Capítulo 20
Tres de seis tótems recolectados
—Carl, ¿de verdad crees que vamos a poder burlar las normas de la tiara?
—preguntó Dónut mientras salíamos del pueblo de los ghommid.
Iba sentada a lomos de Mongo. A nuestro alrededor, las extrañas criaturas no dejaban de girarse hacia nosotros y saludarnos con efusividad.
La niebla que cubría el lugar se había disipado y la malignidad de antes había quedado reemplazada por alegría, como si hubiésemos aterrizado de repente en unos dibujos animados—. ¿Qué vamos a hacer si no sale bien?
—Lo primero es hacer todo lo posible para que Katia consiga esa flor —respondí—. Pero, si eso no sale bien, buscaremos otra solución. Siempre hay soluciones.
Extendí el brazo y acaricié a Dónut para tranquilizarla. Sentí lo nerviosa que estaba.
—Mírame, Dónut —dije. La gata tenía las gafas de sol puestas y me reflejaba en ellas. Intenté no parecer demasiado preocupado—. Sé que es difícil, pero aún queda mucho para el final del noveno piso. Haremos todo lo posible. Por el momento, tienes que concentrarte en este piso.
Ella asintió.
—Eso me ha recordado algo. Le he quitado el silencio a Samantha en el chat y se ha puesto a gritarme.
He tenido que volver a silenciarla. Las buenas noticias son que creo que la araña ha hecho caca y está fuera.
Pero no la deja ir y la ha atrapado en sus redes.
Ah, y Prepotente dice que quiere que le leas algunos capítulos de ese libro de las Bahamas.
Está solo por allí y creo que se siente muy triste.
He estado hablando con él, pero hacerlo por chat no es lo mismo que en la vida real.
No pertenece a ningún gremio ni puede entrar en el club Desperado.
Y lo han expulsado del club Vencedor. Así que está solo con Bianca.
Bianca me cae bien, pero no habla. Y sisea mucho.
—Vamos hacia Samantha —dije—. Pero tardaremos unos días en llegar. Ya hablaré con Prepi más tarde.
Solo quedaban unas pocas horas antes de que tuviese lugar la primera reunión para la Guerra de Facciones en el noveno piso.
Nuestro objetivo por el momento era atravesar la Habana y empezar a dirigirnos hacia el sudoeste.
Todo mientras conseguíamos tantas cartas como fuese posible.
También tenía que estar pendiente de sor Inés y buscar un club Desperado.
En el pueblo de los ghommid no había ninguno.
—Avisa de todas las estancias seguras que veas —dije cuando salimos del pueblo—. Y cuidado con los coches.
Entrando en la Habana.
Había muchas cabezas flotantes yendo de un lado a otro, pero no vi ni rastro de enemigos cercanos.
Tampoco había coches cerca, pero sí que vi un gran incendio en el este.
Consulté el mapa de papel que le había quitado a un turista hacía un rato y giré hacia la izquierda, a través de un grupo de personas que se dirigía hacia la entrada del cementerio.
Una cámara y varios móviles cayeron al suelo.
Quería llegar hasta la autopista para luego ir hacia el sur.
Si la carretera estaba despejada, podríamos usar el Carruaje Real para movernos mucho más rápido.
En el mapa también aparecía una estación de tren, y sospechaba que los trenes seguían operando, aunque eso era más arriesgado.
Tendríamos que quedarnos en la parte trasera del tren para minimizar el riesgo de romper algo con nuestros cuerpos mientras se movía.
Además, la idea de subirme en un tren hacía que se me revolviese el estómago.
—¿Qué vamos a hacer si nos encontramos con la chica gata? —preguntó Dónut—. ¿Dejarás ahora que Mongo acabe con ella?
—No vamos a matarla, pero tenemos que hablar con ella sobre lo que le hizo a Paz. Le he enviado varios mensajes, pero no me ha respondido.
—Es una habana brown y una asesina de monjas. No sé cuál de esas dos cosas es peor siquiera. ¿Cómo es que estamos discutiendo algo así? Mongo también cree que deberíamos matarla.
Mongo gruñó para indicar que así era.
—No le envíes mensajes desagradables. Jamás se prestará a hablar con nosotros si empiezas a insultarla o a amenazarla por el chat.
Un olor de la comida callejera se internó en mis fosas nasales, momento en el que empezó a rugirme el estómago. Habían pasado tantas cosas que me había olvidado de comer.
—No te preocupes por eso. Ya no. Me ha bloqueado.
Suspiré.
—¿Qué le dijiste?
—Solo le dije la verdad, Carl. No puedes enfadarte conmigo por decir la verdad.
—¿Qué le dijiste?
—Le dije que lo que le había hecho a Paz era horrible y que matar monjas es inaceptable.
Y también que es una desgracia para todas las especies felinas.
Puede que también haya añadido que íbamos a quitarle todas las cartas y romper la de Paz cuando la encontrásemos.
Y que Mongo está muy decepcionado con ella.
—Cagondiós, Dónut. No tendrías que haberle dicho eso. Va a esconderse de nosotros. O peor aún, podría atacarnos.
