Capítulo 16
Nota añadida por el mazmorrero Tipid. Cuarta edición.
Hoy he matado a mi mejor amigo. Ojalá nunca hubiese llegado tan lejos.
—No… No —dijo Antón.
Un rayo restalló por la estancia desde el techo. Chocó contra las baldosas nuevas del suelo y resquebrajó varias de ellas, cuyas esquirlas salieron disparadas por los alrededores como si fuese metralla.
La estrella apareció en mi mapa y se formó un hombre justo en el lugar donde había caído el rayo. Estaba de pie junto a Paz y Antón, al otro lado de la habitación.
El parche de espalda de mi chaqueta no dejaba de vibrar, una sensación extraña que me recordó al zumbido de un móvil silenciado.
Estás en presencia de una deidad. La hija del carroñero ha abierto los ojos. Está ebria de poder.
Efecto temporal: +300 % a todos los ataques de aplastamiento.
Ogun tenía tamaño humano, estaba musculado y era de piel oscura.
Sostenía un martillo enorme sobre el hombro.
Llevaba un delantal de cuero sin camisa, pantalones cortos y un collar hecho de dientes blancos y afilados de alguna criatura enorme.
Sus ojos no eran más que dos bolas de luz, pero de una luz blanca. De él emanaba un resplandor amarillo.
Era como si alguien hubiese dejado caer una granada en la habitación. Todos nos quedamos mirando, a la espera de lo inevitable. Lo examiné.
Ogun, deidad de la herrería y de las armaduras. Nivel 250.
Este dios no está patrocinado.
Aviso: Esta criatura es una deidad. Es invulnerable en este piso.
Esta deidad se ha invocado temporalmente a esta ubicación. Se aplicarán las reglas normales de invocación.
Ogun es un forastero. Es uno de los dioses antiguos que originalmente perteneció a un panteón desconocido que ha terminado por perderse en las mareas del tiempo.
Se pasa los días junto a su yunque celestial, creando armaduras enfadado, pieza tras pieza, pero nadie sabe por qué trabaja tan duro ni qué hace con las armaduras cuando las termina.
Se dice que sus creaciones tienen una forma extraña, todas diseñadas para bestias de cuatro patas.
Ogun está acostumbrado a los enfrentamientos.
Es…, o era hasta hace un minuto, el último miembro superviviente de un antiguo panteón conocido por sus sangrientos conflictos.
Al igual que la mayoría de los dioses antiguos, no es la misma entidad que fuese en el pasado.
En los grandes Salones, se le considera la deidad de los herreros y las armaduras. Pero antaño fue algo mejor aún.
Su poder y su ambición lo convierten en un contendiente muy fuerte del Trono Celestial.
Ha venido porque cree firmemente en que los castigos deberían aplicarse en persona.
—Pues para ser un dios que no hace más que armaduras, pensé que estaría mejor vestido, la verdad —murmuró Dónut desde el lomo de Mongo, quien graznó para mostrar que estaba de acuerdo.
—No te muevas —siseé—. No llames su atención. Ha venido a por ellos, no a por nosotros. Pero prepárate para usar Salida si se da el caso.
—¿Solo Mongo, Bomo, tú y yo? ¿Vamos a abandonar a los demás?
—Sí.
La jugada Salida consistía en que yo usaba Caparazón protector mientras ambos nos bebíamos pociones de invisibilidad. Saldríamos al exterior y luego Dónut usaría Saltacharcos para llevarnos lo más lejos posible. Miré con nerviosismo a Mongo y al cretino enorme que teníamos detrás.
—Os di instrucciones muy claras —bramó Ogun a las siluetas encogidas de Paz y Antón en el otro extremo de la estancia.
Su tono calmado y neutro tenía cierto deje caribeño.
No parecía enfadado, lo que hacía que pareciese más enfurecido.
No era necesario que la deidad fuese físicamente enorme ni muy ruidosa para que emanase de ella una rabia pura y descontrolada—.
Habéis conseguido acabar con Asojano, lo que podría haberos salvado.
Pero también habéis hecho regresar a mi hermana. Eso es imperdonable.
—No —aseguró sor Inés—. No fueron Paz ni Antón. Fueron ellos. —Nos señaló.
Ogun la ignoró.
—Nunca tendría que haberos dado el privilegio de venerarme.
Yo estaba paralizado a causa de la indecisión.
A pesar de lo que le acababa de decir a Dónut, sentía que tenía que hacer algo por ellos.
Cualquier cosa. ¿Debía ayudarlos? ¿Cómo?
Aunque los sacase de aquí, ¿qué iban a hacer después?
La deidad podía seguirlos. El nuevo aro de pezón tenía un conjuro llamado Nube negra, que eliminaba durante unos instantes todos los beneficios que daba venerar a una deidad.
Quizá eso los salvase del castigo divino.
Solo podía lanzarlo en uno de los dos, pero ¿merecía la pena arriesgarme?
Ogun solo hacía caso a sus dos adoradores.
Lo último que queríamos era llamar su atención.
Era como intentar parar un tren poniéndote delante.
—¡Déjalos en paz! —gritó sor Inés, que se colocó entre la deidad y los dos hombres, a los que les seguía bajando la barra de vida.
Ogun se quedó quieto y ladeó la cabeza sin dejar de mirar a la mujer gata, percatándose al fin de su presencia.
