Capítulo 11 #2
—Es demasiado —insistió sor Inés, que lo interrumpió—. Por favor. No. No quiero más dioses falsos. Otra vez no.
Antón y Paz se dedicaron una mirada nerviosa. Dónut me miró con un gesto en plan: «Te dije que estaba loca».
En el fondo dio igual. Cuando la salud de la criatura llegó al diez por ciento, se dio la vuelta y abrió la puerta que daba al exterior.
Una horda enorme de monstruos permanecía allí fuera, gritando y se lanzó al mismo tiempo contra la puerta para teletransportarse en el momento en el que cruzaban el umbral.
El orisha puso un pie en el exterior y la salud empezó a aumentarle al instante.
—Esta noche. Venid —dijo sin volver a girarse hacia nosotros.
Me acerqué para cerrar la puerta y nos quedamos solos en la estancia. El hedor no se había marchado con él.
—Sé lo que estás a punto de decir. Y no.
No vamos a clavarle una bandera a ese tipo, Carl.
Su mera presencia me da ganas de vomitar.
A la Pandilla de la Princesa no le gustará que tengamos una bomba fétida en el grupo.
Me da igual lo poderoso que sea. Ya te había dicho que los habana brown eran inestables. ¿No te lo había dicho?
Habíamos vuelto a nuestro espacio personal.
Teníamos el programa dentro de poco, pero nos quedaba tiempo para prepararnos.
Habíamos quedado en reunirnos con el trío unas pocas horas después de que se pusiese el sol.
Mientras, Mordecai estaba trabajando duro para prepararnos bombas anti muertos vivientes que nos ayudasen a despejar el camino fuera de la estancia segura.
No nos quedaban muchos suministros, pero por suerte el equipo de Li Jun había encontrado un club Desperado en su zona y nos habían comprado cosas.
Todos habían quedado maravillados con lo grande que era el piso intermedio del club Desperado, algo de lo que yo solo había visto una pequeña parte en el sexto piso por culpa de los cazadores.
—Está claro que algo la aflige —comenté—. Le gusta la idea de matar muertos vivientes, pero le aterra la mera existencia de otros dioses.
—Eso me recuerda a la madre de la señorita Beatrice. Y no me gusta. Permite que la religión la haga actuar como una estúpida. Está loca. Y ya sabes lo que pienso de las locas, Carl.
Extendí el brazo para acariciar a la gata.
—Ser religioso o espiritual no tiene nada de malo, Dónut.
Bautista e Imani son religiosos. —No añadí que la mitad de los autores del libro de cocina también eran unos religiosos muy devotos, aunque profesaban tantas religiones como estrellas había en el cielo—.
Pero es como todo. Hay personas que lo llevan al límite.
Algunas personas se dejan llevar y se centran tanto en las normas que se olvidan de lo que en realidad profesan sus creencias.
Sor Inés se ha puesto muy seria, pero creo que en realidad está sobrepasada.
La idea de «venerar» deidades, aunque sea en este entorno en el que estamos ahora, la irrita.
Sea como fuere, parece un tema demasiado sensible para algunas personas, y tampoco es que nos interese demasiado.
No sé lo que se le estará pasando por la cabeza. Y tampoco deberíamos juzgarla por ello.
—Pues yo sí que la estoy juzgando. Si se va a asustar cada vez que aparezca una deidad o un semidiós, no quiero tenerla cerca. La convierte en alguien peligroso que no es de fiar.
Suspiré. A Dónut no le faltaba razón. Pero daba igual.
Estábamos atrapados con ese grupo en este lugar hasta que pudiésemos salir.
Pero esto tampoco es que me preocupase demasiado, porque ahora sabíamos qué hacer para escapar.
Si no me quedaba más remedio, podía fabricar una bomba anti muertos vivientes que acabase con todos los habitantes del lugar.
—Bueno, que da igual —dije—. Creo que deberíamos intentar clavarle una bandera a uno de los ghommid normales antes de arreglar la capilla. No es que sean demasiado fuertes al principio, pero ese ataque de hielo es muy poderoso. Yo tengo resistencia y me afectó igualmente.
—Eso es porque no es un ataque de hielo normal, sino de un muerto viviente —explicó Mordecai, que justo entró en la habitación. Tenía la cara llena de chocolate—. Ahora, abrid las cajas y preparaos para el programa.
Dónut y yo teníamos cajas de aficionado pendientes de abrir.
La mía, que era de oro, la había recibido al final del piso anterior, cuando vi a Imogen por primera vez.
Pero no había consultado el logro hasta ayer.
Dónut, en cambio, había recibido la suya de platino al cantar durante la Mascarada del Carnicero.
Ambas cajas estaban listas para abrir al fin.
El salón principal de nuestro espacio personal estaba desordenado cuando entramos, algo que no era habitual. El robot limpiador no dejaba de emitir ruidos iracundos mientras recogía envoltorios de golosinas y frotaba manchas de lo que parecía helado de la encimera.
