Capítulo 15 #2
¡Sexta capilla! Es la capilla de Inle. Uno de los únicos dos orishas que han pasado algo de tiempo en la Nada.
El sordomudo Inle no está en sus cabales, que es una forma de decir que está como una puta cabra.
Pero en el pasado fue dios de la sanación.
Si reparáis su capilla, conseguiréis inmunidad contra la mayoría de las desventajas que drenan salud.
Y también os dará una mejora del 50 % a la Constitución.
Inle no ascenderá, sino que volverá a la Nada. Eso él aún no lo sabe, así que no se lo contéis. Es probable que sea muy divertido, si tenemos en cuenta el tiempo que llevaba intentando salir de allí.
El foco pasó a la última de las capillas. Me puse tenso. Era esa.
¡Séptima capilla! Es la de Yemaya, la madre del río. Estuvo a punto de llegar a los Salones por su cuenta, pero no fue capaz de conservar su poder.
Es lo que tiene la vida, ¿no? En un momento dado estás en la cima y, un instante después, la gente ni recuerda quién eres.
Su buena amiga la diosa Ilitía la echa mucho de menos. Si reparáis este monumento, Yemaya ascenderá y dará a cada escuadrón una carta especial. Además, su amiga Ilitía os dará una bendición a cada uno.
¡Y eso es todo! Qué ganas tengo de ver qué hacéis. Espero que os pongáis de acuerdo y que no tengáis ningún secretito que cause conflictos en el grupo. Eso sería muy incómodo.
¡Empezaremos en cinco segundos!
La cabeza me daba vueltas. No sabía qué cojones tenía que ver esa tal Yemaya con la Corona de la furcia de la septicemia, pero había aprendido desde hacía mucho tiempo a hacerle caso a Katia, a confiar en sus instintos.
Miré a los dos hombres, aún paralizados. Si reparábamos cualquier otra capilla que no fuese la de Ogun, iban a recibir un castigo divino.
La dama del Carisma y el tipo de la serpiente eran muy buenas elecciones, quizá demasiado incluso.
Pero ¿qué más daba? Habíamos dado por hecho que íbamos a enfrentarnos a Asojano de igual manera y nos habíamos preparado para ello.
Yo daba por sentado que íbamos a reparar la capilla de Ogun para ayudar al grupo de sor Inés, pero luego había llegado el mensaje de Katia.
Ahora…
Recordé lo que le había dicho a Dónut en aquel momento terrible al final del piso anterior.
«Las cosas van a empeorar mucho antes de que empiecen a mejorar siquiera. Vamos a perder más amigos. Vamos a tener que hacer cosas horribles para sobrevivir».
Y parecía que se iban a poner mucho peor si no hacíamos caso a lo que nos había dicho Katia. Conseguir que Dónut sobreviviese después del noveno piso ya me parecía casi imposible. Pero ahora encima había que matar a Katia para conseguirlo.
No. Imposible. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para evitarlo.
Jamás.
Cinco segundos. Todo aquello pasó por mi mente en cinco segundos.
Es posible, sí. A veces esta se te despeja tanto que te permite tener esa claridad de pensamiento.
—¡Oshun! —gritó Antón a la fantasma seductora cuando dejamos de estar paralizados—. ¡Ahí voy!
—Sí, amor mío —gritó la diosa—. ¡Date prisa!
—No —dijo sor Inés—. ¡Tenemos que arreglar la capilla de Ogun!
Antón se abalanzó hacia la fantasma, pero Paz lo agarró por el brazo justo en ese momento.
Intentó zafarse, para luego darse la vuelta y lanzar el pedazo de metal, que pertenecía a la capilla de Ogun, hacia la salida.
Chocó contra la puerta rota y la atravesó.
Siguió volando y se perdió en la oscuridad de la noche en el exterior.
—¡Mierda! —gritó Paz.
—¡Traición! —repitió Asojano. El resplandor verde que emanaba de su piel se incrementó.
—Dónut —murmuré—. ¡Ánima! ¡Ya!
—Sigue sin gustarme ese nombre —gruñó la gata.
—¡Vamos!
Lanzó Día de colada sobre Bomo.
Bomo pasó de estar cubierto de partes de armadura con pinchos a que estas explotasen a su alrededor igual que haría una granada de fragmentación, lo que llenó la estancia de pedazos de metal por todas partes.
El atuendo que llevaba no estaba unido entre sí a excepción de las hombreras lanzamisiles.
La había preparado yo mismo en la mesa de armero: había cosido meticulosamente cada pieza de metal en la camisa de tela que llevaba debajo, para luego colocar dagas de dudosa calidad en los huecos que había entre el metal.
El sistema había bautizado a la pieza de armadura como «pechera de desguace».
Luego había repetido el proceso con los brazales, las perneras y el resto.
Paz cayó al suelo tras recibir el impacto de un pedazo de yelmo, lo que hizo que soltase a Antón, quien continuó abriéndose paso hasta Oshun. Cayó de rodillas a los pies de la deidad y empezó a coger pedazos de roca para intentar reparar la capilla.
—¡Arg! ¡Joder! —grité al tiempo que miraba la daga que se me había clavado en el brazo. No pensaba que la armadura de Bomo fuese a destrozarse así. Saqué la hoja y la tiré al suelo antes de sanarme.
