Capítulo 15 #4
Las dagas reanimadas que tenía sobre la cabeza volaron hacia el orbe que se encontraba en el centro de la habitación.
Oshun y Legba, junto con el gallo, aullaron indignados mientras Inle, que no hablaba, agitaba los brazos con rabia.
Las dagas se afanaron por hacerse como buenamente pudieron con la gema con forma de calavera y llevarla hasta la capilla de Yemaya.
El burbujeo de mi brazo se intensificaba cada vez más. Sentí que también me empezaba en el cuello.
Las dagas voladoras llevaron la gema hasta la punta del obelisco mientras Dónut les gritaba las instrucciones.
Cuando la gema reluciente tocó la piedra, la estancia volvió a quedarse paralizada.
La música se detuvo de repente. Fue tan repentino que temí haberme quedado sordo.
Al mismo tiempo, las dagas desaparecieron en una nube de humo.
Las paredes del templo brillaron hasta que una luz del todo blanca llenó el lugar.
El agujero del techo se cerró solo. Todas las capillas excepto la de Yemaya desaparecieron junto con los fantasmas.
Aparecieron baldosas limpias en el suelo, cubiertas de vetas azules.
También salieron varias fuentes de la nada, incluyendo una debajo de Paz y de Antón, quienes seguían en el suelo retorciéndose de dolor a causa de la desventaja. La fuente los empujó a un lado.
La cuña de metal que había usado para bloquear la puerta desapareció cuando esta pasó a ser una de madera intacta tras la que se apreciaba un pueblo bien iluminado. Miles de ghommid se miraban entre sí al otro lado con gesto sorprendido.
Apareció un ladrillo de texto frente a mi visión, con mensajes de Katia que se guardaron en una carpeta.
¡Ganador!
Combate completado. Se ha reiniciado el mazo.
Misión completada. Pueblo de los Olvidados.
Se ha liberado el asentamiento ghommid mediano.
Felicidades. Ahora puedes salir del asentamiento.
Los ghommid supervivientes se han curado.
Entrando en el templo de entrada del club Vencedor, el templo de Yemaya.
Bienvenido, amigo de Yemaya.
La diosa llegará pronto.
Mensaje del sistema. La diosa Yemaya ha vuelto a ascender. Todos le dan la bienvenida a la familia.
Dejamos de estar paralizados.
—Dios, Dios —se había puesto a decir Paz.
—Ya viene —aseguró Antón, con voz ronca a causa del dolor.
—No funciona —gritó sor Inés, que había entrado en pánico—. No puedo curarte y no deja de bajarte la vida. No puedo hacer nada.
Casi ni los oí, porque me preocupaba mucho más el calor horrible que sentía en el brazo, que seguía bullendo cada vez más, como si fuese un paquete de palomitas de maíz inflándose en el microondas. Lo mío era muy diferente a lo que les ocurría a Paz y a Antón.
¡Pop!
Una burbuja explotó en mi brazo y soltó un chorro de líquido transparente. Recibí algo de daño. Olía a podredumbre.
Una babosa del tamaño de un pulgar cayó el suelo entre el líquido. Parecía una babosa normal, pero tenía una hilera de dientes afilados.
«¿Qué cojones?».
Babosa de plaga. Nivel 1.
Asquerosas. Son una especie de fanáticos en miniatura borrachos y rabiosos. Y lo que es peor, la siguiente aparecerá con nivel 2. Y la siguiente con nivel 3 y así. Lo bueno es que no te atacarán. Por el momento, al menos.
—Carl, Carl. ¿Qué está pasando? —gritó Dónut mientras se acercaba—. ¿Qué tienes en el cuello? —Se quedó paralizada al ver aquel monstruo en miniatura—. Dios mío, ¿qué es eso?
—Necesito un sanador —gruñí.
—¡Aléjate de mi papaíto! —dijo la babosa con una vocecilla aguda. Se lanzó contra Dónut y le dio un mordiscó en la nariz, en plan Mongo. Se le quedó colgando de la cara sin dejar de gruñir.
Dónut aulló de dolor. Se la quitó con la pata, y la babosa explotó en un chorro de mejunje. El calor del cuello me indicó que también estaba a punto de explotar. Empecé a notar calor también en el muslo. Mongo se acercó para olisquearme la pierna. Rugió.
—Carl, ¡no pienso dejar que te pongas a lanzar babosas repugnantes!
—Tenemos que llegar al sanador de todo que hay en el club —comentó Paz, que señaló hacia una puerta que no estaba antes por allí.
Hablaba entre jadeos. Al parecer, su desventaja tenía un efecto de hemorragia interminable y doloroso.
Tanto él como Antón tenían una marca enorme sobre las cabezas. Un yunque llameante.
Era la marca de paria de su deidad.
El castigo divino era inminente.
Miré la puerta. Era una entrada al club Vencedor. Nunca antes había estado en uno, pero ahora que adoraba a Emberus podía pasar al interior. Nos encontrábamos en una entrada parecida a las del club Desperado, pero en lugar de ser un bar, era un templo. Dónut no podía pasar.
—Dónut, tengo que entrar ahí —dije—. También ayudaré a entrar a Paz y a Antón. Quédate aquí y… ¡aaag!
Me explotó la bolsa del cuello. Una babosa de nivel 2 cayó al suelo con un chapoteo.
—¡Vamos, vamos! —gritó la babosa antes de saltar hacia Mongo. El dinosaurio la destrozo con las fauces en el aire.
Me arrastré hacia la puerta con la mano en el cuello. Me apareció un nuevo mensaje de Katia, pero lo cerré.
—Hermana, ¡ayúdame a llevarlos hasta la puerta!
—Dios —dijo Antón. El tipo, que siempre había sido estoico y serio, se había puesto a sollozar de miedo—. Es demasiado tarde. Es demasiado tarde.
Ogun ha aparecido en este piso.