Capítulo 20 #2
Z EV : No, Carl. Quedan cinco minutos.
—Muy bien. —Me quedé en pie frente a la entrada de nuestro espacio seguro. La bopca nos miró malhumorada—. Oye, Vitasy… Te llamabas así, ¿verdad? ¿Sabes si hay algún club Desperado por aquí?
Ella señaló con el pulgar por encima del hombro.
—Id hacia el sur. He oído que hay uno a unos kilómetros siguiendo el camino.
—¡Gracias! —dije el tiempo que le tiraba una moneda. La dejó caer al suelo entre tintineos.
—Últimamente, me da la impresión de que los bopca están un poco malhumorados —comentó Dónut mientras entrábamos en el espacio seguro—. No me gusta.
—Habéis vuelto antes de lo que esperaba, chicos.
Vuestro Carisma aún es muy alto, pero el efecto en los PNJ no es tan potente como en los pisos anteriores —explicó Mordecai, que apareció por una esquina secándose las manos en una toalla—.
Ya sabéis, cálculos complicados con las resistencias.
En el décimo piso, les seguiréis cayendo bien a los bopca, pero no podréis convencerlos para conseguir raciones extras para Mongo, ya os lo voy diciendo.
Y serán muy hoscos con Carl, aunque su Carisma no esté del todo mal.
Casi ni oímos lo que estaba diciendo. Intercambié una mirada con Dónut.
Mordecai tenía un lazo rosa a un lado de su cabeza calva.
Y me dio la impresión de verle por toda la cara manchas de lápiz de labios también rosa, como el de Samantha.
Se lo había restregado por una mejilla, como si hubiese intentado, en vano, limpiárselo.
Dejó la toalla sobre la mesa y vi que estaba manchada de maquillaje.
Recordé algo que había leído en el libro de cocina o en la descripción original de los cíclopes.
Que no veían su reflejo, como si fuesen vampiros.
No sabía si esa extraña característica de la mitología era igual en las versiones de la Tierra de estas criaturas, pero estaba claro que Mordecai había intentado limpiarse.
—Mordecai, cielo —dijo Dónut—. Me gustaría hacerte una pregunta importante y, si no quieres responder, no pasa nada, pero… —Se quedó en silencio.
—¿De qué hablas, Princesa?
Dónut saltó sobre la mesa y empezó a lamerse la pata.
—No me gusta cotillear. De verdad que solo es curiosidad.
—¿Qué quieres saber?
—No te juzgo, ¿eh? Créeme. Estoy de tu parte.
Pero si necesitas consejos con el maquillaje, podría ayudarte.
Pasé muchas horas ayudando a la señorita Beatrice con el suyo.
Estoy segura de que Samantha también te puede ayudar cuando la recuperemos, aunque el suyo es un tanto…
estridente. Carl, por favor, contente un poco.
Reírse de algo así es de mala educación.
No me había reído, pero en ese momento no lo pude evitar. Estallé en carcajadas.
—Mierda —dijo Mordecai, que extendió el brazo para tocar el lazo. Se lo quitó y lo tiró sobre la encimera. Suspiró—. Me había olvidado de eso.
—Y también tienes un poco de… —dije mientras le señalaba la cara.
—Joder —exclamó mientras recuperaba la toalla—. Odio cuando me toca ser cíclope. No distingo la profundidad y encima no me veo en el espejo.
—¿Ves el maquillaje flotando en el espejo? —pregunté—. ¿Y tu ropa?
—No —respondió—. No tiene sentido, lo sé, pero si lo llevo encima no se ve.
—Qué raro —dije.
—Bueno, centrémonos —interrumpió Dónut—. ¿Cuánto tiempo llevas con esto? Francamente, si es lo que sientes de verdad, me alegra que al fin hayas empezado a descubrir…
Mordecai levantó una mano con esos dedos gordos como salchichas extendidos.
—Para, Princesa. No es lo que parece.
