Capítulo 15 #3
—Junta esas piezas. Como en el Tetris . Haz que encajen. Avísame cuando termines. Rápido.
—¡No! —gritó alguien. Era el fantasma de la diosa Oshun. Antón estaba allí sentado y mirándose la mano con cara de tonto mientras sor Inés se encontraba de pie a su lado. A él le faltaban la mitad de los dedos de su mano derecha. La mujer gata había hecho… algo para despertarlo. Y había funcionado.
—¡Carl! —gritó Dónut mientras señalaba hacia la entrada. Un ghommid con cabeza de insecto entró en ese momento entre aullidos.
—¡Vamos! —le dije a Bomo mientras le daba unas palmaditas en la espalda y me giraba hacia la puerta.
—¿Por qué lo mandas a esa capilla? —gritó Dónut mientras disparaba un proyectil mágico al ghommid. La criatura siseó y se retiró unos pasos—. ¡Carl, tenemos que recuperar la pieza de la de Ogun!
—Es demasiado tarde —grité—. Tenemos que darla por perdida. —Hice una pausa. Por suerte, tampoco es que fuese mentira. Habían aparecido miles de aquellas criaturas en el exterior—. Arreglaremos la de Yemaya.
—Pero ¿por qué esa? —gritó sor Inés mientras apartaba a Antón de la capilla de Oshun—. Si no podemos arreglar la de Ogun, ¡deberíamos probar con Papa Legba!
—Sí —convino Legba—. Os protegeré del castigo divino.
—¡Yo soy sanadora! —dijo Oshun. Después se dirigió a Antón, quien estaba de rodillas junto a ella, y dijo—: ¡Puedo curarte la mano!
Él pareció desorientado, como borracho. La diosa fantasma se giró hacia mí en ese momento.
«Puedo silenciarlo —aseguró. En esta ocasión, oí las palabras en mi mente, pero aún notaba sus labios muy cerca de mi oído. También la olía, a pesar de que se encontraba en el otro extremo de la estancia—. ¿Es muy ruidoso, Carl? ¿Es muy profundo? Podría drenar toda el agua».
«Yo también lo veo —dijo otra voz. Esa era un susurro en mi oído izquierdo.
Pertenecía a Inle el dios sordo y supuestamente mudo que nos hubiese dado la mejora en Constitución.
La serpiente marina etérea se retorció alrededor del cuerpo del tipo.
Era uno de los que había pasado algo de tiempo en la Nada—.
Ella no puede sanar un cañón que se ha erosionado a tanta profundidad.
Yo sí. No es lo que tú crees. Eres como yo, Carl. Puedo ayudarte. Eres como yo».
«Dios», pensé. Agité la cabeza. En un rincón, las partes de armadura poseídas de Dónut seguían luchando contra Asojano.
—¡No! —grité a Paz y a Antón, quienes se abalanzaron sobre la capilla de Legba. Estaba haciendo todo lo posible por ignorar las voces—. Yemaya es amiga de una diosa de verdad y da una ventaja real. ¡Tenemos que elegirla a ella!
—Eh, eso me ha ofendido —comentó Legba. El gallo fantasma de su hombro graznó con rabia—. Eso mismo digo yo —le dijo Legba al gallo.
—¡Ayuda, Carl! ¡Me queda poco maná! —gritó Dónut mientras disparaba otro proyectil mágico a la puerta. Mongo aulló y mordió el tentáculo de un ghommid.
—¡Cuidado! —grité mientras sacaba la cuña bendita del inventario.
Habíamos dado por hecho que ocurriría algo así.
Lo que saqué eran los restos de una de las planchas para bloquear puertas que había preparado en la Maraña de Hierro, que luego Mordecai había bañado con un aceite de protección sagrada.
Evitaría que los muertos vivientes pasasen.
Ahora, no era perfecto, ya que más que algo que detuviese de verdad a los ghommid era un repelente, pero la idea era que evitase que entrasen al templo.
Lo coloqué contra la puerta. Era lo bastante grande.
En el exterior, los ghommid aullaron con rabia.
Me apoyé en la puerta cuando empezaron a golpearla.
Antón y Paz ignoraron mis gritos para reparar la capilla de Yemaya y se habían puesto manos a la obra con la de Legba. Esta no era más que un cartel de madera, pero no conseguí leer lo que decía. Estaban intentando levantarlo.
—Eso ha dolido, ¿no? —gritó Legba entre carcajadas. Se había dirigido a Asojano, quien había caído de rodillas entre el enjambre de metal, que continuaba revoloteando a su alrededor. Su escudo estaba a punto de desaparecer. La salud empezaba a descender también, a pesar de que este seguía activo.
Me di cuenta de que había sido por cerrar la puerta. Era como cuando estaba en la estancia segura. Separarlo del resto de los ghommid lo drenaba por alguna razón.
De repente, una multitud de pegotes de un menjunje verde brotó de la deidad moribunda. A Dónut no le dio tiempo de silenciarlo.
—¡Cuidado! —grité cuando uno golpeó a Paz y a Antón.
Una desventaja parpadeante apareció sobre ambos y soltaron sin querer la capilla que estaban montando. Legba y su gallo empezaron a gritar con rabia. Sor Inés, que se había quedado allí de pie todo el rato entre gruñidos, negó con la cabeza como si acabase de salir de un trance.
«Están hablando con todos. Están en nuestra mente».
La mujer gata lanzó un conjuro de sanación a Antón, pero no funcionó. Después probó con otro.
De alguna manera, el mejunje verde también había acabado con la mayoría de las partes de armadura. Varias cayeron el suelo en ese momento, para luego desintegrarse entre volutas de humo púrpura. Los dos Mongo mecánicos explotaron.
Algunas dagas siguieron revoloteando por los aires, a bastante altura del jefe. Cayeron en picado y se clavaron en el tipo, quien seguía de rodillas y entre jadeos. Ya no tenía la varita.
El escudo se disipó y la salud seguía bajándole sola. Ya estaba en rojo.
—Estar listo —dijo Bomo, que se puso en pie en ese momento. Señaló orgulloso el obelisco. Solo tenía cinco o seis piezas.
—¡Aguanta la puerta! —grité a Bomo. Tenía que llevar esa especie de sol hasta la capilla para activarla.
Pero primero… tomé una decisión. Saqué una bandera y corrí por la estancia para saltar sobre la deidad moribunda que era Asojano cuando su salud empezó a parpadear.
La falda de juncos había desaparecido y debajo solo había un hombre pálido y albino, con los ojos abiertos de par en par y pavor en la mirada.
La mitad de su rostro estaba cubierta de costras purulentas.
Le clavé la bandera en la parte alta de la cabeza, momento en el que desapareció y se transformó en una carta.
Aviso: Te has infectado con la baboruela.
La inercia hizo que me chocase contra la pared. Sentí mucho calor en el brazo y vi que empezaba a burbujear. Me dieron náuseas.
«Mierda, mierda».