Capítulo 17
—Joder, hermana —dije mientras nos apartábamos de la silueta de la primera diosa—. ¿Sabías que iba a funcionar?
No le dio tiempo a responder.
Estás en presencia de dos deidades. La hija del carroñero ha abierto los ojos. Está ebria de poder.
Efecto temporal de Yemaya: Las habilidades y conjuros de sanación no gastan maná. Tampoco tienen tiempo de recarga.
Efecto temporal de Ilitía: Todo el daño que inflijas a oponentes femeninas se reduce a un cuarto del total. Todas las integrantes femeninas de tu grupo reciben una bonificación al daño cuerpo a cuerpo del 500 %. ¡Chicas al poder, coño!
La primera de las dos deidades en aparecer físicamente fue Yemaya, quien salió directa de la fuente. Se alzó de las aguas y nos salpicó a todos. Apareció una notificación. Era una mejora temporal.
—¡Es la del logo de Starbucks! —siseó Dónut.
Yemaya era una nereida guapísima de piel oscura.
No tenía los rasgos faciales llamativos de una náyade completa ni tampoco colmillos de vampira, pero sí que tenía branquias en el cuello, orejas puntiagudas y los ojos grandes.
Me recordó de inmediato a Samantha y a Signet en sus últimos momentos.
Iba sin parte de arriba y el agua resbalaba por sus pechos oscilantes para volver a caer en la fuente que tenía debajo, como si cada pezón fuese un grifo.
Por debajo de la cintura se dividía como si tuviese dos cuerpos, o colas, algo realmente extraño.
Dónut tenía razón. Lo cierto es que se parecía mucho a la mujer del logo de Starbucks.
Las dos partes inferiores de nereida con escamas se curvaban detrás de ella, dentro de la fuente, como si fuese un pez demasiado grande en una pecera demasiado pequeña.
Las aletas de ambas colas se arqueaban hacia arriba y salían al exterior para tocarse entre ambas con la punta, lo que dejaba un hueco entre ellas con la forma de un corazón.
«No, no es una nereida. Es una sirena», me di cuenta sin dejar de mirar a la diosa.
Yemaya, diosa de los ríos. Nivel 250.
Es una deidad bloqueada. No podrá patrocinarse esta temporada.
Esta deidad es sirviente de Ilitía.
Aviso: Esta criatura es una deidad. Es invulnerable en este piso.
La deidad se encuentra en su templo. Se aplicarán las normas de apariciones en templo. Eso significa que más te vale tener cuidado.
En el pasado, Yemaya fue la diosa de los océanos y de todas las masas de agua grandes y pequeñas.
Pero también era mucho más que eso. Era la reina del amor y la portadora de vida.
Pero, poco a poco, sus adeptos fueron muriendo, sus templos se derrumbaron y quedó olvidada por todos excepto por su querida amiga la diosa Ilitía, quien deseaba día sí y día también que su compañera regresase de la tierra de los olvidados.
Ahora que Yemaya ha vuelto a ascender a los Salones, tendrá mucho trabajo que hacer para asegurarse de que nadie vuelve a olvidar su nombre. Es muy poco probable que se haga con el trono, pero trabajará sin descanso para ayudar a su amiga Ilitía, si es que ella acepta esa carga.
¿Una deidad que sirve a otra? ¿Qué significaba eso? La segunda diosa apareció justo cuando terminé de leer la descripción. Era Ilitía, quien se formó en el centro de la estancia sobre las baldosas resquebrajadas donde había aparecido Ogun. Me giré para examinar a la recién llegada.
No parecía una diosa, sino una alienígena de tamaño normal vestida de fiesta.
Se notaba mucho que pertenecía a un panteón diferente al de Yemaya. Yo sabía que la «Ilitía» real era una diosa de la mitología griega, pero lo que tenía frente a mí era algo peludo y extraterrestre. Sabía que era una hembra porque lo decía ahí.
Había visto aquel tipo de alienígena antes en la MazmorraCon y entre el público en varios programas, pero desconocía el nombre.
Eran peludos, cubiertos de un pelaje negro y azul que parecía áspero al tacto.
Mediría un metro cincuenta. Era bípedo y tenía seis ojos negros dispuestos en patrón de V en su rostro de insecto.
También contaba con cuatro brazos de tres dedos en cada extremo y con un cuello largo que hacía que pareciese que la cabeza podía caerle al suelo en cualquier momento.
Su cuerpo era enjuto, a excepción de una barriga hinchada que se asemejaba a la de una embarazada.
Llevaba una toga color rojo sangre y una hoja de laurel sobre la cabeza.
Me puse tenso al ver la nota que había junto al nombre de la deidad. Estaba patrocinada. Estaba siendo controlada por alguien. Alguien llamado Huanxin Jinx. No había oído el nombre jamás.
Me percaté de que no llevaba su armadura de alma. Aquel era su verdadero aspecto. Los patrocinadores podían hacerlo. Podían aparecer con su aspecto si querían.
La deidad sirena Yemaya miró con tristeza el cadáver de Antón.
—Lo mató en mi templo. Tendré que hacer algo al respecto. —Miró a Ilitía y nos ignoró durante unos instantes—. Querida amiga, te he echado mucho de menos. Gracias por recordarme.
