Capítulo 21 #2
—Desconozco la lista de invitados a esta reunión —dijo Urkel el robot—.
Normalmente, el resto de los integrantes se reúnen en una sala de juntas ubicada en Larracos, pero el lugar no está disponible, por lo que hoy vendrán todos desde sitios diferentes.
Creo que la mayoría están en sus respectivos castillos.
—¿No está disponible? —preguntó Dónut—. ¿Eso significa que el lugar sigue inundado?
—Así es —dijo Urkel—. Esperen aquí, por favor. La reunión comenzará en treinta segundos.
—¿Por qué pueden hacerlo desde sus bases pero nosotros tenemos que venir? —pregunté.
—Porque son más ricos que tú —respondió Urkel.
—¿Crees que se van a portar mal con nosotros? —dijo Dónut mientras se colocaba sobre la silla alzada que estaba a mi izquierda—. Algo me dice que se van a portar mal. ¿O crees que harán eso de dárselas de supereducados pero dejando claro que nos odian?
Gruñí.
—Ahora lo descubriremos.
—Recuerda el plan, Carl. Yo me encargo de hablar. Soy la negociadora. Tú te quedas ahí quietecito y pones cara de Carl, que es lo tuyo.
Una silueta titiló y apareció en el puesto diez de la mesa.
Era una pequeña kua-tin a la que no había visto antes sentada en una silla estrecha.
Tenía unos bigotes largos y caídos que le daban una apariencia similar a la de un siluro.
Zev no tenía de esos, lo que daba a entender que quizá fuese de una raza diferente.
Las escamas tenían cierto toque apagado y, gracias a Zev, sabía que era mayor, pero no tanto como daba a entender su apariencia.
Al parecer, ser la gerente del mazmorreo la había envejecido mucho. Parecía agotada.
Cascadia. La señora de matad, matad, matad.
—¡Hola, jefa de Zev! —dijo Dónut.
—Hola, Princesa Dónut. Hola, Carl —saludó Cascadia. Tenía la voz tensa y entrecortada—. Confío en que Zev os haya puesto al día del cometido de esta reunión.
Me encogí de hombros.
—Bien —continuó ella—. Aunque acudas en calidad de patrocinador, no permitiré ninguna de tus chorradas habituales, Carl.
Habrá consecuencias si intentas estropear la reunión.
Ya han ido mal sin tu ayuda y no necesito que empeores el caos.
Voy muy mal de tiempo y estoy a tan solo una crisis de usar el plan de respaldo que nos mataría a todos. No me pongas a prueba. Y menos hoy.
—Carl —dijo Dónut—. ¿Recuerdas a Loita? Pues esta señora se me parece. ¿Recuerdas cuando explotó por los aires por accidente? ¿Por qué esta gente está tan nerviosa siempre? Francamente, parecen chihuahuas.
—Yo estaba pensando lo mismo —comenté.
—Parece muy cansada. ¿Los peces pueden usar crema hidratante?
—Dónut se giró hacia la mujer pez, quien la fulminaba con la mirada—.
Creo que deberías probarla. Te haría maravillas.
O puedes usar rodajas de pepino, aunque quizá tengas los ojos demasiado saltones para eso.
Y creo que serían demasiado grandes para ti.
¿Qué te parece el yoga con calor? He oído que es relajante.
Tu cuerpo es un templo, jefa de Zev. Tienes que cuidarte.
La mujer pez se nos quedó mirando.
—Tienes razón, Dónut —dije yo, que tampoco aparté la vista de Cascadia—. Espero que te cuides a ti misma mucho más de lo que lo hizo Loita, Cascadia.
La mujer pez parpadeó y desapareció. Pasaron unos instantes y luego se materializó en el mismo lugar con un chasquido y derramó agua por toda la mesa. También apareció un respirador alrededor de sus branquias.
—Ahora estoy aquí de verdad, Carl —dijo Cascadia.
Levantó los bracitos. Me di cuenta de que estaba al borde de un ataque de nervios—.
¿Quieres hacerme daño? Es tu oportunidad.
—Se inclinó hacia delante—. Inténtalo. No hay protecciones activas.
Podrías aplastarme con facilidad. Te reto a que lo hagas.
Sería nuestro final. Me encantaría ver cómo lo haces.
Llegados a este punto, la verdad es que había pocas cosas que me sorprendiesen, pero la mujer pez consiguió hacerlo más de lo que esperaba.
No quería que se me notase, eso sí. Sentí cómo se me cerraba el puño.
Tuve que abrirlo y cerrarlo varias veces para evitar dejarme llevar por su oferta.
Noté cómo empezaba a formarse el guantelete y lo abrí al instante.
«Tranquilo —pensé mientras seguía mi desafío de miradas con la mujer—. No digas nada. No digas nada. No la armes».
—Fiu —dijo Dónut, que agitó una pata delante del hocico—. Aparte de la crema hidratante, creo que un baño también te vendría bien. ¿Los peces se bañan? Carl, huele horrible. Zev no huele igual. Es como esa comida de gato caducada que me compraste en una ocasión en el mercadillo.
—Nunca hice algo así, Dónut —dije sin apartar la vista de Cascadia—. Creo que te refieres al olor de las latitas de bacalao con espinacas normales, ese que nunca te gustó.
