Capítulo 11 #3
—¿No es una maravilla? —preguntó Dónut. Me lo quitó de las manos y se lo puso en la cabeza, momento en el que brotaron unas pequeñas chispitas púrpura.
Cuando lo hizo, la voz le aumentó de volumen—.
Es que me encanta. —Se quedó en silencio—.
Guau… Carl, suena como si estuviese hablando a través de un conducto de ventilación.
Anda, mira, mira. ¡Puede subir el volumen aún más!
Mongo graznó.
Yo me limité a mirar hacia el techo.
—Gracias, ¿eh? —dije. Luego me dirigí a Dónut y añadí—: Vamos a guardarlo y a usarlo solo como arma secreta.
—Sí, creo que tienes razón —comentó Dónut.
En ese momento, y por suerte, el micrófono desapareció en su inventario—.
Lo pondré en mi lista de acceso rápido, para tenerlo a mano por si necesito un poco más de…
potencia. O para cuando no me dediques la atención que merezco. Venga, te toca abrir, Carl.
Gruñí y saqué las cajas. Tenía varias de aventurero por recibir daño de muertos vivientes.
No me había dado cuenta de que el parche de cabra que me habían dado justo antes de la misión de los vampiros del piso anterior había anulado parte del daño del ataque de congelación del ghommid.
Es probable que me hubiese salvado el brazo.
No había nada bueno en esas primeras cajas. Recibí el mismo tubo de macis. Y luego llegué a la caja de aficionado.
Chirrió y crujió con la fanfarria habitual. Salieron chispas y luego una nube de humo.
¡Pop!
—Pues… —dije al tiempo que miraba el cupón. Lo cogí. Era un pequeño pedazo de papel que parecía muy mal cortado de un periódico. En él destacaba el dibujo de una orca sin sujetador y con el vientre sobre una mesa. En la parte superior estaba escrita la palabra «¡RELÁJATE!».
Lo examiné.
¡Cupón de masaje!
¿El trabajo te tiene harto? ¿Estás estresado?
¿Tus novias y tú necesitáis un descanso?
Este cupón sirve para que tú (¡y un acompañante!) disfrutéis de un relajante masaje gratuito de una hora tanto en Desfile fálico como en el Balneario de Relajación del Fondo del Palacio Fálico, en el club Desperado.
Incluye aromaterapia opcional y peeling químico.
«Extras» y propina no incluidos.
—Pues… —repetí.
Dónut soltó un grito ahogado.
—¡Dice que puedes llevar un acompañante! Seré yo, ¿verdad? ¡Soy una acompañante! ¡El Palacio Fálico! Carl, ¡podemos ir al Palacio Fálico! ¡Aún no había podido ir! ¡Es casi tan bueno como mi premio!
El Palacio Fálico era el club de estriptis masculino del piso intermedio del club Desperado, similar a Desfile fálico, que era el del piso superior y el lugar al que solía ir Dónut.
—Pues… —dije por tercera vez.
Katia y Bautista aparecieron justo en ese momento.
—Toc, toc —dijo Katia, que asomó la cabeza por la puerta que daba a la sede gremial.
—¡Hola, Katia! —dijo Dónut—. No, no. Espera. Repetimos.
El pinganillo apareció en ese momento en la cabeza de la gata.
—¡Hola, Katia! ¡Hola, novio de Katia! —repitió. La voz resonó, electrónica—. ¡Mirad mi premio! ¡Y creo que la Pandilla también votó para el premio de Carl!
—Ya veo —comentó Katia, que reía mientras Mongo bailaba alrededor de la pareja—. Imposible no darme cuenta, Dónut. ¿Qué ha recibido, Carl?
—Suenas como T-Pain —comentó otra voz antes de que a Dónut le diese tiempo a responder. Un tercer mazmorrero entró en la estancia.
—¡Louis! —gritó la gata. Guardó el pinganillo y saltó por toda la habitación para colocarse en su hombro—. ¿Cómo estás, Louis?
—Bueno. Pues bien. Mejor —respondió. Extendió el brazo y la acarició con torpeza—. Estamos en Islandia.
