Capítulo 13 #2
Volvió a aparecer esa foto en la que sostenía una cabra.
Otra de los dormitorios, que probablemente era de la página web del rancho, apareció en la pantalla.
La foto no parecía real. Estaban demasiado limpios y brillaba la luz.
Yo recordaba la oscuridad omnipresente del lugar.
Aquel sitio también olía a desinfectante.
No tenía casi recuerdos de la mayoría del tiempo que pasé allí. Fueron dos años, pero me daba la impresión de haber estado una semana. Aun así…, en el fondo sentía como si hubiese sido una década, una década cuyos recuerdos eran un borrón.
—Lo llamaban rancho, pero lo cierto es que no había animales.
Trabajé por allí cerca, en un rancho de verdad, durante el verano recogiendo excrementos de cabra con una pala.
Pero la mayor parte del tiempo lo pasé en la casa limpiando o cableando el sistema eléctrico o cambiando los enchufes.
Eso es lo que hacía. Te daban algo que hacer.
Te mantenían ocupado haciendo algo inocuo, algo que te sirviese al cumplir la mayoría de edad.
Me quedé en silencio, recordando.
—¿Sentiste como si te hubiese abandonado la sociedad? —preguntó Rosetta.
Así era justo como me había sentido, pero no iba a hablar mal de la Tierra.
—Era un niño enfadado y asustado, pero eso no era lo importante.
Lo importante era que, a simple vista, mi vida era una mierda.
Mi madre había muerto. Mi padre me había abandonado.
Y a mí me dejaron en un rincón hasta que me olvidaron y dejé de ser un problema.
Estaba en una situación horrible. Pero tenía salud.
Tenía cuidados médicos, comida y un lugar en el que quedarme hasta que se me llegase a considerar un adulto.
Comparado con otros niños, estaba en la gloria.
—Hice una pausa y me pregunté por qué estaría diciendo algo así.
Me pregunté si me creía toda aquella cháchara en realidad—.
Es verdad que no era ideal, pero mirad cómo acabé.
A veces pienso que mi madre estaba en lo cierto, que aquello fue lo mejor que me podría haber pasado.
Rosetta pareció sorprendida.
—Un momento. ¿Cómo que tenía razón? ¿Dices que hizo bien al suicidarse?
No respondí directamente.
—Me alisté en la Guardia Costera justo después de cumplir los dieciocho, y todo me fue bien hasta que los alienígenas decidieron venir y destruir…
Me quedé en silencio al ver una foto que había aparecido en las imágenes.
Era yo, en la cocina de aquel orfanato para adolescentes.
Al parecer estaba preparando la cena. Había varios ingredientes alineados sobre la encimera y tenía un cuchillo enorme en la mano con el que cortaba una patata.
A mi lado, había una jarra enorme con la palabra «Milk», leche.
Era una foto falsa, claro. No me la habían hecho.
Nunca me dejaban acercarme a la cocina excepto para limpiarla, y la jarra de leche tenía algo raro.
Tenía forma de una botella de dos litros de refresco.
Estaba mal. Además, el ángulo de la instantánea tampoco casaba.
Aquello era imposible. Si estaba cortando patatas en la encimera, la persona con la cámara hubiese estado en un lugar donde en realidad había una pared.
Estuve a punto de decir algo, pero me lo pensé dos veces.
¿Sería un mensaje? ¿Intentaban decirme algo? De ser así, ¿qué cojones era?
—Sabemos que a veces trabajabas en la cocina y preparabas guisos para tus compañeros.
Aquel informe que te comenté asegura que no hablabas mucho con nadie, pero que se te daba muy bien cocinar y que, con ayuda del encargado del lugar, eras capaz de hacer grandes declaraciones de principios.
Todos os reuníais al final de la semana para una buena noche de guiso.
El informe comenta que tus ingredientes especiales eran muy simples.
Leche, patatas y cualquier otra cosa que fueses capaz de encontrar. Y ya.
—¿Cocinar? —preguntó Dónut, incrédula—. ¿Que Carl sabe cocinar? Una vez estuvo a punto de quemar el apartamento cuando se hacía un sándwich para desayunar. Y mejor no me preguntéis por aquel incidente con las tortitas. ¡Me echó mantequilla encima y luego intentó darme un baño! ¡En la bañera!
—Eso fue culpa tuya —respondí mientras mi mente no dejaba de darle vueltas al resto de la información—. Tiraste el cuenco que había dejado en la encimera.