—Pues olía como si estuviese caducada y la hubieses comprado en un mercadillo.
Antes de que me diese tiempo a responder, la habitación volvió a titilar y luego quedaron ocupados todos los espacios de la mesa.
Cascadia continuó con el duelo de miradas un poco más antes de que apareciese lo que se me antojó como una sonrisa kua-tin falsísima.
Se giró hacia el grupo y puso su voz condescendiente y exagerada de siempre.
El cambio fue instantáneo e inquietante.
Eché un vistazo a la mezcla de alienígenas familiares y nuevos que nos rodeaba. Nadie tenía nombre sobre las cabezas.
—Hola a todos. Bienvenidos. Esta es nuestra…
¿Qué? ¿Quinta reunión de preproducción? Parece que fue ayer cuando os estaba dando la bienvenida por primera vez.
Tenemos algunas caras nuevas, por lo que las normas nos obligan a hacer otra ronda de presentaciones antes de empezar.
—Los ojos de pez de Cascadia se giraron para echar un vistazo por la estancia, obviamente sorprendidos—.
Ah. La verdad es que no me había dado cuenta de todos los señores de la guerra que teníamos hoy por aquí.
—Hola, princesa… No. ¡Hola, emperatriz D’Nadia! —gritó Dónut mientras saludaba con la pata a la sacaciana que estaba sentada dos espacios a nuestra izquierda, en el número cinco. La había visto por última vez al final de la Mascarada del Carnicero.
—¡Hola, Dónut! —dijo la emperatriz—. La actuación de la otra noche fue una pasada. Me encantó tu canción. Siento mucho que nos hayan echado antes de que empezase la verdadera fiesta.
Dónut se emocionó.
—¿Te gustó? ¡Pues muchas gracias! Tengo que preguntarte una cosa, emperatriz. Es sobre la votación del concurso de mascotas. ¿Es cierto que las votaciones estuvieron manipuladas? He oído que…
Cascadia alzó una mano.
—No tenemos tiempo para este tipo de cosas. La reunión de hoy será corta. Os pido que, por favor, os presentéis en orden y luego iremos al grano.
Cabeceó hacia el orco enfadado y familiar que estaba justo a su lado, en el puesto uno.
La única vez que había visto al príncipe heredero Fornido, el hermano mayor del Maestro, había sido durante aquel vídeo corto en el que…, por error, había afirmado que nos había asesinado a mí y a Dónut. En lugar de eso, había matado por accidente a Manasa, la cantante.
—Yo no me voy a presentar —dijo el orco enfadado.
En el segundo lugar, justo a mi lado, no había silla.
El sitio estaba ocupado por una masa amorfa y verde, una de las más grandes que había visto.
Era una mole opaca y temblorosa de mejunje verde que parecía estar dividida en tres pisos de tamaño menguante, como un molde de gelatina de los setenta.
Al parecer representaba al Colectivo Operístico.
O quizá fuese el monarca. No tenía ni idea porque todos me parecían iguales.
La única diferencia que notaba era el tamaño.
Se reproducían separando partes de su cuerpo y sabía que podían volver a unirse y formar un individuo más grande, algo extraño de cojones.
Las bocas estaban en la parte superior y hablaban hacia arriba.
—Soy el Cúmulo Administrador Votante Número Tres —dijo la cosa verde. Unas pequeñas burbujas brotaron de la parte superior cuando habló.
—¿Qué le ocurrió a Hortense? —preguntó la emperatriz D’Nadia.
—Hortense está aquí dentro —dijo la masa—. Esta entidad la conformamos tres. Tres que somos el Cúmulo Administrador Votante Número Tres.
—Espera —dijo Dónut—. ¿Cómo se supone que tenemos que llamarte?
—Se supone que tenéis que llamarme Cúmulo Administrador Votante Número Tres —dijo la cosa.
—Eso es muy raro —comentó Dónut—. Es un nombre demasiado largo.
Creo que voy a llamarte… No sé. Meneíto Verde.
—Dónut se quedó en silencio y luego se envaró—.
Ah, ¿nos toca? —Carraspeó—. Bueno, soy GC GRR GN Princesa Dónut la Reina Ana Rechonchita y me acompaña mi coseñor de la guerra Carl.
Representamos a la Pandilla de la Princesa, una agrupación sin ánimo de lucro con decenas de miles de divisiones de aficionados inteligentes, guapos y organizados.
—Esto es ridículo —interrumpió el príncipe Fornido—. Sabemos quiénes sois, imbéciles de mierda.
Estuve a punto de decir algo, pero Dónut me puso una pata en el brazo para tranquilizarme.
—Cielo, yo también sé quién eres. Os hemos humillado a tu hermano y a ti más veces de las que soy capaz de recordar. Aunque tu madre no ha tenido la oportunidad de conocerme, ¿verdad? ¿Está aquí? Me encantaría firmarle un autógrafo… Ah, no. Espera…
Se hizo un largo silencio provocado por la sorpresa en el que Dónut agitó la cola.
—Usaré mi cuchillo ceremonial para clavártelo en las entrañas y desollarte viva mientras gritas de dolor. Y luego usaré tu pelaje para forrar el interior de mi bragueta —gruñó el príncipe Fornido—. Pasarás los próximos miles de años calentando mis enormes genitales.