El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Entramos en lo que parecía el vestíbulo de una estación de esquí.

También olía como una, debido al fuego que chisporroteaba en una chimenea de ladrillo inmensa que había en una pared.

Sonaba una música en la que cantaba un coro celestial, algo que parecía estar fuera de lugar en aquel sitio.

Había unas sillas de cuero grandes desperdigadas por la zona, con hombres y mujeres ancianos de muchas especies sentados en ellas.

Unas alfombras oscuras y paredes paneladas de madera terminaban por rematar la decoración.

Algunos de los PNJ fumaban en pipa y hablaban entre ellos.

Una PNJ elfa camarera acababa de servirle unas bebidas a un par de enanos mientras estos jugaban al ajedrez.

Había muchas escaleras que llevaban arriba y abajo.

Vi a un par de mazmorreros, pero subieron por unas escaleras y desaparecieron.

Por la parte alta de las paredes colgaban cabezas de monstruos a modo de trofeo, todas en placas de varios tamaños, algunas pequeñas como uno de mis dedos y otras tan grandes como un camión.

Abrí los ojos como platos al ver la cabeza de un dragón negro que había sobre la chimenea en el centro de la estancia.

Tenía ojos rojos y amarmolados que reflejaban la luz titilante del fuego.

—No tenemos mucho tiempo, Carl —dijo el padre Carbón mientras recorríamos la estancia.

A pesar de su tamaño, caminaba y hablaba a toda velocidad.

Tuve que esforzarme para seguirle el ritmo—.

Tenemos que llevarte al sanador. Eso de la baboruela es horrible.

Qué asco. No eres miembro de pleno derecho, por lo que tienes un pase simple al día.

Solo puedes visitar una ubicación en el interior del club y no tienes permitido servirte refrigerios ni usar las opciones de entretenimiento.

Aquí nos tomamos muy en serio las medidas de seguridad, sobre todo después del incidente con el cáprido.

—Se quedó en silencio y señaló con el pulgar a unos guardias que había en unas escaleras.

Me sorprendí al verlos. Era una pareja de humanotauros sin camisa, con taparrabos de piel y cubiertos de pintura azul.

Los dos guardias musculosos tenían un pelo largo y ralo amarrado en una cola.

Todos los humanotauros que había visto hasta el momento llevaban gorro de maquinista de tren, pero no era el caso de esos tipos.

Ambos tenían una pajarita al cuello, lo que les daba el aspecto de estríperes.

Eso me recordó que tenía que ir al club Desperado cuanto antes.

Los gemelos monstruosos me fulminaron con la mirada al pasar.

Llegamos a unas escaleras que ascendían en curva.

—Los templos y el sanador están por aquí. Pero tenemos que hacer una parada rápida por la capilla de Emberus para llevar a cabo mi reverencia. No les digas a los guardias que vamos a hacer esa parada adicional.

Tenía una misión de Emberus que consistía en hablar con aquel clérigo.

Era una misión de deidad llamada Geyrun, que era el nombre de su hijo.

Todo aquello se debía a lo que había ocurrido al final del quinto piso.

Habíamos liberado de la Nada a un cachorrito de dos cabezas llamado Orthrus.

El perro había pertenecido a ese tal Geyrun, a quien habían asesinado.

Emberus me había encargado dos cosas. Una era descubrir quién había matado a su hijo y tenía que completarla antes de salir de la mazmorra.

La segunda era una misión que tenía que completar antes de llegar al duodécimo piso.

Tenía que matar a Hellik, que era el sospechoso principal del asesinato, aunque al parecer tenía una coartada.

No me había quedado claro si aún tenía que matar a la deidad si resultaba ser que no tenía nada que ver con el asesinato.

Hellik y Emberus parecían odiarse entre sí, así que lo más probable era que sí.

Había otra cosa extraña en aquella misión de encontrar al asesino.

Otro mazmorrero iba por ahí con un cristal conmemorativo con el que tenía que hacerme de alguna manera.

Pero la primera parte de todo aquello siempre había sido encontrar a este sumo sacerdote y hablar con él.

En realidad, me había olvidado hasta que él se había acercado a mí.

—Cada vez que entres, se invocará a un clérigo de Emberus que te hará las veces de escolta.

Si no hay ninguno disponible, lo hará uno de los guardias, pero tendrás que pagar una tasa.

Emberus me dijo que vendrías, así que esta vez estaré por aquí.

De ahora en adelante, tendrás que planear mejor tus visitas.

Llegamos a lo alto de las escaleras y aparecimos en una estancia similar pero más pequeña. Vi la entrada de un mercado llamado Suministros Reconfortantes. Estaba desesperado por entrar en un lugar así. Otro mazmorrero que no conocía entró cuando caminamos al lado. No me vio.

El pasillo siguiente parecía estar lleno de gremios. Pasamos junto a un escritorio con una criatura feérica pequeña y brillante detrás de lo que parecía una pelota reluciente de luz con alas.

—Excelencia… —empezó a decir la criatura mientras él pasaba de largo a toda velocidad.