—Si tiro algo de la encimera es porque lo has dejado muy cerca del borde. Los buenos cocineros saben que no hay que colocar las cosas cerca del borde cuando hay gatos en casa. Son los fundamentos básicos de la cocina, Carl.
Me giré hacia Rosetta, quien no había dejado de mirarme.
—Al parecer, Carl siempre necesita un libro de cocina para hacer sus mejores recetas —dijo Rosetta.
Alcé la vista a la pantalla.
—El guiso era muy fácil. Leche y patatas. Lo recuerdo. A veces tampoco nos daban mucho más y tenía que improvisar.
—Con leche y patatas se puede hacer puré y poco más, Carl —dijo Dónut.
—Las patatas son muy versátiles —insistí.
—Mucho —apostilló Rosetta—. Versátiles como…
Todo a mi alrededor empezó a parpadear. Rosetta desapareció. Los otros tres que había en la estancia permanecieron allí. Las luces se encendieron de repente.
—¡Eh! —gritó Dónut—. ¿Qué ha pasado?
—¡¿Qué crees que estás haciendo?! —gritó Zev al mismo tiempo a la cabra enorme.
—He cancelado la entrevista —dijo Heraldo—. También voy a bloquear a tu abogado.
—¿Cómo? Espera un momento, pedazo de masa peluda de… —empezó a decir Quasar antes de desaparecer.
—Intermediario, no tienes autoridad para hacer algo así —comentó Zev, que parecía muy enfadada. Jamás la había visto así—. ¡Tendremos que devolverles el dinero! ¡Y no puedes bloquear a un abogado así como así!
—Era obvio que Carl y ella estaban hablando en clave —dijo Heraldo—. Tengo autoridad para intervenir cuando crea que se están haciendo trampas. Mi trabajo es proteger la integridad del mazmorreo. Por eso estoy aquí. He bloqueado a Rosetta y ya no podrá participar en futuras entrevistas.
—Nos van a demandar y ganarán el juicio —dijo Zev.
—No se interpondrán demandas de ese tipo en esta ocasión —aseguró Heraldo—.
Se acabó la entrevista. Carl y Dónut, ya podéis volver a la mazmorra—.
Hizo una pausa—. Carl, quiero que sepas que creo de verdad que se te debería expulsar del mazmorreo.
Estoy trabajando activamente para que os eliminen tanto a ti como a ese cáprido. Y sé que terminaré por conseguirlo.
Luego parpadeó y desapareció.
—Genial —dije.
—Maldito sea —dijo Zev—. Esos imbéciles siempre se están metiendo donde no los llaman. Y encima lo exageran todo. Lo siento, chico. Dudo que haya conseguido metraje suficiente como para emitir la parte de Carl.
—Me caía bien —dijo Dónut—. Esa Rosetta.
Al principio no porque es una de esas cimeras, pero la verdad es que parecía muy interesada en el tema, aunque sus productores mezclasen todas esas series de televisión.
Ni siquiera sé cuál fue esa última, aunque aparecía el tipo de Posesión infernal .
¡Y ahora no va a poder hacer más programas por hablar de puré de patatas!
—No pasa nada —dije un momento después, con la mente a mil por hora. Rosetta lo había arriesgado todo para darme ese mensaje.
Ya había leído las notas de «Milk» dos veces en el libro de cocina. Tenía que repasarlas. En general, hablaba de portales y cartografía, que yo recordase. Y también de tintas especiales. Tenía algunas recetas para ellas. Les echaría un vistazo.
Recordé uno de los pasajes de Milk en particular. No era una receta ni información importante. Solo una queja, como hacíamos todos en el libro de vez en cuando. Alguien le había respondido para darle la razón. Y estaba seguro de que aquella respuesta era de Rosetta.
«Las patatas son muy versátiles», había dicho yo.
«Mucho —había respondido ella—. Versátiles como…».
… Como todos los tubérculos.
Patatas y leche.
Aún no tenía muy claro qué era lo que quería que hiciese con el ñame.
Con la toralina, ese tubérculo. Pero ahora tenía una pista muy buena.
Y también pruebas de que uno de mis patrocinadores, la Organización Activista y Pacifista de Intelecto Abierto, tenía entre sus filas al menos uno, probablemente dos y puede que incluso tres, de los antiguos propietarios del libro de cocina.
Aquello era indicativo de que lo que querían que hiciese, fuera lo que fuera, era muy importante.