Ella sacó el tridente mágico y lo blandió frente a la deidad—.
No eres un dios de verdad. Solo te veneran porque les prometiste que ibas a proteger sus mentes…
¡Y no ha servido de nada! ¡No han hecho lo que querías porque estaban controlados por la otra!
No repararon ninguna de las capillas. ¡Fueron esos dos que tienes detrás!
Sor Inés hizo un movimiento amenazante con el tridente, valiente y estúpido a partes iguales.
Ogun gruñó como si se estuviese divirtiendo. En ese momento, agitó una mano y la mujer gata se quedó paralizada. El tridente cayó al suelo y se hizo añicos. La desventaja POSPUESTO apareció sobre su cabeza con una cuenta atrás de seis minutos.
«Mierda —pensé—. Tiene suerte de que no la haya convertido en cenizas».
Otra babosa brotó de mi cuerpo y cayó al suelo. Era de nivel 3 y siseó antes de saltar hacia Mongo. Acabó igual que la anterior.
Ogun pasó unos instantes admirando a la mujer gata paralizada. Luego dio un paso a un lado y se acercó a Paz, cuya salud estaba en rojo y muy baja. Tanto Antón como Paz estaban en el suelo, ovillados a causa del dolor. Antón no dejaba de sollozar.
D ÓNUT : CARL, ¿QUÉ HACEMOS?
C ARL : Esperamos a que pase lo que tenga que pasar. ¿Qué otra cosa íbamos a hacer?
D ÓNUT : VA A MATARLOS.
C ARL : Esperemos que lo haga. Es lo mejor que les podría pasar.
La deidad se inclinó hacia delante, extendió el brazo y apoyó la mano en el rostro de Paz.
La carne hervía allá donde la tocaba. Paz ya se estaba retorciendo de dolor, por lo que prácticamente no lo sintió.
La salud dejó de bajarle. Su cuerpo se iluminó y luego le desapareció la barra de vida.
La deidad acababa de curarlo. Ogun se puso en pie, momento en el que la salud de Paz empezó a bajar otra vez.
—Paz, ya no eres mi protegido. Debido a tu fracaso, voy a eliminar la posibilidad de curarte esta afección que sufres. Dirígete hacia la oscuridad y, cuando cruces el velo, te encontrarás solo y sin armadura.
—No —me oí decir. No, no lo dije. Lo grité. Di un paso al frente. Noté mucho calor en la mejilla y sabía que estaba a punto de estallar—. Que te den. Que te den por culo.
La deidad miró por encima del hombro.
—Sé quién eres —dijo, dirigiéndose a mí por primera vez. Y ya está. Volvió a centrarse en Antón, quien se alejaba de él de lado como un cangrejo. Casi no le quedaba vida.
«Cagondiós», pensé. Me sentí impotente.
Di otro paso al frente y lancé Nube negra sobre Antón. Después hice clic en un pergamino de Sanar, primero en Antón y justo después en Paz.
Antón empezó a brillar con una luz apagada. Se formó una corona negra sobre la cabeza del hombre tatuado. La marca de paria desapareció. Durante unos instantes, me miró a los ojos.
La deidad se quedó paralizada, como si pensase qué hacer.
Se había girado del todo para encararme y le había dado la espalda a Antón.
Sentí, al mismo tiempo, esperanza y pavor.
La bolsa de mi mejilla explotó en ese momento y gruñí de dolor.
Mongo se comió a la babosa, ansioso. Me habían empezado a crecer dos bolsas más, una en el brazo derecho y la otra en el muslo.
—Nube negra —dijo la deidad. Sonaba más curioso que enfadado—. Ha sido un buen intento. Pero lo único que has conseguido es que ese hombre deje de estar protegido por mí. Que ya no tenga mi misericordia. Pero mi rabia sigue intacta. Iba a hacerle lo mismo que le hice a su compañero.
Ogun se encogió de hombros y luego dio un paso atrás. Pisó directamente la cabeza de Antón, aplastó con fuerza y lo mató allí mismo. Sin más, como si fuese insignificante.
—¡No! —gritó Paz en el suelo—. No, primo. ¡No!
La deidad no había apartado de mí sus ojos relucientes en ningún momento.
—No soy malvado. No soy injusto. Pero hay normas. Y una de esas normas es que debéis aceptar el lugar que os corresponde. Si no tuviese a Emberus en tan alta estima, también te aplastaría a ti. Dile a mi hermana que le doy la bienvenida cuando la veas.
Desapareció en una lluvia de chispas, como un martillo que chocase contra acero al rojo.
Ogun ha abandonado el piso.
La hija del carroñero ha cerrado los ojos. El beneficio desaparecerá y se disipará por completo durante los próximos diez minutos.
La desaparición repentina me permitió ver el cuerpo destrozado de Antón. La sangre destacaba muy roja contra las baldosas blancas y azules.
Solo se oía el burbujear de las fuentes y los boqueos doloridos de Paz.
Corrí hacia él. La huella de la mano del dios destacaba en un lado de su cara, y la quemadura le había destrozado la piel allá donde había hecho contacto, dejando tan solo músculo rojo y el blanco de sus dientes.
La nariz se le había salvado y aún tenía labios, pero estaban quemados y arrugados, como si su rostro estuviese hecho de arcilla.
Tragué saliva.
«Esto es por mi culpa. He permitido que ocurriese porque insistí en salvar a Yemaya».