El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 14
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Capítulo 14

—Este es el plan —le dije a Paz, Antón y a sor Inés mientras miraban con la boca abierta la silueta blindada de Bomo—. Abrimos la puerta y salimos. Yo lanzaré la bomba aturdidora antes de que los ghommid nos alcancen.

—¿Y qué hacemos con Asojano? —preguntó Paz, que no había dejado de mirar al cretino, quien ahora llevaba más armadura que nunca—. Si afecta al orisha, todo se irá al garete.

Asentí.

—Lo estamos viendo ahí fuera. —Señalé hacia la izquierda—.

Ya ha dejado libre un camino que lleva al templo.

Más o menos. Ha llevado a todos los fantasmas hacia el este y a los lados.

Cuando salgamos, vendrán a por nosotros.

Han hecho que sea como en un videojuego.

Tendremos que hacer todo lo posible por llegar.

Yo tiraré la bomba lejos de él, hacia donde haya más ghommid y, con suerte, eso nos dará algo de espacio.

Aturdirá a muchos. Después correremos hacia el templo, entraremos y nosotros lo protegeremos mientras tú encuentras la manera de arreglar esa capilla.

Y, si tenemos suerte, me dará tiempo de atravesar con una bandera a alguna de esas cosas.

Vosotros también deberíais planteároslo.

—¿Eso que tiene sobre los hombros son lanzamisiles? —preguntó Antón, que caminaba en círculos alrededor de Bomo.

—Sí —dije—. Dos de seis. Seis de aturdir grupo y seis normales.

—Le di unas palmaditas a la pelota tamaño voleibol que tenía en la mano, lo que hizo que todos se apartasen de mí—.

Los preparé con lo que me sobraba en el inventario.

Las explosiones solo harán daño a los muertos vivientes, por lo que tampoco pasa nada si estamos cerca.

Solo tened cuidado con las llamas de los propulsores al lanzarlos.

—Esa armadura parece pesada de cojones —comentó Antón un momento después, quien no había dejado de mirar la bomba con nerviosismo—. Y más complicada que la de Paz. ¿Eso son dagas? ¿Cuánto metal lleva encima?

—Mucho —respondí.

—Con los lanzamisiles sobre los hombros, parece uno de esos robots de BattleTech —comentó Paz.

—A que sí —dije con una sonrisa—. No ha dejado de jugar a un juego llamado Armored Core y se le ha subido a la cabeza. Pero insiste en que le falta un arma de fuego enorme a juego con los misiles.

Bomo soltó un gruñido triste.

—El metal no es mágico —continuó Antón—. No lo protegerá contra los muertos vivientes.

—Soy consciente, sí —dije.

—Esto no me gusta —aseguró sor Inés, que miró hacia la puerta—. Si arreglamos la capilla de ese orisha, se volverá más poderoso. ¿Y si no se larga? ¿Y si usa ese poder para atacarnos?

Asentí.

—Nuestro representante nos ha dicho lo mismo. Por eso tenemos un plan de emergencia.

Gracias a que el equipo de Li Na había podido entrar en el club Desperado, conseguimos todos los suministros que necesitábamos. Nos habían costado un buen pico y tuvimos que darles parte de nuestra fortuna para que pudiesen pagarlos. Dónut no dejaba de gruñir por el precio.

Mordecai me ayudó con la primera de las bombas.

Era una granada aturdidora modificada diseñada para paralizar a monstruos incorpóreos.

Quería mantener con vida a los máximos posibles para cuando el asentamiento volviese a la normalidad.

El mercado del piso intermedio del club Desperado contaba con un puesto que vendía algo llamado manto de humo de trol, que era un poco mejor que las cortinas de humo que Pústula la hobgoblin vendía en el piso superior.

Eran carísimos, eso sí. Treinta mil de oro por un paquete de doce y solo tenían en venta uno.

Tuve que comprarlo. Cuando combinaba cuatro de esos mantos con una granada aturdidora, el efecto de aturdimiento aumentaba mucho su alcance y duraba treinta segundos.

Después hice algunas versiones de menos potencia con el resto de mis suministros y las metí en los misiles teledirigidos, que luego coloqué en la nueva armadura de Bomo.

Solo tenía materiales para seis misiles de humo, cuyo efecto era muy inferior.

Después también preparé seis misiles anti muertos vivientes que acabarían con uno o dos ghommid cada uno.

La armadura enorme de Bomo era algo con lo que llevaba trasteando unos días.

No tenía la capacidad de hacerla mágica, por desgracia, pero sí que podía hacerla muy pesada para que se rompiese en muchos pedazos.

La hice lo más grande posible sin dificultar demasiado su capacidad para moverse.

El tipo de roca era fuertísimo y podía cargar con mucho peso.

Paz tenía razón. Parecía uno de esos mecas bípedos.

Me incliné contra la puerta de fuera. Por suerte, Asojano había despejado la entrada de monstruos. Preparé las bombas aturdidoras.

D ÓNUT : SI FUNCIONA EL PLAN DE LA ARMADURA DE BOMO, QUIZÁ PODRÍAMOS CONVENCER A KATIA PARA QUE VUELVA A NUESTRO GRUPO. PODRÍAMOS USARLA A ELLA EN LUGAR DE A BOMO. SOLO NECESITARÍAMOS UN BUEN NOMbrE PARA LA JUGADA.

