El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

—¿Eres…? ¿Eres la IA? ¿Por qué finges? ¿Por qué te has convertido en esta especie de clérigo?

Me quedé estupefacto. Estaban ocurriendo muchas cosas al mismo tiempo. Muchas cosas de verdad que podían tener consecuencias de verdad. La muerte de Antón. El encierro de Paz en la carta. El descubrimiento de que sor Inés era en realidad una asesina.

El hecho de que la Corona mágica de la furcia de la septicemia hubiese acabado en la cabeza de Katia.

Todo era real. A vida o muerte. Esto de Emberus y Geyrun… era falso, un arco narrativo de la mazmorra. Era como preocuparse por el resultado de un partido de fútbol mientras alguien intentaba pegarte un tiro. Entonces… ¿por qué? ¿Por qué la IA estaba haciéndolo aquí y ahora? ¿Por qué así?

—Todos tenemos un papel que interpretar —dijo el padre Carbón, que gruñó con más fuerza y se inclinó aún más hacia mis pies—. Y nuestras limitaciones. Ahora, deja de hacer preguntas raras y deja que termine de hablar. Tienes que completar esta misión.

—Pues dime cómo hacerlo.

—Todos tenemos nuestras limitaciones —repitió.

Se quedó en silencio. Cuando alzó la vista, vi que tenía la mirada lechosa, ausente de todo color.

A mi alrededor, los adoradores seguían gimiendo—.

Emberus habla de dos de tus compañeras. Ambas tienen objetos que serán clave para resolver este misterio.

Katia y los orígenes de su ballesta. Princesa Dónut y los orígenes de su tobillera de roble.

Ambos son formas distintas de resolver este misterio, pero para ahondar en lo ocurrido será necesario el cristal conmemorativo.

Me cogió el pie entero y se metió el dedo gordo en la boca. Gruñó al tiempo que arqueaba la espalda.

—Muy bien —dije al tiempo que me echaba hacia atrás y me apartaba de la fuente—. Gracias. Vamos con el sanador.

El padre Carbón agitó la cabeza, como si acabase de salir de un trance. Las pupilas volvieron a recuperar su color.

La cabeza me iba a mil por hora. La tobillera de roble de Dónut era un objeto desechable que habíamos saqueado en el tercer piso.

La ballesta de Katia había pertenecido a Hekla.

No eran objetos que estuviesen conectados…

, en ningún sentido. Me daba la sensación de que el sistema estaba forzando un poco la narrativa para que todo encajase.

¿O quizá no? Intenté recordar las descripciones de ambos objetos ¿Sería posible que esto estuviese pensado desde un primer momento, que hubiese un arco narrativo enorme desentrañándose poco a poco detrás de todo?

Odiaba esa sensación, la de ser controlado, la de seguir un camino impuesto por otra persona. Respiré hondo.

Z EV : Ahí estás. Llevo un rato preocupada por ti. Ha sido un error demasiado largo, pero no te preocupes. La retransmisión está pasando algunas imágenes de la copia de seguridad… Oh. Dios. ¿Te ha chupado un pie?

—Te he lavado los pies en las llamas del sol perecedero. Ahora, recorrerás la senda de Emberus con cada paso que des. Date prisa y vete a que te curen —dijo el sumo sacerdote mientras se giraba para salir del templo.

Te embarga el poder del fuego de la rectitud. Se te ha concedido una bendición de piso. Esta bendición permanecerá activa durante el resto del piso mientras conserves el favor de Emberus. Puede anularla en cualquier momento.

La Senda del Mártir. Cada paso que des podría ser el último, por lo que asegúrate de que valgan la pena.

Cada uno de tus pasos fuera de una estructura se marcará en el mapa.

Si tu salud baja hasta el 5 %, tendrás la opción de hacer brotar llamas de todos los lugares que hayas pisado.

Los pasos marcados se reinician cada vez que usas esta habilidad.

También se activará automáticamente si mueres.

+10 % de Fuerza.

—Espera. Tengo una pregunta antes de irnos —grité mientras empezaba a seguirlo.

—Y después me curé. Me costó diez mil de oro.

—¿Cómo? —gritó Dónut—. ¿Cuánto? ¿Primero no nos dan cajas de jefe porque convertiste a ese Asojano en una carta y luego tenemos que pagar? Menudo diita este. Al menos tenemos esos premios de las deidades. Me ha caído bien Yemaya, la señora de Starbucks. Era muy guapa.