Unas burbujas blancas y espumosas llenaron la estancia a los pies de Bomo y se alzaron hasta sus rodillas. Era un efecto secundario del conjuro Día de colada. Bomo se agachó para hacerse con varias burbujas y se las llevó a la boca. Gruñó decepcionado.
Fue entonces cuando Dónut lanzó la segunda parte de la jugada llamada Ánima. Era su nuevo conjuro: Legionarios de los condenados.
Apareció una grieta púrpura en mitad del aire sobre el templo, momento en el que decenas de fantasmas de un blanco translúcido empezaron a caer en la estancia entre gritos, con voces muy diferentes a las de los ghommid del exterior.
Todo el mundo dejó lo que estaba haciendo para mirarlos.
Los fantasmas cayeron y empezaron a entremezclarse con las piezas de armadura que se habían desperdigado un momento antes.
Todos los pequeños pedazos de metal empezaron a temblar.
—¡Está funcionando, Carl! —gritó Dónut.
—¿Cuánto te queda de maná?
—Está al máximo —aseguró la gata—. Tuve que tomarme una poción.
—¡Prepara Silencio!
El nuevo conjuro Silencio solo iba a durar unos pocos segundos, sobre todo si se lo lanzaba a un jefe como Asojano, pero si calculábamos bien el tiempo, podíamos evitar que nos infligiese una enfermedad horrible a todos.
Mi plan original consistía en sacar partes de armadura y armas sin parar para formar un montículo y hacer que Dónut las reanimase con el conjuro Legionarios de los condenados, pero Mordecai nos dijo que las armas tenían que haber estado equipadas recientemente en un combatiente o en un cadáver para funcionar.
No importaba que fuese amigo o enemigo, simplemente tenían que haber estado equipadas.
Se nos habían ocurrido dos maneras de atajar el problema: usar cadáveres del cementerio que tenía en el inventario o ponerle muchas partes de armadura pequeñas a una persona. Usamos esta última.
Dicha vulnerabilidad, para la que usamos a Bomo, era mucho más efectiva porque podíamos usar partes de armadura individuales y hacer que estas tuviesen consciencia.
El hecho de que estuviesen poseídas por espíritus las hacía muy efectivas contra monstruos incorpóreos, aunque dichas armaduras no fuesen mágicas.
No sabía si los administradores iban a permitirnos seguir usando dicha vulnerabilidad, pero la verdad es que fue una pasada. Era una pena que esas partes de armadura fuesen a desaparecer cuando se disipase el conjuro.
Las armaduras afiladas y las dagas se alzaron por los aires, como un tornado, para empezar a colocarse tal y como estaban antes, lo que creó una especie de gemelo de Bomo.
Tintinearon sin parar mientras se chocaban entre sí, y algunas piezas soltaron chispas.
Por si solas, sonaban como avispas; juntas, parecían una desbrozadora amplificada.
Dónut señaló a Asojano y gritó:
—¡A por él!
El chirrido aumentó de intensidad cuando aquel tornado de metal se abalanzó hacia el jefe de ciudad, que no dejaba de gritar.
En el exterior, los ghommid se dirigieron hacia la entrada.
—¡Tenemos que hacernos con la pieza de la capilla que ha tirado fuera! —gritó Paz—. Rápido. ¡Antes de que lleguen los ghommid!
Asojano gritó cuando el enjambre de partes de armadura y dagas cayó sobre él. Pedazos de paja salieron despedidos. Se lanzó una especie de conjuro de escudo antes de que Dónut pudiese evitarlo con Silencio. Apareció la barra de vida del escudo sobre él y esta empezó a descender.
—Madre mía —dije mientras el jefe de ciudad recibía los ataques. Las armaduras y las dagas revoloteaban a su alrededor a una velocidad sorprendente, cortando a diestro y siniestro, girando y zumbando mientras él agitaba los brazos—. ¡Este ataque es una pasada, Dónut!
—¿A que sí? —dijo ella con orgullo. En ese momento apareció Mongo, y Dónut lanzó Triplicado mecánico sobre él, para luego enviar a los dos autómatas en dirección a la refriega mientras el dinosaurio real graznaba alarmado al ver dónde se encontraba.
Después la gata lanzó Silencio sobre Asojano, momento en el que el conjuro amarillo voló hacia él y desapareció entre el alboroto.
Él estaba intentando lanzar otro conjuro, pero falló debido al silencio.
—Oye, chico —dijo una voz que no había oído.
Era del fantasma que tenía un gallo por mascota, Legba.
Le gritaba a Paz—. Ogun no necesita que arreglen su capilla.
Si arreglas la mía, te protegeré de su ira.
Y también te conseguiré algún favor sexual.
¿Qué es lo que más te gusta? No he podido evitar fijarme en que mi hermana no te ha llamado la atención. Tendrás lo que desees.
Agarré a Bomo por el hombro. La criatura de roca se había hecho con un puñado de burbujas de jabón y se las había puesto de sombrero. Hablé con él lo más rápido que pude.
—¿Recuerdas el juego aquel, el Tetris ?
Bomo gruñó.
—Aburrido. Música sí gustar. Mejor que esta.
Señalé a la capilla solitaria que tenía a su derecha. Veía los restos destrozados por el suelo. No había demasiados. Eran azules y similares a pedazos de hielo. Me dio la impresión de que formaban un obelisco.