Capítulo 16 #3
—Espera —dije—. Para, Dónut.
La gata soltó un suspiro de desesperación.
—Aún no, Mongo. Pero espera a que mami te avise.
—Está loca —continuó Paz—. Está obsesionada con la idea del pecado.
Pero ¿comparado con cómo era antes? Está mucho mejor.
Lleva mejor desde hace mucho tiempo. Antes incluso.
Desde que entramos en la mazmorra no ha hecho nada maligno.
Ha luchado a nuestro lado. Creo que nos hubiésemos comportado igual con ella tuviese esa habilidad o no.
Pero… Pensé que debíais saberlo. Me hubiese sentido culpable de haber muerto sin decíroslo.
Cerró los ojos y empezó a rezar en voz baja.
Gruñí de dolor cuando estalló la bolsa de mi muslo.
En esta ocasión, la babosa era bastante más grande y tenía lo que parecía pintura blanca y negra en la cara, casi como si fuese un perro peligro en miniatura.
Mongo le dio un mordisco antes de que pudiese hablar.
«Mierda». Tenía que encargarme de ese problema con las babosas antes de que se volviese demasiado peligroso.
Y luego ver qué había pasado con lo de Katia.
Pero, por el momento, lo importante era lo que teníamos entre manos.
La monja iba a recuperarse en un minuto.
C ARL : ¿Qué hacemos?
D ÓNUT : PUES LA MATAMOS. ESO ES LO QUE VAMOS A HACER. YO TAMPOCO QUIERO MATAR A NADIE, CARL, PERO JAMÁS PODRÉ VOLVER A CONFIAR EN ELLA. Y ESTÁ AQUÍ CON NOSOTROS. MATÓ A OTRAS MONJAS, CARL. ESO ES CASI TAN MALIGNO COMO MATAR GATITOS.
C ARL : Nosotros no matamos personas, Dónut.
D ÓNUT : ¿Y ENTONCES POR QUÉ PREGUNTAS?
En el fondo sabía que hubiese sido lo más seguro.
Pero matar a alguien porque cabía la posibilidad de que hiciese algo malo…
Sor Inés no le había hecho daño a nadie desde que había entrado aquí.
La recordé interponiéndose entre la deidad y sus amigos, en un intento condenado al fracaso de salvarlos de Ogun.
Estaba dispuesta a morir por sus compañeros de grupo, y eso decía mucho más que cualquier cosa que hubiese ocurrido antes de entrar en la mazmorra.
Era de los nuestros. Las medicinas la habían ayudado y parecía que el efecto se mantenía ahora que estaba en la mazmorra, a pesar de lo traumático que era todo lo demás. No quería hacerle daño. Me caía bien.
«Podría unirse a nuestro grupo. Seguro que no estaría tan mal».
Justo cuando pensé eso, sentí que un escalofrío me recorría el cuerpo.
C ARL : Vamos a separarnos. Es nuestra única opción. Advertiremos a todos de su pasado y de la habilidad que le da su especie. Quizá encuentre a alguien que sea inmune y tenga disposición a estar con ella.
D ÓNUT : NO CREO QUE SEA EL MOMENTO DE PONERNOS CON MEDIAS TINTAS, CARL.
Saqué otra poción de salud, pero Paz se negó a bebérsela. Solo le quedaban dos o tres minutos.
—Déjame marchar —dijo—. No pasa nada. Por favor. Creo que se me ha concedido el perdón que había pedido. Ese dios falso dijo que iba a estar solo, pero no lo estaré. Lo sé. Estoy en paz.
Miré la poción y luego asentí. Volví a guardarla en el inventario.
D ÓNUT : CARL, KATIA DICE QUE VIENE OTRA DEIDAD Y QUE VA A DARNOS UNA MISIÓN QUE TENDREMOS QUE HACER. PERO NO ME HA DICHO POR QUÉ NI CÓMO ES QUE SABE ALGO ASÍ. DICE QUE NO LE RESPONDES A LOS MENSAJES Y QUE TAMPOCO SABE EN QUÉ CONSISTIRÁ LA MISIÓN. SE HA PUESTO MUY MISTERIOSA.
«Cristo bendito».
Detrás de nosotros, la monja empezó a moverse y cayó al suelo. Se puso en pie de inmediato.
—¡Paz! —gritó la mujer gata, que se acercó a toda velocidad. Me apartó y le agarró la mano. Se lo permití.
Mongo soltó un graznido de indecisión.
—Tranquilo —dijo Dónut al dinosaurio—. Tú sigue con las babosas por el momento.
—Paz —repitió sor Inés, que nos ignoró. No dejaba de sollozar mientras hablaba—. Vamos. Vamos. Entraremos al club y te curarán. Ayuda, Carl. ¿Por qué no ayudas? ¿Por qué no fuiste a por ese pedazo de la capilla? Todo esto es por tu culpa.
—No lo culpes —dijo Paz—. Lo siento, hermana. Les he contado lo que eres. Lo que hiciste.
—No te preocupes por eso. Venga. Ponte en pie. Tenemos que darnos prisa.
—No —insistió Paz. La salud le había bajado casi al máximo—. Déjame marchar.
—No puedes rendirte —dijo ella—. Rendirse es pecado.
La fuente empezó a burbujear con fuerza.
—No me estoy rindiendo —dijo Paz.
—No, no, no. Por favor. No me dejes sola. Todo el mundo me abandona.
—Lo siento, hermana. Adiós.
—No —gritó sor Inés, con voz iracunda de repente—. ¡No! No te vas a marchar.
Le apareció una bandera en la mano de repente.
«Madre mía —pensé—. No creo que vaya a…».
Se la clavó a Paz en el cuello.
El movimiento fue tan rápido, tan repentino, que no se me ocurrió siquiera gritar para detenerla.
Zum.
Todos nos quedamos mirando a la mujer gata, quien sostenía una carta verde. Verde, que era el color de una carta común. Hasta ella parecía sorprendida por el hecho de que hubiese funcionado. Detrás, la fuente siguió burbujeando y el agua empezó a caer al suelo.
Yemaya ha aparecido en este piso.
Ilitía ha aparecido en este piso.