Capítulo 13
Nota añadida por la mazmorrera Milk. Sexta edición.
Antes preparaba guisos para toda mi familia.
La receta en sí no tenía nada especial. Carne de la buena, un caldo de carcasa, unas plantas silvestres que crecían a sotavento en nuestra isla…
Rezábamos al caldero mientras se preparaba.
Cuando se hacía bien, el guiso no solo estaba delicioso, sino que despertaba antiguos conocimientos en la mente de los jóvenes.
Todos teníamos en nuestro interior la ruta de la migración anual, pero había algo en esa comida tradicional que aceleraba el proceso y el conocimiento.
Al compartir aquel plato con los jóvenes, no solo nos vinculábamos con ellos, sino que nos asegurábamos de su supervivencia en caso de que nos pasase algo.
No puedo dejar de pensar en ello. Esos alienígenas nos atacaron antes de que me diese tiempo de hacer el guiso de este año. Los más jóvenes no están aquí. ¿Cómo les irá ahí fuera, solos? ¿Cómo sobrevivirán sin nuestra guía? ¿Quién les mostrará el camino?
—Recordemos aquel día —dijo Rosetta—. El de tu decimoquinto cumpleaños.
Tu madre envenenó a tu padre y lo dejó a su suerte, para luego dirigirse hacia el sótano de vuestra casa y colgarse de las cañerías.
Según el informe policial, fuiste tú quien la descubrió.
Tu padre solo había ingerido una pequeña cantidad del veneno y no le pasó prácticamente nada.
Y ella dejó una nota cuyo contenido es un misterio. Al parecer, iba dirigida a ti.
Sentí como si me acabase de dar un tortazo. Era como si se hubiese puesto en pie, recorrido la distancia que nos separaba y luego me hubiese dado un revés con todas sus fuerzas. Me eché hacia atrás en el asiento.
—No pienso hablar de eso —comenté cuando conseguí recuperar la compostura, momento en el que mi sorpresa pasó a convertirse en rabia—. No era lo pactado. Se suponía que íbamos a hablar del Rancho de Niños de Anacortes.
—Y lo haremos —aseguró Rosetta—. Pero habrá que darle contexto. Tu historia es muy conocida, pero tenemos que hacer una cronología. Perdón si te resulta incómodo.
—¿Tu madre se suicidó? —preguntó Dónut—.
¿Tu madre? No lo sabía. Siempre dices que te abandonó.
Di por hecho que se había largado con su entrenador personal o algo así.
—Se quedó en silencio—. Ahora que lo dices…
No recuerdo haberte oído hablar de ella en otras circunstancias que no sean para decir que te abandonó.
Ni de tu padre, ya que estamos. La señorita Beatrice no dejaba de hablar de su madre ni de su padre.
Todo me decía que me pusiese en pie, me diese la vuelta y saliese de allí. Y eso era justo lo que habría hecho si cualquier otra persona me hubiese hecho esas preguntas. Respiré hondo, apreté los dientes y dije:
—Sí, mi madre se ahorcó. Unos meses después, mi padre desapareció y me dejó solo.
Y unos meses después de eso, quedé bajo custodia de los servicios sociales del estado de Washington.
Me metieron en una casa donde le rompí la nariz a otro niño y luego me mandaron a ese lugar llamado el Rancho de Niños de Anacortes, donde viví hasta cumplir los dieciocho años.
Me dieron un certificado que tenía el mismo valor que haber terminado el instituto, a pesar de no haber pisado un aula desde hacía dos años.
Volví a Seattle y me quedé en el sofá de un amigo durante un mes mientras buscaba trabajo.
No lo encontré, así que me dirigí a un centro de reclutamiento.
Llegué a mediodía y solo había un tipo de la Guardia Costera.
Y lo demás ya lo sabéis. Acabemos con esto.
Dónut me miraba muy quieta y con ojos relucientes.
—Vayamos un poco atrás en el tiempo —insistió Rosetta—. Dijiste que tu padre te abandonó. —Me puse tenso—. Pero el estado no se hizo cargo de ti hasta unos meses después de eso. ¿Cómo es posible?
«Eres un abusón. Eres un abusón y no le gustas a nadie. Por eso mamá nos abandonó.
No necesito gustarte. Pero sí que me vas a respetar».
La pecera que había roto con el casco de su moto estaba allí, en su pedestal, aún destrozada un mes después. Era un monumento a lo último de mi vida que me importaba. La foto seguía en la pared. Mi madre y mi padre sonriendo a la cámara. Una mentira. Una puñetera mentira.
«Nunca —dije—. Ella casi acaba contigo. Tú espera a que sea lo bastante mayor como para terminar lo que ella empezó».
Él se había dado la vuelta y caminado hacia la puerta. Salió por ella y jamás lo volví a ver.
El plató se había quedado en silencio. Solo se oía el dispositivo de reciclado de aire de Zev.
—¿Carl? —llamó Rosetta al fin.
—Mi padre no podía con el hecho de ser padre soltero, por lo que desapareció.
Mi primer año de instituto empezaba la semana siguiente y fui como si no hubiese pasado nada.
Me comí toda la comida que quedaba en la casa y, cuando se acabó, mi amigo Sam me trajo más.
