El ojo de la novia frenopática (Carl el Mazmorrero 6) Capítulo 12
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Capítulo 12

Volvieron a teletransportarnos a la estación espacial para luego hacernos aparecer en la caravana de producción submarina. El viaje al espacio fue particularmente corto.

Los dos gnolls ya estaban dejándose caer en la estancia cuando aparecimos.

Tuve muy poco tiempo de mirar por la ventana.

La estación espacial rotaba sobre sí misma, pero me fijé en que siempre estaba en el mismo sitio, sobre el océano Índico.

Unas nubes densas cubrían la mayor parte de la zona y no tuve tiempo de maravillarme con las vistas.

Los guardias nos cachearon en plan rápido sin decirnos nada y luego desaparecieron.

Cogí a Dónut en brazos y me di la vuelta en mitad del aire.

Aparecimos de repente en una estancia que me resultaba familiar. Era la misma en la que había conocido a los Popov. De hecho, aún olía a pollo frito. Había una baraja de naipes normales sobre la encimera, donde la habían dejado los Popov.

También había dos personas más en la estancia.

Zev estaba sentada en el sillón, con aspecto cansado y preocupado.

Y de pie sobre dos pezuñas hendidas en un rincón había una cabra grande y peluda con una hilera de ojos rojos de insecto en su rostro maligno.

Un cáprido de la Abundancia.

La criatura era el doble de alta que Prepotente, más incluso que el otro cáprido adulto que había visto, el de la presentación de mi nuevo patrocinador. Y aquel había sido terrorífico. Pues este era peor. Llegaba hasta el techo y parecía sacado directamente de una pesadilla.

Zev nos había advertido que podía haber un intermediario en el programa.

Y allí estaba. La criatura alta y de pelaje desgreñado giró la cara hacia nosotros con brusquedad cuando llegamos.

De su cabeza brotaban una pareja de cuernos enroscados.

Me fijé en que la esquina del izquierdo atravesaba el techo.

No estaba allí de verdad. Era un holograma.

Dónut saltó de mis brazos y aterrizó en el sillón junto a Zev, para luego inclinarse sobre la mujer pez y darle un cabezazo cariñoso. Yo tragué saliva e intenté no perder la compostura.

—Hola, señor cabra satánica —dije—. ¿Eres el mismo tramposo que intentó engañar a Maggie My para que nos matase, el mismo que trabaja para el Imperio Calavera?

La criatura se inclinó hacia delante y se quedó quieta, aún sin decir nada.

Se movía de forma extraña, como si no pudiese girar el cuello, algo sorprendentemente perturbador.

Pasaron cinco segundos enteros. Me quedé absorto con su pelaje ondulado, largo y del color de la obsidiana.

A diferencia de Prepotente, cuyo pelaje más duro sí que se parecía al de una cabra, el de aquel tipo parecía muy sedoso.

Pero, al mismo tiempo, era tan negro e insondable que me daba la impresión de que, si metía la mano en él, esta saldría de allí cubierta de alquitrán. O llena de arañas.

La cabra baló de repente, con fuerza y durante un rato, con voz profunda y grave. Hizo vibrar las paredes.

—Lo mismo digo, compañero —dije.

La criatura volvió a abrir la boca, como si estuviese a punto de decir algo de verdad, pero se detuvo y volvió a reclinarse.

Soltó un gruñido de rabia para luego poner el cuerpo rígido y bufar algo en un idioma extraño a alguien que no estaba con nosotros.

Las palabras resonaron como pronunciadas por una cabra salida directamente del infierno, como latín al revés y a cámara lenta.

De repente, apareció una nueva figura en la pequeña estancia. Aquella también era un holograma, medio cubierto por una nube de humo. Se estaba colocando una corbata al cuello con prisa y tosía.

Era Quasar, mi abogado.

—¡Ni una palabra a mi cliente! —gritó Quasar a la cabra. Luego me miró—. Por sus tetas. Tienes que decirme que vas a estar en presencia de uno de estos comemierdas. Me cago en todo. Tienes suerte de que no estuviese en el Emporio Onanista o algo así.

—¡Hola, Quasar! —dijo Dónut.

Reprimí las ganas de toser, aunque el humo de su vapeador no estuviese en la misma habitación que nosotros. Sentí de repente como si la estancia estuviese muy abarrotada.

—No sabía que querías ser partícipe de este tipo de cosas. Además, sabía que se te informaría de que iba a estar aquí. Llevamos varios días esperando para venir a este programa.

—¿Acaso te parezco un chamán grixista o qué?

—preguntó. Después terminó de ponerse la corbata.

Normalmente, llevaba aquella con la alienígena bailando el hula-hula.

En esta ocasión, llevaba una que parecía estar cubierta de pepinillos con gafas de sol.

Dio otra calada al vapeador y luego señaló a Zev con un dedo acusador—.

Se suponía que tu relaciones públicas de exteriores tenía que entregarme una lista de las reuniones planeadas con intermediarios, para prepararme.

—Eso es tu trabajo, no el mío —dijo ella con voz neutra.

—Cuidado con lo que dices, palito de merluza. Tendría que habérseme informado antes de tiempo. Tienes suerte de que nuestro contrato me permita aparecer en caso de emergencia.

