaremos en la próxima reunión —dijo Cascadia mientras agitaba su brazo de pez—. Voy a echarme un sueñecito.

Y, en ese momento, la habitación parpadeó y desapareció. Ri­shi también.

—Eh —dijo Dónut—. ¡Zev dijo que habría catering en la reunión! —Soltó un resoplido—. ¿En serio? Esta reunión podría haber sido una conversación por el chat. Y seguro que hubiese habido menos decapitaciones.

D ÓNUT : Tu prometida da mucho miedo. Será mejor que no la enfades. Y asegúrate de decirle que es guapa todos los días. Y jamás comas patatas fritas en la cama. Carl lo hacía, y la señorita Beatrice se enfadaba mucho.

L OUIS : ¿De verdad le cortó la cabeza a ese tipo?

D ÓNUT : Fue muy sangriento y asqueroso. Y lo hizo con la forma de la madre del elfo aquel. Lo hizo gritar mucho.

L OUIS : Es genial. Genial.

C ARL : Veo el club Desperado. ¿Vais a entrar, chicos?

I MANI : Aún no hemos encontrado uno.

E LLE : Esto es un coñazo. Solo hay iglesias y monstruos aburridos. Me hice con mi squatchy, mi gumberoo y mi batsquatch, pero todo lo demás es una mierda. Ni siquiera tenemos misiones. Nos dirigimos hacia las afueras de Portland para ver si hay algo interesante por allí.

C ARL : Muy bien. Tened cuidado.

L I N A : Nosotros estamos dentro del club.

K ATIA : Y nosotros.

C ARL : Vale. Entramos.

El club estaba justo donde el bopca había dicho que estaría, a varios kilómetros al sur del pequeño pueblo, a medio camino de nuestro destino: el pantano donde íbamos a buscar a Samantha y a enfrentarnos a ese jefe araña.