El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Paz —dije al tiempo que le agarraba una de sus manos con guantelete. Él se aferró a mí con fuerza. La marca de paria le había desaparecido de la cabeza. Detrás de nosotros, sor Inés seguía paralizada y mirando hacia otro lado—. Vamos a llevarte al club. Veremos qué podemos hacer.

La salud le seguía bajando poco a poco. El dios había hecho que la desventaja fuese permanente. No iba a poder curarse de aquello. Todos lo sabíamos.

—Lo recuerdo todo —aseguró Paz—. Ogun me sanó. Me lo quitó todo. Excepto la desventaja Inevitable. Ya no lo venero. —Soltó un gruñido—. Me prometió que lo solucionaría y lo hizo. Pero lo hizo al final.

—Carl, ¿de qué habla? —preguntó Dónut.

—Aguanta —dije al tiempo que buscaba en mi inventario algo que pudiese ayudarlo. Nada. No tenía nada.

—Quizá sea mejor así —dijo entre toses—. Sor Inés tenía miedo de que no fuésemos al cielo por fingir venerar a estos dioses.

—No te preocupes por eso —dije—. No son reales.

Son unos comemierdas. Basura. Como todo en este lugar.

Es ficción. Sin más. Mira, toma esto. —Saqué una poción de sanación buena y se la acerqué a los labios.

Cuando lo hice, la bolsa que tenía en el brazo estalló y una babosa de nivel 5 le cayó a Paz en la cara.

—¡Ya es mío, papaíto! —gritó la criatura. Aparté a esa cosa asquerosa antes de que mordiese a Paz. Salió volando por los aires entre gritos. Mongo acabó con ella mientras Dónut saltaba a mi hombro.

—No desperdicies las pociones —aseguró Paz, pero se la bebió de igual manera—. Mira, hermano. Voy a decirte una cosa. Tienes que tener cuidado con ella.

—¿Con quién? —pregunté—. ¿A qué te refieres?

—Sor Inés. No es trigo limpio. No pases demasiado tiempo a su lado.

—¡Lo sabía! —siseó Dónut—. ¿Qué te había dicho, Carl?

—Calla —dije a Dónut—. Explícate.

La armadura de Paz relució pieza a pieza mientras las guardaba en el inventario, hasta quedar únicamente con unos pantalones cortos. Hizo un mohín y cayó en las baldosas. Detrás de él, la fuente que acababa de aparecer no dejaba de burbujear con alegría.

—Es por su especie. Tienen una habilidad llamada Toxo…

Toxo plasma no sé qué. Hace que la gente quede prendada de ella, que quiera protegerla.

No te das cuenta siquiera de que está pasando.

Al principio, los efectos son leves, pero luego se vuelven cada vez más intensos a medida que pasa el tiempo.

Hasta que llega el momento en el que harías cualquier cosa por protegerla.

Mi primo y yo no supimos de su existencia hasta que era demasiado tarde.

No notas nada. Cuando lo descubres, lo olvidas un minuto después.

Funciona así. Nos los dijo una noche. A veces se pone así, en plan sincera.

Se siente culpable y no dejaba de hablar sobre…

—Se quedó en silencio—. Sobre las cosas que ha hecho.

Dios, ni siquiera me había dado cuenta. También me había olvidado de ellas.

—Un momento. ¿Es como si usase Encanto? —pregunté.

Paz puso gesto de dolor.

—Nos lo recordó en una ocasión, no sé si por tercera o cuarta vez, y ambos sabíamos que terminaríamos por olvidarnos otra vez en unos minutos.

Ambos empezamos a adorar a Ogun porque el sacerdote nos dijo que evitaría que alguien nos controlase.

Pero no funcionó. Justo después de empezar a venerarlo, nos olvidamos de por qué lo habíamos hecho.

A veces, sor Inés fingía arrepentimiento. Pero no siempre.

Miré a Dónut de soslayo y no pude evitar plantearme algo.

—Pero no me mires así, Carl —dijo la gata—. Yo no tengo esa habilidad. De ser así, Katia seguiría en el grupo, ¿o no? Tú te quedas porque soy adorable y me quieres. Y, además, no sobrevivirías sin mí. No me hace falta una habilidad rara para caerle bien a la gente.

Miré el cuerpo paralizado de sor Inés. Estaba de pie y nos daba la espalda. Aún le quedaban unos minutos a la desventaja.

—¿Estás diciendo que deberíamos matarla?

Él negó con la cabeza.

—No, no. Para nada. La mayor parte del tiempo no es mala persona.

No es malvada. Pero a veces… Entiéndeme.

Entramos juntos. Algunos de nosotros creímos que era mala idea, pero Elian dijo que necesitábamos a todas las personas posibles.

Ahora está muerto. Antón lo mató después de que…

de que… —Paz respiró hondo. La salud ya le había vuelto a bajar hasta la mitad y aún aferraba mi mano con fuerza—.

Dios, escapó, ¿verdad? Ella estaba con medicación y luego, en la mazmorra, nos dijeron que nadie necesitaba pastillas, por lo que creímos que no iba a pasar nada. Pero ella mató a mucha gente.

—¿A qué te refieres? —insistí—. No tiene las calaveras.

Mongo regresó, triunfante. Se colocó junto a mi muslo, a la espera de que apareciese la siguiente babosa.

Paz hizo un mohín de dolor.

—No lo hizo en la mazmorra. Antes. Estaba en prisión por matar a todas las monjas de su convento. Las envenenó.

—¡Te lo dije! Te lo dije, Carl —gritó Dónut. Bufó—. La mazmorra eligió la raza perfecta para ella. Una habana brown. Lo sabía.

—Un momento —dije—. ¿Era prisionera como tú? Siempre creímos que era trabajadora. Dijiste que lo era.

—Nunca dije eso. Y nosotros no éramos prisioneros.

Éramos guardias. Trabajábamos en una prisión de mujeres.

Cuando ocurrió, estábamos fuera llevándolas a la enfermería.

Dios, solo quedamos nosotros dos, la hermana y yo.

Y ella será la última. ¿Quién se lo habría imaginado?

Cuando ocurrió, los documentos la llamaban la «Segadora de la Habana».

—Una asesina —dije mientras notaba un escalofrío.

—Mongo —dijo Dónut con tono neutro—. Cómete a la monja.

Mongo alzó la vista de la bolsa que tenía en la pierna, que estaba a punto de estallar. Miró a sor Inés, aún paralizada, y luego otra vez a Dónut. Ladeó la cabeza y puso una mirada con la que parecía preguntar: «¿De verdad? ¿Puedo hacerlo?».