El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 14 #3
22%

Capítulo 14 #3

Le pasé la carta a Dónut. Era un tipo de criatura separadora sobre las que había leído en el libro de cocina.

Me sorprendió que tuviese nivel 66. La primera iteración de aquella cosa había tenido nivel 50, pero luego recordé cómo funcionaban.

Habíamos visto monstruos parecidos en la Maraña de Hierro.

Tenía que matar aquella en la que se alojaba el cerebro tres veces para acabar de una vez por todas con estas cosas.

Como la había «matado» una vez, la versión de la carta solo tenía dos tercios de la fuerza total.

A pesar de todo, habíamos tenido suerte al encontrarla.

A diferencia de los separadores normales, aquel se volvía más fuerte con cada iteración.

Si conseguíamos salir con vida de allí, iba a tener que pasar por la sala de entrenamiento para ver qué aspecto tenía la forma final.

Tenía cuatro niveles menos que Geraldo, la foca monje, pero sin duda era más fuerte.

—¿Qué clase de nombre es Skylar Espinaca? ¿Es chico o chica? —exigió saber Dónut.

—Pues ni idea —respondí—. Podemos preguntárselo con la próxima invocación.

—¿Crees que se va a pasar todo el día gritando? Ya sabes lo que opino de los gritos, Carl.

—¿Por qué no usaste «felinidad»? —preguntó Paz al tiempo que se incorporaba.

La desventaja Aterrado había desaparecido.

El tipo parecía aturdido. Permaneció sentado en el suelo frotándose la cabeza.

En el exterior, los ghommid seguían aullando, pero no éramos capaces de verlos debido al humo y a la puerta, a pesar de que esta no estaba en muy buen estado.

Sonaban como si se estuviesen alejando en dirección a la carretera.

—¿Qué? —preguntó Dónut.

—La canción —insistió Paz. La pechera enorme apareció en sus manos y se la puso sobre la cabeza como si fuese una camiseta.

La cabeza apareció por la parte superior.

También se había quitado los brazaletes y empezó a ponérselos en aquel momento.

Estaban diseñados como si fuesen mangas de compresión y se ponían con facilidad—.

Rimaste «angelical» con «excepcional». Y luego usaste «ciudad» y estropeaste la canción por pararte ahí a pensar, para luego encima usar «pechonalidad».

Me preguntaba por qué no usaste algo más obvio. Eres una gata. Pues «felinidad».

—Sé lo que soy, Paz —espetó Dónut, que parecía irritada—. Deberías probar a rimar con esa presión. No es tan fácil como parece.

—Pero me gustó, de verdad —dijo—. No quiero que te lo tomes a mal. Cantas genial.

La actitud de Dónut cambió al momento. Empezó a mover la cola.

—¿Lo dices de verdad?

—Sí, se te da muy bien. —El tipo parecía aturdido aún, pero empezaba a recuperarse poco a poco.

Dónut hinchó el pecho.

—Pues tendrías que haberme visto en la Mascarada del Carnicero. Estuve a punto de ganar en el concurso de talentos, pero todo se fue al traste.

Eché un vistazo alrededor mientras ellos hablaban.

Sor Inés y Antón seguían frente a Asojano.

La chica gata no le quitaba ojo de encima al orisha, quien se encontraba junto a la montaña de rocas.

El antiguo dios estaba haciendo una especie de bailecillo entre los escombros mientras agitaba esa varita tan rara.

La capilla en ruinas se encontraba en un hueco que había en una de las paredes de la estancia con forma de octógono.

Y el suyo no parecía ser el único monumento que había destrozado.

Otra de las paredes era la de entrada, por lo que había siete capillas en total.

En el lugar cabían más o menos unas cincuenta personas con comodidad.

Una pelota de luz brillante apareció en mitad de la estancia, con una luz amarilla y rojiza que superaba a la del conjuro Antorcha de Dónut.

Apareció de la nada. Tenía el tamaño de una pelota de sófbol y, durante un instante aterrador, creí que era un cristal de alma enorme.

Empezó a chisporrotear como una bola de fuego en miniatura que hubiese quedado paralizada. Sentí el calor que emanaba de ella.