—A ver, lo que parece es que has restregado la cara por la estantería de maquillaje de un veinticuatro horas —dijo.
Vi al robot limpiador recogiendo algo del sillón.
Una bolsa vacía de patatas fritas. Me fijé en la televisión, la que usábamos para los videojuegos.
Los mandos de consola enormes de Bomo y el Mazo habían sido reemplazados.
Uno era el original y el otro se me antojó extraño.
No lo había creado yo, por lo que tenía que ser cosa de Mordecai.
Estaba dividido en dos partes izquierda y estaba apoyado en el suelo en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Había una pequeña almohada frente a él.
Al fin lo había entendido.
—¿De verdad te han dejado contratar a una ayudante para tu habitación o te lo has inventado? ¿Estás pagando por esto?
Él soltó todo el aire y bajó la cabeza.
—Sí que puedo tener una ayudante. Y he usado el hueco. Pero tú puedes tener cinco más, y también los he usado. Estás pagando tú, en realidad.
—Entonces… ¿hay seis? —pregunté.
Él asintió.
—El sistema no deja que haya más.
—¿Cuánto estamos pagando?
—¿Qué? —preguntó Dónut—. ¿Qué está pasando?
—En total, un poco más de mil de oro al día. Mi parte la he ido pagando yo con el dinero que me das para suministros.
—¿Qué? —repitió Dónut, iba mirándonos alternativamente mientras hablábamos—.
¿De qué habláis? Creo que no has entendido muy bien el significado de «mi parte la he ido pagando yo», Mordecai.
¡Eso se llama malversación! Un momento, ¿nos estás robando dinero?
Estoy confusa. ¿Para qué lo estás usando?
—Soltó un grito ahogado—. ¿Drogas? ¿Es para drogas?
¿O ahora eres prostituto? ¿Por eso te vistes así?
Vas a tener que mejorar mucho si quieres ganar dinero suficiente como para devolver lo que nos debes.
—Sé que Bonnie no es una de ellas —dije ignorando a Dónut—. Está en el noveno piso con los oseznos y Skarn. ¿Son Ruby y los demás?
Mordecai asintió.
—Solo los que tenían síndrome de compresión —explicó Mordecai—. El final del sexto piso fue muy peligroso y lo pasaron muy mal para llegar desde el pueblo de los cambiados hasta aquí. No creí que fuesen a sobrevivir al enfrentamiento, por eso los contraté en los huecos disponibles.
—Sabes que si me lo hubieses pedido te hubiese dicho que sí sin pensar, ¿verdad? —comenté.
—¿Ruby? ¿La pequeña sin brazos? —preguntó Dónut. Se giró para mirar el mando de videoconsola del suelo—. ¿Es tu asistente? ¿Cómo puedes haber contratado a una asistente sin brazos, Mordecai?
—No había tiempo —dijo. Alzó la cabeza y se enderezó—. Pero no me arrepiento de nada.
Ruby era la pequeña huérfana cambiada PNJ.
La habíamos conocido en el quinto piso y formaba parte de la historia entre los camellos y los cambiados.
Tenía una enfermedad llamada síndrome de compresión, un defecto de nacimiento causado porque sus padres no se habían alimentado bien en su nuevo mundo.
Podía cambiar de forma como la mayoría de su especie, pero cuando lo hacía siempre le faltaban partes del cuerpo.
Cuando estaba en forma humana, no tenía brazos y tenía la cabeza hundida.
Al final del sexto piso, los cambiados habían entrado en nuestro espacio seguro para prepararse para el ataque al castillo de los altos elfos.
Los restos del castillo y los demás cambiados supervivientes habían bajado al noveno piso.
Pero algunos cambiados habían muerto durante el terrible asalto al castillo.
Mordecai había hecho lo correcto al proteger a los más vulnerables.
Aún no estaba seguro de por qué creía que había sido mejor ocultarnos aquello.
Z EV : Se os teletransportará en un minuto.
—Hablaremos sobre esto cuando regresemos —dije.