—Venga. Allá vamos —dije.

Empieza el combate.

—Dios mío —dijo Antón. Sor Inés lo reprendió por la blasfemia dándole un golpe en el brazo, pero ella tampoco fue capaz de apartar la mirada.

De los ghommid emanaba un aura azul y etérea que no tenían durante el día. Iluminaban el cementerio cubierto de niebla y le daban a todo lo que los rodeaba un tinte cerúleo.

De no haber sabido que eran mortíferos, habría sido una imagen bastante caricaturesca.

Cuando salimos al exterior, un coro de aullido y gemidos se extendió por todo el cementerio. No gruñían ni se lamentaban como antes. Ahora era algo más parecido a un llanto estruendoso, agudo y terrorífico, como si miles de animales heridos gimoteasen al mismo tiempo.

Se abalanzaron hacia nosotros. Seguían moviéndose despacio, pero aun así eran mucho más rápidos por la noche que durante el día.

—Mierda, mierda, mierda —dijo Paz mientras yo tiraba una granada aturdidora al grupo que teníamos detrás. Los monstruos lo miraban fijamente.

Una desventaja apareció de repente sobre el guerrero con armadura.

ATERRADO . Empezó a brillar, pero el resplandor desapareció cuando sor Inés le lanzó algo.

No obstante, volvió a relucir un momento después.

Ella repitió la sanación, pero la desventaja regresó por tercera vez.

El tipo se había quedado de piedra, paralizado en el sitio mientras miraba a su alrededor y agitaba las manos cubiertas por los guanteletes.

No podía moverse mientras tuviese la desventaja.

¡Bum! La bomba aturdidora estalló con una explosión ahogada y empezó a expulsar un humo rojo que cubrió todo lo que teníamos detrás, agitándose entre la niebla. Los ghommid de esa zona se habían quedado aturdidos temporalmente. Era probable que los que estaban cerca de la explosión hubiesen muerto.

Aún teníamos frente a nosotros a cientos de esas cosas a izquierda y derecha, acercándose para cortarnos el paso. Cerré el puño e hice aparecer el guantelete.

—¡Santero! —gritó Asojano. Se encontraba a medio camino entre nosotros y el templo, en el centro del cementerio, que estaba a toda una manzana de distancia.

Yo solo veía la parte superior del edificio, como una daga alzándose hacia la noche.

Asojano estaba cubierto de niebla hasta las rodillas—. ¡Por aquí!

—¡Corred! —grité—. Bomo, ¡despeja el camino!… ¡Y coge a Paz!

No sabía por qué él era el único afectado por la desventaja Aterrado, pero lo agradecí en ese momento.

—¡Ser pesado! —gruñó Bomo mientras intentaba cargar con el tipo con armadura, quien no había dejado de repetir «Mierda, mierda, mierda».

—Paz —dije—. Quítate la pechera. ¡Guárdala en el inventario! Eres demasiado pesado para Bomo si llevas la armadura puesta.

Sabía que la pechera era ligera como una pluma cuando no la tenía equipada, y él no notaba el peso cuando la llevaba puesta, pero lo volvía pesadísimo para cualquiera que intentase cogerlo en peso.

—Dónut —empecé a decir, pero la pechera parpadeó y desapareció justo en ese momento.

Debajo de ella había un hombre sin camisa muy flaco.

Un tatuaje enorme de una cruz le cruzaba la espalda, con una versión horrible de un Jesucristo hecha con tinta emborronada.

Aún llevaba las perneras, y le quedaban tan holgadas por la cintura que prácticamente cabían tres personas.

Por suerte, la magia hacía que estas no cayesen al suelo.

Bomo volvió a probar y levantó al tipo con un abrazo de oso, apretándoselo contra el pecho.

Avanzamos hacia el templo.

Sabía que, bajo toda esa niebla, había una carretera asfaltada que cruzaba el cementerio y llevaba hasta la iglesia.

No había monstruos en ella cuando habíamos salido al exterior, pero ahora los ghommid empezaban a rodearla sin llegar a pisarla mientras nosotros nos dirigíamos a toda prisa hacia Asojano, que se encontraba quieto como una puñetera estatua en medio de la calle, con los brazos abiertos como si fuese un Moisés dividiendo en dos el mar Rojo.

El dios antiguo tenía un resplandor alrededor del cuerpo, que brillaba con una luz verde enfermiza que chisporroteaba como si fuesen llamas.

Contemplé aquel brillo con cautela mientras corríamos.

—¡No os acerquéis a él!

—¿Qué vamos a hacer con Paz? —gritó Antón.

—¡Lo curaremos dentro!

¡Frus! ¡Frus! Dos de los seis misiles aturdidores salieron disparados de los hombros de Bomo y explotaron a unos nueve metros frente a nosotros, a izquierda y derecha. Un grupo de muertos vivientes cayó hacia la niebla, paralizado.

—¡Aseguraos de que no os acercáis a Asojano! —repetía a voz en grito.

Frente a nosotros, el orisha se había dado la vuelta para ponerse a correr en dirección al templo. Los ghommid no se le acercaban, pero yo tenía claro que si nos colocábamos muy cerca de él nos afectaría aquella enfermedad que destilaba.