Ilitía no dejaba de mirarme a mí. Di un paso atrás con nerviosismo. Estábamos en peligro. No sabía quién era aquella persona ni en qué bando estaba. Los ojos se movieron en sus cuencas, como lentes de cámaras que enfocasen la imagen. Si quería matarnos, estábamos bien jodidos. La examiné.
Ilitía, diosa de la natalidad y del dolor femenino. Nivel 250.
Patrocinada por Huanxin Jinx del enjambre grixista, directora ejecutiva de Industrias Icono.
Aviso: Esta criatura es una deidad. Es invulnerable en este piso.
Esta deidad se ha invocado temporalmente a esta ubicación. Se aplicarán las reglas normales de invocación.
Ilitía es una rareza. Es benevolente. A diferencia de la mayoría de estos psicópatas, se ha ganado la fama de ser amable.
La veneran todas las madres, tanto cuando están intentando plantar la semilla como cuando tienen que recoger la cosecha.
Y, aunque hace muchas cosas, se la conoce principalmente por ser La Que Alivia El Dolor, tanto el dolor físico del parto como la oscuridad inevitable a la que se enfrentan aquellas que son incapaces de cumplir su tarea más sagrada.
Cuando llega el silencio, ella no es la que ha causado la desgracia, pero sí que es la que sostiene la mano de la madre doliente.
No tiene fama de ser alguien que anhele el trono, lo que probablemente la convierta en una de las deidades más aptas para reclamar el título.
Por suerte, su patrocinadora de esta temporada es alguien que tiene la misma elegancia que el personaje al que interpreta.
La deidad alienígena dio un paso hacia nosotros. Me puso la mano en el hombro durante un instante y luego rascó a Dónut. Mongo gimoteó inseguro. El cuerpo entero de la diosa empezó a chisporrotear a causa de la energía.
Recibí la notificación de otra ventaja. Sanación rápida. Me lo tomé como un buen augurio.
Sin decirnos nada, se giró para encarar a la otra diosa.
—Hola, Yemaya. Sí, Ogun te ha insultado derramando sangre en tu templo. Nos aseguraremos de que el concilio lo sepa. Pero eso será más tarde. Ahora, tenemos que darles unos regalos a estos mazmorreros, ¿verdad?
—¿Mazmorreros? —preguntó Yemaya, que nos miró a los tres y a Mongo y a Bomo, que seguía detrás, con su boca de piedra abierta con asombro—. Sí, sí, cierto. Pero había uno más. ¿Dónde ha ido? ¿Ogun también ha acabado con él?
Miré la carta que seguía aferrada entre las manos de sor Inés. Desapareció en su inventario.
—Ya no está con nosotros —susurró la monja.
No podía dejar de pensar en Paz, en lo que había dicho.
«Déjame marchar».
La idea de convertir a una persona en carta no se me había ocurrido siquiera.
¿Seguiría consciente? ¿Cómo funcionaba algo así?
¿Estaría allí sentado al borde de la muerte en algún tipo de habitación, como un genio dentro de una lámpara?
O quizá aparecería en el campo de batalla la próxima vez que sor Inés lo invocase, sin experimentar nada en medio.
Era horrible y grotesco, tanto que me ponía enfermo solo de pensarlo.
«Tenemos que romper esa carta».
—Te agradezco que hayas arreglado mi capilla —dijo Yemaya. Hablaba con Bomo.
Antes de que terminase de hablar, otra babosa escapó de mi cuerpo, esta del brazo. Mongo intentó morderla, pero falló. La criatura cayó al suelo y alzó la vista hacia Yemaya.
—¡Putos dioses! —gritó la babosa.
El suelo se abrió debajo de ella, un agujero más pequeño que mi puño, y la criatura desapareció gritando al caer hacia la oscuridad.
—Perdón —dije—. No lo puedo controlar.
Yemaya fijó la vista en mí.
—Conozco la enfermedad que te aflige. La ha provocado mi hermano.
Lo hizo a propósito, que lo sepas. Lo de quedarse atrapado en este lugar, quiero decir.
Finge ser inocente, pero siempre ha sabido lo que estaba haciendo.
Me alegra que os hayáis dado cuenta de cómo es en realidad.
La baboruela te la podrá curar un sanador.
Pero deberías hacerlo rápido. —Agitó las dos colas—.
Ahora, tomad este regalo como muestra de gratitud.
Uno para ti, sor Inés. Y uno para ti, preciosa Princesa Dónut.
La carta apareció flotando frente a Dónut, quien soltó un grito ahogado y la cogió antes de que me diese tiempo a examinarla. Tenía el borde negro de la rareza mítica, la segunda más alta, solo por detrás de las únicas, que tenían el borde naranja.
—¡Gracias, su diosedad! —gritó Dónut, maravillada.
—Carl, es una carta mística —susurró demasiado alto—. Ya tenemos de los cinco tipos. ¡Sirve para robarle una carta a otra persona! Y no es consumible. Es una pasada. ¡Se llama el LADRÓN !
Eran pocas las personas que habían comentado tener cartas místicas por el momento.
Eran conjuros que afectaban a la jugabilidad directamente de alguna manera, a diferencia de las cartas de utilidad, que afectaban a un solo tótem, o de las especiales, que eran normalmente efectos de un solo uso para el lanzador y eran consumibles.
Yemaya rio y dio una palmada.