Continué:

—Y luego se acercó un humanotauro y empezó a gritar que no habíamos respetado alguna norma y que me iban a expulsar durante tres días.

—Entonces ¿se acabaron esas babosas horribles? —preguntó Dónut—. Menos mal. Era realmente desagradable, Carl. ¡Una de ellas me mordió el hocico!

Había vuelto a la estancia segura y estaba sentado a la mesa de la cocina.

Dónut, Katia, Mordecai y Bautista también estaban por allí.

Katia y Bautista escuchaban en silencio mientras Dónut comentaba entre gritos partes de mi historia.

Ambos tenían una taza humeante de té frente a ellos.

Había otra para mí, a pesar de que les había comentado que no bebía té. Estaba caliente, al menos.

La habitación principal de nuestro espacio seguro estaba más silenciosa de lo habitual ahora que Bomo había desaparecido. Me había acostumbrado al ruido de la televisión de fondo.

Fingí no haber visto la marca que Katia tenía sobre la cabeza. Dónut no podía verla.

Katia veneraba ahora a la diosa Ilitía. Sentí un mal augurio.

Bautista no podía quedarse quieto. Se puso en pie y empezó a caminar de un lado a otro mientras Mongo roncaba en el suelo.

Por primera vez en mucho tiempo, el robot limpiador parecía estar descansando.

En realidad, al alzar la vista me percaté de que no lo veía por ninguna parte.

Seguro que estaba limpiando alguna otra estancia.

Cuando había llegado al lugar, me había encontrado con Dónut contándoles el enfrentamiento que habíamos tenido en el templo.

—… ¡Es que lo sabía! Lo dije desde el principio.

Sabía que no era trigo limpio. ¡Una monja asesina!

Paz comentó que había envenenado a todas las del convento.

¿Sabéis lo loca que hay que estar para matar a unas monjas?

Dijeron que estaba mejor porque se estaba tomando medicinas, pero ¿qué más da eso?

No se puede desmatar un convento de monjas por muchas pastillas que te tomes.

Carl no dejó que Mongo acabase con ella y, luego, lo primero que hizo fue transformar a Paz en una carta.

Tendríamos que haber dejado que Mongo se la comiese cuando estaba paralizada.

La tensión era palpable en el ambiente. Dónut no parecía haberse dado cuenta de lo nerviosos que estaban todos.

Agarré la taza y le di un sorbo inseguro al té caliente. Normalmente, odiaba el té. Aquel tenía un aroma floral al que no estaba acostumbrado. Parpadeé.

—Está buenísimo —dije al tiempo que alzaba la mirada hacia Bautista, quien no había dejado de ir de un lado a otro. Me di cuenta de que estaba muy tenso. El tipo asintió.

—¿Por qué no continuas tú con la historia? —me pidió Mordecai. Él también estaba que se subía por las paredes.

Y en ese momento me había puesto a contarles lo que había ocurrido al entrar en el club.

Mentí sin pudor en algunas partes y obvié alguna que otra más.

No quería contarlo todo con Bautista en la estancia.

Dónut había saqueado la tobillera de roble del cadáver de uno de los miembros de la familia de Bautista y él parecía no haberse dado cuenta.

Quería evitar esa conversación si era posible. No era el momento.

—Dónut —llamé al terminar. Me di unas palmaditas en el muslo—. Ven.

Ella saltó a mi regazo y empecé a acariciarla. Había pasado por la ducha al volver. Olisqueó con recelo la taza de té humeante.

—Carl, ¿hablaste con alguno de los ghommid antes de volver?

La verdad es que son muy amables cuando no quieren comerte la cara.

Y tienes que ver las cartas que hemos conseguido.

Son buenísimas. Katia me estaba hablando de aquel tramposo que no es Ren, el primer tramposo.

El tipo al que le arrancaste el brazo. Quan.

Pues resulta que antes era campeón de algún juego de cartas para frikis o algo así, y ahora va por ahí…

—Déjalo para luego, Dónut. Tenemos que tener una conversación muy seria sobre algo muy importante.

Ella se quedó en silencio y echó un vistazo alrededor, mirándonos a todos a los ojos. Fue entonces y solo entonces cuando se percató de la tensión del ambiente.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—Dónut —dijo Katia, que se sentó a su lado. Acercó la mano a la cabeza peluda de la gata y esta le dio un cabezacito cariñoso—. Tengo que contarte algo. Da mucho miedo, pero el final aún puede cambiar. Vamos a tener que esforzarnos para que las cosas no acaben mal.