—Lo dudo. No voy a permitir que un felino me ataque por la espalda. Pero ¿acaso le dije algo que fuese mentira, Carl? Te enfadas cuando tergiverso las cosas y te enfadas cuando las digo tal y como son. A veces creo que es imposible tenerte contento.
Mientras despotricaba, yo no le quité ojo de encima al minimapa en busca de amenazas.
Mis pasos aparecían ahora en la pantalla.
Gracias a la nueva bendición de Emberus, todos los pasos anteriores estallarían en llamas cuando mi salud bajase hasta casi el mínimo.
Pensé en todos los ghommid que estarían paseando por el pueblo.
¿Les haría daño al activarse? Tenía muchas preguntas.
Me parecía una bendición demasiado peligrosa.
Dónut y Mongo también tendrían que tener cuidado.
Ahora la gata contaba con resistencia al fuego, pero ¿sería suficiente?
Además, si se activaba, ¿me haría daño a mí el paso inmediatamente anterior?
¿Me quemaría el culo? ¿Cómo de grande sería la explosión?
El hecho de tener que estar al borde de la muerte para probarlo no ayudaba.
Caminamos durante una hora. Vimos muchos monstruos pequeños de poco nivel, pero nada que mereciese usar una bandera.
También había un zoo, pero después de echar un vistazo rápido nos percatamos de que los animales del interior no eran monstruos, sino que formaban parte de la ilusión.
Matamos a todos los enemigos con los que nos topamos para hacernos con cartas de utilidad, aunque lo más seguro era que no llegásemos a usarlas.
Era peligroso meter muchas en el mazo, porque reducía las probabilidades de que te saliesen cartas de tótem.
No me dio la impresión de que encontrar estancias seguras fuese a ser un problema.
Estaban por todas partes. Encontramos una extensión de autovía sin coches gracias a un choque en cadena en una de las salidas, por lo que saqué el Carruaje Real, que nos permitía ir algo más rápido y dirigirnos al sur.
Dónut siguió sobre Mongo, quien corría al lado del vehículo.
La ciudad empezó a tener menos densidad, momento en el que volvió a haber coches por todas partes.
Tuve que parar a un lado de la carretera para evitar que nos aplastase un autobús enorme y desvencijado que salió de la nada.
Nos encontrábamos en las afueras al sur de la ciudad, donde había una extraña mezcla de casuchas de metal corrugado, casas de categoría, iglesias, bloques de viviendas y muchísimas tiendas para comprar de todo.
Zev nos había advertido que teníamos que empezar a prepararnos para la reunión, y Dónut vio una estancia segura a un barrio de distancia, por lo que nos dirigimos hacia allí a través de una horda de niños que corrían y reían jugando en la calle.
Solo la mitad de ellos llevaba ropa, pero la zona en general parecía bastante virgen.
Pensé que seguramente estarían jugando, con ganas de que llegase la Navidad, sin preocuparse por nada más. Aquello se había grabado tres semanas antes del apocalipsis. Esperaba, por su bien, que todos esos niños estuviesen dentro de una estructura cuando llegó el momento.
«Eso es un pensamiento horrible, ¿no? —me dije a mí mismo—. O quizá no. Estaban mejor muertos, ¿verdad?».
La estancia segura parecía ser la casa de una persona cualquiera, algo poco habitual. Nos abrimos paso al interior justo cuando Zev nos envió un mensaje.
Z EV : Otra cosa. Odio tener que sacaros tanto de la mazmorra, pero Odette acaba de llegar a la Tierra al fin y os quiere en el programa dentro de unos días. También quiere a Katia, pero le han negado el permiso en su caso. Así que seréis solo vosotros dos.
D ÓNUT : ¡BIEN! HACÍA MUCHO TIEMPO.
C ARL : Sí, qué ganas…
Z EV : Chicos, me ha comentado que os iba a pedir algo en directo, y quería hablar con vosotros sobre el tema para que no vayáis a ciegas. Lo comentaremos cara a cara antes de la reunión de preproducción.
Yo ya sabía qué era lo que quería contarnos gracias a Huanxin.
Quería ser nuestra asistente. Aún no tenía muy claro qué significaba eso, pero todos los equipos tenían a alguien así.
Parecía ser una especie de tercera parte que se dedicaba a vigilar que se cumpliesen las reglas o un guía del juego para la Guerra de Facciones.
En el interior, la casa estaba dispuesta como una cafetería con una propietaria bopca, una mujer de aspecto enfadado que se llamaba Vitasy.
Le dije que me preparase un café y compré unas pastas mientras Dónut compraba unas brochetas de carne para Mongo, aprovechando para regatear con ella.
El rostro de la mujer se iluminó cuando vio a la princesa, pero no tardó en ponerse seria con el regateo.
—Seguro que no volvemos a verla —dijo Dónut al fin sobre sor Inés, como si hubiese pasado la última hora pensando en la monja.
No respondí, pero me alegró que pareciera no estar dándole vueltas al asunto de Katia.
—Zev —dije en voz alta, sin molestarme en usar el chat—. ¿Tenemos tiempo para entrar en la sala de prácticas para jugar con las cartas?