Nadie se enteró de que vivía solo hasta que cortaron la luz.
Rosetta asintió.
—De hecho, ¿no sospecharon que habías matado a tu padre?
Gruñí con sorna al recordarlo.
—Sí.
Las imágenes a mi alrededor cambiaron.
Apareció entonces un vídeo granulado de la sala de interrogatorios de una comisaría. Aquel detective imbécil y yo. ¿Cómo se llamaba? Se me había olvidado.
Yo estaba allí sentado, con los brazos cruzados y una sudadera con capucha.
Con quince años. Tenía un aspecto muy pequeño y desafiante.
Aún tenía en mente el olor de aquel sitio.
A desinfectante, café y humo. Recordaba pasar allí toda la noche.
El tipo me ofreció un cigarrillo para intentar ser mi amigo, para conseguir que confiara en él.
Y yo lo acepté. Fue el primero. Después me trajo una cajetilla entera. Cigarrillos. Tenía quince años.
—¿Cuándo fue la última vez que viste a tu padre? —preguntó el detective.
En la pantalla, me encogí de hombros.
—Carl, ¿le has hecho algo?
—¿Y si lo he hecho? —pregunté.
—Pero ¿lo hiciste o no?
Volví a encogerme de hombros. Le di una calada e intenté ir de guay. Tosí. Recuerdo aquel momento como si fuese ayer. Aún notaba el sabor en la boca.
Más o menos una hora después de aquello, descubrieron que mi padre seguía vivito y coleando y estaba en Wisconsin, donde lo habían arrestado varias veces por escándalo público estando borracho.
La actitud del detective cambió por completo cuando les llegó la noticia.
Antes me habían tratado con amabilidad y respeto porque querían que admitiese que había cometido un crimen.
Era un respeto falso. Una amabilidad falsa.
Pero había sido la primera vez que un adulto me trataba así desde hacía mucho tiempo y, a pesar de mi hostilidad manifiesta, lo estaba disfrutando.
Había querido que pensasen que le había hecho algo a mi padre. Ahora sé que fue una estupidez, pero en aquel momento estaba desesperado por que me tuviesen en cuenta, porque me comprendiesen y me conociesen. Estaba allí, joder. Era real.
Luego, cuando vieron que ya no les servía de nada, todo cambió.
Me convertí en otro niño triste y abandonado.
En una víctima. Había dejado de ser su problema.
No era nada. Me dejaron solo en esa estancia fría con el olor a cigarrillos, café y desinfectante, a la espera de una trabajadora social.
Se llevaron la cajetilla y me reprendieron por fumar.
Estuve horas olvidado en esa pequeña habitación.
Nunca me había sentido tan indefenso, tan impotente, en toda mi vida como cuando llegó la trabajadora social y me dijo que era hora de irse.
En cierta manera, aquello fue mucho peor que cuando había muerto mi madre.
Su partida había sido como un accidente de coche a cámara lenta que había tardado años en llegar al abrupto impacto final.
La desaparición de mi padre después de aquello no fue más que una consecuencia directa.
Y, mientras, yo me había pasado todo aquel tiempo girando y rodando, herido y aturdido por el trauma mientras el cristal roto que era mi vida caía hecho añicos a mi alrededor.
Pero aquel momento…, cuando la mujer entró y abrió la puerta de la sala de interrogatorios y dijo: «Venga. Nos vamos», fue cuando dejé de girar y vi exactamente dónde estaba.
—La policía dijo que arrestarían a tu padre por abandono de menores —dijo Rosetta cuando el vídeo se detuvo—.
Se emitió una orden de arresto, pero al parecer nunca lo encontraron.
Siete años después, en Georgia, otro estado del país, lo detuvieron en un accidente de tráfico.
Pero lo dejaron marchar. No se sabe si el agente estaba al tanto de la orden de arresto ni si esta seguía vigente.
Es el último registro que se tiene de él en el sistema.
Esa última información la desconocía. Hice todo lo posible para que no se notase mi reacción.
Me di cuenta de que Dónut se había subido en mi regazo. No recordaba haberla visto hacerlo.
—Eso es historia antigua —dije al fin—. A nadie le importan esas cosas.
—No es cierto, Carl —comentó Rosetta—. Pero en algo sí que tienes razón. Nada de eso es nuevo. El especial de Odette sobre tu vida, que se tuneló hace poco, trató estos temas.
—¿Su qué? —pregunté.
—Lo que me interesa a mí es la manera en la que tu sociedad trata a los niños que están solos. Hemos visto especiales sobre lo que les ocurrió a los niños abandonados en la India, por razones obvias, pero tu país, Estados Unidos de América, está al otro lado del planeta.
No tenía ni idea de por qué lo de la India era «por razones obvias». Solo conocía a unos pocos mazmorreros que fuesen de allí. Pero lo último que quería era que Rosetta ahondase en el tema. Continuó hablando.
—Terminaste en un orfanato para adolescentes. Tenemos fotos del lugar donde dormías, pero solo unos pocos registros muy valiosos del tiempo que pasaste allí. Un escaso informe de tres páginas. Y tu certificado de graduación. Con buenas notas.