Zev gruñó y derramó agua por el sillón.

El tipo cabra se giró hacia Quasar y dijo algo en ese mismo idioma extraño y demoniaco.

Los pepinillos de la corbata de Quasar empezaron a girar en círculos sin venir a cuento. Dónut no podía quitarle los ojos de encima.

Quasar alzó las manos en un gesto de «Pero ¿qué coño acabas de decir?».

—Mira, pincho de carne de kebab con patas, no hablo ese idioma sea cual sea.

Y no está en el sistema de traducción, lo cual me parece perfecto, porque no tienes permitido balarle a mi cliente.

Solo estás aquí porque… En realidad, no tengo ni puta idea de por qué estás aquí.

—Se giró hacia Zev—. ¿Por qué cojones está aquí?

Zev suspiró.

—El programa en el que están a punto de participar es propiedad de la Organización Activista y Pacifista de Intelecto Abierto. Y, como sabrás, Valtay obliga a que haya un intermediario presente cuando cualquier mazmorrero esté a solas con uno de sus patrocinadores.

—Por sus tetas —dijo Quasar, que sonó sorprendido—.

¿ Sombras de Boxeo es propiedad de esos pirados?

¿En serio? Pues una cosa te voy a decir, palito de merluza, la verdad es que la falta de comunicación cada vez me molesta más.

Pero ¿por qué han traído a este tío? Normalmente trabajamos con gusanos desnudos.

—Se giró hacia la cabra—. ¿Cómo decías que te llamabas? Heraldo, ¿verdad?

—No tengo control alguno sobre el intermediario que envían —aseguró Zev.

—¿Heraldo? —preguntó Dónut—. ¿La cabra demoniaca se llama Heraldo? ¿En serio?

—Pues teniendo en cuenta su relación con mi cliente y con la princesa, diría que esto es impropio como poco.

Y, como mucho, diría que es una jodienda de tres pares de cojones.

Aunque no se le haya sancionado aún por haber intentado asesinar directamente a mi cliente, es un cáprido, o sea, otro de los patrocinadores de Carl.

Es como contratar a un íncubo como segurata en un crucero de castidad lleno de elfas en celo.

Sentí cómo se me ponían los pelos de punta.

Era el mismo tipo. El que había ayudado a Maggie My a intentar matarme, todo con la ayuda de los orcos del Imperio Calavera.

Orren, el otro intermediario, me había dicho que todo estaba solucionado, pero lo cierto es que no sabía a qué se había referido en ese momento.

Aún no tenía ni idea de por qué había ocurrido algo así.

—Como he dicho —continuó Zev, con frustración—. Esto es algo que tendréis que solucionar con la oficina de intermediarios.

—Pues sí. Lo haré. Tan pronto como encuentre a uno que no vaya a levantar a mi abuela de entre los muertos por accidente cuando hable. En serio. ¿Qué le pasa a tu voz? ¿Por qué ni siquiera se traduce como es debido?

Heraldo el cáprido dijo algo, pero seguía sonando ese idioma demoniaco. Se giró y empezó a gruñir a alguien que no veíamos.

—El sistema ha tenido muchos errores últimamente —dijo Zev.

La cabra volvió a encararnos y dijo:

—Se ha corregido el error. Continuemos. —Aún tenía una voz grave y aterradora—. Administradora Zev, puede informar al productor de que ya estamos preparados.

—Le enviaré un mensaje a Rosetta ahora mismo —dijo Zev.

Me quedé paralizado.

—¿Rosetta? —preguntó Dónut—. ¿Esa es la presentadora? Es un nombre muy bonito.

—¿Es el nuevo programa de Rosetta? —comentó Quasar, que se envaró—. Por sus tetas, no tenía ni idea. Debería prestar más atención a estas cosas. —Se frotó una mano por su cabeza calva de alienígena—. Carl, ¿qué tal tengo el pelo?

—Sí —dijo Zev, que ignoró a Quasar—. Rosetta Thagra.

Una imitadora de Odette. Es una antigua mazmorrera y guía del juego.

Es una cimera. —Me miró—. En realidad, se parece más a ti que a Odette.

Le gustaba mucho explotar cosas. Hace poco que ha terminado su contrato de trabajos forzados.

Su nuevo programa se llama Sombras de Boxeo y se ha vuelto muy popular.

El estómago me dio un vuelco. No. No podía ser.

Sentí que la hilera de ojos rojos del intermediario se me quedaba mirando.

—Ah, uno de esos —comentó Dónut. Un cimera era una especie de humano sin cejas. Había muchos cazadores de esa especie en el piso anterior. Dónut se giró hacia Quasar y continuó—: Tienes que colocarte bien la corbata si quieres causar buena impresión. Me encanta el dibujo, que lo sepas.

Quasar bajó la vista y agarró el extremo de la corbata.

—Sí, ¿verdad? Está genial. Que sepas que hay algunas nuevas en las que sales tú sobre ese dinosaurio. Y disparando proyectiles mágicos. El merchandising de Dónut es mucho mejor que el de Carl.

Dónut soltó un grito ahogado.

Yo había dejado de oír la conversación, prácticamente. Tuve que contenerme para no temblar. ¿Sería cierto? ¿En serio?

Nota añadida por la mazmorrera Rosetta. Novena edición.