Mongo se había puesto a olisquear un paquete medio vacío de Doritos. Cogió la bolsa y empezó a agitarla, lo que hizo que el polvillo saliese despedido por todas partes como si fuese confeti. El robot limpiador resonó con estridencia.
—¡Mongo, no! Bomo, ¿te has montado una fiesta con Mordecai en nuestra ausencia? —preguntó Dónut mientras saltaba sobre la encimera. Levantó una pata al notarla pegajosa. Hizo un mohín—. Ya conocéis las normas si vais a invitar a alguien. Yo tengo que ser la primera invitada.
Bomo apartó la vista de la televisión y soltó un gruñido evasivo. Estaba jugando al Smash Bros. en la nueva GameCube. Aún no me había dado tiempo de hacerle un adaptador para el mando, pero al parecer Mordecai se había encargado de ello.
Mordecai tenía un gesto extrañado y avergonzado en su rostro de cíclope, uno que no entendí del todo, pero antes de presionarlo al respecto, Dónut abrió la primera de sus cajas.
Tenía tres. Una caja T’Ghee de oro que había conseguido por usar la sala de entrenamiento, la de aficionado de platino y la Desconocido peligroso de bronce.
En la de bronce le salió un tubo de macis viejo y caducado diseñado para colgar en un llavero. No tenía propiedades mágicas. No era más que un premio absurdo.
La caja de oro contenía una carta. La primera que nos salía de trampa. Era una consumible y «muy rara» llamada Cojera.
Me hice con la carta. Vi que en la ilustración aparecían unas piernas atadas entre sí.
Servía para reducir el tiempo de invocación de un tótem en un 90 %.
Si se le acababa el tiempo a dicha carta y esta volvía al mazo del oponente, este podía volver a invocar al monstruo cuando le volviese a salir, pero la reducción de tiempo se mantendría a pesar de todo.
Era muy buena. Si un monstruo tenía un tiempo de invocación de un minuto, normalmente, con la carta solo podía mantenerse invocada durante seis segundos.
Inutilizaría incluso a los monstruos más poderosos.
Lo malo es que se trataba de una carta consumible.
Dónut soltó un grito ahogado cuando se abrió la caja de aficionado.
Intercambié una mirada con Mordecai.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Gracias! ¡Gracias! —gritó mientras brincaba de un lado a otro a causa de la emoción—. ¡Mira, Carl! ¡Mira lo que la Pandilla de la Princesa ha votado para regalarme!
—Pero ¿no tenías ya uno de esos?
—¡Este es de verdad! ¡El que usé en la fiesta era utilería barata! —Otro grito ahogado—. Mira, tiene una joya violeta. ¿Tan bien me conocen? ¡Me voy a parecer a Britney! Britney la de verdad, no la mazmorrera.
—Gracias a los dioses —comentó Mordecai un momento después. Me miró y asintió—. Es bueno. Más o menos. Dónut, guárdalo en el inventario y equípatelo solo cuando estés cantando. De lo contrario… Sí.
El objeto apareció sobre la mesa y lo agarré con cautela mientras Dónut seguía alabando a sus fans sin parar.
—¿No se considera un gorro? —pregunté.
—No —respondió el cíclope que era Mordecai—. Es un accesorio facial. Como tu bandana.
La voz de la IA leyó la descripción del objeto con una extraña cadencia electrónica.
La garganta dorada del bardo. Pinganillo mágico.
La energía nuclear. Los aviones. Los transistores. Los antibióticos.
Son los inventos y descubrimientos importantes del siglo XX que cambiaron el mundo.
Pero no son nada, absolutamente nada, comparados con el mayor invento del siglo.
Ocurrió en septiembre de 1997. Ese fue el momento en el que todo cambió. El momento en el que una empresa llamada Antares Audio Technologies lanzó al mercado un software que al fin consiguió curar una discapacidad horrible que había asolado a los jóvenes durante un milenio.
¿De qué discapacidad se trata? No tener oído musical.
¿La cura? Se llamaba Auto-Tune.
Con el advenimiento de este sintetizador vocal en tiempo real, los jóvenes menos privilegiados como T-Pain, Kanye y Ke$ha consiguieron al fin poner fin a sus mediocres vidas y convertirse en las estrellas que estaban destinadas a ser.
Al mismo tiempo, los músicos veteranos, como *cof, cof* Cher, consiguieron mantener a flote su fama un poco más, demostrando de una vez por todas que ni siquiera la carencia de talento natural puede llegar a detener el impulso que da la tecnología.
Este micrófono dorado y con una amatista engarzada proporciona al portador los siguientes beneficios al equiparse:
La mejora Garganta de oro. Afina automáticamente las canciones mientras te mantengas al menos a un tono y medio de distancia de la nota correcta. Ayuda con la interpretación de todos los conjuros y canciones de bardo.
Amplificación. Mientras lo lleves equipado, todas las palabras que pronuncies en voz alta se amplifican al doble de su volumen habitual. El volumen puede aumentarse hasta cinco veces del habitual.
Un 5 % más de Carisma cuando lo tienes equipado.