—El conjuro se está formando —aseguró Asojano sin dejar de bailar—. ¡Que nadie toque el Sol del Renacimiento hasta que el santero haya reconstruido mi capilla!

Dónut y Paz dejaron de hablar y todos centramos nuestra atención en la pelota.

Intenté recordar alguna mención a algo parecido.

Envié un mensaje rápido a Mordecai, pero me respondió que jamás había oído hablar de algo así.

Di otro paso al frente e intenté examinarla. La descripción era funesta como poco:

Esta pelota mágica de luz con forma de bola de helado es muy especial. Durará muy poco tiempo en este mundo. Si tienes un palo y unos perritos calientes, te aconsejo que te alimentes un poco. Vas a necesitar fuerzas para lo que está por llegar.

—¡Prepárate, santero! —gritó Asojano—. ¡Queda poco!

—Aún no tengo ni idea de lo que se supone que debo hacer —dijo Paz.

Asojano siguió con su oración ceremonial, murmurando mientras bailaba alrededor de las piedras.

En ese momento, yo me acerqué a la capilla que estaba justo a mi izquierda.

Era poco más que una montaña de rocas mohosas y algunas plantas marchitas, como si en el pasado hubiese sido una estatua que hubiese terminado aplastada y cubierta de vegetación.

Pero no. Cuando me acerqué más vi que eran pedazos de metal en lugar de rocas. Era como si algo la hubiese destrozado.

Antes de que me diese tiempo siquiera a leer la ventana emergente que apareció en ese instante, los pedazos metálicos de la capilla destrozada brillaron como si estuviesen al rojo vivo.

Tanto Antón como Paz soltaron un grito ahogado.

—Mierda —dijo Antón un instante después.

Eché un vistazo alrededor, pero no vi qué era lo que había causado esa reacción.

Al otro lado de la estancia, Asojano empezó a bailar más despacio.

La pequeña pelota de luz, el «Sol del Renacimiento», había perdido parte de su calor y vi que sí que era una gema.

No un cristal de alma, sino un rubí llameante que tenía la forma de una calavera pequeña.

—¿Qué está pasando? —pregunté.

—Acabamos de recibir una misión de nuestra deidad, Ogun —explicó Paz—. Dice que solo podemos arreglar una capilla, pero quiere que lo hagamos con una que no es la de Asojano.

—Venga ya… —dijo Antón, con la voz cargada de preocupación—. Es esa, la que estabas mirando. Es el yunque de un herrero. Si no lo hacemos, recibiremos un castigo divino. Tenemos que repararlo, rezar y luego colocar la gema encima.

—¿Y qué pasará luego? —pregunté.

—¡Os lo dije! —gritó sor Inés—. ¡Os dije que no veneraseis a una deidad falsa! ¿Qué vamos a hacer ahora?

—No podemos dejar que reciban un castigo divino, sea cual sea —dije mientras miraba con preocupación a Asojano, quien había dejado de bailar y estaba en pie sobre los escombros agitando las manos rítmicamente—. Tendremos que matarlo.

—Si lo hacemos, ¿los ghommid se volverán más fuertes? —preguntó sor Inés con inseguridad—. La misión actualizada decía que podíamos matarlo.

—Quizá Ogun nos ayude —dijo Paz.

—Un momento, ¿si arreglamos la capilla servirá para invocarlo?

No me gustaba nada la idea.

—A ver, es su capilla —explicó Paz—. Y quiere que la arreglemos. Pero dudo que lo invoque. Es una larga historia. Al parecer, antes era uno de los orishas, pero ascendió mientras que el resto murió o cayó en el olvido o algo así.

—Muy bien —dije—. Dónut, Bomo, sor Inés y yo nos encargaremos de Asojano mientras vosotros dos intentáis reparar la capilla. ¿Listos?

—Sigo sin tener claro qué hacer —dijo Paz.

—Supongo que será como un rompecabezas —comentó Antón—. Mira, las piezas ya no están calientes.

Se inclinó para coger una.

Y en ese momento empezó la música.