—Lo sé. Ya me han dicho —continuó Dónut—. ¿Hace frío y está cubierto de hielo?
—Pues sí. La verdad es que sí —respondió—.
Siempre había oído que les pusieron los nombres contrarios a Islandia y a Groenlandia, que significan «Tierra del Hielo» y «Tierra Verde» respectivamente, para que la gente quisiese ir al lugar equivocado, pero lo cierto es que estamos en Reikiavik y está nevando y está todo helado. Es muy bonito, eso sí.
—Es Navidad —comentó Dónut—. Yo quería ir a Ibiza, pero Carl insistió en que fuésemos a Cuba.
—¡Eso no es verdad! —dije al tiempo que guardaba el cupón de masajes—. Te equivocaste de sitio.
—Apuesto a que hace muy buen tiempo.
Louis actuaba con normalidad, pero pude percibir algo extraño en su voz. Era un vacío que no había estado ahí antes, como si algo le hubiese drenado parte de su ser. Firas era su mejor amigo.
—Pues no está mal. Hay perros callejeros asquerosos por todas partes, eso sí. Pero supongo que el clima no está nada mal para ser diciembre. —Hizo una pausa—. ¿Cómo le va a Britney? ¿Sigue con la cara…? Ya sabes.
—La cara no se le ha curado —comentó Louis entre susurros—. Pero ya ha empezado a salir sola. Está subiendo niveles muy rápido de repente. En el sexto piso no quiso luchar en ningún momento, pero ahora se está poniendo las pilas.
Katia no había dejado de mirar los envoltorios del suelo. El robot limpiador seguía moviéndose de un lado a otro mientras los recogía.
—Espero que no tarde en sentirse mejor —comentó Dónut—. Y espero que esto no sea su historia de origen de supervillana. Le cae muy bien a Mongo.
Louis asintió.
—Sí, lo ha pasado mal. Langley y el resto de los vendedores de coches, Gwen y Firas. Casi todos los que estaban en la burbuja con nosotros en el quinto piso murieron en el sexto.
Dónut asintió con tristeza.
—Eso me ha recordado algo. ¿Cómo le va a Tran?
Bautista fue quien respondió en este caso.
—También está mucho mejor. Le ha costado bastante acostumbrarse a no tener piernas, eso sí, pero es como el resto de nosotros. Una persona muy fuerte.
El pelotón de Katia estaba formado por Bautista, Louis, Britney, Tran y ella.
Tenía a muchas personas más en su grupo normal, pero estos no habían elegido Islandia.
Al parecer, había otro grupo de mazmorreros en su zona, formado por las Hijas restantes del grupo de Hekla. Estaban colaborando entre todos.
—Hemos intentado conseguir juntar a todo el mundo al menos una vez al día para comer —comentó Katia.
—Deberíais probar el té que prepara Bautista —añadió Louis—. Está buenísimo.
—Sí que está bueno —comentó Katia—. Imani y Elle son unas adictas a él. Bautista tenía una tetería con su familia.
—La verdad es que no me va mucho el té —dije—, pero me encantaría sentarme de vez en cuando con vosotros, chicos. Sería genial.
—Carl solo desayuna sándwiches de salchichas y huevo —comentó Dónut—. Come tantos que esa caja de comida ya no da más opciones.
—Ya… A la mía le pasó lo mismo —comentó Louis—, pero con cuencos de cereales Cap’n Crunch con leche.
—Por cierto —interrumpió Katia, que miró de soslayo a Dónut con gesto precavido—. Imani y Tserendolgor están hablando para que el grupo de esta última se una al gremio.
—¿Cómo? —preguntó Dónut—. ¿Estás de broma? Por encima de mi cadáver. No podemos dejar que la gentuza se una al gremio. Es una tramposa y una ninja de experiencia. Además, esa albóndiga asquerosa que tiene por mascota quiere comerse a Mongo.
Mongo graznó para apoyar el comentario.
—Tíos, ¿sabíais que Ren era una supermodelo antes de que acabáramos así? —preguntó Louis.