—Ahora no —dijo el padre Carbón. Entramos por una puerta brillante que vi que era un portal, pero no me dio tiempo de examinarla. La atravesé y luego me detuve en seco.

Estábamos frente al sol.

Entrando en el Gran Templo del Sol Perecedero.

Bienvenido a casa, novicio.

En este lugar estás protegido.

No había techo. El cielo era del todo negro.

El suelo parecía un campo de llamas, ardientes y fulminante, de las que de vez en cuando brotaban unos zarcillos que se alzaban por los aires.

Olía a fuego. Quemaba como el fuego. Empecé a sofocarme, pero por raro que pareciese no era doloroso, aunque sí que emanaba un calor incómodo.

Me giré en círculo. No había paredes. Solo la puerta de madera por la que acabábamos de entrar.

A mi alrededor había unos PNJ postrados en el fuego.

Habría quizá una docena de adoradores divididos en grupos de dos y de tres, todos encarados hacia la misma dirección.

La mayoría eran criaturas humanoides descomunales y de piel azul que no reconocí.

Miré hacia el lugar donde estaban giradas y me pareció ver algo brillante, justo en el horizonte, algo que apenas se distinguía debido al suelo llameante.

—Los adoradores más devotos son los únicos que pueden acceder a este templo en particular.

Normalmente, hay que registrarse en la recepción que vimos antes de la puerta, después la atraviesas y llegas a una pequeña capilla de la deidad que has elegido.

Considérate bendecido, chaval. Estás en el Templo del Sol Perecedero, un templo secreto.

De repente, apareció bajo mis pies una fuente de mármol en la que burbujeaba el agua, parecida a la de la capilla de Yemaya. También apareció el tocón de un árbol, negro, chamuscado y humeante. Se alzó del fuego como si nada.

—Carl, quítate los zapatos y siéntate en el tocón —dijo el padre Carbón.

—No llevo zapatos —comenté, como si no fuese obvio.

—Cierto. Es verdad. Siéntate rápido. Si se percatan de que estás aquí, no te dejarán visitar al sanador hasta mañana. No te lo recomiendo. La baboruela te matará cuando avance lo suficiente y las babosas terminen por ser tan fuertes como tú.

Me senté, sobrecogido.

—¿Ya estoy curado? —Me toqué el lugar donde se encontraba la bolsa que me había empezado a salir en el vientre, que desapareció sin estallar. No me dio la impresión de que me estuviesen saliendo más.

—Te he lanzado un conjuro que contiene la enfermedad. La baboruela es un conjuro antiguo y desagradable. Te aseguro que es mejor así. Pon los pies en el agua.

El tipo se arrodilló, extendió los brazos y empezó a frotarme los pies.

A mi alrededor, los que rezaban empezaron a gemir.

Aparté los pies con brusquedad.

—Joder, pero ¿qué cojones haces?

—Te lavo los pies, Carl. Eres un mártir de Emberus y te muestro mis respetos. Ahora, vuelve a meter los pies en el agua.

Mártir. No me gustaba esa palabra. Titubeé y volví a meter los pies. Me percaté de que el agua no burbujeaba, sino que estaba hirviendo. No sentí nada. Él empezó a frotar rápidamente mi pie derecho.

Z EV : Carl, ¿estás bien? ¿Qué está pasando? Has desaparecido de la retransmisión.

—Los otros dioses no pueden escuchar mientras llevo a cabo este sacramento, Carl. Escucha con atención —dijo el padre Carbón.

El hombrecillo gruñó mientras me frotaba la planta del pie. No me lo estaba lavando. Era un masaje en toda regla.

—El perro es la única prueba que tenemos sobre quién mató a Geyrun. Y ahora ha vuelto a casa con Emberus. Nuestro dios ha rebuscado en la mente del animal, pero el tiempo que pasó en la Nada ha hecho que sus recuerdos no sean de fiar.

—Esto lo has hecho aposta, ¿verdad? —farfullé al techo invisible. El padre Carbón volvió a gruñir mientras apretaba con fuerza.

—Hellik sigue siendo el sospechoso principal, pero a su magnificencia le preocupa que también le haya ocurrido a su madre.

—Esa es Apito, ¿verdad? —pregunté mientras él cambiaba de pie. Estaba eternamente agradecido por el kit de pedicura, que hacía que no sintiese prácticamente nada en los pies. De todas las cosas extrañas que me habían pasado hasta el momento en este lugar horrible, aquella era de las peores.

—Sí, la Venerable Madre Roble. Es, al mismo tiempo, su hermana y su cuñada. Los cristales conmemorativos solo se forman cuando ha muerto una deidad. Apito está viva, pero hay un cristal que le pertenece. ¿Cómo es posible algo así? Tienes que investigarlo.

Zev me envió otro mensaje, preocupada.

Tenía una sospecha horrible y decidí tirar por ahí.

—Zev está preocupada porque he desaparecido de la retransmisión.

—Volverás pronto —indicó el padre Carbón al instante—. No te preocupes. Algunas partes de esta conversación terminarán por retransmitirse, para que los espectadores tengan el contexto necesario para la misión.

Se me aceleró el pulso. Joder.